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sábado, 28 de enero de 2012

La didáctica de Jesús



(Jesús con sus cuatro primeros discípulos…) entraron en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado fue a la Sinagoga y comenzó a enseñar.
Todos estaban asombrados de su didáctica, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Y de pronto, había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo que se puso a gritar diciendo:
- ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Viniste a acabar con nosotros? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.
Pero Jesús lo increpó, diciendo:
- Cállate y sal de este hombre.
Y sacudiéndolo violentamente el espíritu inmundo, gritando con un gran alarido, salió del hombre. Y quedaron todos pasmados de manera tal que se preguntaban unos a otros:
- ¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva… y con autoridad…! Impera a los espíritus impuros y estos lo escuchan y le obedecen.
Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea (Marcos 1, 21-28).

Contemplación
Del griego nos han quedado algunas palabras casi tal cual. Uno sonríe un poco al ver que los que llamamos “escribas” eran los “grammaticos”… Gramma significa letra y decir de uno que es “un letrado” tiene, hoy como entonces, un matiz irónico.
La gente distinguía a Jesús de un letrado, lo distingue no sólo porque el contenido de su enseñanza es profundo (no se queda en la letra) sino porque su enseñanza (didajé) era entendible. Este aspecto “didáctico” también se nos ha quedado en el lenguaje con la misma palabra griega. Es una alabanza decir de alguien que es muy didáctico. En el fondo es una redundancia porque es como decir que una enseñanza es una enseñanza, que un maestro es un Maestro. Pero la redundancia vale. Con Jesús decían: “¡Qué Maestro es el Maestro! No es como los maestros”. Y uno entiende perfectamente.

La didáctica baja los contenidos de las teorías pedagógicas a la práctica y, de última, define al buen maestro. Porque los contenidos se pueden encontrar en muchos lados (hoy más que nunca), pero saber bajarlos a la realidad, saber despertar el interés, saber encontrar el ritmo de aprendizaje de cada uno…., esas son las cosas importantes. Cuando alguien enseña, de última, la autoridad le viene de su didáctica, de sus recursos para hacerse entender de manera eficaz. Y si la enseñanza es moral, la didáctica va unida al testimonio: nada más didáctico que agarrar y hacer uno lo que se le pide al otro. Aquí me acordé que Hurtado tenía una reflexión espectacular sobre esto a propósito de que somos instrumentos:
“Todo instrumento tiene punta y mango: el mango para el artífice; la punta para la materia que ha de ser modificada… La aguja vale por la punta, el cuchillo por el filo, la lapicera por la pluma. Adaptarse a Dios es menos difícil (Dios es una persona razonable); adaptarse a los hombres, ahí la dificultad, porque son raros, medio locos… El verdadero pescador es el que conoce los peces, (la) profundidad a que se esconden, ¡el verdadero momento de tirar…!” Aquí decimos: el maestro es el que sabe aprovechar cada ocasión y graba en el corazón y en la mente del alumno una enseñanza que no se olvida más.

La didáctica de Jesús se termina de comprobar con la liberación del endemoniado. Fue uno de esos momentos incómodos, esos en los que un desubicado rompe el clima y muchas veces tira abajo una clase magistral. El Señor reforzó su doctrina y la claridad de su mensaje haciéndose entender hasta por el demonio que trató de robarle la atención de la gente. Porque el demonio también es un experto en didáctica. Podríamos decir que el hecho de que el demonio se apodere de una de nuestras pasiones es una cuestión de didáctica. El mal espíritu nos convence de que la mejor manera de vehiculizar esa pasión (pongamos la ira), en un momento dado, es hacerle caso a él, que nos dice: “que no te agredan! Vos agredí primero o más fuerte”.

Una pequeña anécdota para bajar la enseñanza a lo cotidiano. Una de las personas que duermen en nuestra vereda de Regina, cuando está alcoholizado se pone notablemente agresivo y de manera particular con los sacerdotes. Las cosas que dice a los gritos siempre me hacen pensar en esos endemoniados del evangelio. Aunque mi mentalidad moderna lo filtre y ponga “enfermedad mental” allí donde el evangelio pone directamente “endemoniado”, siempre se percibe un “plus” de maldad cuando alguien grita desaforadamente cosas que lastiman. El demonio no se deja percibir directamente pero hay frutos tan podridos que uno dice “este está detrás”. Bueno, la cosa es que había fallecido la mamá de un amigo y vecino y, cuando salimos a la calle, Ramón se puso a insultarme y a gritarme cosas y sentí que lo tenía que frenar. Le pegué un grito a cinco centímetros de su cara: “¡CALLESÉ!, respete a la gente!”, y me salió tan fuerte y con cara de odio que, imaginando mi cara, me asusté a mí mismo más que a él. Por un momento quedó patitieso y sentí como si hubiera hecho callar al demonio. Sin embargo, el efecto rebote fue peor: “qué me vas a gritar vos a mí”, dijo (fue impresionante, más ahora que lo revivo, porque sacudió la cabeza y se lo dijo a sí mismo o fue como si otro se lo dijera:) “a mí nadie me insulta, h de p….” y empezó a insultarme dos veces peor que antes. Me di cuenta de que la había pifiado y no le dije nada más. Nos alejamos para no empeorar la cosa pero Ramón la siguió con mi amigo y todo terminó medio a los empujones.
Lo que reflexioné en ese momento fue que no sirve querer frenar la agresividad con agresividad: aunque yo no estaba enojado y pensé que el grito lo medía para que surgiera efecto, no sirvió. Se ve que mi medida no es para nada la de Ramón.

