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lunes, 30 de junio de 2008

Evangelio Misionero del Día: 01 de Julio de 2008

Por Camino Misionero

Evangelio
Mt 8,23-27

23 Jesús subió a la barca y sus discípulos le siguieron. 24
Se levantó una tormenta muy violenta en el lago, con olas que cubrían la barca, pero él dormía. 25 Los discípulos se acercaron y lo despertaron diciendo: "¡Señor, sálvanos, que estamos perdidos!" 26 Pero él les dijo: "¡Qué miedosos son ustedes! ¡Qué poca fe tienen!" Entonces se levantó, dio una orden al viento y al mar, y todo volvió a la más completa calma.
27 Grande fue el asombro; aquellos hombres decían: "¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?"

ComentarioEn este día los invitamos a contemplar la imagen de un Jesús que es vencedor absoluto sobre todo obstáculo. Jesús que se mueve en un mundo humano, en medio de seguidores tan poco crédulos, como cada uno de nosotros, pero que no deja de ser Dios. Un Dios que se está descubriendo así mismo como tal, pero a la vez, deja verse ante nuestros impávidos ojos.
Muchas veces, quizás demasiadas, nosotros los más comprometidos en seguirlo, somos los primeros que dudamos de su capacidad para rebatir cualquier embate que se nos presente. Nos dejamos llevar por nuestras seguridades y nos olvidamos de ese Jesús que dejamos dormido en algún rincón de nuestro corazón, para darle paso a nuestras vanidades apostólicas y grandilocuencias misioneras.
Cuando planificamos una misión, cuando programamos una tarea parroquial, cuando visitamos a nuestros hermanos o simplemente dentro de nuestras comunidades, solemos perder de vista quién es el que manda, y quienes somos los servidores. Nuestro orgullo de experimentados a bordo del barco (que hemos subido miles de veces) nos lleva a creernos que somos nosotros capaces de poder llevarlo al puerto que es el destino final. Procuremos no caer en ese error. Busquemos ser humildes y volver insistentemente a nuestras bases, que no son otras que confiarnos en Jesús, porque sólo Él podrá indicarnos por donde ir, para no toparnos con las tempestades que este mundo opone a la difusión del Evangelio, pero si es voluntad del Padre, que nos hallemos envuelto en medio de una tormenta de difamaciones, malestares internos, errores humanos, murmuraciones o ataques frontales contra nuestras creencias, no dudemos ni un segundo en volver atrás y despertar a ese Jesús, que por negligencia, dejamos dormir dentro de nuestras comunidades y pedirle auxilio. Nunca niega su ayuda. Siempre nos estira su mano y jala de ella para llevarnos hasta Él.
Queridos misioneros, ninguna tormenta será capaz de hundir el Barco (Iglesia) donde este alojado nuestro Señor, sólo nos queda que le pidamos en este día que nos fortalezca en la Oración y aumente en nuestra Fe, para poder ser discípulos fieles que luchan en el día a día por seguirlo. Amén.

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Viajes de San Pablo

En el comienzo del Año Paulino, los invitamos a que visiten el especial preparado por la Biblioteca Electrónica Cristiana sobre los viajes de San Pablo, con el condimento especial de que se pueden apreciar satelitalmente los recorridos que realizó El Apóstol en sus viajes misioneros. Para ver la página haz clik aquí


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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: HUMILDAD Y MANSEDUMBRE

1. "Mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica" Zacarías 9,9. Muchos siglos antes de que Jesús entrara el domingo de Ramos en Jerusalén montado en un asno, lo había visto Zacarías iluminado con la luz profética en esa actitud mansa y humilde. Pocos eran los que comprendían un Mesías tan modesto como el profetizado por Zacarías. Los que no vivían la interioridad, siempre los más, no entendían un libertador que no viniera como vencedor y triunfador, encumbrado y fortificado en el poder, en los carros, en los caballos, y empuñando los arcos y las armas de la guerra. Pero los pensamientos de los hombres distan de los de Dios como dista el cielo de la tierra (Is 55,9).

2. La capital de Siria, Damasco, y Tiro y Sidón pertenecen al Señor con el mismo derecho que todas las tribus de Israel. El Señor desposeerá a Tiro de la plata y del oro que había amontonado, como experto comerciante por pueblo fenicio; arrojará sus riquezas al mar y lo entregará a las llamas del fuego. Igualmente Ascalón, Gaza y Asdod serán exterminados y el orgullo de los filisteos aniquilado, aunque un resto de ellos acabará siendo de nuestro Dios.

3. ¿Cómo se va a llevar a cabo esta derrota de los enemigos? ¿Con carros y caballos y poder militar? ¿Con la vara de la tiranía empuñada por un jefe vengador? No. La tiranía anidaba en el corazón de aquellas ciudades y de sus reyes. El rey de ese resto, considerado como una tribu más de Judá, viene cabalgando en un asno, y destruirá los carros de Efraín, el reino del Norte, y los caballos de Judá, el reino del Sur. Les vencerá como David a Goliat, con la modestia pobre de una honda. Su victoria será una victoria singular: instalará la paz destruyendo las armas de la guerra. Ese rey y esa victoria están apuntando a Jesús de Nazaret, cuyo reino es interior, también su revolución y su guerra. "El reino de Dios está dentro de vosotros" (Lc 17,21). "El reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan".

4. Los violentos, contra la ira propia, que luchan con sus pasiones para ser mansos. Los violentos, contra el odio que ruge en su corazón, y lo vencen con el amor. Los violentos contra su propio egoísmo e interés y triunfan con la caridad y justicia. Así es como la mansedumbre de Jesús triunfará del pecado y vencerá al mal. No pagando el mal con el mal, sino pagando el mal con el bien (Rm 12,21), la injusticia con la justicia. Este rey dictará desde dentro la paz a las naciones, porque todas están convocadas a vivir en su reino.

5. Pero ¿quién es el que entiende este mensaje? El evangelio permanece escondido para los sabios del mundo, para los racionalistas que todo lo quieren experimentar, tocar y contar y medir y escudriñar y contar las divisiones del Papa de Roma, como Stalin: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla" Mateo 11,25. Los sencillos son los que se abren a la luz de la revelación, los que tiene puesta su esperanza en Dios, los "anawim", pobres de Yahvé que confían en él, y no en los poderes y en la ciencia de la tierra. Jesús da gracias al Padre porque eso le ha parecido mejor, porque la característica de su reino es la humildad y la mansedumbre, con las que él viene a este mundo, engreído y razonador, lleno de soberbia y de pretendida mayoría de edad, pero comprobada inhumanidad. Por eso a sus discípulos les dice que aprendan de él, "que es manso y humilde de corazón".

6. En la mansedumbre y en la humildad "encontraréis vuestro descanso". Y vuestra alegría. Sólo el que es humilde de verdad puede vivir en alegría constante. El soberbio es incapaz de vivir contento con el gozo del Espíritu Santo y se conduce con agresividad. El egoísmo concentrado en sí mismo, hace imposible el descanso, que sólo proporciona la humildad. Directamente Jesús se refiere a los doctores de la ley, que habían enmarañado el amor. “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” Mateo 11,25. Como los semitas, sitúa Jesús en el corazón la fuente de la vida emotiva, afectiva y sentimental. Y en el suyo vive la mansedumbre, contraria a la cólera y al frenesí y a la aspereza y a la dureza de corazón. Está describiendo una antítesis entre la persona y actitud de los jefes religiosos de Israel y la suya propia, tan humana, humilde y compasiva. Y también la humildad, contraria igualmente al modo de proceder altanero y soberbio de los fariseos, que se creían sabérselas todas, y juzgaban al pueblo, no ya como un menor de edad, sino como unos malditos: ”Esos malditos que no conocen la ley” (Jn 7,49). Y por eso su magisterio estaba lleno de soberbia, que no buscaba otra cosa que "la vanagloria de su sabiduría unos de otros" (Jn 5,44); de donde nacía el despotismo y las palabras ásperas e iracundas con que trataban a las personas que no admitían sus mandatos y seguían otros caminos, como hacían con Jesús, a quien odiaban porque no se sometía a sus interpretaciones y a su concepción religiosa, que ellos creían infalible. Junto a este defecto pecaban de pormenizadores y minuciosos. “Colaban el mosquito y se tragaban el camello” (Mt 23,24). Era un contrasentido su magisterio: “Están sentados en la cátedra de Moisés, pero no hagáis lo que ellos hacen” (Mt 23,3). Ese rabinismo secaba el alma, quedaba en obras exteriores, era incapaz de entusiasmar. Por el contrario, Jesús anuncia que aceptando el yugo del Señor, se hace ligera la carga, y suave el yugo, porque el evangelio, promovido por el Espíritu Santo, es descanso vida y paz. Lo duro se hace blando, la rigidez se enternece, el amor todo lo allana. “Donde se ama, no se trabaja y si se trabaja, se ama el trabajo”. El Espíritu de Jesús y del Padre lava lo que está manchado, pone paz donde hay guerra, hace humilde al soberbio, en fin, llena a la persona del Espíritu de Cristo. No faltan personas que piensan que son de Cristo, pero no tienen sus sentimientos de reconciliación y misericordia, amor y dulzura, paciencia y magnanimidad, docilidad y obediencia, y sí seguridad excesiva en sus criterios y altanería. A los tales, les dice San Pablo: “El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él” (Rm 8,9).

7. Creo que es oportuno que nos preguntemos, si nuestra práctica religiosa, no ha decaído en el rabinismo, porque entonces tendríamos la explicación de la esterilidad de la comunidad cristiana, sobre todo, en cuanto a vocaciones de consagrados. Me da la impresión de que se ha hecho una religión tan light, que ha perdido su mordiente y atractivo. Se ha relegado al Espíritu Santo a la sombra. La doctrina del Concilio y las Encíclicas de los Papas, sobre todo de Juan Pablo II, yacen empolvadas en los archivos y la doctrina primorosa, se predica en muy limitados círculos eclesiales. La delicadeza del amor de Cristo, la herida de su costado, las filigranas del amor, están demodés, y a todo lo que se aspira es a tener un neófito más: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mares y tierras para hacer un prosélito y, cuando llega a serlo, lo hacéis hijo de la gehenna dos veces más que vosotros” (Mt 23,15). "Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". Jesús contrapone la suavidad de su carga a la dureza de los mandatos de la ley humana. Pues la religión verdadera suprime todo lo que sea yugo pesado e impropio de ser llevado por la persona humana; hace desaparecer los gestos amenazadores, el hablar altanero y suficiente, a fin de suscitar una genuina igualdad y fraternidad leal y desinteresada, que suprime el cálculo de beneficios que la amistad puede reportar. Y sustituye la ley del "do ut des", por la gratuidad. De esta manera, la ley del Señor, aunque parece yugo, es suave, porque él la lleva con nosotros, y nos da fuerza amorosa para llevarla. El yugo, que es cosa de dos, cuando es insoportable es cuando nos empeñamos en llevarlo a solas. Ya madura Santa Teresa, escribía "ahora todo va con amor". Con las fuerzas de Dios, "nada hay más dulce que guardar los mandamientos del Señor" (Eccl). Quienes los guardan, cuentan con la ayuda del "Señor, que sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. El, que es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, bueno con todos y cariñoso con todas sus criaturas" Salmo 144.

8. Alguna vez llamó a sus discípulos torpes, tardos para entender, necios e incluso satanás a Pedro, pero hoy, arrebatado de gozo del Espíritu, experimentando un cariño inmenso por aquellos pobrecitos, da gracias al Padre porque a ellos les ha revelado los misterios que ha escondido a los sabios y entendidos. No son los defectos y limitaciones y debilidades humanas las que cierran el don de la gracia, sino el engreimiento, la altanería y la soberbia de quienes se creen superiores y no aceptan ideas nuevas de nadie. He visto sabios creyentes y científicos agnósticos y ateos. Pero no dejo de recordar lo que Pasteur decía: porque he estudiado mucho tengo la fe de un bretón; si hubiera estudiado más tendría la fe de una bretona.

9. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Es éste un momento excepcional en la vida de Cristo en que pone de manifiesto con alborozo, que su alma goza de la visión beatífica, que es uno de los misterios que nunca llegaremos a comprender de la Persona Divina y naturaleza humana de Jesús; y que además tiene el poder de revelar su filiación divina y la paternidad del Padre, que se complace en él, y está dispuesto a compartir con los hombres sencillos de corazón y humildes de alma y de costumbres.

10. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. Para ser recibido en audiencia por los grandes hay que solicitarla, buscarse recomendaciones y ponerse en cola. El Señor nos llama a todos sin distinción, porque es manso y humilde y su amor es infinito. Llama a todos los que están atormentados por las preocupaciones, abatidos por la tristeza, hundidos en el pecado, no para amenazarlos y castigarlos, sino para perdonarlos y aliviarlos, porque tiene sed infinita de salvarlos y de que sean felices. No quiere vernos abrumados como gente sin pastor y sin fe y sin amor de nadie.

11. En este momento privilegiado, en que nos estamos encontrando con el Señor, en su Palabra y en su Eucaristía, ejerce él su misión de pastor, consolador, padre, comida y bebida, que nos confortan. La presencia de Cristo en la Eucaristía, es una presencia activa, que no se limita a contemplarnos desde lejos; ahí y por ella actúa por el Espíritu Santo en los cristianos y de modo especial en el sacerdote, desarrollando la obra de la salvación. Pidámosle al Padre que nos quiera revelar su acción misteriosa, que nos redime.

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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Recursos para la Homilía

VENID A MÍ TODOS LOS QUE ESTÁIS CANSADOS..."
Publicado por Agustinos España

La nueva vida (2ª lectura del domingo pasado) que hemos recibido es una vida «en el espíritu», es decir, según el hombre renovado por la acción del Espíritu de Dios que habita en nosotros. El Espíritu de Dios es también el Espíritu de Cristo, pues es el Espíritu que el Señor Jesús envía y que nos une a él para formar con él un solo cuerpo.
Pero nuestra vida, a diferencia de la vida de Jesús resucitado, es aún una vida en esperanza que camina a su plenitud alentada por el mismo Espíritu, fuerza de Dios, que se manifestó en la gloria de la resurrección de Jesús.

Es necesario que hagamos sitio en nuestra vida para el Espíritu de Dios. Si nos dejamos llevar por el Espíritu, seremos efectivamente hijos de Dios. Y si somos hijos, también seremos herederos de aquella gloria que ya posee Cristo, el Señor, que es «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29).

A simple vista, pudiéramos pensar que Pablo distingue entre dos clases de hombres: los que sirven a la «carne» (los infieles) y los que recibieron el Espíritu de Dios (los fieles). Pero San Pablo amonesta precisamente a los fieles, en los que supone que «habita el Espíritu de Dios» (v. 11), para que no vivan «según la carne» (v. 13). Esta amonestación a los fieles sólo puede explicarse si entendemos que la frontera que separa el ámbito influido por la «carne» del ámbito influido por el Espíritu de Dios, pasa por el corazón de cada uno de los creyentes, comprometiéndolos en un conflicto interior. No se trata, pues, de dos clases de hombres, los buenos y los malos, sino de la división que padece el hombre en sí mismo. El cristiano, conducido por el Espíritu, ha de operar su salvación día a día y dar muerte a las obras del cuerpo, de la «carne», para resucitar con Cristo a una vida eterna según Dios.

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Jesús acaba de fracasar en una serie de ciudades de Galilea, su patria. Allí ha realizado numerosos milagros, pero no ha hecho brotar la conversión ni la fe. Y a pesar de su fracaso -es preciso observar la paradoja- Jesús prorrumpe en una acción de gracias: «Te doy gracias, Padre, porque estas cosas se las has revelado a la gente sencilla». Sólo la gente sencilla, los que no tienen doblez, los de corazón ancho, los que no tiene ánimo de complicar las cosas, los que ellos mismos no están complicados con las cosas, los abiertos, los limpios de corazón, los pobres, los disponibles, etc., sólo esos acogen el Reino que Jesús anuncia.

Los sencillos son aquellos que interpretan la vida y la historia como un viaje con Dios a lo largo del cual Dios puede ir educándoles. Un tránsito desde lo que son a lo que tienen que ser, con la seguridad de que, pase lo que pase, Dios siempre estará a su favor. Que ocurra lo que ocurra, siempre hacen, porque pueden y deben, una lectura positiva que les ayuda a crecer en santidad.

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«Cargad con mi yugo». Se aplicaba esta imagen a la ley judía. Sabemos que era insoportable, con sus 643 preceptos, que nadie podía cumplir, y apenas saber. Más insoportable aún por el rigor de su interpretación, como se prueba en lo relativo a las purificaciones, ofrendas y sacrificios, descanso del sábado. Jesús se compadece de los que soportaban este yugo deshumanizador. Por eso dice: «venid a mí». Yo os quito ese yugo que os fatiga. Yo pongo sobre vuestros hombros otro yugo que os libera. Yo os quito esa carga que os deprime. Yo echo sobre vuestras espaldas una carga que os fortalece. Mi yugo y mi carga, mi ley es una sola: el amor.

Los «cansados y agobiados» son todos los que se afanaban inútilmente en el cumplimiento de la Ley y de las tradiciones de los judíos. Los fariseos imponían a la gente sencilla un fárrago de leyes y obligaciones que ellos mismos no podían soportar y no cumplían (23, 2-4). De esta manera, lo único que conseguían era atormentar las conciencias y dominar sobre los que se sentían culpables. Jesús quiere ser un alivio para todos estos. El había dicho que la ley es para el hombre y no a la inversa («No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre»), y en muchas ocasiones contesta con obras y palabras al legalismo de los fariseos. Sin embargo, este alivio es a su vez un yugo, sólo que mucho más ligero, porque es el yugo único del amor. Y es «suave» porque el mismo Jesús lleva ese yugo como ningún otro.

-La carga del amor. El amor es el peso menos pesado. Es peso, porque te fuerza, porque echa sobre ti los pesos de los otros, porque te compromete, te responsabiliza y, a veces, te tritura. Pero es el peso menos pesado, porque te regala una energía inmensa, porque es más fuerte que la muerte, porque te sientes feliz y gratificado. El que ama se transciende.

«Cargad con mi yugo, cargad con mi amor. Nada tan pesado como el amor, pero nada tan ligero como el amor, «Amor meus, pondus meum». El amor es el peso de nuestro corazón. Mi amor es mi peso, pero es también mi estímulo, mi alimento, mi gozo, mi fiesta, mi perfume y mi fuerza». Luz, voz, fragancia, alimento y deleite de mi hombre interior» (San AGUSTIN, Confesiones, X,6,8).

Esta es la única carga indispensable. Por eso Jesús, en la despedida de sus discípulos, les habla de guardar su palabra y de vivir en el amor. «El que me ama guardará mi palabra, y vendremos a él y haremos morada en él». Fijaos qué carga, infinita y llevadera a la vez: el que ama carga con Dios. Dios, nuestro único peso y la fuerza para sobrellevar todos los pesos. Dichoso el que va siempre con esta carga divina.

Subyugados. Se trata, sobre todo, de cargar con el yugo de Jesús. Mejor dicho, se trata de dejarse subyugar por Cristo y el evangelio. Esta palabra -subyugar- expresa a las mil maravillas el profundo sentido evangélico de las palabras de Jesús, pues cuando el yugo es el amor, el único que puede cargar con el yugo es el enamorado. No se trata en consecuencia de cargar con nada, sino de hacerse cargo del amor de Dios para realizarlo en y con los hermanos, con todos los hombres. Sabéis muy bien que, para el que ama, todas las obligaciones están de más. No hace falta que nadie le diga qué tiene que hacer, pues se lo dicta su corazón. Y también sabéis que, cuando falta el amor, todas las leyes son insuficientes. Por eso el evangelio es algo muy sencillo, tan sencillo como amar. Y por eso es sólo para gente sencilla, para los que se dejan llevar del amor: enamorarse y no especular con los sentimientos. Ser cristiano es dejarse llenar del amor de Dios y rebosarlo en los hermanos. Eso es todo.

Una de las invitaciones más cordiales del Evangelio: «Venid a mí...» Una invitación conmovedora. No es complicado. Es cuestión de sencillez, de dejarse arrebatar por la persona de Cristo. Y, para que no todo quede en bellas palabras, valdría la pena meditar esta semana sobre este evangelio. Convertirlo en oración personal. Hacer el propósito de confiar a Cristo las preocupaciones, las fatigas, los desencantos, las trabas de la vida... Aprender a encontrar algún momento diario de silencio para confiarse al Señor a través de la contemplación de su existencia reflejada en los evangelios.



RECURSOS PARA LA HOMILÍA


Nexo entre las lecturas.
El gozoso anuncio mesiánico del profeta Zacarías dirigido a los habitantes de Jerusalén (es lo que significa la metonimia hija de Sión, hija de Jerusalén), proclama con la máxima simplicidad la venida de un rey humilde (viene a ti tu rey) que restablecerá la paz y la justicia en las naciones, y condensa de manera admirable toda la esperanza de salvación del pueblo de Israel (1L). Semejante anuncio profético encuentra su perfecto cumplimiento en Jesucristo manso y humilde de corazón que viene a traer alivio y descanso (EV) a todo aquel que experimenta la fatiga y el agobio que comporta el yugo de la ley antigua. El, conociendo íntimamente al Padre (EV) revela el verdadero rostro de Dios que es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar (SAL) a todo aquel que con humildad se reconoce necesitado de misericordia: acuérdate Señor de tu misericordia (SAL). Por su parte san Pablo nos recuerda que el plan de salvación que ha venido a instaurar este rey en el mundo, inicia con la conversión del corazón que implica no vivir conforme al desorden egoísta del hombre sino conforme al Espíritu de Cristo (2L).


Mensaje doctrinal

1. Jesús, epifanía del rostro del Padre. En el Evangelio de Mateo que la liturgia pone hoy a nuestra consideración, se nos ofrece una de las revelaciones de carácter cristológico más profundas: Jesús es Hijo eterno del Padre. Te doy gracias Padre Señor de cielo y tierra. Con estas palabras de alabanza y bendición Jesucristo inicia su “confesión” dirigiéndose al Padre. Ellas expresan claramente el reconocimiento del primado del Padre por parte del Hijo (señor de cielo y tierra) y por tanto ponen de manifiesto el carácter trascendente de Dios, que es creador de todo cuanto existe. Pero al mismo tiempo, Jesús se dirige al Padre con el apelativo más íntimo y cercano con que jamás hombre alguno se hubiera atrevido a dirigirse a Dios: Padre. El término preciso en hebreo es abbá, que puede ser traducido como papá Así, si por una parte Jesús nos manifiesta la grandeza del Padre, su señoría y trascendencia, nos revela así mismo su cercanía y su bondad. El Dios que nos revela Jesucristo es un Dios Padre en el sentido más profundo y verdadero. En este sentido, el catecismo de la Iglesia católica nos dice: Al designar a Dios con el nombre ce Padre, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero y trascendente de todo y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos (Catecismo de la Iglesia Católica 239).

Gracias a ese conocimiento recíproco que el Hijo afirma tener con el Padre: nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, Jesucristo puede considerarse en toda verdad como manifestación (epifanía) del rostro del Padre.

