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jueves, 29 de marzo de 2012

Domingo de Ramos (Mc 14,1-15,47) - Ciclo B: Una entrega por muchos


Para comprender esta sección, que tiene como centro la última cena y que nos introduce en el relato de la pasión, es preciso que reconstruyamos un trasfondo triple. En primer lugar, la vida entera de Jesús, cuya cima y cuya revelación al mismo tiempo es la última cena. Efectivamente, la cena no es un gesto aislado e imprevisto, sino que está fuertemente arraigado en el contexto evangélico: pone profundamente de manifiesto el significado del "camino" de Cristo, permitiéndonos captar la tensión interior que lo dirigió desde el comienzo.

En segundo lugar hemos de tener presente el trasfondo veterotestamentario (especialmente Is 53 y Ex 24, dos textos con los que hemos de encontrarnos) y la liturgia judía de la celebración de la pascua.

Y finalmente hemos de tener ante la vista el marco litúrgico de la comunidad cristiana, en nuestro caso la comunidad de Marcos. En este trozo del evangelio no nos encontramos solamente con las palabras y los gestos de Jesús, sino que vemos esos mismos gestos y palabras encuadrados dentro de la liturgia comunitaria, que es precisamente donde son recordados y propuestos a la reflexión de los fieles; así pues, palabras del Señor y reflexiones comunitarias, recuerdo y meditación. Más concretamente podríamos decir que los gestos y las palabras del Señor se nos han transmitido dentro de un contexto litúrgico y homilético. Todo esto es ya de suyo significativo: para las comunidades cristianas el gesto eucarístico no era simplemente algo que bastaba recibir de la tradición, conservarlo y transmitirlo con la fidelidad; era más bien un gesto del que había que deducir un juicio sobre la comunidad.

Por eso mismo el gesto del Señor quedó inserto dentro de un contexto que llaman homilético, o sea, dentro de un contexto atento a sacar de él consecuencias para la vida.

-El marco

El marco en que nuestro evangelista (lo mismo que harán luego Mateo y Lucas) coloca la cena del Señor no es un simple cuadro exterior, una descripción externa, sino un cuadro que nos encamina ya a la comprensión del significado interior de aquel acontecimiento.

PAS/JUDIA: Está cerca la pascua de los judíos (14, 1) y Jesús desea celebrar la cena pascual con los discípulos (14, 14); he aquí la primera indicación. Con toda probabilidad la pascua fue en su origen la forma israelita de celebrar las fiestas de primavera, comunes a todos los semitas nómadas del desierto. Pero un texto del Éxodo (12, ss) relaciona esta fiesta de pascua con el gesto de Dios que liberó a los hijos de Israel de manos del faraón, haciendo morir al propio tiempo a los primogénitos de los egipcios. De esta manera, la fiesta quedó insertada en la historia de la salvación (en su origen, como hemos dicho, era una fiesta de pastores) y su celebración se vio enriquecida con gestos altamente evocadores. Un texto del Deuteronomio (16, 1-8) subraya más fuertemente todavía la idea de memoria: "Así te acordarás del día en que saliste del país de Egipto por todo el tiempo de tu vida." La fiesta estuvo siempre acompañada de un marco festivo. En tiempos de Jesús la preparación y el adorno de la sala, el vino y el cordero caracterizaban a la cena pascual como un banquete de alegría. Se celebraba con gozo la salida de Egipto y la consecución de la libertad. Pero no se trataba simplemente de una alegría que tenía su origen en un recuerdo; la fiesta asumió también un carácter de esperanza. La celebración del gesto liberador de Dios no es solamente recuerdo del pasado ni es solamente alegría por la libertad que se posee; es también anticipación de la liberación escatológica. En tiempos de Jesús era muy viva esta dimensión escatológica. La cena pascual presentaba un doble aspecto, uno dirigido al pasado y otro al futuro. Pero esta dimensión escatológica quedaba fácilmente contaminada por las ambiguas esperanzas mesiánicas del pueblo. Y es aquí precisamente -una vez más- donde radica la novedad de Cristo: el futuro liberador se anticipa y se significa en una cena que recuerda la cruz y la ofrenda de amor que en ella se encierra. El camino mesiánico es el de la cruz. Precisamente en este marco festivo, tan cargado de esperanzas, es donde llega a su cumplimiento el drama de Jesús. Es un contraste muy fuerte.

Por eso Marcos no dice solamente que estaba cerca la pascua: dice además que los fariseos habían decidido "darle muerte" (14, 1-2), pero andaban buscando la manera de hacerlo sin suscitar la indignación de la gente. Más adelante Marcos señala una segunda repulsa, la de Judas (14, 10-11): también Judas aguardaba el momento oportuno para entregarlo. Así pues, el gesto liberador de Dios tiene lugar en un contexto de repulsa: Jesús está solo en su gesto de entrega, rechazado.

Entre estos dos episodios de repulsa tiene lugar una escena con los discípulos: el relato de la mujer que derrama un frasco de perfume precioso sobre la cabeza de Jesús. Pero también es "discutido" este gesto y Marcos nos recuerda tres interpretaciones. Algunos ven en este gesto un "derroche": ¡podía servir para los pobres! ¡Como si Cristo, que va a morir, solo y abandonado de todos, no fuera un pobre! ¡Como si no fuera justo "derrochar" un poco de nuestra amistad con él! La mujer, por su parte, ve en aquel gesto -y por eso lo realiza- un signo de amor y de respeto, quizás de gratitud, probablemente un reconocimiento mesiánico (mesías quiere decir precisamente ungido, perfumado). Pero ¿qué mesías? La interpretación de Jesús es la que revela el significado último, verdadero, del gesto de la mujer (un significado que aquella mujer no había comprendido): es un anticipo de sepultura. Jesús es un mesías que va a morir. Este es el pensamiento que domina a Cristo y que los discípulos sin embargo no saben interpretar.

