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sábado, 16 de febrero de 2013

LOS DEMONIOS INTERIORES

Los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) colocan el relato de las tentaciones de Jesús al inicio de su actividad pública. Quizás con ello nos están diciendo que, antes de empezar una misión liberadora, es necesario enfrentarse con los propios "demonios interiores".
Sin haber pasado por ahí, lo más probable es que veamos los "demonios" en los demás o que estemos a merced de esas fuerzas que permanecen ocultas, pero bien activas, en nosotros, conduciéndonos adonde no queríamos ir.

Los demonios de los que hablan estos relatos son tres que caracterizan bien al ego: el tener, el poder y el aparentar. Es en ellos donde el ego se atrinchera y donde se aferra para sentirse que es "algo". Bienes materiales, poder e influencia, imagen y prestigio: he ahí los intereses del ego.


Si nos damos cuenta, lo que se busca detrás de ellos, es una misma cosa: seguridad. Precisamente por eso, la manera de "lidiar" con esos demonios es reconocer la necesidad pendiente y descubrir la falsedad de sus promesas.

Quien se halla sometido a esos "demonios" es nuestro/a niño/a interior, necesitado de seguridad. Si miramos bien, veremos que, detrás del estereotipo del avaro, del déspota o del vanidoso, hay siempre un/a niño/a que está reclamando seguridad y afecto.

A quien tenemos que rescatar, por tanto, es a ese/a niño/a, con quien tenemos que ejercer hoy una tarea de maternización. Hoy, adultos/as, hemos de ser madres de aquel/lla niño/a, poniendo los medios para que pueda darse un encuentro amoroso que le otorgue seguridad y confianza.

Solo entonces podremos ayudarle a comprender que la seguridad que ofrecían aquellas voces no era tal: todo el dinero del mundo, todo el poder y toda la fama son incapaces de otorgar seguridad y plenitud. No solo eso: aquellas voces nos confunden y nos hacen olvidarnos de nuestra verdadera identidad. Antes o después vendremos a reconocer que el futuro del ego es la desaparición y que, como decía Jesús, vivir para él es "perder la vida".

La seguridad no se halla al alcance del ego. Por eso se desespera, al percibir que, haga lo que haga, no puede tenerla bajo su control. Tampoco se encuentra fuera de nosotros, en otro lugar o en el futuro. Ni siquiera podemos situarla en nuestras ideas o creencias.

Es indudable que necesitaremos un trabajo psicológico que nos permita construir una relación positiva con nosotros mismos, gracias a la cual sintamos que nos habitamos gustosa y amorosamente: estamos en casa.

De otro modo, es probable que las mayores energías se nos consuman en soportar el malestar ocasionado por la fractura interior –porque nos sentimos extraños a nosotros mismos- o en buscar compensaciones sustitutorias y siempre frustrantes.

Sin embargo, siendo importante y en ocasiones incluso decisivo, ese trabajo psicológico, por sí mismo, tampoco es capaz de ofrecernos la seguridad que nuestro corazón anhela.

Porque lo que anhelamos no es "algo" que, de pronto, nos completara. Anhelamos nada menos que lo Absoluto ("Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto", responde Jesús), pero no como "algo" o incluso "alguien" separado, sino ese Fondo último y común que a todos nos constituye. El es el objeto de nuestra sed y de nuestra búsqueda porque es nada menos que nuestra verdadera identidad.

Tenemos hambre y sed de lo que ya somos, pero que con frecuencia permanece oculto. Al no poder apagar la sed que nos define, lo que hacemos es proyectarlo fuera y buscar apropiárnoslo.

Es más simple. Prueba a descansar en lo que es. Ve acallando las voces de tu mente y los movimientos de tu sensibilidad, recógete, escucha el Silencio y saborea la Espaciosidad que se abre ahí, en forma de Presencia consciente y amorosa..., hasta que te "re-conozcas" en Ella: esa Presencia es seguridad y constituye el núcleo de quien eres. ¿Dónde la estabas buscando?



Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com