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sábado, 28 de enero de 2012

IV Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,21-28): La autoridad devaluada



Mantenerse a distancia de seguridad

Hermosos tiempos, aquellos, en que el pueblo tenía miedo de morir al escuchar directamente la palabra del Señor, y se hacía necesaria la actuación de un intermediario que amortiguase el golpe. Hermosos tiempos, aquellos, en los que el contacto con Dios era una experiencia traumática que se asemejaba al fuego y había peligro de quemarse.

Hoy esa palabra llega a nosotros más bien débil, descolorida y no provoca particulares emociones (a menos que el aburrimiento pueda considerarse una emoción...). ¿Culpa del profeta que no logra transmitirla con la necesaria intensidad, o también culpa nuestra que bajamos prudencialmente el volumen, hasta casi apagarlo, para no ser molestados en demasía y poder, al mismo tiempo, escuchar otras voces?

Hoy se espera que las brasas sacadas de aquel fuego devorador nos lleguen apagadas y ennegrecidas, prácticamente inocuas, ciertamente no en el estado de incandescencia como sería necesario. Sin duda, el problema es complejo (por una vez también yo uso esta expresión que normalmente me provoca fastidio...). ¿De quién es la culpa?

Cuando salimos de la iglesia, no se ve ni una quemadura en la piel y tampoco los vestidos se ven chamuscados.

Sí, ¿de quién es la culpa? Al oír hablar a ciertos curas, no se saca la impresión, a primera vista, de que hayan estado en contacto con el fuego; es más, llega uno a sospechar que se han mantenido a distancia de seguridad. Bomberos más que incendiarios (como debería ser; si no me equivoco, Jesús dijo que había venido a prender fuego a la tierra...). Fríos, comedidos, conocidos, despegados.

Y también los que levantan la voz, dan la sensación de algo artificial. No tiene nada que ver con el trueno, con la palabra resonante, terrorífica, en las paredes del Horeb.



¿Dónde está el cementerio de los profetas infieles?

Nadie, sin embargo, puede sustraerse a las severas advertencias de Moisés: ni los predicadores, ni los fieles (o esos que se tienen por tales). Cada uno debe tomarse su parte de responsabilidad. «A quien no escuche las palabras que pronuncie (el profeta) en mi nombre, yo le pediré cuentas». Me dan escalofríos en el pensamiento por las muchas palabras de Dios, que se me han transmitido regularmente por sus portavoces, y que yo he dejado caer, quizás por distracción, o con los pretextos más diversos.

Pero hay también para los curas (y siento que nuestro párroco haya evitado este aspecto del asunto): «El profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado o hable en nombre de dioses extranjeros, es reo de muerte».

Tomada en serio, como pienso que ha de hacerse, esta amenaza, en algún sitio debería existir un cementerio inmenso para los hombres de la Palabra, culpables de haber hablado en nombre propio, de haber hecho pasar como palabra de Dios realidades, normas, amenazas que jamás han salido de la boca de Dios. O que han mezclado la palabra de Dios con la política, el dinero, la prudencia diplomática, el cálculo engañoso, las preocupaciones organizadoras, las tesis teológicas más discutibles. O de haber escondido, bajo la mampara abusiva de la palabra de Dios, el propio orgullo, la vanidad, el moralismo, las propias frustraciones, y a veces hasta las ideas más extravagantes.

De todos modos, olvidándonos del cementerio, hay que decir que el profeta puede considerarse difunto, el predicador está muerto en el momento mismo que la palabra de Dios se convierte en pretexto para otra cosa cualquiera.

Queridos predicadores, hablad el lenguaje del evangelio. Por favor, no os escabulláis, no divaguéis, no os salgáis del tema. Os escuchamos a condición de que las palabras que anunciéis sean palabras de Dios y no charlatanería vuestra.



¿Qué significa hablar con autoridad?

Me intriga mucho esa frase del evangelio del domingo: «...No enseñaba como los letrados, sino con autoridad». Ninguna dificultad, faltaría más, para admitir el tono de autoridad que debía caracterizar los discursos de Jesús.