2. Los secretos del Reino revelados a los pequeños y humildes. El objeto de la alabanza que Jesús dirige al Padre , te bendigo, oh Padre, Señor de cielo y tierra (Mt 11, 25), consiste en esto: porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeños (Mt 11, 25b). La indicación indeterminada a la que Jesús hace referencia con la expresión estas cosas, se refiere con toda probabilidad al plan divino de la salvación, al misterio del reino de los cielos que el Hijo vino a instaurar en la tierra pero que no ha sido reconocido por los sabios y entendidos del mundo presente. En esta categoría de sabios y entendidos están comprendidos los jefes del pueblo hebreo, los escribas y fariseos que observaban con minuciosidad la ley dejando a un lado la justicia y el amor a Dios (cfr Lc 11, 42), que tenían la ley en los labios pero no la habían comprendido con el corazón (cfr Is 29, 13). Estos se tenían por la clase culta del pueblo, pensaban ser expertos en el manejo de la Escritura y, sin embargo, no supieron reconocer el designio divino realizado ante su misma mirada, precisamente a través de la mansedumbre del Hijo. Este misterio de salvación lo comprenden, en cambio, aquellos que son humildes y sencillos de corazón, los pobres de espíritu (Mt 5, 3) que se colocan ante Dios en actitud de escucha, de disponibilidad y le reconocen como Señor del cielo y de la tierra, como padre de quien procede todo bien y todo don.

3. Un rostro misericordioso. Presentándose a sí mismo como manso y humilde de corazón Jesucristo nos revela un rostro misericordioso de Dios que es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en perdonar. Son innumerables los salmos que proclaman la nota distintiva característica de Dios en su relación con su pueblo: la bondad y la misericordia. El salmo 103 es en sí mismo un himno que exalta este modo de proceder de Dios con su pueblo: Él, que todas tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias, rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y de ternura, mientras tu juventud se renueva como el águila. Clemente y compasivo es Yahveh, tardo a la cólera y lleno de amor, no se querella eternamente ni para siempre guarda rencor; no nos trata según nuestros pecados, ni nos paga conforme a nuestras culpas. Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así de tierno es Yahveh para quienes le temen; que Él sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo. (Sal 103, 3-5. 8-10. 13-14).


Sugerencias pastorales

1. Dar a conocer a los hombres el Dios del amor y la misericordia. Al hombre contemporáneo frecuentemente atormentado entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensación de su limitación y asaltado por aspiraciones sin confín, turbado en el ánimo y dividido en el corazón, la mente suspendida por el enigma de la muerte, oprimido por la soledad mientras tiende a la comunión, presa de sentimientos de náusea y hastío, le es necesario encontrarse con el rostro misericordioso de Dios. La Iglesia, como afirma Juan Pablo II, debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo en su misión como Mesías, profesándola en primer lugar como verdad salvífica de fe necesaria a una vida coherente con la fe, después buscando introducirla y de encarnarla en la vida, ya sea de sus fieles, ya sea, en cuanto sea posible, en la vida de todos los hombres de buena voluntad (Dives in misericordia 12).

2. Formar un corazón manso y humilde de corazón. Todo cristiano, pero de modo especial el sacerdote, ha de hacer suyo esta invitación de Cristo: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. La mansedumbre y humildad de corazón es un arma poderosa con que cuenta el sacerdote para abrir el corazón de los hombres para ganarlos para Dios. San Juan Bosco alentaba así a sus sacerdotes: ¡Cuantas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar que persuadir; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, sopor tándolos con firmeza y suavidad a la vez. [...] Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos (Epistolario, Turín 1959, 4, 201-203).

La mansedumbre es la virtud que tiene por objeto moderar la ira según la recta razón. Santo Tomás, citando a Aristóteles, distingue en la II-II, q. 157, a 1 y q.158, a1,2 y a 8 dedicadas al estudios de la mansedumbre y de la ira, tres tipos de ira en el hombre: la de los violentos (acuti) que se irritan en seguida y por el más leve motivo; la de los rencorosos (amari) que recuerdan mucho tiempo el recuerdo de las injurias recibidas; y la de los obstinados (difficiles sive graves) que no descansan hasta que logran vengarse. Todas estas formas de ira tan ajenas a la mansedumbre de corazón están totalmente ausentes en el modo en que Dios trata a su pueblo y que viene confirmado por el Hijo en su modo de tratar y dirigirse a los hombres.

¡Cuánto bien podemos hacer a nuestros fieles dirigiéndonos siempre a ellos con bondad, sin mostrar impaciencia ante sus deficiencias y limitaciones personales, indignación ante sus miserias! ¡Cuánto bien podemos hacer evitando disputas, voces destempladas, palabras, gestos o acciones bruscas que puedan herir la sensibilidad de nuestros hermanos, acogiendo con benevolencia a los pobres, a los afligidos, a los enfermos, a los pecadores, y también, suavizando con buen tacto las justas reprensiones que sean convenientes al bien de las almas!

Por otra parte, el sacerdote debe enseñar a los fieles a vivir esta faceta del amor con todos los miembros de la comunidad parroquial. Enseñarles a no devolver mal por mal, a no hablar mal de los demás, a saber dominar las reacciones de enojo y de ira hacia los demás, a tratar con buenas maneras a sus hermanos.

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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: 9 Homilias para meditar el domingo

Publicado por Mercaba.org

1) Hemos escuchado en los últimos domingos que JC nos llamaba a seguirle. Y también a anunciar, a comunicar su Evangelio. Pero hoy damos un paso adelante. JC nos invita, de todo corazón, a vivir en comunión con él. Una comunión que ofrece especialmente a los sencillos (a quienes no se creen sabios ni entendidos), a los hombres y mujeres que andan cansados y agobiados (quizá muchos, quizá la mayoría de nosotros; no nos pese: éstos son los preferidos de JC).

Evitemos la tentación de pensar que JC, antes que nada, nos exige, nos manda, nos impone. No, antes que nada nos ama de tal modo que nos quiere comunicar aliento y fuerza para nuestro camino, porque él sabe que este camino es difícil. Es compañero antes que Señor (¿no es eso lo que significa su ser hombre como nosotros?).

2) Y nos quiere dar lo mejor que tiene: su comunión de vida con el Padre. Sí, no propone fáciles soluciones a nuestro andar "cansados y agobiados", no esconde que la realidad está llena de dureza; lo que hace es decir sencillamente: "Venid a mí... y encontraréis vuestro descanso". No es un descanso que escamotee nuestra lucha de cada día (dice JC: "cargad con mi yugo") sino un descanso que se halla por el extraño camino de saberse hijo de Dios, querido por el Padre, discípulo de JC. Es decir, en el vivir en comunión con Dios, comunión de vida y amor. Una comunión que no evita la dureza, el peso del yugo de cada día. Pero que -dice JC- puede convertirlo en un !yugo llevadero y una carga ligera!. Si es asumido como un compartir el camino de amor de JC, ante y con Dios, aunque a veces nos parezca que lo recorremos sin Dios.

3) Las palabras son insuficientes para expresar lo que JC nos dice. Pero, ¿no es verdad que algunas veces todos lo hemos experimentado? Cuando hemos conseguido la sencillez de corazón, cuando en momentos concretos de nuestra vida nos hemos sentido sólo sostenidos por esta extraña pero real comunión con el Padre que JC nos comunica. Quizá lo que habríamos de intentar es hacer de estos momentos excepcionales aquello que sea el fondo de nuestra vida. Con una entera confianza en el Espíritu de Dios que habita en nosotros -como hemos leído en la carta de Pablo-, ya que él nos da este aliento de vida que precisamos.

Y quizá un buen propósito para este tiempo de verano (en que para bastantes parece más fácil detenerse a mirar con cierta perspectiva nuestra vida) fuera el deseo de hallar unos momentos de paz, para ir a lo más hondo, para encontrar un espacio de oración, para escuchar las palabras de JC: "Venid a mí..."

J. GOMIS
MISA DOMINICAL 1978/13


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2.

-La plegaria de Jesús. La exclamación de Jesús es como una explosión en la que nos descubre sus sentimientos más íntimos. La plegaria de Jesús es un grito, un vitorear, un aplaudir al Padre por su benevolencia para con los sencillos. He ahí un estilo de plegaria muy simple y auténtico: la plegaria hecha grito. Un grito de gozo en los momentos de plenitud, un grito de angustia en los momentos dolorosos, un grito de auxilio en los momentos difíciles.

-Las has revelado a la gente sencilla. Nuestras asambleas dominicales están formadas en gran parte por gente sencilla. Las palabras de Jesús pueden resultarles especialmente alentadoras. El conocimiento de Dios no es patrimonio de los sabios: ni de los sabios de este mundo, deslumbrados a menudo por la ciencia, ni de los sabios en teología. Si se tratase de una simple teoría, sería patrimonio de los entendidos; pero, más que teórico, el conocimiento de Dios es un conocimiento experiencial, en el que por encima de todo cuenta la disposición del corazón y que el Padre ha reservado a los sencillos. Y no andemos buscándole muchas explicaciones: "así ha parecido mejor". Será porque también él es "manso y humilde de corazón" y el conocimiento de una persona exige siempre cierta connaturalidad con ella.

La verdadera sabiduría cristiana no está en proporción con los conocimientos, sino con la experiencia de Dios. Si el conocimiento de Dios desapareciese de la tierra, más que en los libros de los teólogos deberíamos buscarlo en el testimonio de aquellas personas sencillas, anónimas, que encuentran en la fe la fuerza para su vida de cada día. No se trata de minusvalorar una buena formación en las verdades de la fe. Debemos procurarla y puede hacernos un gran servicio, sobre todo si nos ayuda a ser más sencillos y abiertos a Dios. En el fondo, el cristianismo se reduce a unas pocas verdades muy sencillas pero muy grandes: lo que interesa es sacarles el máximo provecho y significado para la vida. Y la gente, lo que espera de nosotros, los cristianos, más que nuestros conocimientos librescos, es nuestro conocimiento vivido.

"Al fin y al cabo -escribía Pablo VI en la "Evangelii Nuntiandi"-, ¿existe otra manera de comunicar el Evangelio a no ser la de transmitir al otro la propia experiencia de fe?".

-Sólo Jesús puede darnos a conocer al Padre. Antes hacíamos todo lo contrario. Creíamos que ya conocíamos a Dios y, conociendo a Dios, conocíamos ya a Jesús, porque era Dios. El único que puede darnos a conocer a Dios es Jesús, porque sólo en él Dios se ha hecho presente de modo pleno, porque sólo él puede darnos el Espíritu que nos hace conocer desde dentro. La lectura del Evangelio y la oración serán siempre los dos modos privilegiados de conocer a Dios y que están al alcance de todos.

-Venid a mí los que estáis cansados y agobiados. Esta es la invitación que Jesús nos dirige cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía y que los predicadores deberíamos hacer llegar a la gente. Nuestras palabras deberían servir para hacer llegar un poco de paz y de consuelo a estos nuestros cristianos de misa dominical, a menudo cansados y agobiados de tantos trabajos, penas y preocupaciones. El poder vivir todo eso en comunión con Jesús, sintiéndose amado por Dios -y esto es lo específico del cristiano- no nos suprime la carga, pero le confiere otro sentido, nos quita el peso de la carga.

¡Cuántas veces en nuestra predicación tendemos a imponer yugos y pesadas cargas sobre las conciencias! Por no haber comprendido o hacer más comprensible el cristianismo, tendemos a convertirlo en mera práctica ascética cuanto más dura mejor. Es lo peor que podemos hacer. Jesús ha venido para que el hombre viva y sea libre. Es manso y humilde de corazón, justo y salvador y dicta la paz a todas las naciones (primera lectura). Su peso y su fuerza son los de la verdad y el amor: los más exigentes, pero los más suaves.

JESÚS HUGUET
MISA DOMINICAL 1981/14


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3.

El tema de la liturgia de hoy puede centrarse en torno al evangelio que leemos. A la altura del evangelio de Mateo en que figura el pasaje en cuestión. Jesús está exponiendo el misterio del Reino de Dios. Y una de las condiciones para entrar en él es ésta: la humildad, la sencillez, la acogida, la pobreza. Este puede ser el tema de la meditación de la asamblea eucarística hoy.

