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domingo, 30 de junio de 2013

La violencia agazapada


Siempre resulta más fácil descubrir la violencia de los demás.
Lo difícil es descubrir la violencia silenciosa que uno lleva dentro.
Porque siempre es más fácil mirar hacia fuera que no al propio corazón.
Ninguno descubrió la traición que anidaba en el corazón de Judas.
¿Quién se atrevería a juzgar la bondad de Santiago y Juan?
Yo estoy seguro que Lucas escogió a estos dos hermanos para resaltar que no todo lo que brilla es oro.

Hay violencias escondidas que ni uno mismo ve.
Hay violencias que pueden querer revelar el interés por Jesús.
Hay violencias que pueden tratar de manifestar el amor a Jesús.
¿No recuerdan cuando Pedro sacó la espada de la vaina y cortó la primera oreja torera?
Pedro lo hizo por amor a Jesús.
Por defender a Jesús.
Pero lo que reveló fue que todavía no había aprendido el verdadero amor a Jesús.
Un amor que no se manifiesta en la violencia sino en la comprensión.
“En devolver el bien por el mal”.


Aquí son Santiago y Juan.
Cuando sienten el rechazo de los samaritanos, se le encendió la mecha apagada dentro.
“¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?”
“Y Jesús les regañó”.

Es fácil reaccionar ante el mal de los demás.
Es fácil reaccionar ante la maldad de los otros.
Y esto es precisamente lo que marca el corazón de Jesús.
Y esto es precisamente lo que marca el corazón de Dios.
Le fallamos, pero no nos da un puñete.
Le fallamos, pero no nos da un puntapié.
Le fallamos, pero no nos condena.
La fallamos, pero no nos excluye.

Al contrario:
Le fallamos, pero él sigue amándonos.
Le fallamos, pero él sigue haciéndonos sentir el calor de su corazón.
Le fallamos, pero él sigue acogiéndonos.
Le fallamos, pero él sigue dándonos oportunidades.

Esa es la diferencia entre nosotros y él.
Nosotros parecemos mansos de corazón, hasta que alguien nos hace saltar.
Nosotros parecemos mansos corderos, hasta que descubrimos que dentro llevamos también escondido un lobo.
Nosotros parecemos tranquilos, hasta que descubrimos que dentro estalla nuestro genio y mal humor.
Nosotros damos la impresión de no ser capaces de romper un plato, hasta que saltamos como cuando le pisamos la cola al gato.

Es preciso vigilar atentamente nuestro corazón:
Para que dentro no anide la venganza.
Para que dentro no anide el odio.
Para que dentro no anide el resentimiento.
Para que dentro no anide la violencia.
Porque es posible que bajo las cenizas de la bondad se escondan las brasas de un incendio.
Porque es posible que bajo las cenizas de la paz se escondan los rescoldos de la venganza.

No se apaga el fuego con más fuego, sino con la comprensión.
No se apaga el mal con el mal, sino con el bien.
No se apaga el odio con la venganza, sino con el perdón.
No se apaga la enemistad con la enemistad, sino con la amistad.

Me gusta el gesto de Jesús que “les regañó”.

Señor, regáñame cuando veas que en mi corazón no hay comprensión.
Señor, regáñame cuando veas que en mi corazón no hay amor para con los que yo veo como malos.
Señor, regáñame cuando veas que de mi corazón aparentemente tranquilo, como a echar lava el volcán que yace callado.
Señor, regáñame cundo mi amor no sea capaz de vencer y apagar el resentimiento de los demás.

Domingo 13 Tiempo Ordinario – C