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miércoles, 23 de mayo de 2012

Otro mundo será posible, si lo soñamos y lo trabajamos



La primera reacción de cualquier persona sensible ante la lamentable situación en que se encuentran miles de personas, algunas de ellas conocidas, en esta macrocrisis, es un sentimiento profundo de condolencia.

La primera pregunta es si ese sentimiento se queda en mera lástima superficial, de mirar desde una posición, consciente o no, de superioridad ante quienes se encuentran desvalidas. A partir de esa lástima podemos olvidarnos -no es mi problema-, o intentar tranquilizar nuestra conciencia a través de una limosna o de un tipo de ayuda coyuntural y poco comprometida.

O profundizar en una com-pasión, en la que nos situamos al mismo nivel que esas personas y adoptamos una serie de decisiones que mudan nuestra posición ante la vida. Requiere un cambio de actitud que se manifiesta en reconocer a las víctimas como personas concretas, iguales a nosotros, con un rostro y un nombre indentificativos. La mayor parte, sin culpa alguna por su parte, se hallan en una indefensión en la que nosotros mismos podríamos caer en cualquier momento.

La decisión de volcarnos en la ayuda de las víctimas ha de ser naturalmente inteligente. Hemos de esforzarnos por conocer la realidad que estamos viviendo. Esa, cuyas causas profundas, se nos ocultan en esa sociedad que llaman de la información. Hay pobres porque hay empobrecedores, porque la minoría más rica ha emprendido una lucha sin respuesta defensiva por parte de las víctimas. Y preguntarnos si esas ayudas que damos para aliviar situaciones extremas no están impidiendo que reflexionen sobre su situación y reaccionen indignados contra los causantes de su situación.

Este cuestionamiento no es para dejar de ayudar, sino para incitarnos a profundizar en nuestra tarea comprometida. Conviene no olvidar que las proclamas neoliberales por la Gran Sociedad y menos Estado, llevan consigo la desregulación económica-laboral, el abandono las funciones públicas redistributivas y el encargar a ongs subvencionadas funciones que debieran ser administrativas. En lenguaje cristiano, es inicuo dar como caridad lo que se debe en justicia.

No podemos desconocer que estamos dentro del sistema. Es global y nadie se escapa de su dominación. Lo peor es ver cómo nos hemos contagiado de sus valores, cómo por nuestro estilo de vida nos hemos convertidos en cómplices del mismo. Para intentar cambiarlo, lo primero es empezar a romper con él. Rasgar la capa del miedo que nos han inculcado, salir de la resignación cobarde en que nos han sumido.

Atrevernos a pensar por cuenta propia. Negarnos a seguir cerrando los ojos, buscar, dentro de la maraña de informaciones con que nos aturden y entontecen, pistas para ver sus fallas, sus contradicciones. Y, desde este presente injusto y perverso, soñar otro mundo y empezar la tarea que no será corta ni fácil, para construirlo. Esto no se hace en soledad, sino junto a todos los que empiezan a despertar.

La lucha tiene muchos frentes y hay aspectos que debemos ir ya afrontando. A mi juicio:

*Primero resistir los ataques feroces contra el Estado del Bienestar: sanidad, educación, dependencia. Su defensa es imperativa.

*Reclamar otro economía, basada en el equilibrio entre entre los tres tipos de trabajo: el Remunerado, cada vez más escaso que debe
redistribuirse, por una disminución de su horario; el Cívico, de tipo voluntario, en todos los aspectos sociales; y el Doméstico, a compartir plenamente entre varones y mujeres.

*Señalamiento tanto de un salario mínimo interprofesional a nivel europeo y de uno máximo, dentro de cada centro de trabajo.

*Un consumo responsable con productos producidos lo más cercanamente posible, dentro de una austeridad compartida.

*Una renta básica de ciudadanía, cercana al umbral de la pobreza.

*Un sistema impositivo progresivo, con base en los impuestos directos, que asegure que las cargas del funcionamiento del Estado se repartan equitativamente entre todos los ciudadanos, de acuerdo con su nivel de ingresos. Y persecución enérgica del fraude fiscal .

*Otro desarrollo que no busque el crecimiento ilimitado, sino la satisfacción de las verdaderas necesidades humanas, el respeto a la naturaleza y el empleo de energías renovables.

*Una apuesta por la vida lenta, lejos de la prisa estresante, basada en el equilibrio entre el trabajo y el ocio, la promoción del arte y la cultura y la reconquista de espacios públicos como lugares de encuentro ciudadano.

*La profundización de la democracia a través de vías participativas, la viabilidad de iniciativas ciudadanas para promover cambios legislativos y controlar la acción gubernativa. Sólo así podremos evitar el avance de fuerzas neofascistas, xenófobas y racistas.

*Una espiritualidad, religiosa o no, que presente la vida como un don a compartir con las demás personas y aliente las energías precisas para transformar la sociedad.

Estas líneas de actuación no suponen aún una ruptura del sistema, pero suponen, si las seguimos, poner las bases para otro mundo más justo y más libre. Es cuestión de empezar -o continuar- abriendo brechas, sin perder la esperanza corajuda y activa. Porque, como decía el Canto a la Libertad de Labordeta que tantas veces, militantes de toda índole, cristianos o no, hemos entonado juntos: "es posible que esa hermosa mañana, ni tú, ni yo, ni el otro la lleguemos a ver, habrá que empujarla para que pueda ser".