Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 21, 34-36
Jesús hablaba a sus discípulos acerca de su venida:
Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.
Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre.
El hombre de todos los tiempos se ha preguntado e inquietado por lo que pueda traerle el futuro. Y ha luchado para tener futuro, para sobrevivir, para que los suyos tengan larga y digna vida. Pero cuando una y mil veces se ha encontrado con la tozuda realidad de que ni él ni los suyos son eternos, se ha tenido que plantear la posibilidad de que la muerte no sea el final.
Quizás ha sido un modo de huir del dolor y la desesperanza de perderlo todo y perderlos a todos para siempre, como han escrito algunos pensadores. Quizá es un profundo sentimiento que le dice y le hace desear que hay un «más allá»; y si el hombre no es un ser absurdo que se engaña a sí mismo, como también piensan otros, será que sí lo hay.
Es claro que la respuesta que uno se da al punto final de la vida, condiciona todo lo anterior. Es lo que llamamos «el sentido de la vida». Si somos un «accidente de la naturaleza», si estamos condenados a vagar durante un tiempo limitado "entre la nada y la nada", envueltos en la inmensa soledad de un universo vacío... o si nos esperan unos abrazos amorosos que nos concederán la plenitud de nuestros proyectos y luchas... ¡no es lo mismo!
Y no es lo mismo una cosa que otra cuando la persona ha vivido envuelta en sufrimientos y limitaciones, o cuando su vida se termina «demasiado pronto» por la razón que sea, y especialmente cuando es consecuencia de la violencia o de unas condiciones de vida inhumanas. Parece entonces que se hace necesaria una «justicia posterior" que ponga las cosas en su sitio.
Seguramente son los que más han sufrido, los que peor lo han pasado, los que «necesitan» que exista otra cosa. Seguramente por esta misma razón los saduceos del Evangelio no tenían mucho interés en el más allá... No creían en la resurrección de los muertos porque les iba muy bien en el «más acá»: ellos formaban el grupo de las familias más poderosas y ricas de Jerusalem. De talante muy conservador, no aceptaban los libros de los profetas: se quedaron sólo con el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Escritura.
Se me parecen mucho estos saduceos a esta sociedad de consumo occidental, que tiene miedo al futuro, o que prescinde de él, a no ser para animarnos a pagar un plan de pensiones, o para que nuestros dineros produzcan mayores intereses y nos aseguren una vejez tranquila. Una sociedad que, en la mayor parte de los casos, procura cambiar el «futuro» por «futuros» a corto plazo, en los que hay que«disfrutar mientas puedas y todo lo que puedas», porque no sabes lo que puede traerte el mañana. En la que nos da miedo envejecer, o simplemente que se nos note el paso de los años. En la que nos da miedo preguntarnos por el sentido de las cosas, y si mi vida está mereciendo realmente la pena... En la que muchos que no tienen lo que nosotros, se quedan fuera de juego.
Así que nos dedicamos a correr mucho a todas partes, sin plantearnos adónde vamos. Y hacemos muchas cosas para no tener que preguntarnos por qué las hacemos. Todo esto, mientras la vida no nos trate mal o nos golpee donde más nos duele y nos descoloque. Como los saduceos, prescindimos o esquivamos el «más allá» distraídos, mientras, con otros mil asuntos.
No faltan, por otro lado, los que se «ríen» de aquellos que tenemos otras «creencias» y planteamientos, como restos incomprensibles de un pasado precientífico y anticuado: hay lo que hay y nada más.
Me parece que hoy es muy necesario que los que creemos no tanto en un más allá a secas (eso de «algo debe haber»), sino en un Hombre que nos ha señalado un sentido de la vida, y que nos ha «mostrado» que el final es sobre todo un encuentro personal con el Dios que nos hizo y nos ama, «el Dios de las personas» (¿no se podría traducir así lo de Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob...?), el Dios-Padre que no consiente que ninguno de sus hijos se le pierdan para siempre, un Dios cuyo Amor es más fuerte que la muerte, y que nos ha creado para la felicidad plena. Esto nos da una fuerza inmensa a la hora de enfrentar las cosas de cada día y los momentos duros y desesperantes.
Y, para terminar, si nuestro Dios es un Dios de vivos, los cristianos debiéramos ser los mayores luchadores por la vida, por la dignidad de la vida de las personas, los más empeñados en acabar con los sufrimientos y las opresiones; los más valientes en arriesgarnos para ir adonde nadie quiere, por estar donde más nos necesitan los hermanos los hombres; los más creativos a la hora de ir contracorriente de esta sociedad que nos hemos montado donde hay tanta infelicidad y donde somos capaces hasta de vivir acosta de las pensiones de unos ancianos que no tienen ni salud ni medios para reclamar una muerte em paz; los que más disfrutemos de la naturaleza porque la hemos recibido como un regalo de Dios que queremos cuidar...
Esta sociedad necesita una buena inyección de amor, (esa “civilización del amor” a la que nos invitaba el gran Pablo VI); que se vean muchos más testigos valientes de la fe; que nuestras comunidades atraigan la atención de quienes buscan algo que merezca la pena; que vean que no tenemos miedo a la muerte, pero sobre todo: que somos unos apasionados de la vida. Serán juzgados dignos de la vida futura quienes hayan sabido vivir la presente. Aprenderán a no tener miedo a la muerte quienes viven a tope esta vida.
Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.
Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre.
El hombre de todos los tiempos se ha preguntado e inquietado por lo que pueda traerle el futuro. Y ha luchado para tener futuro, para sobrevivir, para que los suyos tengan larga y digna vida. Pero cuando una y mil veces se ha encontrado con la tozuda realidad de que ni él ni los suyos son eternos, se ha tenido que plantear la posibilidad de que la muerte no sea el final.
Quizás ha sido un modo de huir del dolor y la desesperanza de perderlo todo y perderlos a todos para siempre, como han escrito algunos pensadores. Quizá es un profundo sentimiento que le dice y le hace desear que hay un «más allá»; y si el hombre no es un ser absurdo que se engaña a sí mismo, como también piensan otros, será que sí lo hay.
Es claro que la respuesta que uno se da al punto final de la vida, condiciona todo lo anterior. Es lo que llamamos «el sentido de la vida». Si somos un «accidente de la naturaleza», si estamos condenados a vagar durante un tiempo limitado "entre la nada y la nada", envueltos en la inmensa soledad de un universo vacío... o si nos esperan unos abrazos amorosos que nos concederán la plenitud de nuestros proyectos y luchas... ¡no es lo mismo!
Y no es lo mismo una cosa que otra cuando la persona ha vivido envuelta en sufrimientos y limitaciones, o cuando su vida se termina «demasiado pronto» por la razón que sea, y especialmente cuando es consecuencia de la violencia o de unas condiciones de vida inhumanas. Parece entonces que se hace necesaria una «justicia posterior" que ponga las cosas en su sitio.
Seguramente son los que más han sufrido, los que peor lo han pasado, los que «necesitan» que exista otra cosa. Seguramente por esta misma razón los saduceos del Evangelio no tenían mucho interés en el más allá... No creían en la resurrección de los muertos porque les iba muy bien en el «más acá»: ellos formaban el grupo de las familias más poderosas y ricas de Jerusalem. De talante muy conservador, no aceptaban los libros de los profetas: se quedaron sólo con el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Escritura.
Se me parecen mucho estos saduceos a esta sociedad de consumo occidental, que tiene miedo al futuro, o que prescinde de él, a no ser para animarnos a pagar un plan de pensiones, o para que nuestros dineros produzcan mayores intereses y nos aseguren una vejez tranquila. Una sociedad que, en la mayor parte de los casos, procura cambiar el «futuro» por «futuros» a corto plazo, en los que hay que«disfrutar mientas puedas y todo lo que puedas», porque no sabes lo que puede traerte el mañana. En la que nos da miedo envejecer, o simplemente que se nos note el paso de los años. En la que nos da miedo preguntarnos por el sentido de las cosas, y si mi vida está mereciendo realmente la pena... En la que muchos que no tienen lo que nosotros, se quedan fuera de juego.
Así que nos dedicamos a correr mucho a todas partes, sin plantearnos adónde vamos. Y hacemos muchas cosas para no tener que preguntarnos por qué las hacemos. Todo esto, mientras la vida no nos trate mal o nos golpee donde más nos duele y nos descoloque. Como los saduceos, prescindimos o esquivamos el «más allá» distraídos, mientras, con otros mil asuntos.
No faltan, por otro lado, los que se «ríen» de aquellos que tenemos otras «creencias» y planteamientos, como restos incomprensibles de un pasado precientífico y anticuado: hay lo que hay y nada más.
Me parece que hoy es muy necesario que los que creemos no tanto en un más allá a secas (eso de «algo debe haber»), sino en un Hombre que nos ha señalado un sentido de la vida, y que nos ha «mostrado» que el final es sobre todo un encuentro personal con el Dios que nos hizo y nos ama, «el Dios de las personas» (¿no se podría traducir así lo de Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob...?), el Dios-Padre que no consiente que ninguno de sus hijos se le pierdan para siempre, un Dios cuyo Amor es más fuerte que la muerte, y que nos ha creado para la felicidad plena. Esto nos da una fuerza inmensa a la hora de enfrentar las cosas de cada día y los momentos duros y desesperantes.
Y, para terminar, si nuestro Dios es un Dios de vivos, los cristianos debiéramos ser los mayores luchadores por la vida, por la dignidad de la vida de las personas, los más empeñados en acabar con los sufrimientos y las opresiones; los más valientes en arriesgarnos para ir adonde nadie quiere, por estar donde más nos necesitan los hermanos los hombres; los más creativos a la hora de ir contracorriente de esta sociedad que nos hemos montado donde hay tanta infelicidad y donde somos capaces hasta de vivir acosta de las pensiones de unos ancianos que no tienen ni salud ni medios para reclamar una muerte em paz; los que más disfrutemos de la naturaleza porque la hemos recibido como un regalo de Dios que queremos cuidar...
Esta sociedad necesita una buena inyección de amor, (esa “civilización del amor” a la que nos invitaba el gran Pablo VI); que se vean muchos más testigos valientes de la fe; que nuestras comunidades atraigan la atención de quienes buscan algo que merezca la pena; que vean que no tenemos miedo a la muerte, pero sobre todo: que somos unos apasionados de la vida. Serán juzgados dignos de la vida futura quienes hayan sabido vivir la presente. Aprenderán a no tener miedo a la muerte quienes viven a tope esta vida.





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