Jesús acaba de fracasar en una serie de ciudades de Galilea, su patria. Allí ha realizado numerosos milagros, pero no ha hecho brotar la conversión ni la fe. Y a pesar de su fracaso -es preciso observar la paradoja- Jesús prorrumpe en una acción de gracias: "Te doy gracias, Padre, porque estas cosas se las has revelado a la gente sencilla". Sólo la gente sencilla, los que no tienen doblez, los de corazón ancho, los que no tiene ánimo de complicar las cosas, los que ellos mismos no están complicados con las cosas, los abiertos, los limpios de corazón, los pobres, los disponibles, etc., sólo esos acogen el Reino que Jesús anuncia.

También lo dice Jesús. Y se lamenta. Si en Tiro y en Sidón (tierra pagana, no judía) se hubieran hecho los milagros que tú has visto... Sodoma misma no hubiera perecido -dirá Jesús- si hubiera gozado de la predicación y la acción de Jesús. Por eso Jesús llega a amenazar: "Os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti". Y esto lo dice Jesús, en concreto, frente a ciudades de Israel, de Galilea, en concreto, su propia patria. Sus conciudadanos, miembros del pueblo escogido, ya saben mucho del Dios de Israel como para atender a lo que pueda decir este nuevo profeta que, para colmo, es compatriota suyo (¿de dónde le viene a éste esa sabiduría?, ¿no conocemos a sus padres y hermanos? ¿no es el hijo del carpintero? (/Mt/13/54 COSTUMBRE/CON-D) Lo que ya sabían, lo que habían visto, aquello a lo que ya estaban acostumbrados, les impedía reconocer una noticia de salvación, una buena nueva. La gente sencilla, por el contrario, no se lo sabe todo, ni está acostumbrada a saberlo. Por eso está dispuesta a aprender. Es capaz de descubrir cosas, de sorprenderse por las noticias (para ella son de verdad noticias). La gente sencilla es capaz de admirarse ante realidades incluso pequeñas, cotidianas. Su sensibilidad intuitiva le hace descubrir en el más pequeño detalle la palabra inédita de una realidad sorprendente que nos trasciende. La gente sencilla no se basta a sí misma, no se cierra, no rompe la comunicación, permanece en constante apertura, está dispuesta a dejarse trascender, a dejarse ayudar, a acoger, a aceptar, a dar sin reparos lo poco que tiene. La sencillez no es sino una síntesis de humildad, pobreza, apertura, limpieza de corazón, falta de complicación, generosidad... Por eso forman parte de la legión de los proclamados por Jesús como bienaventurados. Los sabios, por el contrario, ya saben muchas cosas. Muchas noticias para ellos no son noticia. No pueden recibir nada con el alma abierta, ingenuamente: miran siempre los recovecos de cada afirmación, sus puntos flacos, su historia, su crítica, sus orígenes ("¿no es el hijo del carpintero?"), todas sus posibles interpretaciones ("éste echa los demonios por arte de Belcebú"). Por eso son muy amantes de libros, teorías pastorales o complicadas disquisiciones teológicas. Creen que saben muchas cosas, pero con frecuencia saborean muchos menos que los que tienen un corazón sencillo.

Los entendidos, los enterados, saben de qué va la cosa, lo que pinta en la vida como triunfo, lo que cuenta y lo que se cotiza.

Por eso invierten todos sus valores en la buena vida. Prefieren no invertir en la esperanza -muchos menos si se trata de una esperanza trascendente, del Reino de Dios-: de esto, ciertamente, no entienden. O, mejor, creen entender que no "sirve" para nada. Prefieren la instalación, la comodidad, las raíces, no los frutos de esperanza. Por ello, los sabios complican la vida y los entendidos se afanan en conquistarla y almacenarla. Los sencillos la viven y la saborean en simplicidad. Los sabios y los entendidos angustian con sus teorizaciones y sus afanes. Los sencillos se alegran con la buena noticia que les libera. Los sabios y los entendidos se agobian con el peso de la vida. Los sencillos dan gracias con Jesús por saborear la libertad.

Así le ha parecido bien al Padre, y Jesús se lo agradece. Ha parecido bien al Padre que el Reino no se merezca a base de estudiarlo mucho o de someterlo a una severa crítica. El reino lo adquieren los desposeídos de si mismos, los que quedan mal ante los valores cotizados en esta vida (cuando se mira desde la perspectiva de la carne y no del espíritu). Por eso, el Reino hay que merecerlo a base de quitarse afanes de méritos, a base de hacerse sencillo, a base de ensanchar el corazón y abrirlo con simplicidad hacia la Buena Noticia.

Es la pregunta hacia la que debe evocar en cada uno de nosotros el mensaje de la liturgia de la palabra de hoy. ¿Somos en verdad sencillos? ¿Seremos capaces de que se nos revele el Reino?

DABAR 1978/39


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4. A/YUGO:

Subyugados. Se trata, sobre todo, de cargar con el yugo de Jesús. Mejor dicho, se trata de dejarse subyugar por Cristo y el evangelio. Esta palabra -subyugar expresa a las mil maravillas el profundo sentido evangélico de las palabras de Jesús, pues cuando el yugo es el amor, el único que puede cargar con el yugo es el enamorado. No se trata en consecuencia de cargar con nada, sino de hacerse cargo del amor de Dios para realizarlo en y con los hermanos, con todos los hombres. Sabéis muy bien que, para el que ama, todas las obligaciones están de más. No hace falta que nadie le diga qué tiene que hacer, pues se lo dicta su corazón. Y también sabéis que, cuando falta el amor, todas las leyes son insuficientes. Por eso el evangelio es algo muy sencillo, tan sencillo como amar.

Y por eso es sólo para gente sencilla, para los que se dejan llevar del amor: enamorarse y no especular con los sentimientos. Ser cristiano es dejarse llenar del amor de Dios y rebosarlo en los hermanos. Eso es todo.

EUCARISTÍA 1990/31


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5.

Estos días de verano, quizá para bastantes de los que estamos aquí, son días que de algún modo NOS HACEN SENTIR CON MAS PAZ, con más tranquilidad, como si la vida normalmente atareada que llevamos se parase un poco y pudiéramos respirar más profundamente. Porque, en definitiva, ese es el clima que se crea en verano: o porque hacemos vacaciones, o porque las haremos más adelante, o porque por lo menos, notamos que el ritmo de la vida de la gente que nos rodea es distinto del resto del año.

-Jesús nos invita a tener su paz en nuestro corazón Y hoy se podría decir que las lecturas que hemos escuchado se colocan casi de acuerdo con eso que está ocurriendo en nuestra vida. Las lecturas de hoy son también una invitación a sentirnos en paz, a caminar por nuestra vida con tranquilidad y confianza, a sentirnos con la alegría de estar cerca de Jesús, a descubrir que Dios nuestro Padre nos ama profundamente.

Jesús, en el evangelio que hemos escuchado, hacía esta bella acción de gracias a su Padre porque el AMA TODO LO QUE ES SENCILLO, porque él no ha elegido a la gente importante y segura de sí misma para derramar en ella su bondad, sino que ha querido acercarse a nosotros, los que sentimos que nos faltan muchas cosas, los que sabemos que necesitamos todavía mucho amor y mucha paz y mucha confianza para seguir adelante en nuestra vida. Los que no sabemos sentirnos satisfechos con el dinero, ni con nuestra inteligencia, ni con nuestras cualidades.

-Nuestro camino no lo hacemos solos. Jesús agradece al Padre que haya querido dar a esos, a los pobres y sencillos, la certeza de su compañía. Y luego él mismo, Jesús, añade esta llamada al corazón de cada uno: "Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso". Porque esa es quizá la noticia más gozosa que tenemos en el centro de nuestra fe: el poder sentirnos con la paz que da el amor de Jesús; el poder encontrar, desde nuestro trabajo, desde la lucha de cada día, desde el esfuerzo constante, LA CERTEZA DE QUE EL SEÑOR NOS ACOMPAÑA, la seguridad de poder orar y ponernos en sus manos. Aunque a veces las cosas sean muy duras.

Porque, como nos decía san Pablo, "el Espíritu de Dios habita en vosotros". El Espíritu que conduce nuestra vida, el Espíritu que alumbra en nuestros corazones la fe y la esperanza. El Espíritu que nos renueva, que nos resucita, que nos llena de amor. Porque eso es ser cristiano: PODER DECIR QUE NUESTRO CAMINO NO LO RECORREMOS SOLOS; poder encontrar unos momentos de pausa y orar; poder reconocer que en medio de la historia a menudo difícil de cada uno de nosotros está ese Espíritu, y esa vida, y esa esperanza que Jesús nos ha infundido.

Por ello, también nosotros podemos decirnos mutuamente las mismas palabras que hemos escuchado en la primera lectura. Aquellas palabras que, hace ya muchos siglos, un profeta dirigía a los habitantes de Efraín y Jerusalén cuando les anunciaba que vendría un día en el que podrían vivir confiados, sin miedo de guerras ni ataques. Un día gozoso en el que el mundo se llenaría de paz. Porque el propio Dios lo quería, y vendría a vivir en medio de su pueblo. Y por eso el profeta lo anunciaba con gran alegría: "Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti. El destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén; romperá los arcos guerreros. Y dictará la paz a las naciones". Y esta paz que anunciaba el profeta es la que nosotros podemos empezar a encontrar en Jesús. Una paz que aún no es plena -porque nuestra vida y la vida del mundo siguen siendo difíciles y complicadas-, pero que es CAPAZ DE RECONFORTARNOS y darnos constante fuerza para caminar.

-Una invitación a la oración. Me parece que las palabras que hemos escuchado en las lecturas de hoy, esta invitación a respirar a fondo y a sentirnos en paz, podría convertirse en una llamada para que alimentemos en serio nuestra fe durante este tiempo de verano. Podrían ser una INVITACIÓN A ENCONTRAR, DURANTE ESAS SEMANAS, RATOS MAS TRANQUILOS PARA LA ORACIÓN, para experimentar más vivamente la relación con Jesucristo, para sentirnos en las manos de nuestro Padre que nos ama.

Momentos en los que no se trata de tener grandes pensamientos ni de descubrir muchas cosas nuevas. Momentos en los que, sea mirando la naturaleza o disfrutando del sol, o sea tranquilamente en casa, presentamos nuestra vida, nuestras tristezas y nuestra alegrías, nuestras ilusiones y nuestros desengaños, nuestros problemas y nuestras esperanzas, al Padre en el que creemos.

Momentos, pues, que nos hagan sentir más cerca de Jesús. Momentos en los que, también, abramos las páginas vivas del Evangelio y recordemos su palabra. Para seguir sintiendo, muy adentro, su paz.

J. LLIGADAS
MISA DOMINICAL 1978/13


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6.

Después de la recriminación a las ciudades galileas que no han respondido a sus obras y de la vuelta de los 72 discípulos, Jesús alaba al Padre por la respuesta que le están dando los sencillos, la gente del pueblo llano.

Dios ha decidido gratuitamente -"así te ha parecido mejor"- esconder "estas cosas a los sabios y entendidos" y revelarlas "a la gente sencilla". Jesús expresa la realidad que estaba experimentando. El "Señor de cielo y tierra" tiene preferencias por los sencillos. Parece que Dios ha hecho una opción de clase: está de parte de la gente sencilla, de los del montón, de los que no cuentan para nada, de los que son oprimidos y estrujados por otros. Está, decididamente, a favor del pueblo.

-¿Quiénes eran "los sabios y entendidos" y "la gente sencilla". Los "sabios y entendidos" eran las élites religiosas de Israel, los escribas y los fariseos, los rabinos que permanecían ciegos ante la claridad de las palabras de Jesús, que se escandalizaban por su predicación en favor de los pobres.

Son los autosuficientes que se creen que ya lo saben todo, que utilizan su ciencia y su conciencia para formarse una idea cerrada de Dios y del mundo y no están dispuestos a oír y aprender de nuevo. Creen que conocen bien a Dios y que poseen la verdadera doctrina.

