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miércoles, 14 de agosto de 2013

Nuestra necesidad de dar a los pobres


Debemos dar a los pobres, no porque ellos lo necesiten, aunque así sea, sino porque lo debemos hacer para vivir sanamente. Este axioma, enraizado en la escritura, nos enseña que dar a los pobres es algo que debemos hacer por nuestra propia salud.
Vemos que este principio está expresado en muchas religiones y culturas. Por ejemplo, gran parte de los indígenas de América del Norte practican algo que ellos llaman “potlatch”. Se trata de una fiesta, en ocasiones relacionada con la celebración del matrimonio o del nacimiento, en el que una persona rica entrega regalos a la comunidad. Su propósito principal era asegurar una cierta distribución de la riqueza, pero también asegurar que dicha riqueza individual fuera saludable para los individuos siendo generosos para no acumular demasiado. Se creía que el exceso no era saludable para la persona. Esta ha sido una creencia perenne en muchas culturas.

En el cristianismo hemos preservado este principio en el reto de la caridad hacia los pobres y clásicamente hemos visto la generosidad con los pobres como una virtud. La generosidad caritativa es una virtud, pero para un cristiano quizá es más una obligación que una virtud. Cuando vemos en la Escritura la Ley de Moisés nos damos cuenta que dar una cierta cantidad a los pobres estaba prescrito por la ley. La idea era que dar a los pobres era una obligación, una opción moral no negociable. La Ley de Moisés, simplemente establecía que la gente estaba obligada legalmente a dar a los pobres.
La Escritura está llena de ejemplos de esto. Si consideramos, por ejemplo, los preceptos y leyes:
El primero de todos, la Ley de Moisés asume que todo lo que poseemos pertenece a Dios, no es realmente nuestro. Sólo somos administradores y guardianes. Podemos disfrutar de ello como un regalo de Dios, pero en definitiva no es nuestro. (Levítico 25,23)
Cada séptimo año, todos los esclavos tenían que ser liberados y cada uno debiera llevar consigo lo necesario para vivir su vida independientemente. (Deuteronomio 15,14)
Cada siete años serían canceladas todas las deudas económicas (este es el significado original del “Estatuto de las limitaciones”)
Cada séptimo años habría que dejar descansar la tierra para que ésta disfrutara de su propio Sabbath. Durante dicho año el propietario de la tierra no podía plantar nada, tampoco cosechaban nada. Los pobres cosechaban cualquier cosa que los campos y viñedos producían ese año.
Y, en todo momento, los propietarios tenían prohibido recoger y cosechar las esquinas de sus campos, con la intención de que estos bordes debían ser cosechados por los pobres.
Por último, aún más radicalmente, cada cincuenta años todas las tierras deberían ser devueltas a la tribu ó la casa original, que los había poseído primero. La "Posesión" de los bienes de uno tenía un cierto límite de tiempo. Las cosas no eran tuyas para siempre.
Además hacer todo esto no se consideraba una virutd, éstas eran leyes, obligaciones legales.
Y estas leyes tenían una doble intención. Por un lado, estaban destinadas a que uno tuviera una vida saludable al dar algo a los pobres, y por otro, al mismo tiempo, se aseguraban que los pobres no lo fieran tanto que para satisfacer sus necesidades tuvieran que robar.
Como sociedad tenemos que aprender mucho de esto. La mayoría de las personas son generosas y caritativas. Seguimos dando parte de lo que nos sobra, a pesar de que los profesionales que trabajan con la gente de la calle nos dicen que no sirve de ayuda, nuestros corazones sienten conmovidos por aquellos que piden a las calles y continuamos dándoles dinero (incluso cuando no les creemos cuando nos piden para comida o para el autobús). Para la mayor parte de nosotros sentimos que hacemos lo correcto.
Sin embargo, solemos a ver esto como algo que hacemos exclusivamente por otra persona, sin darnos cuenta de que nuestra propia salud es una parte vital de la ecuación. Además, tendemos vemos esto como una virtud más que como una obligación, como caridad más que como justicia. Y tal vez es por esta razón que, a pesar de nuestros buenos corazones y nuestra generosidad, la brecha entre los ricos y los pobres, tanto en nuestra propia cultura como en el mundo entero, sigue aumentando. Millones y millones de personas siguen cayendo en el olvido sin obtener el beneficio, de la ley, para aprovechar los rincones de nuestra riqueza y tener sus deudas perdonadas cada siete años.
Tenemos que dar a los pobres porque lo necesitan, es cierto, sin embargo tenemos que hacerlo también, porque no podemos ser personas saludables a menos que lo hagamos. Y tenemos que ver nuestro dar no tanto como caridad, sino como una obligación, como justicia, como algo que debemos hacer.
Sobre su lecho de muerte, Vicente de Paul, tiene fama de haber desafiado a sus seguidores con palabras a este efecto: ¡Es más bienaventurado el dar que el recibir, y también es más fácil!