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sábado, 14 de abril de 2012

II Domingo de Pascua (Jn 20, 19-31) - Ciclo: Creer en la palabra de otro



En la Eucaristía del viernes de la Octava de Pascua, al leer la frase en la que dice que a Pedro, el que le hace notar la presencia del Señor resucitado, es Juan, me cayó una ficha nueva (recibí una gracia): aunque tengas delante al Señor y seas San Pedro, la resurrección te la tiene que anunciar otro!
Simón Pedro no se plantea “cómo no me di cuenta yo” sino que se larga al agua y va a Jesús siguiendo la intuición de fe de su amigo.

Esta manera de mostrarse del Señor, a través del anuncio de fe que los testigos se hacen unos a otros, es una de las claves para recibir la gracia y el consuelo que brotan de Jesús resucitado.
Y esta pedagogía del Señor, de hacerse presente en una fe comunitaria en la que unos iluminan a otros, ya está activa en el núcleo más íntimo y en el origen mismo de sus apariciones.

Pensaba que “no haber visto” a Jesús con mis propios ojos no es porque yo no sea tan santo sino porque el Señor instituyó este modo de “creer sin ver”, de “creer en la palabra de otro” como el mejor para todos.

Esto me llevó a caer en la cuenta (primero lo dije y luego me quedé reflexionando, no vaya a ser cosa de hacer afirmaciones a la ligera) de que Jesús Resucitado pareciera que no desea convertirse en un objeto de culto. El que aparezca y desaparezca, el que espere con paciencia a que cada uno haga su proceso (a Tomás lo dejó en remojo una semanita), hacen pensar que el Señor está preparando otra cosa (la venida del Espíritu). No quiere que los lugares de sus apariciones se conviertan en lugares de culto o que los discípulos se queden con alguna reliquia de sus vestidos o con la espinita del pescado que comió… El Señor se muestra y de manera ostensible (mostrando sus llagas, comiendo, partiendo el pan) pero luego desaparece de manera tal que los discípulos, aunque esperen que se aparezca de nuevo, intuyen de entrada que no es cuestión de que se siga apareciendo ni de que construyan un Templo en el sitio de las apariciones. Esto de no querer ser objeto de culto (el “no me retengas” que le dice a la Magdalena) sino fuente de Vida, es claro. Ya está instituida la Eucaristía, que es un modo de dar culto a Dios “en camino” (la eucaristía es viático, pan de vida para el camino). La Eucaristía es culto vivo, hay que “hacerla” cada día (hacer el pan, consagrarlo, compartirlo y comulgarlo). La resurrección viene a dejar claro que comulgamos con Cristo muerto y resucitado: no es sólo memorial de lo que el Señor hizo por nosotros sino comunión efectiva del pan para vivir el día que viene.

Estos signos del Señor son signos de despojo, de quien ha cumplido su misión y deja el lugar a Otro: todo en Jesús ha sido y sigue siendo “dar la vida”. El Señor no congrega a los discípulos en torno a sí sino que les sale al encuentro en sus vidas y en sus lugares de reunión y de trabajo y los pone en camino hacia los demás.
Lo que quiero decir es que la resurrección no es un hecho a analizar con la luz de nuestra mente sino una fuente de luz desde la cual mirar la realidad, una fuente de vida de la cual se puede beber una vida nueva.
Por eso quizás el Señor “retacea” sus apariciones, o las hace impredecibles, “dispersas”, a este y a aquel… lo necesario para que la semilla de la Fe en que Él ha Resucitado quede sembrada y viva en el corazón de la Iglesia y de frutos del ciento por uno.
No es necesario “verlo más” o que lo “veamos ahora” en el siglo XXI. La Resurrección aconteció una vez y para siempre y tanto al comienzo como dos mil años después, sigue teniendo que “ser anunciada por otro” y “recibida como fuente de vida” no como objeto de análisis.
Para experimentar el poder de Cristo Resucitado no hay otra que largarse al agua como Pedro y “hacer lo que Jesús nos diga”.
Para experimentar el poder de Cristo crucificado y resucitado no hay otra que “estar en comunidad” como Tomás y creer a la Iglesia que nos anuncia: “hemos visto al Señor”. Nada de “mi” dedo y “mi” mano, y si “yo” no veo “yo” no creo.
Tomás, en ese sentido de querer verlo todo por sí mismo, es bien post-moderno. Y quizás desde el punto cultural al que hemos llegado, en que viendo todo dudamos de todo, podemos apreciar mejor que en otros tiempos la sabiduría de Jesús que relativiza lo visual y se sitúa más bien en el ámbito del diálogo interpersonal.

Este comienzo medio pobrecito de la nueva vida, anunciada por mujeres sencillas, por miembros “no tan importantes” de la comunidad como los de Emaús o la Magdalena, estos encuentros “comunitarios” en los que el Señor da su paz y su Espíritu a todos juntos, son de una riqueza humana –personal y social- indescriptible.
En estos sencillos encuentros el Señor crea un nuevo modo de ser personas y de ser comunidad. Su presencia de Resucitado actúa como un elemento de fusión que “suelda” y unifica la experiencia de fe más íntima con la más comunitaria de manera tal que ya nadie la podrá separar.
Funda nuestra vida como Ecclesia, como comunidad de los convocados por Él y en torno a Él. Los que han recibido así su Espíritu (cada uno su llamita y su soplo que es único y a la vez común con todos) nunca más pueden ser “individuos sueltos”. Y la comunidad no puede ser nunca más “comunidad abstracta”, sólo de algunos elegidos o con una jerarquía basada en el poder o en la riqueza o en la inteligencia. La comunidad que crea Jesús participa de su Espíritu “sin medida”, cada uno tanto cuanto puede recibir esa totalidad de amor que el Señor le da. Discípulos y discípulas, pecadores y fieles, Pedros y Tomases, Juanes y Cleofaces, Magdalenas y Pablos, todos son incluidos y se convierten en incluyentes. El poder de fusión del Señor Resucitado se convierte en el núcleo ardiente de la primera comunidad y comienza a atraer a todos hacia Él, como había dicho el Señor que sucedería.
El pasaje de hoy muestra de manera clara esta fusión de la fe que produce la presencia del Señor resucitado, que consolida la fe de la comunidad en una aparición e integra luego la fe de Tomás en un proceso personal que le lleva más tiempo.
La frase del Señor: “Felices los que creen sin haber visto” fija para siempre (a la manera del Señor que utiliza “felicitaciones” y “bienaventuranzas” para escribir en nuestro corazón de carne no “imperativos” sino “invitativos”) y consagra el modo como se entra a tomar parte en su resurrección: por la fe recibida de otros y vivida con otros.