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viernes, 3 de febrero de 2012

V Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,29-39): Encontrar un cura que reza


Por Alessandro Pronzato

Cuando se rompe el hilo

Es bastante embarazoso el desahogo de Job. El mismo cura, aunque docto en materia bíblica, debía encontrarse incómodo, y se veía. Probablemente habría deseado presentar, en su totalidad, este atormentado libro de la Biblia con su inquietante protagonista. Pero el reloj, evidentemente, lo desaconsejaba. Imposible liquidar en cuatro palabras un texto complicado como éste.

El predicador ha admitido que se hace difícil meter la experiencia de Job en la experiencia común y en la mentalidad de un personaje concreto de nuestro tiempo. Pero ha aludido a tres temas particulares.

Primero. El jornalero y el esclavo, en la situación actual, asumen contornos muy distintos de los que pensaba Job. Con frecuencia somos nosotros quienes nos hacemos esclavos del trabajo, sin que nadie nos lo imponga. Y así la ganancia, la prisa, el hacer, se convierten en nuestros amos despiadados ante quienes no logramos o no queremos rebelarnos. Terminamos por emplear el tiempo en muchas cosas, menos en vivir.

Segundo. «Mis días corren más que la lanzadera». Ahora la imagen de la lanzadera sólo puede sugerir algo a los viejos. Pero se puede decir que el hombre moderno ha perdido el hilo conductor de su existencia. Nosotros llegamos a correr todavía más veloces que la fatídica lanzadera que hace girar vertiginosamente el huso, con el riesgo de perder el sentido, la dirección, e incluso, en el fondo, la esperanza. El hilo se ha roto y giramos en el vacío acumulando confusión e ilusiones en serie, con regulares desengaños.

Tercero. Y existen también esos o esas que, aunque la vida es breve, llegan a aburrirse. Y existen esos y esas que no saben qué hacer para matar el tiempo. Una señora perezosa, que había superado abundantemente los setenta años ocupándose preferentemente de gatos y de las hortensias de su jardín, confesaba suspirando: «Me doy cuenta de que los años pasan en un abrir y cerrar de ojos. Los días son los que no pasan nunca». Cuando la vida está llena de vacío, el peso se hace insoportable. Este es al menos el juicio expresado por nuestro párroco que había superado el obstáculo inicial.


La alegría de hacer algo para nada

Lo opuesto al jornalero que espera ansiosamente el salario está representado por el apóstol que predica el evangelio sin preocuparse del estipendio. Pablo (cuando habla por experiencia directa, por ejemplo en este caso, me encuentro de acuerdo con él, no se me ocurre soñar contestarlo, como me pasó el domingo anterior, cuando pretendía meter la nariz en asuntos del matrimonio y las consiguientes «distracciones») asegura que no necesita otras recompensas, otros premios (podemos añadir: títulos, reconocimientos, promociones, honores...).

El está más que satisfecho -hoy, empleando el lenguaje de mi hija teóloga, se diría «gratificado»-por la alegría impagable de anunciar el evangelio desinteresadamente, renunciando incluso a hacer valer el legítimo derecho a hacerse mantener por la comunidad.

Sé que alguna persona con sentido común podría preguntarse: «Pero, ¿de qué vivía san Pablo?». Podría responder tranquilamente: «¡Vivía de evangelio!». Podría añadir, por lo poco que sé: trabajaba con sus manos -y presumía de eso- para ganarse la libertad de distribuir los dones de Dios gratuitamente.

Estoy convencido de que la misión del cura tendría todas las de ganar si sobre ella jamás se alargara la sombra del dinero.

Sería hermoso imaginar apóstoles que, completamente tomados, me atrevería a decir devorados, por la causa del evangelio, no encontrasen tiempo para pensar en el dinero.

Desgraciadamente muchos no se dan cuenta de que, con frecuencia, cuando se consigue dinero o fuertes seguridades humanas, se pierde el evangelio. Cuando uno se preocupa de buscarse todo género de garantías, se reduce la posibilidad de pensar en la misión.

