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jueves, 17 de septiembre de 2009

En el camino de Jesús la autoridad son los niños


XXV Domingo del T.O. (Marcos 9, 30-37) - Ciclo B
Publicado por El Blog de X. Pikaza

Éste es un evangelio paradójico: Jesús sube a Jerusalén para morir (para dar la vida a favor de los demás)… y precisamente en ese camino de muerte abre un espacio de vida para los niños, diciendo que ellos son el centro de la iglesia. La Iglesia no es simplemente “para los niños”, sino que los niños son (han de ser) el centro de la Iglesia. Quiero reflexionar sobre el texto del evangelio de hoy, que tiene dos partes: (1) subida a Jerusalén (Mc 9, 30-32); (2) prioridad de los niños ya nacidos, indefensos, en la Iglesia. Quiero situar este evangelio en el trasfondo de la manifestación contra el aborto que la Iglesia oficial y algunos partidos políticos de España han convocado para el próximo 17 de octubre. No quiero ofrecer respuestas, sino ayudar a pensar y a vivir a todos, desde el evangelio de Marcos, que voy a comentar de un modo sencillo.

1. Subir a Jerusalén, entregar la vida (Mc 9, 30-32).

Mc 9,30 Se fueron de allí y atravesaron Galilea y no quería que nadie lo supiera, 31 porque estaba dedicado a instruir a sus discípulos. Les decía:El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los humanos; le darán muerte y, después de morir, a los tres días, será resucitado.32 Ellos no entendían lo que decía, pero les daba miedo preguntarle

.

Se aparta de la muchedumbre para centrarse en los discípulos, haciéndoles fuente y modelo de iglesia. Su mismo camino de entrega es catequesis:

1 Jesús enseña a sus discípulos (8, 30-31a): se separa de la gente y recorre con ellos Galilea, iniciando así una marcha de vida que conduce al surgimiento de la iglesia. De esa forma, la didakhê kainê, nueva doctrina poderosa que expulsaba a los demonios (1, 27), se traduce como catequesis personal de entrega. Jesús no hace teorías, no enseña verdades más o menos separadas de su vida sino que convierte su vida en enseñanza, desplegando así el sentido de las parábolas (4, 1-32).

2 El Hijo del humano será entregado (paradidotai) en manos de los humanos y le matarán (apokteinousin auton) (8, 31b). Jesús se deja hacer. Es Hijo del humano: es lógico que quede en manos de los suyos, los humanos. No se impone sobre ellos sino todo lo contrario: deja que ellos le definan, le hagan, como muestra la palabra clave de la entrega, que viene a convertirse en signo distintivo de su vida; a partir de ella iremos definiendo y/o descubriendo los diversos elementos y comportamientos de la práctica eclesial.

3 Pero, habiendo muerto, resucitará al tercer día (8, 31c). Los humanos expresan su poder matando a Jesús. Dios desvela su más poder al resucitarle. Dios opone así su vida al poder de muerte que define a los humanos (igual que en 8, 33). Pero la novedad del texto nos se encuentra en el anuncio de la acción escatológica (puramente futura) de Dios, sino en la forma de entender vida y pasión de Jesús desde su pascua. Esta es la paradoja primordial de Mc: la resurrección de Jesús viene a expresarse en el evangelio de su entrega, fundando así la iglesia como grupo de aquellos que traducen la experiencia pascual en formas de vida compartida.

4: Los discípulos no entienden y temen preguntarle (9, 32). La experiencia pascual suscita miedo (cf. 16, 8). Sobre un fondo de incompensión sigue avanzando el evangelio a modo de inmensa paradoja (en ironia constante). Los caminos se van separando: por un lado Jesús que presenta su entrega como lugar de presencia de Dios, principio de la iglesia; por otro los discípulos que cada vez entienden menos, en gesto que desembocará en la ruptura final y el abandono de 14, 12-72.

Jesús expone el sentido de su vida a los discípulos, creando con ellos una comunidad de iniciados, hombres y mujeres que descubren y comparten su misterio (parábola) de reino (cf. 4, 10-12), buscando las cosas de Dios, no las humanas (cf. 8, 33). Para ello, convierte su vida en palabra, la más clara y difícil de entender, pues se sitúa (le sitúa) en medio de la contradicción: los humanos le entregan (quieren silenciarle), pero Dios le resucita, haciéndole principio de nueva palabra (de evangelio). Esto es la iglesia: comunidad de personas que entienden y aceptan el sentido salvador de la entrega (muerte y resurrección) de Jesús.

