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jueves, 16 de febrero de 2012

Nuestra sociedad paralítica


VII Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 2,1-12)

Es evidente que vivimos en una sociedad injusta: unos pocos tienen mucho y otros muchos, poco o nada; el lujo de unas naciones lo pagan otras con el hambre y el subdesarrollo; una minoría acumula en sus manos la posibilidad de imponer sus decisiones a la mayoría y de privarla de los derechos más elementales -por ejemplo, el problema de la contaminación: como unos pocos tienen sus piscinas para bañarse y sus zonas residenciales para poder respirar, ¡qué les importa la limpieza de los ríos y de las zonas industriales, si ellos ganan así más dinero!-; muchas personas viven atrapadas por interminables jornadas de trabajo y pluriempleos, mientras otras pasan dificultades económicas por el paro y el salario insuficiente; con el armamento existente se puede destruir el mundo varias veces, y se siguen construyendo a gran escala para defendernos: ¿de qué?, ¿no es suficiente con destruir el mundo una vez?...

En nuestra sociedad, por unas u otras causas, la mayoría de los hombres y de los pueblos se encuentran imposibilitados para realizarse como personas.

Todo esto es fácil reconocerlo. Pero ¿qué hacemos para cambiarlo?, ¿no estamos paralizados?, ¿no somos unos dóciles borregos que vamos a donde nos quieran llevar los que mandan? ¡Hasta puede que nos pongan alguna medallita si seguimos por este camino!

¿Y en la Iglesia? Mucho hablar de concilio, de cambios, de los jóvenes que pierden la fe y de los adultos que no la vivimos; mucho hablar de los obispos y de los sacerdotes y de lo mal que está todo..., pero ¿qué hacemos en concreto, además de lamentarnos? ¿Y en nuestra vida personal? ¿Qué hacemos para que la familia sea más cordial, los estudios no alienen y preparen de verdad para la vida, los grupos sean más fraternales?...

Acusamos a la vez que buscamos excusas para no hacer nada. Nos paraliza la comodidad y la superficialidad de la sociedad de consumo; el limitarnos -en el mejor de los casos- a denunciar lo que creemos está mal sin esforzarnos en profundizar en lo que debería ser; el individualismo, el pecado que todos llevamos dentro y del que no salimos porque no queremos o porque queremos salir solos; el silencio por la falta de compromiso; la pasividad ante todo lo que ocurre delante de nosotros; la soledad y el vacío por no ahondar en la gran cantidad de ideas e ilusiones que pasan a nuestro lado; la cobardía que supone no decir de verdad lo que pensamos y no buscar la ayuda de otros para caminar por la vida...

Nos paraliza la falta de fe en Jesús, al que tenemos miedo, porque sabemos que nos lo quiere pedir todo, porque sólo ese "todo" nos puede liberar y dar sentido a nuestra vida y a nuestra muerte. Nos paraliza la falta de oración encarnada en nosotros y en los acontecimientos y personas que nos rodean. Nos paraliza el no querer compartir la vida con la familia, los amigos, los grupos, la comunidad.

¿No deberíamos identificamos todos nosotros, individual y colectivamente, con este paralítico de Cafarnaún? ¿No somos todos pecadores? ¿No vivimos paralizados? ¿Cómo avanzar solos por un camino que hemos de hacer juntos?

2. La "salvación" empieza en el ahora

La curación del paralítico nos la cuentan los tres evangelios sinópticos. El relato de Marcos sirve de base a los otros dos. Mateo reduce la escena a lo esencial, prescindiendo de los detalles anecdóticos y plásticos de Marcos y Lucas.

El relato comienza con una concentración popular en torno a Jesús, en la que "El les proponía la Palabra". La multitud sigue a Jesús, pero los maestros de la ley, los dirigentes, están al acecho. El ambiente de acogida de los sencillos empieza a romperse al entrar en escena los escribas y los fariseos.

Jesús vive lo que dice, y contagia a los que le escuchan. Y esto no se lo perdonan los dirigentes: con su vida deja al descubierto la hipocresía de los que se llaman representantes de Dios. Parece que es la fidelidad de su vida a la Palabra lo que inspira la confianza de los oyentes y lo que les mueve a formularle sus más íntimos deseos.

Para Jesús, su mensaje no es un modo de teorizar o de ganarse la vida, sino su misma vida. Diferencia abismal con los que nos llamamos seguidores suyos. Esto le acarreará resistencias, que irán aumentando con el paso de los días: sus parientes le querrán disuadir de su misión, los discípulos no acabarán de entenderle, los enfermos irán a El únicamente para quedar sanos de su mal físico...

