1.- No es muy práctico pensar en lo que pudo ser y no fue. Pero, sin embargo, en el análisis histórico eso es posible si hay indicios. Y en el caso de la predicación de Jesús de Nazaret parece que no fue igual el principio que el final. ¿Qué quiere decir esto? Pues que antes del enfrentamiento de los representantes de la religión oficial con el Rabí de Galilea, bien pudo pensarse que Jesús conseguiría convencer a mucha gente, a casi todo el mundo, sin crear una situación antagónica.Y es Romano Guardini –un teólogo italo-germano de mucho peso en quienes prepararon el Concilio Vaticano II-- afirma en su obra "El Señor" que la Redención pudo ser pacifica y más ajustada a las profecías de Isaías que como luego iba a ser. Añade que hay un momento en que se inicia la resistencia a ultranza de las autoridades judías a la labor de pacifica y amorosa de Jesús. El, entonces, responde con la reflexión cierta de que la religión oficial establecida impide el conocimiento autentico del Padre y la salvación de los hermanos.
2.- Y el primer punto de cambio hacia la violencia fue el sacrificio de San Juan Bautista a manos de Herodes. Cuando Jesús sabe de esa circunstancia se retira a orar a un sitio desierto y alejado. San Juan había sido admitido por todos y era considerado un auténtico profeta. Como tal no podía permitir a Herodes sus excesos. El mismo Herodes respetaba a Juan pero una oscura conspiración palaciega terminará con la vida del Bautista y con su cabeza en una bandeja de plata. Resulta muy atrayente pensar en la oración de Jesús tras la ejecución de Juan. La oración es dialogo con Dios y la plegaria del Salvador tendría que ser una conversación --inimaginable en forma y en contenido para nosotros-- con su Padre. Se verían ya los atisbos del "cambio de planes". En fin, esa posibilidad de un endurecimiento del pueblo judío que cambiase --a nivel humano-- los planes redentores de Jesús es subyugante.
3.- El acto siguiente, tras el alejamiento para orar, es el banquete del pan multiplicado. Muchos ven en dicha multiplicación de peces y panes, el banquete mesiánico vaticinado por el profeta Isaías y que construye la nueva alianza. ¿Hay contradicción entre el endurecimiento de los coetáneos de Jesús que impide la Redención sin muerte y su interés del Salvador en seguir la profecía de Isaías? No, porque puede decirse que el Señor Jesús intenta el camino de la paz hasta que intuye, como hombre, que ya no es posible. A partir de ahí comienza a profetizar sobre su muerte en Jerusalén.
El fragmento del capítulo 55 de Isaías, que leemos hoy, es una auténtica donación divina fuera de los planteamientos convencionales del hombre. No hace falta dinero para comprar comida, ni esta se agotará hasta que todo el mundo este saciado. Y esa comida --anticipo también referido a la Eucaristía-- es el símbolo de la nueva alianza. Las características de dicha alianza las resumirá San Pablo en su Carta a los Romanos con la expresión más pura sobre la permanencia en el amor de Cristo. Ninguna dificultad nos alejará de ese amor porque es una acción directa de Dios. Y tras relatar los "problemas terrestres" --aflicción, angustia, hambre, espada, etc.-- que no pueden borrarnos el amor de Dios, hace referencia a, también, las fuerzas más poderosas del mundo no terreno y espiritual --altura, profundidad, potencias, futuro-- las cuales tampoco nos pueden apartar de ese amor a Dios. No habla San Pablo de otra cosa que del amor a Dios que es el resumen de toda la actividad posible del cristiano.
4.- La acción que mueve a Jesús a dar de comer a los cinco mil hombres es el amor. Tras curar a los enfermos los alimenta para que no caigan agotados. Hay pan para todos. Ojalá que nosotros fuéramos capaces de dar pan a todo el mundo y así terminar con el hambre y con la injusticia en el mundo. Se centra bien en este relato del capítulo catorce de San Mateo que el amor es parte de Dios y que sin amor no podremos construir el Reino. Jesús tiene cerca la experiencia amarga de la muerte de Juan Bautista pero no su disgusto --o incluso atisbo de desánimo-- no puede frenar su amor y su misericordia. Nosotros, hoy, vivimos un mundo complicado, duro y lleno de violencia. Sufrimos por ella. E, incluso, a veces nos retrae, pero no por eso debemos abandonar el ejercicio del amor. Amor a Dios y amor por nuestros hermanos. La atenuación de los problemas más acuciantes que tienen el prójimo es una forma práctica de amor. Tengámoslo en cuenta hoy muy especialmente con emigrantes, desempleados, pobres, marginados, tristes y angustiados que pasan cerca de nosotros. Hemos de darles pan y amor. A todos.
No podemos dejar nuestro pan solo para nuestros hijos, o para aquellos que nos caen bien, o de los que esperamos sacar algo. Nuestro pan y nuestro amor deben estar disponibles para todos. Así lo quiere Jesús. Y como decíamos un poco más arriba, ojalá nosotros hubiéramos podido colaborar en la redención pacífica, claro que para ello, antes la paz debe estar en nuestros corazones.




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