Esto debería ser, pero aún no existe verdadera iglesia, pues lo discípulos de Jesús no entienden y no quieren preguntar pues se encuentran como atenazados por lo desconocido. Lo que Jesús dice parece imposible; escuchan pero no entienden; oyen pero no aceptan. De esa forma cumplen la anunciado en 4, 12: para que viendo no vean... El texto se vuelve experiencia de discipulado invertido.

- Discipulado recto es aquel donde maestro y seguidores avanzan en una misma línea. Ciertamente, el maestro precede y sorprende, pero los discípulos son capaces de acoger su enseñanza y así todos avanzan en su misma dirección, en experiencia compartida. Este caso suele darse allí donde el maestro y los discípulos parten de unos mismos presupuestos y tienen unos mismos intereses. Ciertamente, pueden surgir diferencias, pero ellas se codifican dentro de una misma "tradición", en un conjunto donde existe espacio para todos. Este es el caso del judaísmo normativo de la Misná que recoge los dichos de los grandes maestros, creando una especie de "escuela" para el rabinato3.

- Discipulado invertido. Se da allí donde maestro y discípulos parten de supuestos diferentes. Ciertamente, Jesús es maestro (Rabbi, Didáskalos) y él mismo escoge a unos discípulos. Ellos le escuchan y siguen, pero acogen su enseñanza dentro de un modelo judío de búsqueda de reino (en plano nacional, de plenitud humana). Por eso, no pueden entenderle; ciertamente, saben que hay sufrimientos y que deben superarse las dificultades de la vida. Pero suponen que al fondo sigue estando la bendición y gloria de Dios para los buenos o elegidos, de forma constatable, dentro de la historia. Por el contrario, Jesús les ofrece un camino de enseñanza y seguimiento invertido: la presencia y bendición de Dios se expresa por la entrega y sufrimiento.

De esa forma se produce una constante disonancia significativa. Lo que Jesús dice en un plano (en clave de fracaso pascual) lo escuchan y acogen sus discípulos en otro, en términos de triunfo mesiánico (que supera ya en el mundo ese fracaso). En esperanza de triunfo intramundano siguen a Jesús, dentro de una perspectiva histórica (no podían entonces tener otra), conforme a la visión canónica (por así decirlo) del mesianismo israelita. Lógicamente, en fuerte paradoja, a medida que más escuchan menos entienden, cuanto más avanzan con Jesús menos le siguen.

2. Un lugar para los niños. Los últimos y los primeros (Mc 9, 33-37).

Mc 9, 33 Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó:
¿De qué discutíais por el camino?
34 Ellos callaban, pues por el camino habían discutido sobre quién era el más grande.
35 Y sentándose llamó a los doce y les dijo: El que quiera ser el primero, hágase el último de todos y el servidor de todos.
36 Luego tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: Quien reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado.

Jesús ha destacado la necesidad de estar dispuesto a dar la vida por los otros (Mc 9, 31-32). La lección parece clara, pero los discípulos la entienden de forma invertida. En este contexto ha expuesto Marcos la importancia de los niños. El tema había aparecido ya, marcando con un tinte de ternura y acogida familiar un evangelio que podía parecernos duro.

Recordemos los “niños” de Marcos: la hija del Archisinagogo (5, 35-43) la hija de la sirofenicia (7, 24-30) y el hijo del hombre d poca fe (9, 14-29). Pero ellos entraban en el texto por hallarse en conflicto con sus padres, que podían parecer los importantes. Ahora, en cambio, son los niños los que tienen valor en cuanto tales, de manera que aparecen como miembros básicos de la comunidad del reino. Jesús no ha construido una secta de sabios y justos mayores sino una iglesia concebida como casa de familia donde los primeros son los más pequeños (los más niños).

Los discípulos hablan ¿De qué hablan los jefes de la Iglesia?

Podíamos pensar que el mesianismo era tarea de conquista, que son familia de Jesús sólo aquellos que realizan de manera adulta y responsable la palabra de Dios (cf. 3, 31-35). Pues bien, a la luz de Jesús, mesías entregado a quien acechan y matan otros hombres, descubrimos que, los más cercanos a su vida son los niños, aquellos que se encuentran entregados a merced de los demás. Pero no adelantemos resultados. Caminemos con los discípulos que se han separado del maestro y argumentan por su cuenta, de un modo invertido; piensan que no atiende, pero él oye y pregunta: )De qué hablabais? (9, 33-34):

-- Podrían hablar de la exigencia de dejarlo todo y seguirle, superando los lazos de una vieja familia donde todos (incluidos los niños) tienen un lugar asegurado (cf. 1, 16-20). Supongamos que unos padres lo hacen. )Qué pasará a sus hijos, quién les cuidará? )No será Jesús un duro profeta de la muerte a cuyo lado es imposible el juego y canto, la aventura y gozo espontáneo de la infancia?