¿Por qué las resistencias a Jesús? Es muy difícil aceptar a una persona que puede poner en peligro nuestra seguridad, nuestra comodidad y nuestro futuro si la seguimos. Es más cómodo y más rentable, si lo miramos con ojos mundanos -como es lo normal-, seguir a aquellos que lo máximo que nos piden son unos ritos externos al margen de los intereses verdaderos de nuestra vida: posición social, negocios...

En el caso de Jesús no estaban dispuestos -ni lo estamos ahora- a aceptar que El fuera la medida de todo lo humano. Aceptamos al Jesús de los prodigios, al Jesús que apoya las propias situaciones y privilegios, aunque con las palabras sigamos hablando del Jesús que está a favor de los pobres, de los marginados... Rechazamos al Jesús que establece una nueva escala de valores, que destruye los formulismos religiosos sin espíritu, que compromete seriamente a sus seguidores con la justicia y la libertad, que está a favor de los que margina la sociedad, que contradice los intereses de los poderosos civiles y religiosos... Esto nos da miedo. La multitud de los sencillos cree en Jesús con una fe muy primaria. Tienen el corazón abierto al no tener nada que defender. Con mucha frecuencia, para creer tendrán que superar las estructuras que tienen "encadenado" al Dios de Jesús y al mismo Jesús.

La búsqueda de Dios es un don suyo que siempre pide una respuesta libre del hombre: de apertura, de conversión, de fe. El Dios de Jesús, el que nos presenta la Biblia, nunca es alienante; el que presentamos nosotros, muchas veces sí lo es. Al Dios de Jesús no le preocupan sólo las "almas" ni sólo la mejora del mundo en lo material: le importa liberar, salvar a todo el hombre para siempre, y en lo posible, ya en la historia. La salvación-liberación definitiva es escatológica -para después de la muerte-, pero ha comenzado ya en la historia.

3. Jesús perdona los pecados...

La palabra que transmite Jesús no consiste solamente en hablar: es eficaz, realiza lo que significa, es sacramento. Así se explica que el texto, después de decirnos que Jesús "les proponía la Palabra", nos ofrezca un ejemplo plástico de esta Palabra eficaz: sus curaciones son "Palabra".

"Llegaron cuatro llevando un paralítico..." La fe del paralítico y de los que lo llevan conmueve a Jesús y le impulsa a actuar.

Lo que cuenta es siempre y sólo la fe. Una fe que no es creer todos los dogmas de la Iglesia -eso quizá venga después-, sino creer que Dios actúa en nuestra vida y nos puede liberar de todo mal para siempre. Para "levantar unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrir un boquete y descolgar la camilla con el paralítico", ¿no es necesario tener una gran fe en el poder curativo de Jesús? Una fe tan grande que venció todos los obstáculos y dificultades; una fe que es confianza ilimitada en el poder de Jesús, puesto a disposición del hombre. La fe condiciona los signos de Jesús. Cada uno los capta según sea su actitud de apertura hacia El, según los intereses que quiera defender.

Este relato nos va a presentar la curación como signo externo de la realidad del perdón de los pecados, núcleo del texto.

"Tus pecados quedan perdonados". Con este perdón Jesús quiere llevar hasta el fondo la liberación del hombre; porque el pecado está en la raíz del desorden del mundo, manifestado externamente en la enfermedad, el dolor y, sobre todo, en la muerte. El paralítico -como cada uno de nosotros y todos los hombres- padece dos enfermedades. La enfermedad del pecado es la más grave, porque ningún médico humano puede enfrentarse a ella. Sólo Dios puede curarla.

Lo sucedido al paralítico y a los que le acompañaban le puede suceder a todo el que se ponga en camino de búsqueda. Aquí unos hombres acuden a confiar a Jesús el problema que les agobia; Jesús acoge su petición, pero, al mismo tiempo que la acoge, la eleva. Del hombre ante su suerte se pasa al hombre ante Dios.

Paso decisivo, que algunos rehúsan y se recluyen en el cerrado mundo de sus limitaciones; y que otros aceptan capacitándose para su encuentro con Dios.

P/SOCIAL: La respuesta de Jesús a la fe de aquellos hombres parece equívoca a primera vista: le perdona los pecados, cuando lo que ellos querían era la curación de la parálisis. Con ello, Jesús no quiere decir que aquel paralítico fuera particularmente pecador. Para El, el mal físico -enfermedad, muerte- no pertenece al proyecto inicial de Dios, sino que es un añadido debido a la maldad de los hombres. En la Biblia el "pecado" no es solamente la culpa de un individuo consciente, sino principalmente un estado de cosas, una estructura que los hombres podemos vencer a condición de no olvidar la casi identidad entre mal y pecado. No podemos combatir el pecado humano sin, al mismo tiempo, luchar eficazmente contra el mal que asedia al hombre por todas partes. Como tampoco podemos transformar el mundo sin curar el pecado que anida en los corazones humanos. Por eso, como signo de la posibilidad de curación que hay en las parálisis de los individuos y colectividades, comienza curando los pecados, causa y raíz de todos los males. ¿Cómo hacer una sociedad en la que reine la justicia si somos nosotros injustos?: "Sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano" (Mt 7,5).

