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sábado, 23 de febrero de 2013

¿DÓNDE ESCUCHAR A JESÚS?


Por José Antonio Pagola
II Domingo de Cuaresma (Lc 9,28b-36) - Ciclo C

Entre todos los métodos posibles de leer la Palabra de Dios se está revalorizando cada vez más en algunos sectores cristianos el método llamado lectio divina, muy apreciado en otros tiempos, sobre todo en los monasterios. Consiste en una lectura meditada de la Biblia, orientada directamente a suscitar el encuentro con Dios y la escucha de su Palabra en el fondo del corazón. Esta forma de leer el texto bíblico exige dar diversos pasos.


Lo primero es leer el texto tratando de captar su sentido original, para evitar cualquier interpretación arbitraria o subjetiva. No es legítimo hacerle decir a la Biblia cualquier cosa, tergiversando su sentido real. Hemos de comprender el texto empleando todas las ayudas que tengamos a mano: una buena traducción, las notas de la Biblia, algún comentario sencillo.

La meditación supone un paso más. Ahora se trata de acoger la Palabra de Dios meditándola en el fondo del corazón. Para ello se comienza por repetir despacio las palabras fundamentales del texto, tratando de asimilar su mensaje y hacerlo nuestro. Los antiguos decían que es necesario «masticar» o «rumiar» el texto bíblico para «hacerlo descender de la cabeza al corazón». Este momento pide recogimiento y silencio interior, fe en Dios, que me habla, apertura dócil a su voz.

El tercer momento es la oración. El lector pasa ahora de una actitud de escucha a una postura de respuesta. Esta oración es necesaria para que se establezca el diálogo entre el creyente y Dios. No hace falta hacer grandes esfuerzos de imaginación ni inventar hermosos discursos. Basta preguntarnos con sinceridad: «Señor, ¿qué me quieres decir a través de este texto?, ¿a qué me llamas en concreto?, ¿qué confianza quieres sembrar en mi corazón?».

Se puede pasar a un cuarto momento, que suele ser designado como contemplación o silencio ante Dios. El creyente descansa en Dios acallando otras voces. Es el momento de estar ante él escuchando solo su amor y su misericordia, sin ninguna otra preocupación o interés.

Por último, es necesario recordar que la verdadera lectura de la Biblia termina en la vida concreta, y que el criterio para verificar si hemos escuchado a Dios es nuestra conversión. Por eso es necesario pasar de la «Palabra escrita» a la «Palabra vivida». San Nilo, venerable Padre del desierto, decía: «Yo interpreto la Escritura con mi vida».

Según el relato de la escena del Tabor, los discípulos escuchan esta invitación: «Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo». Una forma de hacerlo es aprender a leer los evangelios de Jesús con este método. Descubriremos un estilo de vida que puede transformar para siempre nuestra existencia.