-Una entrega por muchos

Después de haber contemplado este marco, concentremos ahora nuestra atención en los gestos y en las palabras de Cristo. Los gestos de Jesús -incluso prescindiendo de las palabras que les acompañan- están por sí mismos cargados de significados: el pan partido, el vino rojo, el pan y el vino repartidos.

Todo esto indica la muerte cercana y el don que allí se encierra: una vida entregada, ése es su significado. Y las palabras que los comentan no pueden hacer más que aclarar esta idea.

Las palabras de Cristo sobre la copa se relacionan con la alianza: "La sangre de la alianza". En el libro de /Ex/24/08, leemos: "Después Moisés tomó sangre, roció con ella al pueblo y dijo: Esta es la sangre de la alianza". La alianza (ALIANZA/QUE-ES) es, en su aspecto más profundo, el gesto con que Dios libera a su pueblo y lo elige para sí; también podríamos decir al revés (las dos formulaciones son equivalentes) que la alianza es el gesto con que Dios se entrega a su pueblo, dejándose comprometer por él y convirtiéndose en su liberador y aliado.

Y las palabras que siguen ("derramada por mucha gente") nos recuerdan a Is 53, en donde el Siervo de Dios entrega su vida por los muchos que lo rechazan.

Para comprender ese "por muchos" debemos recurrir además a otra frase de /Mc/10/45, donde el término "rescate" (que ya hemos tenido ocasión de comentar expresaba la solidaridad más radical: "solidario con", "en lugar de". Así pues, todos los elementos (recuerdo de la alianza, referencia a Is 53, el paralelismo con Mc 10, 45) convergen en la definición del "camino" de Cristo como un hecho de "comunión"; una vida entregada.

Finalmente, después de la referencia al Antiguo Testamento y al contexto más amplio, el "por" nosotros (conservado por todas las tradiciones, incluso por Juan) se comprende en toda su profundidad únicamente si lo colocamos dentro del contexto de repulsa que hemos descrito anteriormente: rechazado por nosotros, muere por nosotros. Y conviene observar que el rechazo no viene solamente de parte de los "suyos": la traición de Judas y más tarde la negación de Pedro (14, 29-31).

Así pues, la cena es verdaderamente la revelación de la tensión que ha guiado toda la vida de Cristo (una vida entregada), es una explicación del ministerio de la encarnación y, en definitiva, una clave de lectura de la historia de salvación como historia de comunión. Por eso precisamente decíamos que la cena no es un gesto aislado. No basta con afirmar que Cristo está presente en el pan y en el vino; es preciso descubrir allí una vida entregada. Y es preciso tomar parte en ella. Obsérvese entonces cómo el texto habla de sangre bebida, compartida. De la primera comunión (la de Dios con nosotros) brota la segunda (la comunión entre nosotros mismos): el camino de Cristo (una vida entregada) define cuál ha de ser nuestro seguimiento.

Una última indicación: "No volveré a beber del jugo de la vid hasta el día en que beba vino nuevo en el Reino de Dios" (14, 25). Se trata de la dimensión escatológica del gesto de Jesús (y de la celebración cristiana), que en Lucas es todavía más explícita. El gesto de Jesús señala un "camino" que tiende, no a la cruz, sino -más allá de la cruz- a la comunión definitiva con Dios. El don es anticipado, pero tiende a una plenitud. Por eso precisamente "la misma celebración eucarística no se vive, en la festividad cristiana, como una simple participación en la presencia de Cristo; está siempre impregnada de la melancolía del ausente o de aquel que se hace presente sólo a través de una materia simbólica.

-La traición

En el relato de Marcos es muy vivo el sentimiento de la traición.

Repitamos que se trata de la traición de Judas, de la negación de Pedro y del escándalo de todos los discípulos. Jesús lo expresa de un modo solemne, como si se tratase de una realidad profunda, que no es posible olvidar: "Os aseguro" (en el texto original: "en verdad, os digo a vosotros": /Mc/14/18). Y se refiere además al salmo 41, 10, la plegaria de un hombre abandonado y traicionado.

Realmente parece descubrirse en Marcos una insistencia: "uno de vosotros, uno que comparte mi pan", "uno de los doce"; se trata de una traición de la amistad y de la elección. Es verdad que esta traición entra dentro de la historia de Dios (y por tanto no debe escandalizar), pero se debe igualmente a la responsabilidad del hombre: "¡Sería mucho mejor que no hubiera nacido!"; quizás no sea éste un juicio de condenación, sino más bien una lamentación y una advertencia.

Pero el recuerdo de la traición -que nos conservan todas las tradiciones, incluso la fórmula catequista de 1 Cor 15- ¿qué significado tiene para nosotros? La comunidad cristiana descubre ante el gesto de Cristo sus propias divisiones, pero al mismo tiempo descubre que la fidelidad de Dios es más fuerte que estas divisiones. Por eso la memoria de Cristo es al mismo tiempo juicio y consuelo.

Precisamente en el contraste entre la traición y la entrega es donde la comunidad ha captado la grandeza del amor de Dios, su gratitud, su obstinación. Pero ha captado también una doble advertencia. La comunidad se siente invitada a no escandalizarse, ya que descubre en su propio seno la traición y el pecado: es una experiencia que vivió el mismo Jesús y que previó para su Iglesia; la traición acompaña a la comunidad desde sus orígenes. Y se ve también invitada a no mecerse en una falsa seguridad y a no presumir de sí misma (como Pedro): siempre es posible el pecado y no podemos fiarnos de nuestras propias fuerzas.