Jesús llega al nudo del drama humano: "el pecado del mundo" (Jn 1,29), el pecado del hombre.

Los compañeros del paralítico y el propio enfermo no deseaban otra cosa que obtener la curación: no sufrir, ser felices... Jesús no prescinde del drama humano, causa del grupo que se formó a su alrededor, pero orienta la búsqueda de la gente hacia lo que es la raíz del sufrimiento y del dolor, el pecado, cuyo perdón es necesario para que pueda realizarse la curación que se pide.

Sin curar antes el pecado no se puede curar la parálisis. Todos somos pecadores y paralíticos. Vivimos reducidos a pensar y actuar de un modo raquítico: "el hombre no es más que..., no soy capaz..., me gustaría, pero..." Algunos ejemplos que nos afectan en mayor o menor grado: enamorarse... y llegar a reducir al otro a objeto de placer y así degradar el amor, o encerrarse en ese enamoramiento como si no hubiera más gente alrededor; casarse con toda la ilusión del mundo y dejar de alimentar ese amor, llegando hasta la total incomunicación; niños encantadores que, paso a paso, se van convirtiendo en adultos que no saben otra cosa más que matar el porvenir... Esto se llama pecado en lenguaje religioso y explica el drama humano.

Es pecado vivir manejado, no tener un criterio personal de las cosas y de los acontecimientos; repetir como un loro los eslóganes que sufrimos, incapaces de pensar y actuar en ella con independencia... Es pecado todo lo que impide nuestra plenitud personal y la plenitud de toda la humanidad, una humanidad que ha perdido el sentido del pecado, y eso que el pecado ocupa el centro tenebroso de esta vida y explica el sufrimiento del hombre.

Jesús cura el pecado, la causa de todas las limitaciones humanas, nos abre el camino para ser hombres de verdad. Para ello hemos de imitar su vida: dar más que recibir, vivir para los demás con olvido de uno mismo, amar hasta dar la vida, ser pobres, trabajar por la libertad de todos para ser libres nosotros mismos -no lo seremos nunca solos-... Iremos superando el pecado siguiendo los planteamientos de la vida de Jesús. Y así nos vamos salvando, nos vamos realizando como personas.

Jesús perdona con facilidad los pecados de unos, a la vez que ataca duramente los pecados de otros. Y no lo hace por la clase de pecado, sino por la actitud del hombre ante su pecado. Perdona los pecados de los "malos", de los pecadores -de los que se reconocen como tales-, nunca los pecados de los "buenos" -no los tienen-. Sólo se interesa por los enfermos. Lo somos todos, pero sólo podrá buscar curación el que lo reconozca y no esté a gusto en esa situación.

Para que un pecado sea perdonado es necesario reconocerlo. Y, a la vez, creer que hay Alguien más fuerte que nuestro pecado: Dios. Sin esta fe no hay nada que hacer. Con fe, todo es posible: incluso que un paralítico, nosotros, comencemos a caminar.

Fe no en nosotros, sino en la fuerza de Dios presente en nuestra vida.

Los escribas y los fariseos, razonando lógicamente, creen que Jesús blasfema contra Dios. ¿Cómo puede perdonar pecados si eso es algo que compete únicamente a Dios? Los evangelistas no los desmienten: Jesús se comporta como si estuviera en el lugar de Dios. Los escribas y los fariseos son los defensores de los "derechos de Dios". Y hay algunas cosas, exclusivas de Dios, que no pueden ser tocadas en absoluto por los hombres. Tal es el perdón de los pecados. Que los hombres nos perdonemos unos a otros, de acuerdo; pero el perdón de los pecados es algo que viene directamente de Dios, y los canales de ese perdón están rigurosamente establecidos, fuera de la vida cotidiana de los hombres. Con sus palabras, Jesús nos declara que Dios no es la pureza ritual, ni el juez de los hombres, ni el Señor que prepara el castigo de los malos: es el amigo que ofrece a todos su amistad. Por eso perdona sin pedir nada a cambio.

4....Y cura las parálisis de los hombres

"Para que veáis... Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa".

