Publicado por Misioneros Monfortanos
(Is 56,1.6-7; Rom 11,13…32; Mt 15,21-28)
Hoy hemos escuchado un mensaje de confianza en la salvación universal que nos trae Jesucristo; estamos invitados a oírlo en los textos que nos propone la Iglesia. En su tiempo, después de la experiencia del exilio, el profeta Isaías insiste en que los paganos, ellos también, están llamados a practicar el derecho y la justicia, y que la Casa del Señor es “casa de oración para todos los pueblos” (1ª lectura).Pero en el Evangelio de este día el mismo Jesús va más allá en esta enseñanza: Nos trae la curación total de un hijo de cananea, que se atreve a decir al Señor que “también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos” y por consiguiente ella tiene el derecho de esperar, ella también…
“Mujer qué grande es tu fe”.
Eso nos invita a interrogarnos sobre nuestra manera de comportarnos ante nuestros hermanos y nuestras
hermanas no cristianos.
1. ¿Sabemos admirarlos cuando su fe se expresa en la esperanza de un mundo mejor, en el deseo de una curación, y cuando resisten aunque todo parezca perdido?
2. ¿Sabemos maravillarnos ante los ejemplos de tantos no-cristianos – Ghandi y muchos más – que han obrado para la justicia y la paz?
3. ¿Sabemos imitar su ejemplo?
4. Ante los extranjeros, - los inmigrantes, por ejemplo – sabemos darles las “migajas” que caen de nuestras mesas de ricos?
Y ¡ojalá! que cada de uno de nosotros tenga derecho a las “migajas” de la mesa divina, y pueda oír a Jesús decirnos: “¡qué grande es tu fe!
Oración :La fe de la madre, curación para la hija
¿Qué sería de nosotros, Señor,
si te hubieras quedado confinado en Palestina?
¿Qué sería de los del otro extremo
del mar Mediterráneo, o del mundo,
si te hubieras limitado a atender
a las ovejas perdidas del pueblo de Israel?
No seríamos tus discípulos, tus amigos;
te seríamos ajenos, como forasteros,
llevaríamos la condición de paganos, de extranjeros...
de gente que no conoce al Dios único,
el de la Historia sagrada,
ni al Padre de quien hablas con franqueza.
Pero tú te acercas a todos, cruzas fronteras;
y te dejas abordar, compasivo, por cualquiera,
incluso -en aquél entonces- por las mujeres,
por una mujer cananea, de Fenicia...
que con su gran fe atraviesa tu corazón;
implora humilde, te confiesa Señor,
y obtiene asÍ, de Ti, que se cumpla lo que desea.
¿Qué sería de nosotros, Señor,
si te hubieras quedado confinado en Palestina?
¿Qué sería de los del otro extremo
del mar Mediterráneo, o del mundo,
si te hubieras limitado a atender
a las ovejas perdidas del pueblo de Israel?
No seríamos tus discípulos, tus amigos;
te seríamos ajenos, como forasteros,
llevaríamos la condición de paganos, de extranjeros...
de gente que no conoce al Dios único,
el de la Historia sagrada,
ni al Padre de quien hablas con franqueza.
Pero tú te acercas a todos, cruzas fronteras;
y te dejas abordar, compasivo, por cualquiera,
incluso -en aquél entonces- por las mujeres,
por una mujer cananea, de Fenicia...
que con su gran fe atraviesa tu corazón;
implora humilde, te confiesa Señor,
y obtiene asÍ, de Ti, que se cumpla lo que desea.




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