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sábado, 12 de noviembre de 2011

XXXIII Domingo del T.O. - Ciclo A (Mt 25, 14-30 ): TALENTOS Y PRODUCTIVIDAD



1. Los dones recibidos de Dios.

La palabra de este domingo nos urge a la vigilancia productiva y a la laboriosidad solicita (evangelio y 1ª lect.), mientras esperamos al Señor (2ª lect.). El destinatario de la parábola de los talentos que hoy leemos es la comunidad cristiana, el nuevo pueblo de Dios, así como cada uno de sus miembros. Y la interpretación de la parábola puede ser ésta: El señor de los empleados es Cristo Jesús; su ausencia, la ascensión a la derecha del Padre; su vuelta, la segunda venida del Señor; y los empleados son los cristianos, a quienes se encarece la vigilancia fructífera en el tiempo eclesial de la espera, mientras se demora la vuelta del Señor.

Dios compensa la fidelidad creativa de quienes arriesgan su esfuerzo en servirle a él y a los hermanos, como hacen los dos primeros empleados. Simultáneamente se condena el pecado de omisión que personifica el tercer empleado. Éste ha enterrado el talento -el millón, diríamos-, que el amo confió a su trabajo. Pero ante su señor quiere dárselas de exacto y de estar en regla. Demuestra un talante legalista y evidencia un espíritu mezquino, pues para dar fuerza a su excusa de perezoso no duda en tachar al amo de capitalista explotador. No parece hablar un hombre libre, sino un holgazán con alma de esclavo.

Sería injusto en cualquier caso hablar a Dios con este lenguaje: "Siegas donde no siembras, y recoges donde no esparces". Eso sería desconocer los dones del Señor y su amor al hombre, que culminan en la pasión y cruz que sufrió Jesús.

Talento, don de Dios, es todo lo que tenemos personalmente en el orden temporal y espiritual, todo lo que está dentro y fuera de nosotros. La vida es el primero y fundamental de los talentos, después la creación en manos del hombre, la sociedad a construir en la fraternidad y la justicia, la inteligencia, la educación y la cultura, la pertenencia familiar, una carrera, una especialidad, un título, un oficio, la salud, la simpatía, la personalidad... Y los valores de la vocación cristiana, que son los dones máximos de Dios: la salvación y la fe por Cristo en la comunidad eclesial, el reino de Dios, su amistad, su Espíritu.


2. Productividad para el reino de Dios.

Todos estos dones y talentos no son para nuestro uso privado y exclusivo; más que propietarios, somos administradores de los mismos. Por eso Dios nos pedirá cuenta de su rendimiento al servicio del reino de Dios entre los hombres.

Tanto en el evangelio de hoy como en la primera lectura hay una valoración de trabajo humano en su dimensión personal, familiar, profesional y social. La lectura evangélica ensalza al varón fiel y cumplidor; y la primera lectura hace el elogio de la mujer hacendosa. Hemos de poner al servicio del reinado de Dios y de la comunidad humana los talentos recibidos del Señor. La vigilancia cristiana nos urge a una fidelidad creativa, colaborando en la obra del Creador, sirviendo al bien común y a los designios de Dios sobre sus hijos, los hombres.

Por eso la vigilancia de los hijos de la luz es la actitud apropiada de quienes esperan el día del Señor, como nos avisa la segunda lectura de hoy, tomada de la primera carta a los Tesalonicenses. San Pablo parte del indicativo cristiano para llegar al imperativo moral; lo que debemos ser y hacer arranca del gozoso anuncio de la condición cristiana, de lo que ya somos: hijos de la luz, y no de la noche ni de las tinieblas.

Vigilancia significa estado de vigilia. La vida del cristiano es vigilia perpetua, siempre en vísperas de la venida del Señor. Caminamos continuamente hacia ese encuentro alegre, que es la participación plena en la resurrección y vida de Jesús. También cada día que pasa en nuestra vida nos acerca a ese momento en que habremos de rendir cuentas; hay que recordarlo con frecuencia para no perder el discernimiento cristiano de los valores auténticos. Esto es lo definitivo; todo lo demás tiene un valor relativo, es decir, referencial.


3. Talentos en conserva: pecados de omisión.

En el empleado inútil, por abstencionista, estamos retratados todos con mayor o menor intensidad de luz. No solemos examinarnos ni sentirnos culpables de los pecados de omisión. Sin embargo, el absentismo, la apatía, la pereza, la comodidad, el miedo, la psicosis de seguridad y la inacción egoísta son los mayores pecados sociales que puede cometer un cristiano hoy día. Porque nuestro seguimiento de Jesús tiene que ser productivo; de lo contrario, quedaremos descalificados. Dios reparte sus dones como quiere y según la capacidad de cada uno, pero a todos pide igual dedicación personal y plena voluntad de servicio a su reino.

Hay muchos bautizados que entierran sus talentos y se apuntan al mínimo obligatorio o a la productividad cero por no complicarse la vida ni tener que arriesgar nada en un compromiso serio por el bien de los demás. Viven instalados, desilusionados, apáticos, fosilizados. Como el siervo holgazán, no malgastan el talento, pero lo entierran; y se contentan con mantener intacto, pero infecundo, el "depósito de la fe" que heredaron de familia.

En cualquier sector de la actividad humana la filosofía del conservar y no perder es insuficiente. Lo mismo sucede en el servicio de Dios y de los hermanos. Por eso hemos de asumir el riesgo de invertir nuestros talentos en la construcción del reino de Dios en nuestra vida personal, de familia, de trabajo y de sociedad. Lo contrario es renunciar a ser persona y cristiano, es enterrarse en vida con nuestros valores en conserva. Y Jesús no fundó el cristianismo como una religión de museo y de conservadurismo, sino de revolución total que hemos de hacer efectiva sus discípulos mientras esperamos su llegada. Solamente así podremos oír de sus labios: Porque has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor.