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viernes, 17 de febrero de 2012

APRENDER DE LOS MALES


VII Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 2,1-12)
Por Enrique Martínez Lozano

La cultura judía había asociado “enfermedad” y “pecado” hasta el extremo de llegar a estigmatizar a los enfermos como pecadores. Por el otro lado, eso significaba que la sanación sólo podía ser tal si iba acompañada del perdón: curada la raíz –el pecado-, el cuerpo recuperaría la salud.
Desde nuestra perspectiva, nos resulta fácil apreciar las consecuencias dolorosas que comporta esa visión: el enfermo, además de afrontar su dolencia, debía cargar con el sambenito de pecador.

Esa creencia buscaba dar razón del sufrimiento, atribuyendo su causa al comportamiento de la persona (o de algún antepasado suyo), tal como se recoge en un relato del cuarto evangelio: “Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Sus discípulos, al verlo, le preguntaron: Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres?” (Juan 9,1-2). Conocemos también la respuesta de Jesús: “La causa de su ceguera no ha sido ni un pecado suyo ni de sus padres” (9,3).

En realidad, aquella creencia no es muy diferente de la lectura vulgar que se hace del karma, que constituye también una justificación de la situación presente, atribuyendo todo lo que le ocurre a una persona a lo vivido por ella misma en una supuesta vida anterior.

Lecturas de este tipo condenan todavía más a la persona que padece cualquier dolor y conducen a una actitud fatalista y resignada. Es más honesto reconocer nuestra ignorancia a la hora de preguntarnos por el problema del mal en el mundo, particularmente el mal que sufren las personas más inocentes, sobre todo los niños.

Con todo, parece también innegable que aquellas creencias, aunque inaceptables en su formulación literal, contenían al menos dos intuiciones que podemos rescatar:

· El ser humano constituye una unidad, en la que todo influye en todo: cuerpo, psiquismo y espíritu son las tres dimensiones o perspectivas, que se influyen mutuamente. La medicina holística e incluso las más recientes investigaciones neurocientíficas lo tienen bien comprobado.

· Todo lo que nos ocurre –también las experiencias de dolor-, aunque no podamos conocer a qué se debe, podemos vivirlo como una oportunidad de aprendizaje y de crecimiento, desde dos actitudes sabias, que es necesario vivir simultáneamente: la no-evitación (no negar lo que hay) y la no-reducción (somos más que todo aquello que nos pueda ocurrir). Como expresión de esta actitud sabia, quiero reproducir un poema de Antonio Colinas, “La visita del mal”.

LA VISITA DEL MAL

Hoy hemos recibido la visita del mal,
pero hemos decidido acogerlo
como a huésped fecundo.
Llegó el mal de repente, como cepo o veneno,
y le hemos abierto
de par en par la puerta de la casa.

Como siempre, el mal
viene ciego, desnudo, sin razón,
y aunque perros y gatos han salido huyendo,
conservamos la calma plenamente
y lo hemos conducido hasta el jardín.
Allí, el dulce día, el sol tan fuerte,
abrasaban las llagas y pesares,
resecaban la sangre en las heridas,
borraban el espeso hedor del aire.

Nos ha llegado el mal como un cuchillo airado
en sótanos de sombra,
mas casa y corazón están abiertos.
Una vez más tuvimos que poner
amor donde el amor no se encontraba.
Y no hay mordaza, dardo, aguja, hiel
que no pueda fundir la hoguera musical
que, de monte a monte, hoy propaga el otoño.

He entrado unos momentos en la casa
para sacarle el pan y la bebida
al huésped iracundo.
Quise alegrarle el corazón, poner
un poco de calor en su cara de hielo.
Con sosegada paz volví al jardín
para abrazar el mal, pero no pude,
pues lo encontré caído y moribundo
de luz y de silencio entre la hierba.

Hoy hemos recibido la visita del mal,
mas pronto hemos tenido que enterrarlo
debajo del naranjo y de su aroma,
donde zumban las abejas.
A solas nos tuvimos que beber
el vino que sacamos para el huésped,
el dulce vino del más hondo olvido.

(Antonio COLINAS, Libro de la mansedumbre,
Tusquets, Barcelona 1997, pp.19-20).

Para vivir la “negatividad” de un modo constructivo, quizás tengamos que empezar por reconocerla, aceptarla y estar dispuestos a caminar.

En el relato evangélico, tal actitud queda reflejada en las palabras de Jesús (“levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”) y en la prontitud del enfermo (“Se levantó inmediatamente, tomó la camilla y salió”).

Aun sin darnos cuenta, podemos acomodarnos o instalarnos incluso en nuestras “camillas”, en nuestros malestares y problemas. La invitación es a ponernos en pie, a caminar. Por eso, quizás podamos empezar preguntándonos si no nos hemos acostumbrado a alguna “camilla” que nos paraliza. ¿Cuáles son, en este momento de mi vida, las “camillas” en las que permanezco echado? ¿De cuál tendría que “levantarme”?

Con frecuencia, las “camillas” son mentales: mecanismos de defensa, con los que buscamos “amortiguar” temores o mantener a raya cualquier cosa que podría inquietarnos.

En cualquier caso, las “camillas” buscan mantenernos en lo que nos resulta conocido y familiar, protegiéndonos de todo aquello que nos situaría ante lo nuevo.

En el fondo, lo que se halla en juego es algo que me parece decisivo: ¿Me mantengo en la rutina (aquello que mi mente cree controlar) o vivo abierto a la novedad de la Vida? ¿Estoy instalado en la comodidad –aunque sea mortecina- o me siento cada día en camino? ¿Estoy “tendido” o en pie?

“Levántate, toma tu camilla y echa a andar”.

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