--Jesús acaba de anunciarles que será entregado (9, 31), les ha dicho que se nieguen y tomen la cruz para seguirle (cf. 8, 34-9, 1). Ellos pueden decir que Jesús exige gente dura, capaz de buscar con arrojo la meta, en camino de entrega arriesgada. Otro podía añadir que en un grupo como ese no hay lugar para los niños.

-- Pero los discípulos discuten sobre quién es (o debe ser) más grande (9, 34). El tema podría personalizarse diciendo que han surgido envidias, deseos de liderazgo, disputas sobre privilegios. Suele suceder: Jesús no es dictador, no impone su dominio por la fuerza; lógicamente, su grupo tenderá a escindirse en grupitos de influjo o prestigio (como en los israelitas: cf. Núm. 14 y 16). Pero también puede tratarse de una discusión de principios: precisamente allí donde Jesús, partiendo de su propia utopía sentimental, poco ajustada a la realidad, parece haberse inhibido (no organiza el poder) tienen que hacerlo ellos, sus discípulos: ser el más grande significa en este fondo estar dispuesta a entregarse más (y mandar) por el reino

Jesús había presentado su proyecto en claves de ruptura social. A su juicio, sólo crea verdadera humanidad quien se entrega en manos de los otros: no domina, no se impone, sino deja que le dominen los demás, esperando que Dios mismo responda no en venganza de mundo sino en resurrección de gloria (9, 30-31): quien aspira al reino debería abandonar la lucha para conseguirlo, renunciando a la violencia y quedando en manos de aquellos que le matan. Puede ser hermoso este proyecto, pero humanamente hablando resulta inviable: es como si debiéramos pactar con la derrota, abandonando de antemano nuestra vida para darla a los profesionales del puro poder o de la muerte.

Los discípulos no quieren entender

Es evidente que sus discípulos no quieren ni pueden entenderle. No es que sean torpes (ignorantes) ni perversos, sino todo lo contrario. Son precavidos, responsables, realistas. Lógicamente, saben que todo proyecto necesita un liderazgo, autoridad que pueda aunar esfuerzos y vencer resistencias. Conocen la situación; por eso quieren organizarse como siempre (antes y después de Jesús, incluso dentro de su iglesia) han hecho los humanos. En esa línea estarían dispuestos a entregar la vida, pero no como corderos indefensos sino como leones capaces de morir matando.

No tenemos derecho a criticar su sed de mando. Están siguiendo a Jesús, y eso supone que aceptan de algún modo su ideal de reino. Pero, como humanos, deben traducirlo en cauces de poder. Hacen lo que han hecho y siguen haciendo las organizaciones sacrales (iglesias) de la tierra: acogen a Jesús, pero luego lo interpretan, rechazando de hecho su angelismo, su ingenuidad, su falta de contacto con los poderes reales de la tierra. Por eso conspiran a su espalda, para bien de Jesús, introduciendo un correctivo en su proyecto de evangelio. Es como si fuera necesaria una doble verdad, doble lenguaje. Para que pueda triunfar, el proyecto mesiánico requiere organización y ellos parecen dispuestos a crearla.

El gesto de Jesús

Pero Jesús desenmascara ese falso realismo de sus seguidores. Sólo superando la lógica y deseo de poder se puede edificar el reino. Así sigue la escena. Jesús llega a la casa, lugar de su grupo, signo y verdad de la iglesia (como en 3, 20-35), no para criticar a los de fuera (escribas y familiares) sino a sus propios seguidores:

--a: Principio: inversión (9, 35). Jesús se sienta en la cátedra de su magisterio, convoca a los Doce (poder eclesial) y dice: (Quien quiera ser primero hágase el último... !). Querían construir la iglesia en bases de poder, desde el mayor y primero (meidson, prôtos). Pero él no necesita mayores ni primeros, busca últimos y servidores (eskhatoi, diakonoi). Quiere personas que sepan ponerse al final, para ayudar desde allí a los otros, superando la lógica del mando. Al hablar así, no ha criticado un simple vicio de egoísmo sino que ha invertido las mismas estructuras de la vieja sociedad, edificada a partir de los poderosos3.

