Jesús dijo a sus discípulos:
«El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».
Después dijo a todos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se arruina a sí mismo?»
EL MODELO DE HOMBRE SERA UN FRACASO
Primero los ha exorcizado -como quien dice-; después los ha hecho enmudecer; ahora les revela el destino fatal del Hombre que pretende cambiar el curso de la historia. «Y añadió: El Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y, al tercer día, resucitar" » (9,22). Detrás de este impersonal («tiene que») se adivina el plan de Dios sobre el hombre: puede tratarse tanto del plan que Dios se ha propuesto realizar como de lo que va a suceder de forma inevitable, atendiendo a que el hombre es libre. Jesús acepta fracasar como Mesías, como lo aceptó Dios cuando se propuso crear al hombre dotado de libre albedrío. El fracaso libremente aceptado es el único camino que puede ayudar al cristiano a cambiar de actitudes frente a los sacrosantos valores del éxito y de la eficacia. Jesús encarna el modelo de hombre querido por Dios. Cuando lo muestre, sabe que todos los poderosos de la tierra sin excepción se pondrán de acuerdo: será ejecutado como un malhechor. No bastará con eliminarlo. Hay que borrar su imagen. En la enumeración no falta ningún dirigente: «los senadores», representantes del poder civil, los políticos; «los sumos sacerdotes», los que ostentan el poder religioso supremo, los máximos responsables de la institución del templo; «los letrados», los escrituristas, teólogos y canonistas, los únicos intérpretes del Antiguo Testamento reconocidos por la sociedad judía. Lo predice a los discípulos para que cambien de manera de pensar y se habitúen a ser también ellos unos fracasados ante la sociedad judía, aceptando incluso una muerte, infamante con tal de cumplir su misión.
Pero el fracaso no será definitivo. La resurrección del Hombre marcará el principio de la verdadera liberación. El éxodo del Mesías a través de una muerte ignominiosa posibilitará la entrada a una tierra prometida donde no se pueda instalar ninguna clase de poder que domine al hombre.
SER CONSIDERADO UN FRACASADO
ES ACEPTAR LA PROPIA CRUZ
Inmediatamente después Jesús se dirige a todos los discípulos, tanto a los Doce, que ya se habían hecho ilusiones de compartir el poder del Mesías, como a los otros discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y entonces me siga» (9,23). Jesús pone condiciones. A partir de ahora es más exigente. Como los discípulos, todos tenemos falsas ideologías que se nos han infiltrado a partir de los seudovalores de la sociedad en que vivimos. En el seguimiento de Jesús es preciso asumir y asimilar que las cosas no nos irán bien; es preciso aceptar que nuestra tarea no tenga eficacia. Ser discípulo de Jesús quiere decir aceptar que la gente no hable bien de ti; incluso que te consideren un desgraciado o un marginado de los resortes del poder, sea en el ámbito político, religioso o científico.
DOMINAR EL MUNDO O VIVIR CON PLENITUD
«Y ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si acaba perdiéndose o malográndose él mismo?» (9,25). Todo el mundo quiere triunfar. Ya de pequeños, inculcamos a nuestros hijos que han de ser los más listos, los más fuertes, los más guapos. No les ayudamos a descubrir las cualidades que les diferencian y que pueden constituir a la larga su aportación a la comunidad. Es la vida lo que interesa, el que está vivo por dentro, y no la fachada que mostramos y en la cual nos apoyamos por falta de soporte interior. Cuanto más ambiciosos, más vacíos por dentro.
El camino de Jesús es profundamente liberador, como se está demostrando hoy día en las comunidades cristianas de Centro y Sudamérica. ¡ Cómo se tambalean los intereses creados de los poderosos (tanto en el ámbito político como en el religioso) cuando los pobres toman conciencia de su dignidad como personas y aprenden a vivir los valores auténticos del hombre compartiendo, ayudando, sirviendo!
Jesús asegura a los discípulos y, por tanto, también a nosotros que el «reino de Dios», la sociedad alternativa donde reinen los valores del evangelio que él propugna, será pronto una realidad: «Y os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto el reino de Dios» (9,27). Es la comunidad que forman los hombres y mujeres que ya han asimilado estos valores. Jesús habla de un futuro inminente, no del futuro lejano que nosotros hemos ido aplazando para la otra vida.
«El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».
