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viernes, 24 de abril de 2009

III Domingo de Pascua - Ciclo B (Lc 24,35-48): La resurrección

por Jesús Burgaleta
Publicado por El Libro de Arena

Cuando hablamos de «resucitado» y cuando escuchamos la palabra «resurrección» habría que ver qué imágenes y fantasías pasan por nuestra cabeza. Hemos visto muchos cuadros y estampas muy raros; hemos recibido catequesis, explicaciones y predicaciones… que tienen poco que ver con lo que es la resurrección. Nos asaltan la mente los sepulcros abiertos, los huesos calcinados, las calaveras, la recomposición física de los cuerpos, la imagen macabra de Lázaro saliendo de la cueva donde lo habían enterrado. ¡Cuántas fantasías raras también en el modo de imaginarnos la vida de después de muertos!
De este modo se nos convierte la «resurrección» en un racimo de representaciones fantasmagóricas, irreales, abstractas o, por el contrario, en un cúmulo de perspectivas demasiado materiales y gruesas. «Creían que era un fantasma», dice Lucas de la reacción de los discípulos cuando captan el acontecimiento de la Resurrección de Jesús.
Tantas imágenes y fantasías tenemos respecto de esta realidad, que en lugar de esclarecernos nos llenan de confusión y de dudas. «¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?».
Aunque la Resurrección es una realidad del mundo de la fe, es necesario que tendamos de ella una representación verdadera. ¿Qué es lo que queremos expresar con el concepto «resurrección»? Sin meternos en discusiones, quiero pediros que hoy os centréis en lo nuclear del mensaje de la «resurrección». Y no os distraigas con los montajes maravillosos de vuestra fantasía.
La «resurrección» anuncia el acontecimiento de que el HOMBRE NO SE PIERDE.
Nuestra vida, la misma realidad de nuestro ser personal, eso que hace que el hombre sea hombre, la realidad última de mi yo como proyecto realizado en la historia con los demás, es PLENIFICADO POR DIOS.
Todo esto tan difícil de expresar, esa realidad y conciencia del hombre como proyecto personal, va a ser colmado de vida, después del paso por la historia y aunque, en apariencia, parezca que ocn la muerte queda destruida.
Lo que Dios plenifica del hombre, después de la muerte, no es otra cosa, ni otro proyecto distinto de sí mismo. La nueva creación ya hemos comenzado a vivirla en esta vida y la resurrección nos anuncia:

que nada, ni nadie, puede destruirnos.
que lo que ahora es un inicio de vida, va a ser colmado por el mismo Dios, sin medida alguna.

El evangelio que en esta Eucaristía estamos celebrando nos lo anuncia con enorme claridad. Jesús «resucitado», «vivo» después de la muerte, colmado por Dios, es el mismo Jesús que vivió entre los discípulos, tiene la misma identidad. El «Resucitado» no es otra cosa, ni otro proyecto, ni otra realidad personal nueva inventada por Dios, como del sombrero de un malabarista, de una flor se saca una paloma.
La «resurrección» nos anuncia la esperanza de que el hombre, todo hombre, no se pierde, su misma vida –como sea– es llevada a la plenitud, después de la muerte física. Dios ama la vida con nombres y apellidos. Y esta concreción de vida personal, que somos cada uno de nosotros, es lo que salva.
La «resurrección», en sentido positivo, añade un matiz importante: se da «en cumplimiento de la Escritura».
Esto quiere decir algo que hemos de tener muy en cuenta:

resucita –es decir, es plenificado en vida– el que «vive»: aquél que cumple el designio de Dios sobre el hombre y, en consecuencia, se realiza como hombre en el mundo.
resucita el que realiza esta tarea –ser persona– con fidelidad. El que supera con éxito la contradicción, la prueba, la amenaza de los enemigos del hombre y de Dios. Esta fidelidad debe llegar aún a arriesgar la vida por lo que se tiene por vida verdadera. Entonces la muerte es el acto supremo de la afirmación de la vida: «El Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos».

Los que vivamos así tenemos un FUTURO ofrecido por Dios. Al que vive así la muerte no lo aniquila, porque tiene la vida.
Abrámonos en esta celebración pascual a la acción de Dios y a si inteligencia profunda. Dejemos que Jesús, como a los discípulos, «nos abra el entendimiento para comprender estas cosas profundas.
Guardemos un tiempo de silencio y preparémonos a entrar en comunión, no con un fantasma, sino con el mismo Jesús al que Dios ha colmado de vida.

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