El misterio del Reino de Dios no es accesible a esta clase de sabiduría humana, tan segura de sí misma. El hecho de que Dios "esconda estas cosas" no se debe a él, sino a los obstáculos de los hombres. De hecho, las obras de Jesús son manifiestas a todos, viene para ser conocido por todos. Este pasaje se puede relacionar con la frase de Jesús: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores" (Mt 9. 13). El que se cree justo se cierra a la llamada de Jesús por estar conforme con la vida que lleva. Los "sabios y entendidos" ya lo saben todo, ya lo viven todo de la mejor forma posible, ¿cómo es posible que puedan aprender y vivir cosas nuevas? Verán y oirán únicamente lo que les interese y que esté de acuerdo con lo ya sabido y vivido. Los "sencillos" no son sólo los niños, sino también los hombres sin cultura: los aldeanos de Galilea, los pastores de Belén, los publicanos y pecadores, las prostitutas. Todos aquellos que eran despreciados por los doctores de la Ley y por los fariseos, que decían de ellos: "Un ignorante no puede evitar el pecado y un hombre del campo no puede agradar a Dios".

El plan de Dios no puede ser aceptado más que por aquellos que se presentan ante él conscientes de su vacío y pequeñez, con la pobreza radical que caracteriza al ser humano, con la actitud de humilde y esperanzada búsqueda de algo o de Alguien que pueda llenar sus vidas. Características que pueden darse en la gente docta, como lo demuestra el caso de los Magos y de Nicodemo.

Los magistrados y los fariseos, los sabios y los entendidos, los que sabían leyes y teologías, no escucharon la palabra de Dios. Porque el Evangelio no es una palabra sabia para los sabios, sino una palabra de vida y para la vida. Para escuchar el Evangelio y para comprenderlo hace falta tener un corazón despejado de intereses bastardos, hace falta perder el miedo a las exigencias del amor y no tener nada que defender.

Con frecuencia, muchas de las dificultades para comprender las palabras de Jesús, provienen de ese miedo que tenemos a las exigencias del amor y entonces justificamos nuestro miedo que nos paraliza, entreteniéndonos en reflexiones y razonamientos interminables.

Otras veces adoptamos ante el Evangelio una actitud interesada más en justificar nuestra vida que en cambiarla, y entonces nos comportamos como los fariseos que escuchaban a Jesús para cogerle la palabra.

Tampoco entendemos el Evangelio desde una actitud académica, que nos obliga a fijarnos más en las palabras que se dicen que en lo que quieren decir. Porque cuando el Evangelio se escucha como pide ser escuchado, es muy fácil comprender lo que nos quiere decir, aunque no siempre resulte fácil saber qué significa concretamente cada una de sus palabras.


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7.

Cuando tiene lugar la escena que leemos hoy, Jesús ya lleva tiempo realizando su misión, y ya ve con claridad cómo le van las cosas. La Buena Nueva, la nueva manera de vivir en el mundo y de preparar el Reino de Dios que aporta Jesús, no es aceptada por aquellos en cuyas manos está depositada la gestión y la custodia de la religión de Israel: los fariseos no pueden aceptar que Jesús hable con tanta libertad de la Ley y diga que es más importante el servicio al hombre y la paz de la conciencia, y los sacerdotes y saduceos no pueden estar de acuerdo con alguien que "alborota el gallinero" y se entromete en el terreno que ellos consideraban exclusivamente suyo, el de la religión que ellos ya tenían bien estructurada. La Buena Noticia de Jesús no podía ser recibida por toda esa gente: los fariseos y sacerdotes, los "sabios y entendidos" tenían los intereses en otro lado.

En cambio, la "gente sencilla" sí que lo podían entender. Jesús viene a decirles que lo que Dios quiere es que el hombre sea liberado de todo lo que le daña, y por eso, en nombre de Dios, cura a los enfermos. Y, al mismo tiempo viene a decirles que las complicaciones imposibles de la Ley (la lista de preceptos que la gente sencilla ni siquiera conocía) no son la puerta imprescindible de la salvación. La Ley dejaba a la gente sencilla cansada y extenuada, y Jesús le ofrece otra clase de "yugo": no se trata de un conjunto de leyes arbitrarias, sino de un camino exigente (un "yugo", no una invitación a que cada uno haga lo que le dé la gana) pero lleno de sentido, porque es el camino que dicta el amor que se experimenta en el interior del hombre y guía la manera de actuar. (S.Agustín:"Ama y haz lo que quieras") Por eso, tanto el convencimiento con el que se propone este giro religioso radical, como la manera como vive el diálogo con el Padre, contienen un elemento profundo que es el que da sentido a todo. Este elemento profundo es la experiencia de ser el Hijo, de vivir en plena unión y conocimiento mutuo con el Padre. Las palabras con las que el evangelio expresa esta experiencia no son fruto de ninguna elaboración teológica: son, simplemente, la manera como Jesús vive su misión. Y por eso Jesús dice que el camino de Dios no es el de la Ley -no es el de ninguna "sinagoga bien montada", en palabras de Pedro Casaldáliga- sino que es lo que el amor fiel y verdadero sea capaz de dictar en el corazón de cada hombre.

J. LLIGADAS
MISA DOMINICAL 1990/14


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8.

La alegría de Jesús por lo que los discípulos acaban de contarle (capítulo anterior) se traduce en una breve oración, que tiene un gran parecido con la parte esencial de la oración de su madre: el Magnificat (Lc 1,46-55). Lucas une a madre e hijo en las opciones y sentimientos fundamentales, lo que es más importante que el que sean auténticas o no cada una de las frases puestas en sus labios (ya sabemos que no). María y Jesús alaban al Padre que libera a los humildes y derrota a los opresores.

Esta clarificadora oración de Jesús contiene, según Mateo, tres afirmaciones fundamentales: la revelación del Padre Dios se abre a los pequeños y se cierra a los sabios; sólo el Hijo es capaz de revelar el verdadero rostro de Dios; todos los que están cansados y oprimidos pueden encontrar alivio en Jesús. La afirmación central es la segunda; las otras dos expresan parte de su contenido. Lucas no habla de la tercera; la cambia por una felicitación a los suyos por las cosas que están viendo y oyendo. Felicitación que Mateo intercala entre las parábolas del reino (Mt 13,16-17).

1. La revelación de Dios se abre a los pequeños y se cierra a los sabios

Después de la recriminación a las ciudades galileas que no han respondido a sus obras y de la vuelta de los setenta y dos discípulos, Jesús alaba al Padre por la respuesta que le están dando los sencillos, la gente del pueblo llano. En su oración de alabanza aparece el Padre como Creador y Señor del universo.

Dios ha decidido gratuitamente -"así te ha parecido mejor"- esconder "estas cosas a los sabios y entendidos" y revelarlas "a la gente sencilla". Jesús expresa la realidad que estaba experimentando. El "Señor de cielo y tierra" tiene preferencias por los sencillos. Parece que Dios ha hecho una opción de clase: está de parte de la gente sencilla, de los del montón, de los que no cuentan para nada, de los que son oprimidos y estrujados por otros. Está, decididamente, a favor del pueblo. Es la misma temática desde el nacimiento en Belén. En aquella sociedad -y como casi siempre- todos los privilegios religiosos, basados en la obediencia a la ley, eran para los entendidos en Escritura. Sólo contaban los que estaban dentro del circulo de los intelectuales, que se identificaban -¡cómo no!- con los acomodados.

¿Quiénes eran, entonces, "los sabios y entendidos" y "la gente sencilla"? ¿A qué se refiere Jesús al decir "estas cosas"?

"Los sabios y entendidos" eran las élites religiosas de Israel, los escribas y los fariseos, los rabinos, que permanecían ciegos ante la claridad de las palabras de Jesús, que se escandalizaban por su predicación en favor de los pobres. Son los autosuficientes que se creen que ya lo saben todo, que utilizan su ciencia y su conciencia para formarse una idea cerrada de Dios y del mundo y no están dispuestos a oír y aprender de nuevo. Creen que conocen bien a Dios y que poseen la verdadera doctrina. Es la eterna tentación del espíritu humano desde sus orígenes, tan bellamente expresada en la narración simbólica del paraíso: ser como dioses (Gén 3,5). Son los que hablan de Dios y de los hombres sin poner en ello su corazón. No captan el sentido de las obras de Jesús porque su hipocresía y sus intereses personales inutilizan su ciencia, impidiéndoles aceptar las conclusiones a las que su saber debería llevarles.

El misterio del reino de Dios no es accesible a esta clase de sabiduría humana, tan segura de sí misma. Dios no admite que el hombre entre en petulante competencia con él. Su plan puede ser aceptado o rechazado por el hombre, pero nunca discutido. El hecho de que Dios "esconda estas cosas" no se debe a él, sino a los obstáculos de los hombres. Se atribuye a Dios lo que es culpa del hombre. De hecho, las obras de Jesús son manifiestas a todos, viene para ser conocido por todos. Este pasaje se puede relacionar con la frase de Jesús: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores" (Mt 9,13). ¿Quién no es pecador? El que se cree justo -nadie lo es- se cierra a la llamada de Jesús por estar conforme con la vida que lleva. Los "sabios y entendidos" ya lo saben todo, ya lo viven todo; ¿cómo es posible que puedan aprender y vivir cosas nuevas? Verán y oirán únicamente lo que les interese y que esté de acuerdo con lo ya sabido y vivido. Y Jesús plantea un cambio total: se podía tener la sabiduría del reino sin conocer la ley, el saber religioso no daba ningún privilegio de cara al reino esperado; los pobres eran la única esperanza del mundo nuevo...

Los "sencillos" no son sólo los niños, sino también los hombres sin cultura (así se dice): los aldeanos de Galilea, los pastores de Belén, los publicanos y pecadores, las prostitutas. Todos aquellos que eran despreciados por los doctores de la ley y por los fariseos, que decían de ellos: "Un ignorante no puede evitar el pecado y un hombre del campo no puede ser de Dios".

El plan de Dios no puede ser aceptado más que por aquellos que se presenten ante él conscientes de su vacío y pequeñez, con la pobreza sustantiva que caracteriza al ser humano, con la actitud de humilde y esperanzada búsqueda de algo o Alguien que pueda llenar sus vidas. Características que pueden darse en la gente docta, como lo demuestra el caso de Nicodemo (Jn 3,1ss).

Dios sólo puede contar con los sencillos, con los pequeños, con los desechados y despreciados de la sociedad, con los que todo lo esperan de los otros y del Otro. A éstos ha llamado a ser sus discípulos y han creído en él.

¡Qué singular trastorno del orden!: Dios tiene predilección por los que no valen nada en el mundo. ¡Cuántas cosas se entienden en el mundo si se tienen en cuenta estas palabras!

De esta oración de Jesús se puede deducir que los discípulos, que han conocido y creído esto que Dios comunica a los sencillos, eran de éstos: gente pobre, del montón, de los que en la sociedad son tenidos por nadie.

"Estas cosas" son las obras de Jesús, el evangelio en su totalidad. Es decir, la nueva comprensión de Dios y de su reino que se contiene en las palabras y en los hechos de Jesús. Es comprender el sentido de las obras del Mesías, ver en ellas la actividad del Maestro. La revelación del Mesías podía haberse hecho de manera deslumbradora y autoritaria, única forma que tiene de entender la sociedad de las medallas y de las condecoraciones. Así no hubiera habido problema: habrían entendido "los listos" y no "los tontos".

Es la limpieza de corazón, la ausencia de todo interés torcido, lo que permite discernir en las obras que realiza Jesús la mano de Dios. En última instancia, depende de la disposición del hombre.

2. Sólo el Hijo revela el verdadero rostro de Dios

La segunda afirmación parece más propia del evangelio de Juan. Nos describe el misterio de la filiación de Jesús, Hijo de Dios, con la terminología y profundidad propias del cuarto evangelio.

La revelación de Dios como Padre y Amor y de su reino constituye el centro de la predicación de Jesús. En la paternidad de Dios resume la relación de Dios con los hombres; en la filiación divina, la relación de los hombres con Dios. Es el mejor resumen del evangelio: Dios es Padre, sobre todo de Jesús y, a través de él, de todos los hombres. "Todo me lo ha entregado mi Padre". Jesús es el único revelador pleno de Dios, la plenitud de la revelación, por su vida de intimidad con el Padre desde toda la eternidad. Todos los demás han sido reveladores parciales.

"Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".

CON/RV: Habla de conocer y revelar. Conocer no es una ciencia del entendimiento. Conocer en la Biblia tiene un significado mucho más hondo: llega a las últimas razones y causas de las cosas y de los acontecimientos humanos. Es una sabiduría. En la acción de conocer participan por igual la voluntad, los sentimientos y la inteligencia. Conocer y amar son una misma cosa. Estas palabras nos indican la profunda relación entre Dios y Jesús. Sólo el Padre sabe quién es en verdad Jesús; sólo Jesús sabe quién es realmente el Padre. Conocer es una experiencia personal. Se emplea en la Escritura para expresar también la relación íntima del hombre y de la mujer en el matrimonio.

Estas palabras contradicen a los que pretenden poseer y guardar el "depósito de la fe". Nadie es depositario de la revelación; nadie puede acaparar o imponer, con dogmatismos legislativos o culturales, las formas con las que los hombres pueden encontrarse con el Dios de Jesús y hablar con él: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y nadie conoce al Hijo sino el Padre".

Pero el Hijo no posee este conocimiento para sí solo, sino que debe transmitirlo, ya que el Padre se "lo ha entregado todo".

¿Y cómo lo transmite? ¿Cómo recibirlo? La respuesta nos la ha dado el apartado anterior, que traducido con otro pasaje evangélico dice así: "Quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él" (Mc 10,15). No lo transmite como ciencia, a través del estudio de la ley o de la teología, sino como nuevo nacimiento por el Espíritu (Jn 3,3-8). Este fue el riesgo y la equivocación de los dirigentes judíos, custodios de la revelación de los profetas; y éste es el riesgo y la posible equivocación de los cristianos. ¿Qué son los sacramentos para nosotros? ¿Cómo los administramos y a qué edades? ¿Basta con el bautismo de agua para ser cristianos?...

¿Cómo puede hablar así un hombre? No entenderemos nada que merezca la pena si únicamente hemos nacido del agua, si nos falta nacer del Espíritu.

3. Todos los cansados y oprimidos pueden encontrar alivio en Jesús

"Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré". Jesús tiene delante a las personas a las que había dedicado toda su vida: los pobres, los hambrientos de tantas hambres, los ignorantes, la gente sencilla, los apenados y enfermos... Siempre le han rodeado. Ahora los llama a sí y les promete aliviarlos de una doble carga que les cansa y les deja embotados: la vida agobiante llena de dificultades y los insoportables centenares de preceptos de la ley (más de seiscientos), que había sido dada para la salvación y la vida; prescripciones que nadie era capaz de cumplir, ni los mismos que las imponían (Mt 23,4). Jesús los quiere liberar de la enseñanza de esos "sabios y entendidos". Les quiere decir que no sigan penando bajo las intolerables y complicadas prescripciones de los sacerdotes, que dejen de sentirse perdidos ante la sutil y difícil doctrina de los rabinos. Les invita a buscar en otra parte la verdadera voluntad del Padre; una voluntad sin duda exigente, pero clara y al alcance de todos. Les invita a buscar en él mismo la respuesta a sus problemas.

"Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso". La imagen del yugo perteneció a la relación señor-esclavo. Después se aplicó a la relación maestro-discípulo. Cada maestro tenía un "yugo" que imponer a sus discípulos. El yugo de Cristo va por otro camino que los demás. Para animarles a tomarlo se define a sí mismo como "manso y humilde de corazón": "manso" indica su actitud ante los hombres; es decir, misericordioso, no-violento, tolerante, pronto al perdón, pero también exigente. "Humilde" indica su actitud obediente y dócil en todo a la voluntad del Padre. "De corazón" quiere decir que su docilidad y obediencia es interior, libre, fundamentada en el amor.

El se presenta como Maestro, pero no como los letrados que dominaban a los discípulos. No es violento, sino humilde y manso, en contraposición al orgullo de los rabinos de Israel. Su enseñanza lleva al descanso, a la paz, si se acepta desde él su doctrina. El que vive desde el amor es levantado interiormente y se serena. La fe nunca debe convertirse en carga agobiante, en yugo que cause heridas con el roce. En la libertad en vivir la fe debería conocerse al discípulo de Jesús.

"Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". Mateo ha hablado ya de las tremendas exigencias de Jesús. ¿Cómo puede afirmar que su yugo y su carga son suaves? Porque nos inculca el espíritu de la ley, con lo que nos libera de la esclavitud de la letra. Aunque tiene exigencias más duras que las enseñadas por los escribas y los fariseos, su yugo es provechoso al hombre, da sentido pleno a su vida. Sólo exige amor, que es gozo al vivirlo, aunque no exento de sufrimiento. Jesús obra una profunda revolución religiosa: el culto, el dogma, las instituciones religiosas..., todo debe estar al servicio del hombre.

"¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis!" (Lc 10,23). Jesús felicita a los suyos. Estaba convencido de que había llegado la etapa definitiva en la larga marcha de la historia humana hacia la plena libertad. Las esperanzas mantenidas por los profetas durante tantos siglos eran ya una realidad.

Para descubrirlo son necesarios ojos y oídos abiertos a la novedad, al futuro, a la utopía; apertura que sólo son capaces de tener los sencillos, los insatisfechos, los buscadores, los artesanos de la paz, los luchadores por la justicia y la libertad...

¿Descubrimos nosotros a nuestro alrededor signos de los tiempos nuevos? ¿Caminos que se abren a un futuro de paz y fraternidad? ¿Cuáles? ¿Participamos en ellos? O, por el contrario, ¿estamos satisfechos de cómo van las cosas?

Con Jesús irrumpió el reino de Dios entre nosotros. Su vida es el modelo que hemos de imitar para hacerlo realidad. Según vayamos viviendo de su vida, iremos "viendo y oyendo", iremos experimentando ese reino dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Ya no serán necesarias las explicaciones. ¿Cómo necesitar razones para creer lo que ya se vive?

FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET - 2
PAULINAS/MADRID 1985.Págs. 111-117


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9.

1. La fe, experiencia de vida Si mucha gente «sencilla» escuchara o leyera con detención este evangelio, podría sentirse altamente sorprendida: ¿Qué quiere decir que solamente las personas sencillas, y no los doctos, pueden llegar al verdadero conocimiento de Dios? ¿No se ha afirmado siempre lo contrario? Y la misma sorpresa pueden tener los «doctos» que han buscado en la ciencia teológica la manera de encontrarse con Dios.

El lenguaje de Jesús, explícitamente paradójico, es casi una bofetada que nos hiere en la cara. Pero tratemos de defendernos: digamos, por ejemplo, que el texto se refiere exclusivamente a los conductores espirituales del pueblo judío que desoyeron la llamada de Jesús; digamos que la sencillez aludida es solamente una cualidad espiritual; o que el conocimiento de Dios que tienen los hombres sencillos es sólo el primer estadio o la puerta del Reino, pero que después las cosas se complican más. Si queremos una defensa más cerrada, digamos que el texto no es de Jesús, sino de algunos cristianos influenciados por la mística gnóstica, etc., etc.

Desahogado nuestro corazón, retomemos el texto. Una lectura libre de prejuicios nos dice que el camino que conduce a Dios no pasa por la ciencia religiosa ni por el orgullo de pertenecer a una institución sagrada, pues está abierto precisamente a aquellas personas que, dentro del esquema social, son consideradas como "sencillas". Son ellas las que pueden llegar a una experiencia de Dios verdaderamente sincera, interior y vital. Efectivamente, el mismo Jesús fue uno de esos hombres sencillos que no pertenecía a ningún estrato de la alta clerecía de su pueblo. No era sacerdote ni levita, no era doctor de la Ley, no era discípulo de ningún rabino famoso, no pertenecía a la clase gobernante de los saduceos, no simpatizaba con los representantes de la ortodoxia legalista, los fariseos; ni siquiera era judío en el sentido más estricto de la palabra. Era galileo, de Nazaret, un pueblo sin ninguna resonancia bíblica; era laico, pobre, profeta ambulante e independiente. Y fue a él a quien el Padre quiso revelársele en toda su intimidad.

Tomado, pues, el texto en su primera acepción, se refiere directamente a la gente humilde, pobre, marginada, semianalfabeta. despreciada por su escasa cultura religiosa. Su misma situación, libre totalmente de orgullo de clase y de autosuficiencia dogmática, los predisponía ayer y los predispone hoy a una captación fresca y desprejuiciada del Evangelio. Jesús distingue claramente entre una actitud religiosa y un saber religioso. No reniega del segundo, pero lo subordina totalmente a la primera.

CON-D/QUÉ-ES: Para comprender mejor todo esto, tengamos en cuenta que la expresión «conocer a Dios» o "conocer al Hijo" no se refiere al conocimiento intelectual, sino a una «especial relación» o comunión con el Padre y con Cristo. En aquella época eran frecuente en la literatura religiosa, tanto judía, como cristiana y gnóstica, como asimismo en los cultos de los misterios, el concepto de «conocer» a Dios, la verdad, la vida, el bien, etc. Es un conocer existencial, experiencial. Hoy lo podemos traducir como un «vivir una experiencia religiosa» que abarca al hombre todo entero, en su realidad física, psíquica y social. Ningún área de la personalidad debe quedar excluida: se vive de la fe con el cuerpo, con el espíritu y con el mundo. Lo religioso, la experiencia de Dios, es como el medio ambiente en el que respira el creyente.

Así entendidas las cosas, resulta claro comprender que existen personas que pretenden que Dios ocupe solamente el área de la inteligencia, como si el hombre pudiera cercenarse en compartimientos estancos. Mientras el hombre sencillo vive plásticamente su fe y la expresa con los ojos, las manos, el canto, la danza, los colores, trabajando, amando, casándose y divirtiéndose..., hay quienes sólo se atienen a una búsqueda racionalista y abstracta de Dios.

Para ellos la religión es un tema, o un problema. Estudian a Dios, buscan sus cualidades, las dividen en categorías, establecen dogmas, se preocupan por estrechas formulaciones, discuten minucias y continúan en sus abstracciones como si estuviesen totalmente de espaldas al mundo y a la realidad que hoy se está viviendo.

No se trata, por lo tanto, de oponer la fe al conocimiento; pero un conocimiento que no parte de una experiencia de vida y que no lleva a profundizar dicha experiencia, desde el punto de vista religioso, es prácticamente nulo. Todo esto debe movernos a examinar nuestro sistema de catequesis, basado en gran medida en un simple estudio sistemático de libros y de programas desconectados de la misma experiencia de los catequizados.

2. A Dios por el hombre: H/CAMINO-D:

Si toda experiencia de Dios debe estar acompañada de una actitud de sencillez, no menos cierto es que la experiencia cristiana pasa por Jesucristo: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.» Jesús es el modo que tenemos los cristianos de encontrarnos con Dios; más aún, el modo de mirar la vida, el modo de dar última solución a nuestros grandes problemas.

Cuando hablamos de Jesús, no nos referimos fundamentalmente a su biografía, de por sí inalcanzable por otra parte. Hoy vivimos una experiencia radicalmente diferente a la de Cristo; las circunstancias son otras, como otra es la mentalidad y la cultura. Sin embargo, nos es válida la experiencia religiosa de Jesús: el sentido que le dio a la vida, los criterios para enfrentarse con los problemas humanos, su punto de vista sobre las relaciones entre Dios y los hombres o entre los hombres entre sí. Tampoco tiene Cristo validez si lo desconectamos de nuestra realidad humana. Un estudio sobre Jesucristo sólo tiene valor para los científicos de la historia de la cultura humana. Para nosotros, llegar a Dios por Cristo significa llegar pasando por el hombre; no por el hombre en abstracto, el hombre de los filósofos, sino este hombre que vive aquí y ahora esta experiencia. Más todavía: por el hombre que soy yo. El cristiano no debe desentenderse de sí mismo para ser religioso; todo lo contrario: sólo siendo totalmente él mismo, puede verse desde la dimensión religiosa.

