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sábado, 11 de febrero de 2012

VI Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,40-45): Aprendamos a vivir sin necesidad de milagros


1. Puros e impuros

A primera vista, la simple narración del milagro efectuado por Jesús pudo habernos dejado la impresión de la gran bondad del Maestro para con aquel desgraciado, como al mismo tiempo su valentía y entereza al ponerse en contacto con un hombre considerado portador de una enfermedad contagiosa.

Ciertamente que no descartamos este aspecto evangélico que tan bien coincide con la personalidad de Cristo, pero es posible que el evangelista Marcos haya querido dejarnos un mensaje un tanto más profundo que ahora trataremos de desentrañar.

Actualmente la lepra es una enfermedad como cualquier otra y que requiere en todo caso el mismo cuidado que otra considerada más o menos grave o molesta.

En cambio, en el ambiente bíblico, la lepra no solamente era muy frecuente y de efectos corrosivos en todo el cuerpo, sino que también tenía un aspecto religioso que la hacía particularmente temible.

En efecto, era una opinión común que la lepra era consecuencia de un castigo divino especial por ciertos pecados cometidos y, dado su carácter contagioso y repugnante, transformaba al leproso en un verdadero paria de la sociedad. Por eso debía vivir alejado de los lugares poblados, con las ropas desgreñadas y los cabellos sueltos, y en caso de que se encontrara con alguien no leproso, debía gritar: «Impuro, impuro.» Esta expresión legal, obligatoria en sus labios, significaba que el leproso estaba incapacitado para participar en la asamblea religiosa y tratar con las demás personas, consideradas puras.

PUREZA-LEGAL: Según la mentalidad judía, tanto las personas como los animales y las cosas, se dividían en puros e impuros. Por impureza no se entendía una situación moral sino una determinada característica tabú que provocaba la prohibición de tratar con esas personas (por ejemplo, con las mujeres que habían dado a luz) o de servirse de tales animales (como el cerdo) y cosas. El único puro y santo por excelencia era Dios, y quien quisiere acercársele o unirse a su comunidad debía estar puro ritualmente, por lo cual se establecían complicados ritos purificatorios.

Precisamente Jesús, si bien respetará básicamente las normas de su pueblo para no provocar un escándalo innecesario, introducirá una notable variante en esta concepción: la pureza no está en el exterior del hombre, ni en una mancha de la piel o en la suciedad de las manos, sino en la integridad y sinceridad del corazón.

Este evangelio de hoy, como otros más, nos trae su primer y claro mensaje: también los considerados impuros por la sociedad y el culto antiguo, pueden acercarse a Jesús, y por medio de él a Dios.

Lo que Dios mira es la pureza interior, es decir, la disponibilidad de nuestra conciencia para hacer las cosas con rectitud. Así la fe cristiana concluye con la división entre cosas puras e impuras ya que no existe ninguna fuerza mágica especial que se deposite en ciertas personas o cosas para hacerlas portadoras del mal.

Para Dios, todo hombre está llamado a la fe y a la santidad por el solo hecho de ser hombre. Podríamos decir que en Dios todos somos santos; y por eso mismo la comunidad cristiana está abierta absolutamente a todos, aun a aquellos considerados impuros o directamente excluidos por tal o cual prejuicio o tabú.

Como vemos, Marcos no solamente nos habla -como vimos el domingo pasado- de la universalidad del mensaje de Jesús en cuanto éste se dirige a todos los pueblos, sino de otra universalidad que a veces suele costarnos más aún: Jesús se dirige de la misma forma a todas las clases sociales y a todo tipo de personas sin prejuicio alguno.

Por eso, lo interesante para nosotros ahora es preguntarnos quién es ese leproso que nuestra comunidad aísla de su mesa o convivencia.

No hace falta que pensemos mucho para darnos cuenta, por ejemplo, de lo siguiente:

--A veces afirmamos que somos antirracistas; pero esto no es óbice para que menospreciemos a la gente de color o al de pómulos salientes, al gitano o al ciudadano de cierta región del país; al que está mal vestido o al que no habla el castellano como lo pide la gramática o el diccionario; o bien, al que no ha adquirido todas las finezas de la cultura occidental.

--También entendemos que entre nosotros existe amplia democracia y que todos somos iguales ante la ley, y que aquí no existen parias de ninguna especie. Pero, ¡cuántas diferencias hacemos en la iglesia, en los negocios o en las oficinas públicas según que la persona parezca tener más o menos dinero!

--Podríamos hablar también del permanente recelo con que se trata al judío, al ateo o al miembro de otra confesión religiosa; a la madre soltera o a los divorciados, al homosexual o a los delincuentes encarcelados...

