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sábado, 11 de febrero de 2012

VI Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,40-45): Y lo tocó...



Hay gestos que parecen demasiado vulgares y que sin embargo explican toda una vida.
Estaba prohibido tocar a los “leprosos”. Es inútil, la ley siempre termina teniendo muy poco de humano y mucho de egoísmo.
Tocar a un leproso era correr el riesgo de contagiarse de la lepra. Y claro, nadie quiere contagiarse de los males del otro.
Por eso, preferimos verlos desde lejos. Porque, desde lejos, nadie se contagia y además duele menos.
Ver la pobreza por TV es demasiado fácil. Al fin y al cabo todos terminamos diciendo: “pobrecitos, qué vida llevan”. Esto no contagia a nadie.
La pobreza hay que tocarla con la mano. Porque solo entonces duele.
Al pobre hay que tocarlo con la mano, porque sólo entonces uno sabe de verdad lo que es ser pobre.

La enfermedad leída en los periódicos duele poco. A lo más nos informamos de que en alguna parte hay enfermos y alguno sufre.
La enfermedad es preciso tocarla con la mano. Porque solo entonces la enfermedad se convierte en “enfermo”, adquiere “rostro humano” y comienza a doler.

El hambre conocida en los telediarios no llena el estómago de nadie.
Tampoco vacía el nuestro. Nuestro estómago no siente hambre por mucho que nos informemos del hambre que existe en el mundo.
El hambre es preciso tocarla con la mano, es decir, es preciso sentirla en el propio estómago, porque sólo entonces comienza a dolernos.
Mientras nuestros estómagos no sientan realmente el hambre no pasará de ser una noticia lejana a nuestras vidas.

El sida, conocida por las informaciones que nos llegan de lejos, no nos duele y nos asusta muy poco. Mientras el sida lo tengan otros y estén lejos, no pasará de ser un dato más de los noticieros.
El enfermedad del sida hay que tocarla con la mano. Hay que acercarse al que la sufre. Hay que ver si cuerpo consumido. Hay que tocarla con la mano.
Tomar con nuestras manos, las manos del que la lleva dentro.

Yo era de los que algo sabía o creía saber sobre el sida. Hasta que me tocó atender a un joven de unos veintitantos años, ya en fase terminal. Al verlo sentí una lucha interior. Ganas de retirarme. Y a la vez, la conciencia de no hacerle sentir su marginación y soledad. El mismo se sentía como retraído para extenderme su mano. Hasta que armándome de valor le extendí la mía. Recién ahí pude contemplar cómo una especie de sonrisa afloraba a sus labios. Luego de confesarle y darle la unción de los enfermos, de nuevo mi lucha interior. Al fin me decidí. Le tomé la mano y le di un beso en la frente. Creo lo hizo con los ojos cerrados, porque sólo logré escuchar: “gracias, Padre, gracias”. Cuando volví a los quince días, ya había muerto. La habitación estaba vacía, es posible que nadie quisiera dormir en ella.
La vida hay que tocarla.
La pobreza hay que tocarla.
La enfermedad hay que tocarla.
El cáncer hay que tocarlo.
La lepra hay que tocarla.
La soledad del anciano hay que tocarla.

El fuego solo nos quema cuando lo tocamos.
El hielo solo nos enfría cuando lo tocamos.
La electricidad solo nos sacude cuando tocamos unos cables.
Lo que no se toca no contagia.
Lo que no se toca no duele.
Me impresionó la frase de Benedicto XVI cuando escribe: “Hoy estamos todos más cerca, pero no estamos más juntos”. “Cerca” sí, pero no “juntos”. No es fácil sentir la mano amiga que se posa sobre nuestra cabeza o nos da unas palmaditas en la espalda.

No bastó que el leproso se acercase a Jesús, que también estaba prohibido.
Pero las prohibiciones no sanan ni el cuerpo ni el espíritu.
Por eso fue necesario que “Jesús extendiese su mano y le tocase”.
Fue necesario escuchar el grito del corazón que dice: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Hay que tocar con la mano, pero también hay que escuchar. Porque sólo entonces es posible sentir el corazón del otro que nos dice: “Quiero, queda limpio”.

Hay niños que esperan ser acariciados por una mano llena de ternura.
Hay enfermos que esperan que una mano caliente se pose sobre su frente afiebrada.
Hay pobres que esperan que alguien les tienda mano y estrechen la suya.
Hay ancianos que esperan que alguien les regale una palmadita de aliento y esperanza.
Puede que nuestra mano no los cure de sus lepras, pero al menos habrá sanado su corazón y su espíritu, haciéndoles sentir que también ellos significan mucho para nosotros. “Una de las grandes enfermedades es no ser nadie para nadie”. (Teresa de Calcuta)


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