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domingo, 23 de junio de 2013

Contemplaciones del Evangelio: Pedro, el más amigo

Quien es Pedro para mi. Pedro es, antes que nada un gusto por su persona. Cuando digo su persona no es un estereotipo de esta o aquella cualidad, sino los más personal suyo: su amistad incondicional con Jesús.
Hay personas que quedan inmortalizadas por una cualidad o por una actitud y se convierten en símbolo de eso. Belgrano y la bandera… Luego viene el otro tipo de historiadores y los desmitifica, pero la imagen sobre la que operan es la que los puso en el bronce, con el dedo extendido.
Con los santos no es así, y con Pedro menos. El evangelio lo presenta como el más humano, el más representativo de todos porque es el que más interviene y… mete la pata. Lo que destaca en él, si queremos seguir esa necesidad de nuestra mente de calificar para pensar, es su amistad con Jesús.
Esto significa muchísimo porque lo propio de la amistad es el ida y vuelta y la igualdad.
Puede haber uno que ame mas que otro en una pareja o entre padres e hijos, pero en la amistad lo maravilloso es el emparejamiento constante.


Cuando un amigo tiene un gesto de mayor gratuidad o generosidad, el otro no se siente obligado a devolverlo enseguida. Valorarlo como un gesto especial, sin mucha palabra, es la manera de emparejarse. Se guarda en la memoria y pasa a ser un índice del grado de esa amistad.
Lo que quiero decir es que en la amistad no hay voluntad de competencia, sino de igualamiento. Y esto por constatar que la amistad crece reconociendo el don de la igualdad como su fuente y alegre alimento.
Decir entonces que lo que me gusta en Simón Pedro es su amistad con Jesús, es decir algo que lo vuelve muy único y a la vez, notablemente cercano.
Pedro nos lo acercó a Jesús! Eso es lo mejor de él como persona: se dio cuenta de quién era Jesús – el Mesías- y no solo se hizo su amigo sino que nos lo acercó a todos.
Por ahí va lo de Jesús cuando le dice: Simón ¿Me quieres como amigo? Apacienta mis ovejas. Apacentámelas es como amigámelas, que no me tengan miedo.
Si nos ponemos a distinguir (pero como distingue la amistad, que nunca es para separar o competir o dar celos sino para gustar más su don propio, que consiste en igualar a los diferentes sin anular las diferencias) podemos decir que Juan era el discípulo más amado y Pedro el más amigo.
¿Y para qué sirve pensar algo así? No me detengo ahora en la experiencia común, en la que también se da este fenómeno de amar más a alguien y ser de otro más amigo, sino que mirando a Jesús, esta diferencia entre Juan y Pedro, que eran amigos o se hicieron amigos entre sí, nos abre caminos a la inmensidad de su Amor, a todas las riquezas de su Corazón.
Si nos detenemos en una sola característica diría que Juan contempla guardando la distancia en cambio Pedro actúa poniendo cercanía con Jesús. Juan dice: ¡es el Señor!. Pedro se tira al agua y va a darle un abrazo (me imagino yo).
Juan contempla todo al pie de la Cruz, Pedro no la soporta y lo niega, se aleja y luego no soporta estar lejos y vuelve arrepentido.
Ese es Simón Pedro. Y a él le encomienda Jesús apacentar. Es decir “no espantar”, acercar.
Otro punto en esto se la amistad es que Jesús se dejó moldear por Pedro. ¿En qué sentido? En que uno se muestra por sus amigos. Deja ver la hilacha, tanto para alabanza, cuando los amigos nos hacen quedar bien, como para deshonra, cuando dan vergüenza ajena. Jesús quiso pasar a la historia como el que confió en uno que lo negó. Eso solo nos muestra que tipo de persona es Jesús. No cuidó su propia imagen ni la de la causa, dejando al más intachable, sino que se jugó por Pedro. Y el pecador no le falló, aún fallándole setenta veces, no le falló.
En la amistad con Simón, siendo que la amistad es cosa de dos y no de uno solo que elige, Jesús nos muestra cuánto valora lo que le podemos brindar. No solo es cuestión de recibir perdón y gracias y luego hacerlos producir como forma de pago agradecido. También, y más aún, con Jesús es cuestión de amistad gratuita, de aceptar que se nos acerque igualándose, no por condescendencia sino como un amigo que lo hace por gusto, porque lo siente así.
Hasta que uno no siente que a Jesús uno le cae bien como uno es, con todos sus defectos y virtudes, es que uno no conoce a Jesús. Pedro puede ser buen guía, buen pastor, para acercarnos al que conoce a sus ovejas y le gusta que sus ovejitas lo conozcan a Él.