En fin, pronto descubriremos que en nuestra comunidad pueden deambular muchas personas que llevan sobre sí el estigma del leproso y que -también esto es posible- a muchos de ellos las puertas de nuestra comunidad les están definitivamente cerradas. Es cierto que alguno de estos grupos de parias pueden causarnos cierta repulsión más o menos instintiva; pero también es cierto que el evangelio es radical en su postura, como lo demuestra la actitud de Jesús con otros parias de su época, como los publicanos, los paganos, las rameras o los soldados romanos.

También es cierto, como veremos en el punto siguiente, que Jesús cura al leproso y llama a la conversión al soldado injusto o a la prostituta postrada..., pero nunca les cerró las puertas, nunca condenó previamente, nunca se dejó llevar por los prejuicios que, en aquella época, eran tan frecuentes como ahora.

Entresaquemos, pues, el primer mensaje que hoy nos deja Marcos: para Dios no hay gente impura ni excluida. Todos están llamados igualmente a formar parte de su comunidad, ya que ha caducado la antigua división entre puro e impuro.

No tengamos miedo, como no lo tuvo Jesús, a poner nuestras manos como signo de bendición sobre los hombros de aquellos que hasta hoy nos han causado repugnancia, rechazo o han sido tratados con prejuicios.

Con gran sinceridad sepamos reconocer cuándo nuestro trato no es ecuánime, y cuándo estamos cometiendo el gran pecado de sentirnos la parte pura de la sociedad...

Sepamos descubrir, tras cierto rigorismo moral, ese odio tan sutil que hasta pudo disfrazarse de santidad. Sobre este punto es mucho lo que tenemos que revisar, tanto a nivel personal como institucional.

2. Integrar a los parias

Y hay un segundo punto íntimamente ligado al anterior. El leproso es curado no solamente de su enfermedad física, sino de su verdadera enfermedad o llaga que es su aislamiento social y religioso. Jesús no solamente le permite acercarse a él, a pesar de la prohibición, sino que lo integra a la comunidad. Jesús transforma a aquel paria en un auténtico discípulo y mensajero del evangelio.

Observemos cómo, a pesar de la prohibición de la ley, el leproso se acercó a Jesús y cayó de rodillas a sus pies para pedir su ayuda. No esperó a que Jesús viniera hacia él; él mismo se adelantó, movido por una profunda confianza.

Y antes que nadie le pudiera reprochar su gesto, dijo con absoluta humildad: «Si quieres, puedes limpiarme.» Ni siquiera se atrevió a pedir explícitamente la curación; todo lo supedita al Señor a cuyos pies se ha postrado: Si quieres..., puedes curarme.

Magnífica oración de auténtico creyente. No existe un milagro; no antepone su necesidad a la voluntad del Señor. Su ruego se doblega ante el designio divino que es más importante que su misma enfermedad.

Y Jesús, conmovido, extiende su mano, lo toca y lo cura con esta sola palabra: «Quiero, queda limpio.» Nuevamente encontramos aquí una idea muy evangélica: es la palabra de Jesús la que nos cura de nuestros pecados y nos transforma en sus discípulos. Es una palabra eficaz, dinámica, transformadora; no sólo anuncia la salvación sino que la realiza. O para ser más claro: es la decisión de una comunidad cristiana que no se queda en las buenas intenciones y bellas palabras. Son hechos concretos los que hoy se nos reclama; no bonitos discursos o frases bien hilvanadas.

El resto del relato ya es conocido: Jesús lo urge a que mantenga oculto el milagro y a que se presente ante el sacerdote para cumplir lo mandado por Moisés.

Pero el ex paria de la sociedad, nos dice Marcos, «empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones», provocando lo que Jesús temía: de todas partes vendrán a buscar sus milagros, pero sin la fe de aquel hombre.

Así Marcos, mientras contrasta la fe del leproso con la curiosidad milagrera de los galileos, sigue rubricando su idea inicial: el evangelio se divulga por todas partes con la colaboración del nuevo discípulo de Jesús...: un leproso.

En la prohibición de Jesús hay algo aleccionador: lo único importante es la fe. El milagro es algo completamente accidental en la vida religiosa. Por eso Jesús cura al leproso en la soledad y le pide que guarde el más absoluto silencio, ya que es consciente de que existe una actitud equívoca en aquellos que lo buscan.

También sabe que costará muchísimo que los cristianos aprendamos a vivir sin necesidad de milagros...

¡Cuántas devociones, peregrinaciones y oraciones no tienen más móvil que desencadenar un prodigio en favor nuestro! Lo que, en cambio, Jesús acepta es la humilde fe del leproso: "Si quieres, puedes limpiarme".

Con esta simple oración podemos ya concluir nuestra reflexión.

Cada uno de nosotros puede tener cierta lepra interior que nos deforma como personas y nos aparta de los hermanos. Querer curarse es la condición para acercarnos a Jesucristo, y por él, a toda la comunidad.

SANTOS BENETTI
EL PROYECTO CRISTIANO. Ciclo B.1º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1978.Págs. 224 ss.