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domingo, 11 de agosto de 2013

Contemplaciones del Evangelio: Los pequeños rebaños

El primer “gusto” espiritual al leer el evangelio fue sentir que me conmovía la multitud de imágenes “llenas de gracia” que se agolpan en este pasaje de Lucas. Las palabras rebañíto, lámpara encendida, corazón y tesoro, son palabras potentes. Y todo está lleno de dinamismo: gente que vuelve de una boda, servidores que esperan velando, el señor de la casa que trae cosas ricas del casamiento y se pone a servir a su personal, el encargado feliz de hacer cada tarea en el momento de gracia (kayros)… También están las imágenes contrapuestas que generan inquietud: los ladrones y el encargado que maltrata a la gente. Diría que refuerzan con su realismo la idea de que la felicidad del reino implica lucha espiritual.

La imagen que concentró toda la energía del evangelio fue “pequeño rebaño”. “No temas, pequeño rebaño”, dice Jesús. Es una frase de Buen Pastor. Una frase tranquilizadora, cariñosa. Pequeño Rebaño, no temas. ¿Por qué “no temas”? Porque la pequeñez y la fragilidad es algo querido por el Padre. A nuestro Padre del Cielo la ha complacido darnos el reino precisamente porque somos pequeños. Así como se complace en revelar a Jesús a los pequeños y no a los sabios, también le complace donar su reino, la gestión, diríamos hoy, del reino, a los pequeños y no a los poderosos.


Gustamos la pequeñez del rebaño. Nos viene la imagen de María. Ella saborea íntimamente al Dios que la miró en su pequeñez.

Gustamos el gusto del Padre, lo que le complace. Es lindo saber lo que le gusta a otro. Y Jesús nos revela nada menos que lo que le gusta al Padre. Al Padre le agrada la pequeñez de sus hijos, su inocencia y fragilidad, su apertura de corazón para dejarse ayudar y mimar. Nada conmueve tanto el corazón de un papá como la fragilidad de su hijito. Aunque le de pena si lo ve indefenso también sabe que esa misma pequeñez es la puertita por la que él puede entrar en el corazón de su hijo y ayudarlo con su fortaleza y su sabiduría allí donde el pequeño se hace lío o se encapricha y no sabe cómo salir.

Lo que le agrada al Padre. Pablo usa la palabra (eudokesan, complacuit, en latín) para hablar de lo que sienten las iglesias de Macedonia y Acaya al dar limosna para la iglesia de Jerusalen. Es eso que uno siente cuando hace una colecta para ayudar solidariamente a otros que están necesitados y la colecta sale buena, como ahora que tanta gente ayudó a nuestros hermanos de Rosario.

La eudokía, el beneplácito, es un acto profundo del corazón, implica todo nuestro ser. Cuando consentimos a algo lo reafirmamos, y mostrando nuestro agrado y complacencia, nos damos a conocer: esto me agrada. Teresita traducía “hágase tu voluntad” como un “hágase lo que te gusta”.

Agradar a Dios es algo estético. No sólo se cumple funcionalmente sino que al agregar un toque de belleza, un detalle, un gesto lindo, uno muestra que está haciendo las cosas de corazón.

A eso apunta la imagen del servidor fiel y prudente que hace las cosas en el “tiempo oportuno”. La belleza de una fiesta, por ejemplo, no consiste sólo en los adornos y vestidos, en la música y la comida sino de manera muy especial en el “ritmo” que hace que todo fluya y cada cosa se haga en el momento justo. Entonces se goza de la fiesta. Si hay demoras o si se apuran las cosas la fiesta se malogra.

Todo esto yo lo “gusto y lo siento” imaginando la vida del Hogar. Cada uno está invitado a rezar identificando su pequeño rebaño.

Ante Jesús no estamos solos. El no nos mira como individuos aislados que se dirigen a Él desde una autoconciencia aislada (yo, me mi conmigo y mis cosas).

Nada de eso. Jesús nos mira allí donde somos “pequeño rebaño”. Esa es la unidad mínima en la que soy puesto y mirado. Como pequeña familia, como grupo de amigos, como comunidad, como obra apostólica, como Casa y como Hogar, como clase, como equipo, como grupo.

Esto es importante porque la ilusión de que somos “individuos aislados”, cada uno con su celular, su auto, su bici, sus auriculares y su netbook, es una disociación producida por el mercado que quiere vender más cosas y por eso las hace “exclusivas” en vez de “inclusivas”.