--b: Gesto simbólico: el niño (9, 36). Los discípulos se creen importantes porque pueden ordenar la estrategia del reino de Dios. Para que funcione un grupo humano hacen falta dirigentes. Pero allí donde ellos mandan, los inútiles (y niños) quedan dominados, en segundo plano, pues no pueden imponerse todavía. Para invertir ese modelo, Jesús toma a un niño, realizando con él dos signos:

- De autoridad: le pone al centro de todos (estêsen auto en mesô autôn). Buscan ellos el centro, pero está ocupado ya por el más niño a quien Jesús coloca en pie, en señal de autoridad, en medio del corro donde él mismo estaba en 3, 31-35, convirtiéndole en jerarquía máxima.

- De amor: le abraza (enankalisamenos). Buscaban los discípulos poder, habían empezado a conspirar. Pues bien, Jesús descubre y vence su conspiración ofreciendo amor (abrazando) a un niño. De esa forma, la autoridad (ponerle en medio) se vuelve ternura: el niño es importante porque está a merced de los demás y necesita cariño. Jesús se lo ofrece haciendo su iglesia lugar para el abrazo.

- a': Enseñanza conclusiva (9, 37). Reasume la doctrina del principio (a), enriqueciéndola a partir del signo (b). El servicio (ser último, hacerse servidor) se hace acogida familiar del niño. Estamos en un mundo donde los niños sufren las consecuencias de la lucha por el poder: son el último eslabón de una cadena de opresiones, de forma que al final quedan sin casa (sin familia, sin comunidad). Contra esa situación habla Jesús: (Quien reciba (dexêtai) a uno de estos niños...! Ellos son signo mesiánico, expresión de autoridad, signo de Dios sobre la tierra.

Había en aquel tiempo niños sin familia, pobres sin casa o afecto. Pues bien, Jesús les declara centro y sentido de la iglesia. De esa forma, lo que empezaba siendo pregunta sobre el poder, entendido como signo de Dios sobre el mundo ()quién es más grande?), desemboca en exigencia práctica de inversión del poder, de anti-jerarquía: (la esencia de la iglesia consiste en suscitar campo de vida, autoridad y afecto, para los necesitados, esto es, para los niños! Mc había superado ya la vieja familia patriarcalista, fundada en ancianos o presbíteros, garantes de estabilidad social, para crear un corro de oyentes que buscan juntos la voluntad de Dios (3, 31-35; cf. 7, 5); también había ofrecido su signo de mesa compartida, abierta en fraternidad universal (6, 6-8, 26), destacando la exigencia de la entrega por el evangelio (8, 34-9, 1). Pues bien, siguiendo en esa línea, afirma ahora que el primer lugar es de los niños.

La iglesia y los niños. Un tema de poder, un tema de hogar

El problema de la iglesia no se soluciona sabiendo quién domina en ella, quién controla u organiza el poder sacral, magisterial o ministerial, sino acogiendo de hecho a los niños (es decir, a los menos importantes). Ellos son el centro de una comunidad donde todos deben encontrarse acogidos. Así pasamos del ámbito privado de un pequeño hogar (con unos padres que se ocupan de sus hijos) al espacio comunal de la iglesia donde los niños (unas veces con padres, otras sin ellos) forman el centro de identidad y cuidado del grupo entero. La misma iglesia viene a presentarse de esta forma como ámbito materno, casa en que los niños encuentran acogida, siendo honrados, respetados y queridos.

La Iglesia no es (no debería ser) un grupo dominados por sabios ancianos (una gerontocracia), no es sociedad de sacerdotes poderosos o influyentes, un sindicato de burócratas sacrales, funcionarios que escalan paso a paso los peldaños de su gran pirámide de influjos, poderes, competencias (y también incompetencias). Conforme a este pasaje, la iglesia es ante todo hogar para los niños, espacio donde encuentran acogida y valor los más pequeños.
Los aspectos anteriores del mensaje de Jesús en Marcos culminan de esta forma. Precisamente allí donde el Bautista anunciaba el fin del mundo (en fuerte crisis social), de manera que no merecía la pena traer niños al mundo, empieza el mundo de los niños: merece la pena haber nacido, tiene sentido la existencia. La iglesia no puede decir esto con teorías o estructuras siempre repetidas de autoridad impositiva, sino convirtiéndose ella misma en hogar para los niños, por encima del deseo del de los hombres dominadores, por encima de los esquemas de poder que buscan sus discípulos.

