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domingo, 23 de junio de 2013

De la curiosidad al interés: XII Domingo del T.O. - Ciclo C (Lc 9, 18-24)

Hay preguntas y preguntas.
Hay preguntas que son pura curiosidad.
Hay preguntas que son pura chismografía.

Hay preguntas que pueden tener todo un tufillo de oculta vanidad.
Pero hay preguntas:
Porque queremos saber.
Porque necesitamos saber.
Porque necesitamos comprometernos.
Porque necesitamos saber dónde estamos.
Porque necesitamos saber nuestra verdad.

Jesús no pregunta:
Por la curiosidad de saber que piensan de él.
Por la vanidad de saber que es considerado importante.
Jesús pregunta:
Porque quiere saber hasta donde está sembrando en tierra buena.
Porque quiere saber hasta donde está predicando en el desierto.
Porque quiere saber hasta donde la gente está tomando conciencia de El.

Hay muchos que no preguntan:
Porque no les interesa un comino lo que pasa.
Porque no les interesa complicarse.
Porque no les interesa saber lo que pasa al otro lado de ellos mismos.
Quien no pregunta y no se pregunta vive como un ilustre desconocido.
Quien no pregunta y no se pregunta vive sin un sentido crítico de la vida.

¿Quién dice la gente que soy yo?
Y ¿vosotros quién decís que soy yo?

El hombre, y sobre todo el creyente, es el que vive de preguntas.
Es más, todos tenemos más preguntas que respuestas.
Pero el que pregunta vive interesado.
Hay temas que no pueden pasar en silencio.
Hay temas que no podemos echárnoslas a las espaldas.
Hay temas que tienen que inquietarnos y preocuparnos.

¿A caso no es fundamental preguntarnos hoy:
¿Qué piensa la gente de Dios?
¿Qué piensa la gente de Jesús?
¿Qué piensa la gente del Evangelio?
¿Qué piensa la gente de la religión?
¿Qué piensa la gente de la vida eterna?
¿Qué piensa la gente de la vida de la gracia?
¿Qué piensa la gente de la Iglesia?
¿Qué piensa la gente hoy del sacerdocio?

Hay preguntas que no podemos pasarlas por agua.
Hay preguntas que condicionan nuestro ser de creyentes.
Hay preguntas que condicionan nuestra fe.
Hay preguntas que condicionan mi sacerdocio.
Hay preguntas que condicionan a la Iglesia.

Porque si no sabemos qué piensa la gente:
¿cómo le hablamos de Dios?
¿cómo le hablamos del Evangelio?
¿cómo tratamos de ser testigos de Dios ante los hombres?
No se trata de anunciar el Evangelio desde nosotros mismos.
Se trata de anunciar el Evangelio de manera que interese y cuestione a los otros.
No basta sentirnos Iglesia bien organizada y estructurada.
Se trata de saber si esta Iglesia dice algo a la gente.
No es cuestión de hablar por hablar.
Necesitamos saber a quién hablamos y cómo le hablamos.
Necesitamos saber cuáles son los interrogantes y preocupaciones de la gente.
Necesitamos saber cuáles son hoy los caminos para que el Evangelio llegue al corazón de la gente.
Necesitamos saber cuáles son hoy los caminos para que Dios sea importante en el corazón de los hombres.
Necesitamos saber cómo hacer interesante hoy a Jesús.

Y ya en el plano personal necesitamos saber:
¿qué espera la gente hoy del sacerdote?
¿qué espera la gente hoy de la parroquia?
¿respondemos a lo que la gente necesita o simplemente nos instalamos cómodamente y que nos aguanten?

Las preguntas sinceras no son solo para saber más, sino para comprometernos más, y para cambiar de camino si es necesario.

Clemente Sobrado C. P.