Por ser el pecado la causa del sufrimiento, la curación es la señal del perdón. Perdón que está fuera del alcance de los hombres, lo mismo que la curación de un paralítico. Jesús hace lo que ningún hombre puede hacer: perdona el pecado como paso previo para poder anular los efectos de ese pecado: el sufrimiento del hombre.

Nada podemos hacer sin El (Jn 15,6). ¿Cómo curamos la parálisis de la comodidad, de no querer ver, de ir tirando... si Jesús no nos anima a levantarnos, ayudándonos a quitarnos las defensas en las que nos hemos refugiado?

La curación del paralítico, con el perdón previo de sus pecados, es síntesis de la palabra predicada por Jesús. No podemos reducir el anuncio del reino de Dios a la zona de lo espiritual o de lo corporal exclusivamente. Todo el que pretenda limitar el anuncio del evangelio de Jesús al perdón de los pecados, sin incluir el problema de la liberación humana integral -corporal, social, política-, será un traidor a la palabra tan claramente anunciada por Jesús. Lo mismo que toda tentativa de liberar a la humanidad de sus alienaciones que no tenga en cuenta la estructura de pecado que envuelve la existencia y la historia de cada uno y de la sociedad, tiene el peligro de desembocar en un completo fracaso.

El evangelio es la buena noticia que anuncia la liberación total y plena del hombre: cuerpo y espíritu.

La salvación-liberación que trae Jesús es total. Ha recibido, privilegio único, "potestad en la tierra para perdonar los pecados" y para curar las enfermedades. Por ello es comprensible la admiración que brota de la multitud, "sobrecogida" por la evidencia: allí estaba presente Dios. Pero esta multitud no sabe decir nada más; sigue ignorándolo todo acerca de Jesús; se limita a constatar que "nunca hemos visto una cosa igual".

La multitud ha visto, pero no sigue a Jesús. Es un modo de afirmar la lentitud del proceso de la fe que lleva a El y de indicarnos que no basta con saber para actuar. Quizá esta multitud no era consciente de estar enferma y necesitada de curación, al no haber sido liberada de su pecado. Una multitud que nos debería hacer reflexionar a nosotros sobre cómo estamos llevando a la vida los conocimientos que vamos teniendo de Jesús. Jesús siempre se nos aparece preocupado por sanar al hombre, por animarle a que sea realmente él mismo, llegando hasta lo más profundo de su mal. Los milagros le son arrancados por la fe y por el sufrimiento de los hombres.

En Mateo la maravilla de la muchedumbre no está suscitada, a diferencia que en Marcos y Lucas, por el prodigio realizado, sino porque Dios "da a los hombres tal potestad".

5. El sacramento de la penitencia

El poder de Jesús de perdonar los pecados fue comunicado a la Iglesia. Y, dentro de ella, a los hombres elegidos por El para realizar directamente esta misión de perdón. Un perdón que es inseparable de la persona de Jesús y de su comunidad de creyentes.

El sacramento de la penitencia es el signo del perdón que el Padre nos concede. Un perdón que nos es concedido directamente por Dios al arrepentirnos y que los cristianos debemos celebrar individual y comunitariamente en el sacramento. De otra forma no sabríamos cómo hacerlo.

En este sacramento hay muchas cosas que clarificar, partiendo de la historia y del concilio Vaticano II. Limitarnos a criticar la forma en que se realiza no lleva a ninguna parte. Es necesario que las comunidades cristianas reflexionemos sobre cómo deberíamos celebrarlo, sobre cómo sería signo para nosotros del perdón del Padre y de los hermanos y del que nosotros mismos otorgamos a los demás.

Es el sacramento que ha sufrido más variaciones en la historia, en la forma de su celebración. Cambios que no han terminado ni podrán terminar nunca, que deberán renovarse constantemente, para que los signos sean más asequibles a la comprensión de los hombres de cada época y lugar. Siempre quedará en el proceso penitencial, como lo más fundamental y necesario, la conversión interior del hombre pecador. Sin ella, todo lo demás es inútil, como lo demuestran tantas confesiones frecuentes, durante años y años, sin ninguna repercusión en la vida.

Dios busca, ante todo, la sinceridad del corazón, no la "magia" tan extendida de unos gestos externos. En el perdón que los hombres nos damos y recibimos y en la vida entregada al bien de los demás está presente el reino de Dios y el perdón de los pecados, y no en otra parte. Y eso es lo que debemos celebrar en el sacramento.

Sólo cuando los cristianos nos amemos y amemos al mundo, sólo cuando formemos comunidades auténticas, seremos signos ante los hombres del perdón de los pecados que el Padre nos ha concedido.


FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET - 1
PAULINAS/MADRID 1985.Págs. 350-357