--Los niños no tienen que hacer nada. No deben conseguir ninguna meta; no tienen que esforzarse por lograr influjo por encima de los otros. Su valor está en su propia pequeñez. No han de luchar para volverse símbolo de Cristo: lo son en sí, por encontrarse en manos de los otros.

--Esa misma debilidad de los niños suscita un compromiso. Los miembros de la nueva casa cristiana han de ofrecer para ellos lo que son y tienen. La ruptura familiar de Mc (el mismo padre antiguo debe superarse) se traduce como ayuda hacia los niños. Ellos importan; a su servicio ha puesto Jesús el evangelio.

--La comunidad cristiana se hace grupo especializado en recibir a los niños. La palabra clave del texto es recibir (acoger: dekhomai). Ella había aparecido en 6, 11: los misioneros de Jesús necesitaban acogida. Ahora son ellos, los discípulos de Jesús, los que deben ofrecer ayuda. Frente a la institucionalización del poder que proponían (¿quién es mayor?), instituye Jesús una familia para la acogida integral de los pequeños.

Quiénes son los niños

Los niños a que alude el texto no importan por judíos (de buena raza), ni tampoco por cristianos (iniciados, bautizados) sino simplemente porque son seres humanos que están necesitados, en manos de los otros. Ellos, los niños, son (han de ser) el centro de la Iglesia. Jesús supera así todo sacralismo eclesial y toda autoridad interpretada como signo de Dios (en la línea que propugnan los discípulos). Frente a una sociedad de presbíteros, padres patriarcales donde los humanos importan por aquello que aprenden y saben (por sexo, ley, función) surge aquí una sociedad de madres que se ocupan ante todo del bien y la felicidad más honda de los niños (necesitados). Es evidente que Jesús funda su iglesia como hogar materno para ellos.

Jesús no es mujer ni madre, en el sentido convencional del término; pero ha dado primacía a la función tradicional de la mujer. Su forma de abrazar a un niño rompe los modelos del varón mediterráneo y judío, educado para el sexo y honor, la autoridad y trabajo. Aquí aparece un Jesús escandaloso, mesías de ternura que no sólo abraza a los niños en grupo sino que propone ese gesto como signo de identidad de su discipulado y reino.
El mismo niño aparece así como autoridad, signo del mesías ((quien le recibe a mi me recibe). En el espacio central de la iglesia, abrazado a Jesús, encontramos a un niño. Ambos, Jesús y el niño, forman la verdad mesiánica. Con esta imagen desaparecen los modelos de dominio (ser más grande, ser primero). El mayor y primero es el niño, no hace falta buscar más. A partir de ahí se puede hablar de iglesia: (Quienes acogen al niño, ofreciéndole espacio para el abrazo en el centro de la casa, esos son comunidad cristiana!

El tema biológico (madre o padres del niño) queda en segundo plano. Lo que importa y crea iglesia es ofrecer espacio humano, lugar de crecimiento cariñoso, al niño que ya existe. No es cuestión de dogmas más o menos racionalizados, ni tampoco de grandes estructuras. La iglesia debe hacerse lugar para los niños! Esta es la función de los Doce a los que el texto presenta como paradigma de la comunidad; han salido a ofrecer evangelio como misioneros (6, 6-13); Jesús les hace ahora creadores de familia (guardianes de niños); evidentemente, han de cambiar para ello. Frente a unos discípulos patriarcalistas que buscaban el dominio (ser grandes, conquistar con riesgo los primeros puestos) ha elevado aquí Jesús el modelo de una iglesia que es familia, hogar materno al servicio de los más pequeños

Conclusión

Como buenos judíos, hombres realistas, los discípulos quieren organizar el grupo conforme a principios de dominio (los más grandes, los primeros, dirigen a los otros); así mantienen la ley impositiva y/o masculina que ha definido nuestra historia (según la episteme de lo mismo, traducida como principio de poder). Pero Jesús ha roto esa episteme. No introduce un correctivo en su dinámica sino que la hace estallar, poniendo en el centro del grupo a un niño necesitado, para recibir su amor y ofrecerle su cariño (para abrazarle).

Ciertamente, el tema del aborto es muy importante… pero quizá está primero el tema de acoger a los niños que viven ya…, la exigencia poner a los niños en el centro de la Iglesia, sabiendo que ellos son (han de ser) su verdadera autoridad.

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