El cristianismo de estos últimos siglos ha pecado, en gran medida, de falta de humanismo. No lo buscamos a Dios a través de los hombres y de la historia, sino a través de lo institucional eclesiástico, de los libros y de las normas. Por eso llegó un momento en que los hombres sintieron que el «yugo» cristiano o católico era muy pesado; no sólo eso: era un yugo que en gran medida era el apoyo de poderes opresores. Jesús, en cambio, usando una comparación de la época, nos invita a cargar con su yugo, «porque su yugo es llevadero y su carga ligera». Esto puede parecer en contradicción con lo que vimos en domingos anteriores acerca de la seriedad del seguimiento de Jesús. Sin embargo, una cosa no impide la otra.

Jesús es radical en las exigencias del seguimiento por el mismo hecho de que la vida es exigente. La actitud contraria sería demagógica. Sin embargo, su yugo es llevadero precisamente porque no es otro que el yugo normal de todo hombre.

Apartándose de otras concepciones religiosas, Jesús no carga a sus fieles con más peso que la fidelidad a sí mismo: no habla de ayunos ni de exigentes ritos penitenciales (a pesar de que después harán su aparición en la Iglesia); no pide actos de culto ni sacrificios..., sí la ofrenda permanente del amor fraterno; no impone el peso de una institución religiosa sino que crea un movimiento amplio y abierto, basado en la fe y en la caridad; tampoco pide llevar un sistema de vida distinto del normal: no pensó en imponernos un régimen monacal. Es fundamental tener en cuenta que si bien posteriormente la vida cristiana se complicó más de la medida con los elementos enunciados anteriormente, propios de toda religión institucionalizada, de la lectura de los evangelios surge de parte de Jesús una modalidad muy distinta, hasta el punto de que en sentido estricto no podemos llamar a Jesús el fundador de una nueva religión.

Sintetizando: hay un camino para llegar a Dios; es el camino normal del hombre que asume toda su realidad, feliz o desgraciada, alegre o triste, es decir, siempre ambivalente y compleja, para hacer de esa vida «su ofrenda» a Dios. El cristiano que no se asume a sí mismo como hombre o que no quiere asumir la historia humana, es inútil que se refugie en la religión. Lamentablemente hemos hecho de la religión un conglomerad, o de cosas, ritos y palabras que, actualmente, poco tiene que ver con el hombre y casi nada aportan a la solución de los problemas humanos. Es una religión a-histórica, descolgada y, a veces, hasta opuesta al movimiento de la historia.

Se trata de un fatal error de óptica: nos olvidamos de que Jesús fue totalmente hombre y sólo así pudo llegar al Padre. Sólo una Iglesia totalmente encarnada en la realidad histórica puede ser camino hacia Dios.

Bueno es, por lo tanto, que recordemos el Evangelio de hoy, que retraducido puede decir lo siguiente: Sólo Dios conoce íntimamente al hombre y lo ama tal cual es; y, en consecuencia, sólo el hombre que se ve a sí mismo como hombre puede descubrir a Dios en su vida.

Ahora sólo nos queda revisar todo esto que llamamos religión y ver en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, y así sucesivamente. Quienes sólo se quedan con lo segundo, son esos «doctos a los que alude el Evangelio de hoy. Elijamos...

SANTOS BENETTI
CRUZAR LA FRONTERA. Ciclo A.3º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1977.Págs. 110 ss.

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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Diferencias



Las palabras tienen un sinuoso derrotero al cual hay que estar atentos para entender sus significados en las diversas épocas y aún en los diversos lugares. Ya sabemos de las confusiones a que dan lugar aún dentro de la misma área lingüística. He visto, por ejemplo, en Internet, un sitio donde se hace una larga lista de vocablos que, en el lenguaje utilizado en España, son de significado diferente e incluso malsonante para los argentinos y viceversa, pudiendo llevar, algunas, a la confusión y aún, otras, sonar a insulto. Todos conocemos alguna. También, en un sitio sobre el lunfardo, aparecen términos que, hace pocos años, significaban una cosa y hoy, en lenguaje de los jóvenes, otro: la palabra 'grela', por ejemplo, que en el vocabulario tanguero significaba mujer, hoy quiere decir suciedad. Aún el término 'lunfardo' que, en sus orígenes, quería decir 'lenguaje de ladrones', hoy, en sus estudiosos, abarca también la terminología propia de la bailanta, del rock, de la cumbia, del ambiente de la droga o de las discotecas. Es verdad que el lenguaje de nuestra juventud es pobre -porque pobres son sus maneras de pensar- pero, aún así, los mayores nos damos cuenta de lo lejos que estamos de su vocabulario y de las rápidas evoluciones de éste. Hace unos diez o quince años me tomé el trabajo de abrir un archivo en 'Word' donde, para aprender ese lenguaje, juntaba expresiones que detectaba en sus conversaciones. Lo dejé por un tiempo. Hace unas semanas, mostrándoselo a un muchachito me dijo, ante mi gran decepción, que ya se trataba de lenguaje superado, de jovatos, 'out'.

Estas diferencias en tan acotados ámbitos idiomáticos o dialectales nos sirven para alertarnos sobre con qué cautelas debemos acercarnos para interpretar textos tan lejanos a nosotros en el tiempo y en el espacio como los de la Sagrada Escritura , y aún de los evangelios, tantas veces escuchados, para entenderlos en su sentido primitivo. Pensemos que, para llegar al pensamiento original de Cristo, si para ello tuviéramos que descansar solo en las Escrituras, tendríamos que pegar el salto del español al griego -en el cual el nuevo testamento nos ha llegado escrito- y que no es el griego, ciertamente, del siglo de Pericles. Y, de allí, llegar al arameo o hebreo original en los cuales probablemente habló Cristo, pero de cuyo discurso en esos idiomas no nos ha llegado nada, salvo una que otra expresión. Solo las traducciones. Aunque ha habido muchos intentos de retraducir el texto griego que se conserva, al arameo y al hebreo. ¡Y vaya a saber qué es lo que quería decir cada término en el preciso tiempo de Jesús! Estoy leyendo unas memoria de un tal Juan José Beruti, un habitante de Buenos Aires del siglo XVIII -solo dos siglos de diferencia y el mismo lugar- y una gran cantidad de palabras y expresiones no las entiendo: me doy cuenta que tienen para él significados distintos que para nosotros.

Por ejemplo, el que Jesús alabe a su Padre por haber ocultado su mensaje a los 'sabios' y 'prudentes' y haberlo revelado a los 'pequeños', podría conducir a un lector actual a interpretar -y de hecho así muchos lo han interpretado- que la fe cristiana es algo propio de la gente sencilla, simple y aún ignorante; impropia, en cambio, para gente preparada, inteligente.

Pero tan pronto nos acercamos al vocabulario griego y su trasfondo hebreo del cual se ha traducido dicha frase, nos encontramos en un mundo donde el término 'sabio' tiene distinta significación que en el nuestro: ni el sabio diplomado, capaz de llenar de complicadas fórmulas matemáticas el pizarrón de su laboratorio; ni el sabio de pueblo o de barrio, capaz de dar atinados consejos de vida a quien se los pida.

'Sabios', en Israel, eran grupos bastante definidos en la literatura de la época. El más alejado al de nuestro significado era el de los miembros de círculos llamados apocalípticos. Judíos que vivían sus creencias apoyados en oráculos, profecías, revelaciones privadas -muchas de las cuales fueron puestas por escrito y han llegado hasta nosotros-. Se consideraban ilustrados directamente por la palabra divina o por el mensaje de sus videntes, de apariciones, de presagios. El pobre que era ajeno a estas experiencias o no admitía este o aquel escrito o revelación, era tenido por necio. Ellos eran los únicos herederos del auténtico Israel. Su supuesta sabiduría les venía de su adhesión ciega a este tipo de comunicaciones esotéricas. Es verdad que, en determinado estrato de la sociedad, tanto entre cristianos como no cristianos, aún existe este tipo de 'sabiduría' y una enorme literatura al respecto: revelaciones, apariciones, mensajes de este o aquel santo o ángel, contactos con extraterrestres, vuelos astrales, profecías de Nostradamus, Tarot. Claro que nadie los llama sabios, pero aún existen.

Aunque de otra manera, también se consideraban sabios y únicos herederos del auténtico Israel, por ejemplo, los 'elegidos' que se agruparon en Qumram, el famoso monasterio tipo esenio en las cercanías del Mar Muerto. Los que no pertenecían a su secta eran obtusos, pecadores. Ellos eran los que tenían la llave de la salvación, del futuro éxito de Israel, de su victoria sobre los poderes del mal imperiales que dominaban al mundo. Y su sabiduría les venía de los manuscritos que atesoraban y de los nuevos que ellos elaboraban en el silencio de sus meditaciones y reflexiones. De esos también tenemos y, para peor, incrustados en nuestras universidades, periódicos, puestos claves de gobierno. Sectarios de izquierda que creen ser los únicos que saben y con sus utopías y soberbia y sus libros pseudointelectuales son capaces de todo.

También se decían sabios -sobre todo por su escepticismo, porque todo lo ponían en duda, porque todo lo tomaban en solfa, salvo sus intereses pecuniarios y de clase- las clases dirigentes, particularmente los saduceos. Poseían ese tipo de sabiduría que se cree mil, porque no acepta más que sus propias opiniones, porque todo lo toma a la ligera, excepto su pellejo, y porque, en el fondo, no le importa nada de la verdad y de hacerse grandes preguntas. Vivir lo mejor posible y nada más, con los ritos e instituciones suficientes, como su ceremonial vacío y su templo, para mantener a la gente contenta y poder ellos prosperar, aunque la gente cada vez se sumiera en la mayor ignorancia y pobreza. De eso algo también tenemos: nuestra partitocracia enclavada en el poder, sin principios, escéptica y cínica, con sus ritos democráticos, sus congresos y cuerpos deliberantes, sus grandes palabras, sus elecciones periódicas, sus aparentes divergencias, todo una especie de ritual vacuo en donde por más que la gente vote y vote, los únicos que manejan el poder o, más bien, el acceso a las riquezas -y, en el fondo, siempre de acuerdo, aunque para los de afuera se aparenten enfrentados- son ellos. Tampoco a esos hoy se los llama 'sabios'; más bien otras palabras, por supuesto irrepetibles.

Pero, quizá, los que más 'sabios' se creían eran los que los evangelios llaman letrados, escribas, sobre todo de la clase de los fariseos. Ellos sabían que la sabiduría, en última instancia, les venía de la Ley , de la Torah , de los mandamientos, una sabiduría que por eso también en nuestro evangelio es llamada prudencia -"los sabios y los prudentes", dice Jesús- porque lleva la norma a la vida y da seguridad al proceder. Y es verdad que el Antiguo Testamento llama sabiduría sobre todo a la Ley , en última instancia el consejo de Dios, el camino que Él indica como saludable. Pero, del resumen de los diez mandamientos, abierto en los primeros de ellos a la perfección infinita, multiforme, amplia de Dios, fundada en libertad e iniciativa, los letrados y fariseos habían hecho un nudo inextricable de leyes que normaban los más mínimos actos de la vida y de la jornada, imposibles de conocer y mucho menos de transitar para el no letrado. La ley, multiplicada hasta el absurdo, ahogaba la verdadera prudencia, la libertad, la iniciativa, y, sobre todo, el amor de Dios, el encuentro con El que supuestamente debía ser el objetivo último del mensaje bíblico. Digamos que, en nuestros días, multitud de abogados -sin desconocer que existan de los buenos y honestos- prosperan tanto en el gobierno, con su mundo lleno de infracciones y contravenciones creadas precisamente por esta abundancia legislativa y fuente por tanto de dinero fácil, como en el mundo privado: las terribles leyes laborales que impiden todo trabajar en serio, las que norman cualquier trámite, las que hay que salvar a fuerza de retornos y aún sobornos, las que en el mundo impositivo castigan hasta la extenuación a los ciudadanos para alimentar todo ese aparato. Leyes que, para peor, todavía gozan en la poco crítica mente de los pueblos del prestigio que les daba la vieja noción de Ley como manifestación de la justicia, de las leyes naturales, del querer de Dios, pero que ya se han alejado de tal manera de todos estos fundamentos que lo legal, finalmente, ha dejado de ser moral. Y todos podemos darnos cuenta de ello por las leyes que hoy se votan; no solo en estas partes del mundo. Que conocer todos esos enjuagues legales conformen un cierto tipo de 'saber' -y ciertamente utilísimo- en nuestros días no es, sin embargo, lo que defina a un sabio, como en época de Jesús.