Después dijo a todos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se arruina a sí mismo?»
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Publicado por Fundación Epsilón
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EL MODELO DE HOMBRE SERA UN FRACASO
Primero los ha exorcizado -como quien dice-; después los ha hecho enmudecer; ahora les revela el destino fatal del Hombre que pretende cambiar el curso de la historia. «Y añadió: El Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y, al tercer día, resucitar" » (9,22). Detrás de este impersonal («tiene que») se adivina el plan de Dios sobre el hombre: puede tratarse tanto del plan que Dios se ha propuesto realizar como de lo que va a suceder de forma inevitable, atendiendo a que el hombre es libre. Jesús acepta fracasar como Mesías, como lo aceptó Dios cuando se propuso crear al hombre dotado de libre albedrío. El fracaso libremente aceptado es el único camino que puede ayudar al cristiano a cambiar de actitudes frente a los sacrosantos valores del éxito y de la eficacia. Jesús encarna el modelo de hombre querido por Dios. Cuando lo muestre, sabe que todos los poderosos de la tierra sin excepción se pondrán de acuerdo: será ejecutado como un malhechor. No bastará con eliminarlo. Hay que borrar su imagen. En la enumeración no falta ningún dirigente: «los senadores», representantes del poder civil, los políticos; «los sumos sacerdotes», los que ostentan el poder religioso supremo, los máximos responsables de la institución del templo; «los letrados», los escrituristas, teólogos y canonistas, los únicos intérpretes del Antiguo Testamento reconocidos por la sociedad judía. Lo predice a los discípulos para que cambien de manera de pensar y se habitúen a ser también ellos unos fracasados ante la sociedad judía, aceptando incluso una muerte, infamante con tal de cumplir su misión.
Pero el fracaso no será definitivo. La resurrección del Hombre marcará el principio de la verdadera liberación. El éxodo del Mesías a través de una muerte ignominiosa posibilitará la entrada a una tierra prometida donde no se pueda instalar ninguna clase de poder que domine al hombre.
SER CONSIDERADO UN FRACASADO
ES ACEPTAR LA PROPIA CRUZ
Inmediatamente después Jesús se dirige a todos los discípulos, tanto a los Doce, que ya se habían hecho ilusiones de compartir el poder del Mesías, como a los otros discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y entonces me siga» (9,23). Jesús pone condiciones. A partir de ahora es más exigente. Como los discípulos, todos tenemos falsas ideologías que se nos han infiltrado a partir de los seudovalores de la sociedad en que vivimos. En el seguimiento de Jesús es preciso asumir y asimilar que las cosas no nos irán bien; es preciso aceptar que nuestra tarea no tenga eficacia. Ser discípulo de Jesús quiere decir aceptar que la gente no hable bien de ti; incluso que te consideren un desgraciado o un marginado de los resortes del poder, sea en el ámbito político, religioso o científico.
DOMINAR EL MUNDO O VIVIR CON PLENITUD
«Y ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si acaba perdiéndose o malográndose él mismo?» (9,25). Todo el mundo quiere triunfar. Ya de pequeños, inculcamos a nuestros hijos que han de ser los más listos, los más fuertes, los más guapos. No les ayudamos a descubrir las cualidades que les diferencian y que pueden constituir a la larga su aportación a la comunidad. Es la vida lo que interesa, el que está vivo por dentro, y no la fachada que mostramos y en la cual nos apoyamos por falta de soporte interior. Cuanto más ambiciosos, más vacíos por dentro.
El camino de Jesús es profundamente liberador, como se está demostrando hoy día en las comunidades cristianas de Centro y Sudamérica. ¡ Cómo se tambalean los intereses creados de los poderosos (tanto en el ámbito político como en el religioso) cuando los pobres toman conciencia de su dignidad como personas y aprenden a vivir los valores auténticos del hombre compartiendo, ayudando, sirviendo!
Jesús asegura a los discípulos y, por tanto, también a nosotros que el «reino de Dios», la sociedad alternativa donde reinen los valores del evangelio que él propugna, será pronto una realidad: «Y os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto el reino de Dios» (9,27). Es la comunidad que forman los hombres y mujeres que ya han asimilado estos valores. Jesús habla de un futuro inminente, no del futuro lejano que nosotros hemos ido aplazando para la otra vida.





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