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domingo, 30 de octubre de 2011

Domingo XXXI del tiempo ordinario: No silenciemos su voz


Publicado por Entra y Verás

Junto al lince ibérico, el águila real, el oso pardo y otras tantas especies, el profeta comparte el triste título de encontrarse en peligro de extinción. Y así como para las especies animales se han dispuesto medidas de todo tipo con tal de evitar que se extingan definitivamente, no podemos decir lo mismo del pro­feta. Es más, se cuentan las horas que faltan para que desparezcan definiti­vamente pues hoy este tipo de gente no interesa, incomodan demasiado con su forma de ser, pues ellos son coherentes con lo que piensan y además lo dicen sin miedo y no sólo eso sino que lo viven, pase lo que pase. Somos, nos guste o no, presos, esclavos de nuestras palabras y eso a veces trae sus consecuencias pues no se puede exigir lo que uno mismo no cumple, ni se puede vivir de forma totalmente opuesta a lo que se dice. Eso es hipocresía de primera calidad o, para ir aterrizando en el evangelio de hoy, fariseísmo puro y duro.

Después de tantos domingos de confrontación llegamos a la última por este año. El evangelio del domingo pasado en el que se nos presentaban el amor a Dios y al prójimo como los mandamientos principales que resumen la Alianza, junto con el de hoy nos sirven de perfecta recapitulación de lo fundamental del ser cristiano. Jesús desenmascara definitivamente a los fariseos, dedicados a exhibirse y a cargar fardos sobre las espaldas ajenas sin ser consecuentes con su palabra. Además, exhorta a los discípulos a no considerarse unos por encima de otros pues todos somos hermanos. Por tanto ni maestro, ni padre ni señor sino todos hermanos con un mismo maestro y un mismo Señor. Las rela­ciones de unos con otros no se entienden sino desde el servicio revestido de amor y generosidad.

Por desgracia para nosotros nos encontramos en tiempos bastante seme­jantes. Los títulos inútiles parecen cada vez más necesarios. La escalinata de abreviaturas que precede a los nombres eclesiásticos es cada vez más larga y eso suele ser con bastante frecuencia inversamente proporcional al grado de sencillez y servicio evangélico del sujeto. En nuestra sociedad y, porque no de­cirlo, en nuestra Iglesia están de moda los observantes, los dóciles cumplidores, los intachables, aquellos que han delegado la capacidad de pensar o elegir a la norma. Hay mucho lobo disfrazado de piadoso corderito. Se habla mucho del pecado y poco de la caridad y eso es más grave de lo que parece. Jesús luchó por liberar del sufri­miento y nos trajo un mensaje de vida, de buena noticia para todos empezando por los últimos.

Tristemente es un signo de los tiempos que los fariseos estén en pleno auge mientras los profetas se extinguen. Tenemos que esforzarnos de verdad por liberarnos de una religión que satura nuestra conciencia y no nos lleva a la búsqueda continua de Dios pues sino en vez de ser alimento de vida es ali­mento de muerte. Todos llevamos por dentro un fariseo más o menos desarro­llado. Hemos de acabar con él lo antes posible pues es una cuestión vital que nos libera de mil y una tonterías y nos centra en lo que ha de ser nuestra vo­cación: ser felices de forma que podamos hacer felices a los demás y luchar por erradicar el sufrimiento y el dolor. Y esto tanto a nivel social como religioso. La eucaristía es la fiesta de la vida que vence a la muerte. Ojalá participar nos haga verdaderos profetas pues eso significará que nos ha hecho más coheren­tes con nuestra fe y hemos matado un poquito más a ese maldito fariseo que portamos. Si los profetas se extinguen la sociedad y la vida cristiana evangélica estarán heridas de muerte. Esta en nuestras manos si preferimos alimentar la comodidad del cumplimiento o la incómoda voz que nos mantiene despiertos y atentos a lo que sucede y a lo que nuestra vocación de cristianos tiene que hacer frente en cada momento.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)