Las gracias del Padre, en cambio, son todo lo contrario: no hay ninguna exclusiva. ¡Ninguna! Son todas con los demás y para los demás. Y esto desde su raíz misma: no hay gracia que sea “algo mío que Dios me da para, luego, compartir con todos” sino “gracias dadas a mi pequeño rebaño”, gracias dadas al menos “para dos o tres” (donde hay dos o tres que rezan allí está el Señor en medio de ellos).

Esto es de vitalísima importancia, aviso, porque hay muchísima gente que siente que no recibe nada de Dios, que Dios no la escucha o nunca le dio nada “especial”. La imagen sería la de un niño rodeado de regalos “interactivos” que llora porque ninguno funciona si no lo usa de a dos o más.

Hay gente que dice que “no entiende” el evangelio o “no siente nada” cuando lee y no se da cuenta de que tiene que “leer con otro” y “para otro”. Pero no con cualquiera sino con otro de su pequeño rebaño. Si se pone a explicarle el evangelio a su hijito, por ejemplo, o le enseña a rezar el Ave María, sentirá inmediatamente la dulzura del Rosario que nunca sintió, por ejemplo. O si se pone a pensar cómo hacer para trabajar mejor en su equipo, cómo tiene que tratar a los otros, en qué momento intervenir…, con miras a hacer un bien a los demás, verá la cantidad arrolladora y deslumbrante de buenas ideas que se le ocurren y que puede poner inmediatamente en práctica. El Espíritu Santo se activa y salta de gozo y prorrumpe en un torrente de ideas luminosas y eficaces cuando una persona entra en esta onda comunitaria. ¿No funcionan así nuestras obras de misericordia?

Por supuesto que las primeras gracias que el Señor nos concederá “a raudales” serán la de humildad, paciencia, buen humor, sentido del límite, oportunidad… Es decir: todas gracias para ser uno ese “servidor fiel y prudente” a quien lo premia en primer lugar su Señor. La gracia viene siempre “jerarquizada”: hacia los más pequeños son gracias de servicio y de aguante. Las gracias de ser premiado y alabado vienen desde arriba. Te elogia tu Señor, no tanto los que servís, que más bien te exigen y reclaman.



Bueno, como siempre una pequeña anécdota con lo más fuerte de la semana. Ayer cumplí años y fue muy lindo recibir los llamados y saludos de mis amigos. Los amigos siempre preguntan “te llamó tu Mamá” y se alegran porque en el cumpleaños la madre es a quien primero se agradece la vida. Antes no preguntaban “te llamó Jorge”, porque estaba en el ámbito privado y uno no suele preguntar si llamó otro amigo. En todo caso el del cumple lo comparte. Ahora, como Jorge es el Papa Francisco, todos preguntan “te llamó el Papa”. Y es un llamado “compartible”, porque viene con saludos “para toda tu gente”, para “mi pequeño rebaño”, quiero decir. Me dejó un mensajito, porque estaba con el celular apagado ya que tenía una reunión y después llamó de nuevo mientras iba en un taxi. La tachera (era una señora) pescó algo porque estuvimos charlando como diez minutos y después que terminamos de charlar le comenté y compartimos la linda sensación de viajar en un Taxi bendecido, como me dijo ella.

Cuando llegué al Hogar estaban comiendo los del segundo turno y no sabían que era mi cumpleaños, así que saludé como siempre y me fui para arriba. (Juliana siempre hace comida especial cuando es “el cumpleaños del director” pero a mí no me gusta exagerar en esto porque me parece que vendría a ser como un cumple con “público cautivo” y a veces uno exagera para el otro lado y no se hace nada). La cuestión es que me quedé con gusto a poco y me regalé mi regalo del día. Bajé, entré en cada comedor, les dije que era mi cumple, les compartí los saludos del Papa que eran también para ellos y les expresé que quería (que me complacía enormemente y necesitaba y me agradaba más que nada en el mundo, pero todo esto lo dije sólo interiormente y ellos ni se enteraron) el saludito de cada uno, les di la mano a todos (una mirada mejor que la otra, les confieso, y cada uno un gesto especial al dar la mano y decir “feliz cumpleaños, padre”).

Será que hay gustos que hay que dárselos en vida o que cuando uno ya tiene el saludo del papa quiere el de los pequeñitos… o las dos cosas, no sé. La cuestión es que me fui feliz y la alegría vuelve ahora que lo cuento, llena de rostros, sonrisas y la imagen de los que me querían dar el codo porque estaban comiendo el pollo con la mano. Lo que sí sé es que es verdad que uno es feliz cuando la mirada del Señor lo encuentra ocupado en esta tarea. Re-feliz.