Pero me pregunto qué quiere decir hoy hablar con autoridad. Es más fácil establecer el aspecto negativo de la cuestión. Y entonces caminamos por exclusión. Ciertamente no se trata de la autoridad que se deriva del puesto que se ocupa, del trono, de la butaca o de la cátedra en que se está colocado. No es la autoridad del saber (hoy arrecian los escribas, quienes confunden la admiración de la gente con la eficacia de la palabra: excesivamente brillantes para iluminar; demasiado llenos de sí para dejar filtrar un indicio de Dios; demasiado presuntuosos para resultar creíbles; hablan a la inteligencia y jamás llegan al corazón; se dirigen más a los colegas que a la gente común). Y menos aún la autoridad del poder, ni la del éxito, ni la de la popularidad.

Pero, cuando se trata de precisar en qué consiste efectivamente la autoridad o la competencia en el hablar, me encuentro incómodo. Quizás no es indispensable dar demasiadas explicaciones al respecto. Es una cosa que se advierte, se experimenta cuando sucede, pero no es necesario explicarlo.

Uno oye hablar de cierta manera y con cierto tono, y se encuentra uno entre la espada y la pared, se ve obligado a rendirse, se siente obligado a tomar una decisión. Ni siquiera él sabe por qué. Es así y basta.

Frente a un profeta que habla con autoridad y no como los escribas, afines y cómplices, un oyente no exclama «¡qué bien habla!», sino que constata, alarmado: «me encuentro en apuros... me ha metido en dificultades». Y se pregunta: «¿Qué debo hacer?».

Quizás la palabra pronunciada con autoridad es la que no te deja escapatoria, no te consiente vías de fuga (el aplauso y la curiosidad son los más prácticos. También Herodes escuchaba «con gusto» los discursos del Bautista).



He discutido con san Pablo

Cuando el párroco, tomando pie de la segunda lectura, ha aludido al discurso sobre la virginidad, he comenzado a litigar con san Pablo. Le he dicho, resueltamente, que no estoy en absoluto de acuerdo con él, y no creo que por eso merezca el infierno. Sobre todo le he echado en cara que sus argumentos no me convencen en absoluto (y tampoco por esto pienso merecer las llamas del infierno).

Entendámonos: creo en el valor de la virginidad. Y hoy especialmente cuando muchos la consideran un no valor o incluso una culpa. Aprecio la castidad, aunque (y precisamente porque) bastantes individuos resabidos no ahorren a esta palabra sonrisas de compasión o salidas lascivas.

Pero no admito que las motivaciones válidas sean las que indica san Pablo. ¿Es posible que no tuviese otras, y mejores, al alcance de la mano?

¿Qué programa puede ser el expresado por la declaración: «Quiero que os ahorréis preocupaciones»? Tampoco nosotros las querríamos. Es más, nos bastaría con menos. Ciertamente no vamos a buscarlas.

Pablo, por favor, pon los pies en el suelo. Te puedo indicar muchas personas solteras (hombres y mujeres, curas y monjas) que se ocupan, además de las cosas del Señor (y poco, por decir verdad), también de muchas tonterías (mucho, siendo claros).

Querido Pablo, te confieso que cuando me preocupo de mi mujer, no me siento en absoluto culpable. Al contrario, siento remordimientos cuando no me ocupo bastante de ella, no la cuido demasiado, no tengo en cuenta sus legítimas exigencias. Complacer a la mujer (o no darle demasiados motivos de disgustos) no me aleja del Señor. En todo caso, al contrario. Y precisamente cuando me distraigo respecto a mi mujer (y respecto a toda la familia) es cuando me encuentro extraño también al Señor.

Pablo, por favor, urgen otras motivaciones ideales que tú, con las prisas y la fogosidad del discurso, has descuidado. Si mi hija decidiese hacerse monja, o mi hijo cura, me daría vergüenza comentar: «¡Qué suerte tenéis! ¡desde este momento ya no tendréis nuestras preocupaciones!».

El domingo, en la iglesia, he pasado revista a un cierto número de desgracias que afligen a algunos de mis amigos y conocidos. Y he llegado a esta conclusión: si un cura cualquiera tuviese que hacer cuentas, realmente y no por hablar, con la décima parte de las preocupaciones y de las dificultades de esta gente, estaría preparado para hablar con autoridad.

Sí, quisiera regalar a curas y monjas una pequeña parte de nuestras preocupaciones. Sería para ventaja de su misión. Estarían más cercanos al Señor, menos distraídos. Y le agradarían más y también a nosotros.