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lunes, 30 de julio de 2012

Paciencia con Dios



Hay un adagio que dice que un ateo es simplemente alguien quien no puede comprender la metáfora. Thomas Halik, el escritor Checo, sugiere que más bien un ateo es alguien quien no es suficientemente paciente con Dios.
Hay mucho de cierto en esto. La paciencia con Dios es probablemente nuestra mayor lucha de la fe. Dios, al parecer, nunca tiene prisa y por eso vivimos con una impaciencia que puede poner a prueba la fe más fuerte y el corazón más valiente.
La vida, como todos podemos atestiguar, no esta exenta de amargas frustraciones y dolores de cabeza abrumadores. Todos vivimos con mucho dolor, y tensiones sin resolver. ¿Quién de nosotros no experimenta en forma regular el dolor de la enfermedad, varios tipos de fracasos personales y profesionales, algún tipo de humillación, una expresión personal inadecuada, la devastación del alma por la perdida de seres queridos, cualquier tipo de anhelo frustrado, y el dolor persistente de una vida inadecuada? En esta vida no nada que se parezca a una alegría clara y pura; más bien todo viene con una sombra. Nosotros de hecho vivimos dentro de un cierto valle de lágrimas.
Nosotros fuimos creados para la felicidad, mas sin embargo, la felicidad pura nunca nos encuentra. Tampoco, al parecer, la justicia. Jesús nos prometió que los humildes van a heredar la tierra, pero la mayoría de las veces no suele ocurrir así. Los arrogantes entre nosotros a menudo creen eso. Hay una caricatura infame de Ziggi la cual lo presenta rezándole a Dios con estas palabras: ¡solo quiero decirte que los humildes siguen siendo clavados aquí abajo! Frecuentemente esto es lo que en realidad sucede. ¿Entonces dónde esta Dios? ¿Dónde esta la verdad en la promesa de Jesús acerca de que los humildes heredarán la tierra? Ante esta gran injusticia social global, o vivimos siento inmensamente pacientes con Dios, ó acabamos creyendo ni las promesas ni la existencia de Dios son ciertas.
Cuando Jesús moría en la cruz, algunos espectadores se burlaban y desafiaban su mensaje con éstas palabras: ¡Si tú eres el hijo de Dios, deja que te rescate! En esencia: ¡si Dios es real y tu mensaje es verdad, pruébalo en este momento! ¡Y Dios dejó morir a Jesús! Lo mismo puede decirse de Jesús enfrentando la muerte de Lázaro. En esencia, se le estaba desafiado: Si tú posees el poder de Dios en este mundo y tú amas a este hombre, ¿por qué no lo salvas de la muerte? ¡Jesús dejó morir a Lázaro! Y la primera comunidad de discípulos inmediatamente después de la Ascensión, dolorosamente se enfrentaron con la misma pregunta: Jesús es Dios, y él nos ama - ¿por qué entonces nos deja morir?
Cada uno de nosotros se hace la misma pregunta personal porque lo que queremos es un Dios que nos rescate, que intervenga activamente por la justicia y la bondad en este mundo, que actúe de forma visible en esta vida, y que no permita que nos enfermemos y muramos. Nadie de nosotros queremos un Dios que nos pida que vivamos toda una vida de paciencia, predicando la promesa de que al final, en cualquier momento que esto sea, el amor y la justicia van a prevalecer, todas las lágrimas se secarán, y todo finalmente va a estar bien. Queremos la vida, el amor, la justicia, y la consumación, ahora, no en un futuro distante y después de toda una vida de dolor. Dios, como dice un antiguo axioma Judío, ¡no tiene prisa!
Y así vivimos con mucha impaciencia, expresa y tácita con Dios. Los ateos, al parecer, en un determinado momento se dan por vencidos en este juego y, en esencia, dicen las palabras: ¡He visto lo suficiente, he esperado lo suficiente, y no es suficiente! ¡Ya no voy a esperar a Dios! Más sin embargo, si el ateísmo es sólo otra manera de decir que yo ya no voy a esperar a Dios, entonces lo contrario también es cierto: La fe, es simplemente otra manera de decir: voy a esperar a Dios. Si el ateísmo es la impaciencia, la fe es la paciencia.
El escritor espiritual Italiano, Carlo Carreto, después de pasar mas de 20 años en soledad como un monje en el desierto del Sahara, se le preguntó qué cosa en particular oyó que Dios le dijera, dentro de ese largo, profundo silencio. Le preguntaron ¿qué escuchó a Dios decirle al mundo? Su respuesta: ¡Dios nos esta pidiendo que esperemos, que seamos pacientes!
¿Por qué la necesidad de esa gran paciencia? ¿Acaso Dios quiere probarnos? ¿Acaso quiere Dios ver si de hecho tenemos una fe que sea digna de recompensa? No. Dios no tiene necesidad de jugar ese juego, ni tampoco nosotros. No es que Dios quiera probar nuestra paciencia. La necesidad de paciencia surge por lo ritmos innatos dentro de la propia vida y dentro del amor mismo. Tienen que desarrollarse, al igual que las flores y los embarazos, de acuerdo con sus ritmos innatos, y dentro de su propio tiempo. Estos no se pueden apresurar, no importa cuán grande sea nuestra impaciencia, ó cuan grande sea nuestro malestar.
Y tampoco Dios puede ser apresurado, porque es su tiempo, el que nos protege, de un retraso en el crecimiento perpetuo de la vida y del amor, de pasar a través del canal de parto prematuramente.