Al seguir rezando estos días con este evangelio fui sintiendo más cosas. Una fue pena: “qué lejos de la autoridad serena de Jesús”. El Señor tiene autoridad por su amor, un amor que lo lleva a encontrar el momento y el tono justo de voz que expulsa al demonio sin dañar a la persona. De ahí salió una pena más honda, porque si el Señor puede expulsar a esos demonios que se alojan en las heridas profundas de la gente, es señal de que es verdad su mensaje de que sólo la Misericordia vale y sirve. Ir a esas heridas con otra actitud que no sea la Misericordia es inútil. Solo una infinita Misericordia puede sanar los males del mundo y erradicar el mal espíritu que anida en las heridas hiriendo. Y ahí uno siente que esa misericordia no se improvisa, que hay que rezarla porque si no, ante la miseria humana nos sale un grito (o la mudez y el mirar para otro lado).

Hoy, al releer el pasaje, me llamó la atención las veces que repite “enseñanza”. Y de ahí salió lo de la didáctica. La gente sentía que a Jesús le entendía. Más aún: que la realidad le entendía (las tormentas, el agua, el pan…). Hasta el demonio entendía… y no le quedaba más remedio que hacerle caso. Esta fuerza irresistible de la Palabra –de una Palabra puesta en acción por un Jesús Maestro que se pone a enseñar- es La buena noticia. En Jesús uno siente que hay una palabra suya para cada cosa, para cada situación. Con Jesús entre nosotros se puede dialogar con todos y hasta el demonio va a tener que entender y si no quiere obedecer es libre de irse al infierno pero no joder a los demás. La gente sentía esta liberación cuando Jesús enseñaba. Pablo lo expresará perfecto cuando diga: “¡Quién podrá separarnos del amor de Cristo!” Nada ni nadie, nunca.

La enseñanza que me queda es la de la punta del lápiz. El lapicito de Jesús (así se llamaba a sí misma la madre Teresa), escribe mejor cuanto más lo acercamos al corazón de los demás.
La Palabra se vuelve didáctica en la cercanía con el prójimo.
Especialmente con el más necesitado.
No se puede hablar de misericordia sin estar muy cerca.
En la cercanía la Palabra del Señor hace sentir su misericordia y toda herida queda libre de la influencia del maligno (de sus suasiones de ira o de tristeza).

Una más sobre el mal espíritu y cómo se cura con lo que se aprende en la cercanía de la misericordia.
En este último tiempo, la frase más insidiosa se la escuché decir –la tiró como al pasar, pero se ve que la tenía preparada porque la repitió tres veces- a Chiche Gelblung. Estaba hablando con Diego Bonadeo, que adelgazó un montón, y el Chiche tiró “yo, por ejemplo, a los curas gordos no les creo”. Paré la oreja, porque me mató. Y el tipo, poniendo cara de nada remarcó: “No les creo. Porque hablan de la miseria que hay y los tipos están desbordados por el morfi. No les creo.”
Digo que fue insidioso porque liquidó de un plumazo la credibilidad de un buen porcentaje del clero. Esas frases entran y anidan. Confieso que me hizo pensar en retomar la dieta. Porque que un tipo que considerás un chanta te diga una verdad tan obvia, joroba.
Se ve que le seguí dando vueltas a la frase porque salió al repartir los números en la cola del segundo turno del comedor. Uno joven, al que no le vi bien la cara, me pidió un número viniendo de afuera de la fila y salió este diálogo:
- Y qué tenemos hoy, padre.
- Albóndigas con puré
- Deben estar buenas. Por la panza, digo, padre.
- A los curas gordos no hay que creerles, como dijo Chiche Gelblung.
- Yo, si me convencen, les creo.
- Es que nosotros no hablamos mucho. Damos de comer, nomás.
- A esos les creo más.
- Los gordos son más simpáticos –agregó otro-.
Fueron dos segundos, mientras me alejaba porque la fila era larga y él se metió entre los demás y la cosa pasó. Pero me quedó grabado el diálogo casi textual. Quizás porque me curó del otro. En la cercanía que da esa fila esperando para entrar, las palabras tienen otro sabor: siempre pasan cosas y si uno después las reza hay muchas enseñanzas de Jesús.
Digo que ese diálogo me curó del otro.
El otro diálogo me había dejado con mal sabor.
Cuando alguien ataca la credibilidad de la Iglesia tomando pie en los defectos y pecados del clero es triste y uno queda atado porque es juez y parte. Sentís que el otro “eligió una frase para dañar”. ¡Y con didáctica! Porque ese “yo no les creo” suscita en uno un “Yo tampoco…”
….. (salvo si convidan).
- A esos les creo más –como dijo mi amigo y defensor desconocido.