Pablo además precisa: «Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos». He ido a leer, detenidamente, el texto completo, pero no he encontrado: «Me he hecho poderoso con los poderosos, rico con los ricos, diplomático con los diplomáticos, intelectual con los hombres de cultura, experto de política con los políticos».

El hecho es que cuando se tiene familiaridad con el palacio o con los palacios, cuando se frecuentan personajes de éxito, los llamados grandes, los amos de las finanzas, los individuos famosos, la gente que cuenta (y, con frecuencia, en un plano moral, cuenta cero), lejos de ganarlos para la causa de Cristo, se termina inevitablemente por ser ganados por ellos.

Cuando se quiere permanecer, a toda costa, con peligrosos juegos de equilibrio, en la cresta de la ola, se corre el riesgo de ser tragados por las olas.

Cuando uno se preocupa de ser popular, de hacer hablar de sí, de mostrarse simpático y «abierto», es pagado (según sus deseos ni siquiera mal disimulados) con los aplausos y el éxito personal. Pero el mensaje evangélico, del que se dice ser portador, no da ni siquiera un paso, queda confiscado en la antesala.

«Siendo como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos, para ganar a todos los que pueda». Lo malo es que alguno entiende mal el significado de la frase, y pone en venta su libertad al amo de turno, haciéndose siervo de pocos, a lo mejor consiguiendo de él miserables ventajas personales.

Y así la palabra «servicio» queda profanada. Servir a los pobres, los débiles, los enfermos, la gente de nada, lavando los pies como ha hecho Jesús, me parece que es incompatible con hacer la pelota al poderoso, al rico, al sabio.


El cura ausente porque tiene que rezar...

La curación de la suegra de Pedro, referida en el evangelio en el contexto de la «jornada de Cafarnaún», según lo que ha explicado el predicador, provocó, como era previsible, una salida impertinente del pérfido Santiago: «Yo, en el puesto de Pedro, no le habría perdonado fácilmente la cosa...», me ha susurrado, burlón, al oído.

Pero yo, por mi parte, me he detenido con calma a tejer algunas consideraciones sobre la escena de la escapada nocturna de Jesús a un «descampado» para dedicarse a la oración.

«El párroco está ausente... Está participando en una reunión... Ha ido a un convenio... Ha tenido que ir a un encuentro... Está de peregrinación... Está asistiendo a unas jornadas de estudio... ».

Me gustaría descubrir a un cura ausente por motivos graves de oración solitaria, por compromisos improrrogables de oración.

Jesús se retira a orar, pero se deja también encontrar, porque ha dejado unas huellas inequívocas (de hecho, los apóstoles «fueron, y al encontrarle...»). Huellas que llevan seguramente al lugar de la cita secreta con el Padre.

El cura que reza no es uno que huye (malo si la contemplación se convirtiese en una forma de evasión de las responsabilidades). Es uno, más bien, que se deja encontrar en el ejercicio de su quehacer más urgente, que es precisamente la oración.

«El párroco está ausente...». No hace falta saber más. Sé dónde encontrarle, sin necesidad de recurrir al teléfono (además, él le ha descolgado). Y posiblemente, antes de molestarlo, me entretengo un cuarto de hora, en silencio, junto a él. «Continúe, padre, porque sé que en este momento se ocupa ya de nuestras cosas...».

«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido». Detalle significativo. Jesús, cuando ora, hace la programación pastoral, esboza las líneas de su acción misionera, cada vez más amplia.

Personalmente, me sentiría más tranquilo si descubriese que curas y obispos elaboran planes pastorales poniéndose a rezar y no a discutir.

No sé si me equivoco, pero me parece que la oración representa un momento insustituible de claridad, un modo seguro para levantar acta de la situación, de ver las cosas en la perspectiva justa, de asumir decisiones sensatas.

Suelto el trapo: no basta que los curas vengan a decirnos que tenemos que rezar más, que se está perdiendo el sentido de la oración. Tienen que demostrar ellos, los primeros, que están siempre muy ocupados en la oración.