La cuestión es que, cuando prescindiendo de esa pseudosabiduría, de esas leyes fariseas, de esas revelaciones apocalípticas, del espíritu sectario de los esenios, del escepticismo y, junto a él, del apoyo de las clases dominantes, Jesús predica su Reino, todos esos considerados sabios lo rechazan. Unos, abroquelados en sus propias leyes e interpretaciones esclerosadas, instrumentos de dominio sobre los demás; otros, pidiendo milagros, signos y prodigios que Jesús se niega a darles; otros, encerrados en su orgullo de elegidos; otros, finalmente, temerosos de que al fin y al cabo existiera una verdad a la cual debieran prestar asentimiento y un bien y un mal al cual tuvieran que prestar atención y que pudiera impedirles utilizar sus medios inmorales para conservar sus riquezas y su poder. Ninguno de estos llamados sabios seguirá a Cristo.

A Jesús le seguirá, en cambio, gente sin prejuicios, abierta a la verdad, sabedora de sus propios límites, consciente de sus carencias y, por eso, buscadores de algo más, para ellos, para sus hijos, para su patria. La palabra griega que traducimos por 'pequeños' significa literalmente 'el que aún necesita leche'. El que sabe que aún no sabe pero quiere saber, quiere crecer. El que no se ha cerrado en sus muchos o pocos conocimientos; el que no piensa que todo lo sabe, que todo está al alcance de sus manos.

Esa sensación precisamente que tiende a crear en la gente de hoy la cultura informática. Informática tanto porque basada en la información, en el acumular noticias que, porque más o menos llenan los pocos momentos en que el hombre contemporáneo piensa o dialoga, agotan su sentido de la indagación; o, porque, mágicamente, todos piensan que, con utilizar bien el Google o cualquier buscador, ya tienen todo el conocimiento del mundo al alcance de la mano, aunque no sepan qué es lo que tienen que buscar, ni qué es lo importante y lo nimio, qué lo verdadero y lo falso. Cultura de masas que, al mismo tiempo que impide pensar en serio, a través de los medios, o de una educación de datos y nociones, como la que se imparte -aún cuando cada vez menos- en nuestras secundarias, llena al individuo de autosuficiencia. Autosuficiencia confirmada porque es la masa -mediante la encuesta y la opinión indiscriminada de cualquiera sobre cualquier cosa- la que parece imponer convicciones, pautas de ser y actuar, escalas de valores y aún acciones de gobierno.

El verdadero sabio, que no es aquel del cual habla hoy Jesús, se acerca más a los lactantes del evangelio, que a los necios que, seguros de si mismos, opinan sobre cualquier cosa y, para peor, suelen llegar a políticos. Justamente a los políticos, llenos de discursos vanos y lejanos de la realidad, pero aptos para recoger el aplauso del pueblo llamaba Sócrates, al modo de Jesús, 'los sabios', 'los sofistas'. 'Sofía', en griego, como Vd. saben, quiere decir sabiduría. De allí que la verdadera sabiduría para Sócrates, contraria a la de los 'sofistas', los 'sabios' de este mundo, es la del que puede decir: "solo se que no se nada".

Algo de eso afirmaba Einstein cuando, asombrando a su público, terminaba confesando su ignorancia fundamental sobre los grandes problemas del cosmos y afirmaba la necesidad del recurso a una Realidad Trascendente. "Un poco de ciencia, aleja de Dios", decía Pasteur, "la mucha ciencia nuevamente nos acerca". De hecho no hay ningún científico verdaderamente tal que no distinga bien los límites de sus conocimientos y, frente a los problemas últimos, sus faltas de respuesta.

La revista Science, fundada por Edison, ayer hizo 125 años, en su edición conmemorativo enumera precisamente 125 preguntas fundamentales que rozan todas el sentido mismo del universo. Ciento veinticinco preguntas que los sabios -dice la revista- no han podido ni pueden todavía contestar. Vale la pena leerlas. Pero confirma el que son los verdaderamente sabios quienes se hacen los grandes interrogantes, no los que se creen sabios y dicen tener todas las respuestas. O, peor, los verdaderamente ignorantes, que son los que, porque nada se cuestionan, nunca tienen preguntas.

Y cómo decía Gádamer, el que no se hace preguntas, el que se las sabe todas, nunca podrá obtener respuestas.

Ese es el sentido de la frase de Jesús: Él es respuesta que no pueden recibir los que no se cuestionan nada, los sabios, los sofistas, y solo pueden recibir los que saben de sus ignorancias y por eso son capaces de apreciar la luz del evangelio: los pequeños. "No he venido a llamar a los justos" -el justo no necesita de la gracia-; "no he venido a llamar a los sanos" -el que se cree sano no precisa del médico-; "no he venido a llamar a los ricos" -el que está satisfecho con lo que posee o solo piensa que la riqueza es capaz de colmarlo no necesita el regalo de Dios-; "no he venido a los sabios". Todas son frases semejantes, que hablan del amor de Dios que solo pueden recibir los hambrientos de amor divino, los sedientos de Su agua, los afligidos y agobiados que saben que no hay vitamina ni 'personal trainer' en la tierra, ni gurú ni maestro, capaz de darle la salud, la respuesta definitiva, la que solo a la creatura puede dar Dios; solo, al hijo, el Padre; solo, a nosotros, Cristo; el único que conoce al Padre y que nos lo puede revelar.

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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: La ciencia de los pequeños

Felipe Bacarreza Rodríguez
Publicado por AciPrensa

(Mt 11,25-30)

"Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito". Con esta expresión de alabanza, salida de los labios de Jesús, comienza el Evangelio de hoy.

¿A quién se dirige Jesús con el nombre de “Padre”? ¿De quién es hijo él? Jesús llama Padre al “Señor del cielo y de la tierra”. Y éste no puede ser otro más que Dios. Es cierto que “señor de la tierra” podría entenderse como referido al ser humano. En efecto, Dios creó al ser humano hombre y mujer y les dijo: “Henchid la tierra y dominadla” (Gen 1,28), es decir, “sed su señor”. Así interpreta esa orden de Dios el Salmo 8: “Lo hiciste señor de las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies” (Sal 8,7). Si Jesús hubiera llamado a su Padre solamente “señor de la tierra”, se podría entender que él es solamente “hijo del hombre”, expresión a menudo usada por él para acentuar su naturaleza humana. Pero él llama a su Padre “Señor del cielo y de la tierra”, y “Señor del cielo”, ¿quién puede ser sino sólo Dios? Lo dice la primera línea de la Biblia: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gen 1,1). Jesús se declara entonces Hijo de Dios.

Esta declaración es tanto más impactante cuanto que le sale espontáneamente de su interior. Luego la corrobora con una expresión más formal: “Todo me ha sido entregado por mi Padre”. En ese “todo” ciertamente se incluye todo lo creado –en el cielo y en la tierra-, como dice el himno cristológico de la carta de San Pablo a los colosenses: “En él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles... todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia" (Col 1,15-17). Pero lo más fundamental que un padre entrega a su hijo no es la herencia de todos sus bienes, sino su propia naturaleza: todo padre engendra un hijo de su misma naturaleza. Así ocurre también con Jesús; él es Hijo de Dios y como tal ha recibido de Dios la naturaleza divina. Pero mientras en la generación humana el padre y el hijo son dos personas y cada una es una sustan-cia individua, es decir, dos sustancias de naturaleza humana, en el caso de la generación divina el Padre y el Hijo son dos Personas distintas pero ambas son la misma y única sustancia divina, son el mismo y único Dios, pues Dios no puede ser más que uno.

¿Por qué motivo alaba Jesús a su Padre? Por su modo de proceder en cuanto a la revelación, es decir, en la manifestación de verdades que la inteligencia humana por sus propias fuerzas naturales no puede alcanzar y que son las que dan sentido a la existencia: las oculta a sabios e inteligentes y las revela a pequeños. Jesús se entusiasma por ese modo de proceder y da su aprobación; él habría actuado igual: “Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito”. En realidad habría bastado que dijera: “Las revelas a pequeños”, porque a quien Dios no las revela, quienquiera que sea, le permanecen ocultas. Si agrega el primer miembro: “Las ocultas a sabios e inteligentes”, es para destacar por contraste el segundo: “Las revelas a pequeños”, y para dar un ejemplo de quiénes ante esas verdades quedan excluidos.

Hay, sin embargo, un problema en este contraste. Es que “sabios e inteligentes” no se opone a “pequeños”, sino a “necios y tardos”. Y no es a éstos a quienes revela el Padre sus misterios, sino a los pequeños. Por otro lado, “sabiduría e inteligencia” son los más altos dones del Espíritu Santo en cuanto que nos permiten precisamente gustar y comprender las cosas divinas. ¿Quiénes son entonces en la frase de Jesús los “sabios e inteligentes”? Son los que presumen de tales, los que piensan que con su intelecto humano pueden alcanzar toda la verdad; son los que el mundo considera grandes por razón de su ciencia e inteligencia, los que no tolerarían ser llamados “pequeños”. A éstos Dios no les revela sus cosas.

¿Quiénes son los pequeños? Pequeño era Pedro y por eso recibió de Dios la revelación de quién era Jesús: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (mt 16,17). Pedro era un humilde pescador de Galilea que ante Jesús exclama: “Apartate de mí, Señor, que soy un pecador” (Lc 5,8); que reconociendo su incapacidad pregunta a Jesús: “¿Quién podrá salvarse?” (Mt 19,25), y que en la angustia clama a él: “¡Señor, salvame!” (Mt 14,30). Grande, en cambio, eran Herodes, Pilato, el César, el Sumo Sacerdote, etc. la lista podría alargarse mucho. Pero éstos nunca conocieron quién era Jesús. Cada uno puede discernir en cuál grupo se encuentra según que haya recibido o no la revelación de “esas cosas”. Para los unos son ocultas y para los otros son claras.

Queda por responder ¿cuáles son esas cosas? Se trata de aquellas cosas que la ciencia humana no puede alcanzar y que, sin embargo, una vez conocidas, explican el sentido de todo lo creado. Respondamos con las palabras de San Agus-tín: “En toda obra precede el diseño y de allí sigue la ejecución; precede lo que no ves, para que siga lo que ves. Ves el edificio, y alabas el diseño; consideras lo que ves y alabas lo que no ves. Porque es más importante lo que no ves que lo que ves. Con toda razón son acusados los que pueden investigar el número de las estrellas, los intervalos de los tiempos, los que pueden conocer y predecir los eclipses de sol y de luna; son acusados con razón porque a Aquel por quien estas cosas fueron hechas y ordenadas no lo encontraron, y no lo encontraron porque no se preocuparon de buscarlo. Tú, por tanto, no te preocupes tanto si ignoras el curso de las estrellas y de los cuerpos celestes y terrestres; tú contempla la belleza del mundo, y alaba el designio del Creador; contempla lo que hizo, y ama a quien lo hizo. Sobre todo, ten en cuenta esto: ama a quien lo hizo, porque Él te hizo a ti mismo a su imagen para que lo puedas amar” (Sermón 68,5). La comprensión de esto es lo que Dios revela a los pequeños. ¡Bendito sea!

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)

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