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sábado, 19 de enero de 2013

II Domingo del T.O. (Juan 2, 1-11) - Ciclo C: Cuando él toma parte en la fiesta


Quizás alguno hubiera preferido un funeral.
O también una liturgia solemne en el Templo.

Juan, por el contrario, coloca la inauguración de la vida pública de Jesús en el contexto de una fiesta de bodas.


Hace poco tiempo que el Maestro ha reclutado un grupo de discípulos. ¿Qué hacer con estos nuevos compañeros de su aventura? Pues, ahí lo tenéis. Se los lleva con él. En una fiesta de bodas, en los pueblos, hay lugar para todos. Es verdad que no parece que el ambiente sea muy formativo para los «novicios».

Todo comienza, pues, con una fiesta.

Tenemos así una primera indicación muy importante.

Jesús no viene a aguarnos las fiestas- No debemos tener miedo de que, con él, nuestra alegría se empobrezca- Su presencia no debe crear en nosotros una sensación de incomodidad.

Es un fastidioso equívoco, aunque todavía frecuente, el unir su presencia a los momentos de dolor y de dificultad en nuestra existencia.

Es necesario colocarla también y sobre todo en el centro de nuestras fiestas, sin miedo a que se transformen en ceremonias aburridas.

Jesús, a lo sumo, nos hace caer en la cuenta de que nuestras fiestas son excesivamente tímidas y frágiles. Que la alegría bullanguera esconde el vacío y la angustia. Que el vino es insuficiente y de una calidad más bien baja.

Con él la fiesta encuentra su plenitud, y ya no está ligada a una fecha particular o limitada en el tiempo.

Con él vuelve a ponerse el vino sobre la mesa (símbolo clásico de la alegría). En cantidad y calidad tales que hacen olvidar el nuestro, que ha empezado a faltar...

Jesús interviene en la fiesta no para robamos algo. Sino para dar en abundancia. Y de su don se benefician todos, incluso aquellos que no esperan nada de él (y en Caná eran los más).

Me gusta también que la Virgen caiga en la cuenta. Ella advierte que se ha acabado el vino y se lo hace presente al Hijo, a costa de ganarse una respuesta —en las palabras— decididamente áspera (a pesar de los esfuerzos patéticos de los comentaristas para dulcificarla).

María interviene, no porque en la mesa falte el pan, sino porque ha desaparecido el vino.

Aquí salta nuestra distinción entre necesario y superfluo.

Me parece que es difícil establecer rígidamente, de una vez para siempre, los confines entre superfluo y necesario.

En Caná la Virgen obtiene del Hijo que se asegure el más.

En ciertas circunstancias un pobre puede tener más necesidad de una flor que de dinero.

No nos contentemos con poner sobre la mesa un plato de sopa. Quizás es más necesaria una servilleta blanca...

Una caridad descuidada, sombría, burocrática, que se limita al deber, a lo estrictamente necesario, es lo opuesto al amor. No es posible amar sin una pizca de fantasía.

No se trata solamente de responder a las esperas.

El quehacer más urgente, indispensable, puede ser el de «sorprender», o sea, el de producir lo inesperado, lo imprevisible. Eso que el otro no se espera, que ni siquiera se atreve a soñar, no digo a exigir.

Es conocido también el detalle de las «seis tinajas de piedra para las purificaciones». Las que llenarán del agua, que se transformará en vino.

En el lenguaje simbólico de Juan, el seis es la cifra de lo inacabado, de la imperfección, en oposición al siete que expresa la totalidad, la plenitud.

Las tinajas de piedra recuerdan la antigua Alianza, fijada sobre las tablas de piedra (en las que fue grabado el decálogo).

En la idea de la purificación está sobreentendida la conciencia casi obsesiva de la indignidad del hombre. Y también la imagen de un Dios opresor, susceptible, que toma distancias de ese hombre pecador, que se atreve a quebrantar su código.

Las tinajas están vacías. El ritual complejo de las purificaciones esconde su ineficacia. La relación entre Dios y el hombre sólo se puede restablecer a través del amor.

El hombre ya no debe sentirse ligado a Dios por la atadura del miedo.

«No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud del amor» (1 Jn 4,18).

«La ley es la que produce la tristeza en la antigua Alianza, en la que falta el vino del amor. El primer signo que realizará Jesús, el nuevo esposo, anunciará el cambio de alianza y la supresión del antiguo código legal; lo realiza ofreciendo una degustación de su vino» (Mateos y Barreto).

El tema de las bodas está presente también en la primera lectura, cuyo autor es el llamado Tercer Isaías, un profeta anónimo que escribe en el período del posexilio.

En la Biblia, especialmente después de Oseas, el simbolismo nupcial se usa con frecuencia para expresar la relación que media entre Dios y su pueblo.

«La categoría más política y diplomática de alianza es sustituida por esa otra más íntima y personal por la que Dios y el hombre se encuentran en un diálogo intenso y sublimado.

El amor que existe sobre la faz de la tierra y que reaparece cada vez que dos criaturas se encuentran y se aman es la señal del amor que Dios tiene a la humanidad entera» (G. Ravasi).

Una prueba particular de este amor de Dios hacia su pueblo viene dada por los carismas, que son dones y manifestaciones extraordinarias que el Espíritu concede a los miembros de una comunidad para el bien de la comunidad misma. Dones, podemos decir, que han de ser donados, puestos a disposición.

San Pablo pone en evidencia:

—el origen único de estos carismas («el mismo y único Espíritu»); —la variedad («repartiendo a cada uno en particular como a él le parece»);

—el fin único de los dones recibidos («para el bien común»).

Cuando repaso la lista de los carismas presentada por Pablo, me sorprendo pensando cuál de ellos es mi preferido.

Bueno, diría que tengo en la mente uno que ha escapado a la pluma de Pablo.

Un carisma discreto, modesto, poco vistoso, en absoluto ruidoso. Lo llamo carisma del signo.

El episodio de las bodas de Caná se cierra con esta observación de Juan: «Así Jesús comenzó sus milagros...». Es la traducción de algunas Biblias, pero no es buena. Me parece más expresiva la que propone Barreto: «Así, en Caná de Galilea, comenzó Jesús sus signos, manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron más en él».

Juan no habla de milagros, sino de signos.

Este ha sido, pues, el primer «signo» realizado por Jesús. Un gesto revelador de su persona, de su misterio, de su misión, que consiste en manifestar el amor del Padre hacia el hombre.

No me impresiona tanto el hecho milagroso en sí mismo. Me interesa este «signo», o sea, este dedo índice apuntando en dirección de Alguien que se preocupa de que nuestra fiesta sea completa.

Por eso querría que mis hermanos en la fe poseyeran el carisma del signo.

Un gesto apenas esbozado, una palabra susurrada, una alusión. Un signo pequeño, contenido, modesto, respetuoso. Que me haga sospechar un Dios que me ama y que quiere intervenir en la trama ordinaria de mi vida para invitarme (o invitarse) a la fiesta...