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domingo, 29 de marzo de 2009

Evangelio Misionero del Día: Lunes 30 de Marzo de 2009

Por CAMINO MISIONERO


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 8, 1-11

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿qué dices?».
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: «Aquél de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos.
Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?»
Ella le respondió:
«Nadie, Señor».
«Yo tampoco te condeno -le dijo Jesús-. Vete, no peques más en adelante».

Compartiendo la Palabra
Por Pedro Barranco

Dicen que la única vez que sabemos que Jesús escribió algo, fue en esta ocasión. Me pregunto qué pondría en el suelo. No acierto a imaginármelo, pero fue lo suficientemente claro para que los que estaban allí entendieran algo más de su concepto de la persona y de la compasión. A lo mejor no eran más que garabatos, o listas de pecados, o de perdones…o quizás nada de eso.

Atravesamos nuestra vida de juicios y valoraciones sobre las otras personas. Miramos desde el prisma de nuestras pobres miserias y rencores, desde nuestro concepto de la justicia, del castigo o del perdón.

Una cosa me preocupa cada vez más: la verdad se encuentra tan de nuestra parte, que los demás sólo pueden estar en el error. Esa especie de endiosamiento que nos convierte en distintos y radicalmente situados en el sitial de la sabiduría.
Los contemporáneos de Jesús conocían probablemente el episodio que se nos cuenta en el libro de Daniel. No juzgaban por apariencia, en este caso. Habían visto el pecado de la mujer, y la llevaban para matarla. Al hombre ni se le cita, su castigo era menor. La mujer, desposeída de dignidad, era la que cargaba con todo el peso de la culpa. Jesús va más allá, como siempre. Se pone del lado de la persona débil y les hace caer en la cuenta de su enorme debilidad: nadie está libre de errores, de culpas, de pecados. La mirada de Dios es benevolente porque nos vuelve sobre nosotros para poder entender con misericordia los errores de los otros.

Se necesitan muchas dosis de perdón, y este sólo puede salir de un corazón reconciliado. Una persona que haya vivido en profundidad la densidad del perdón, sobre todo del que proviene de Dios, puede mirar con bondad al otro, aunque sepa reconocer el mal que ha hecho. Jesús no justifica el mal realizado por la mujer, le pide que no peque más, sino que la acoge para que pueda darse en ella el cambio, la transformación interior. Camino largo y difícil el que nos propone el maestro, pero gratificante. Al final, quien es capaz de realizar la proeza de perdonar, obra el milagro del cambio interior del otro y del suyo propio. Si fuéramos capaces de mirar así, y de sentirnos mirados así, el mundo podría ser capaz de hacer llegar el alba del nuevo mundo que todos esperamos que aparezca.

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Lecturas y Liturgia de las Horas: Lunes 30 de Marzo de 2009

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Lectura de la profecía de Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62

Había en Babilonia un hombre llamado Joaquín. Él se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jilquías, que era muy hermosa y temía a Dios, porque sus padres eran justos y habían instruido a su hija según la Ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un jardín contiguo a su casa. Muchos judíos iban a visitarlo, porque era el más estimado de todos.
Aquel año, se había elegido como jueces a dos ancianos del pueblo. A ellos se refiere la palabra del Señor: «La iniquidad salió en Babilonia de los ancianos y de los jueces que se tenían por guías del pueblo». Esos ancianos frecuentaban la casa de Joaquín y todos los que tenían algún pleito acudían a ellos.
Hacia el mediodía, cuando todos ya se habían retirado, Susana iba a pasearse por el jardín de su esposo. Los dos ancianos, que la veían todos los días entrar para dar un paseo, comenzaron a desearla. Ellos perdieron la cabeza y apartaron sus ojos para no mirar al Cielo y no acordarse de sus justos juicios.
Una vez, mientras ellos aguardaban una ocasión favorable, Susana entró como en los días anteriores, acompañada solamente; por dos jóvenes servidoras, y como hacía calor, quiso bañarse en el jardín. Allí no había nadie, fuera de los dos ancianos, escondidos y al acecho.
Ella dijo a las servidoras: «Tráiganme la crema y los perfumes, y cierren la puerta del jardín para que pueda bañarme». En cuanto las servidoras salieron, ellos se levantaron y arrojandose sobre ella le dijeron: «La puerta del jardín está cerrada y nadie nos ve. Nosotros ardemos de pasión por ti; consiente y acuéstate con nosotros. Si te niegas, daremos testimonio contra ti, diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías hecho salir a tus servidoras».
Susana gimió profundamente y dijo: «No tengo salida: si consiento me espera la muerte, si me resisto no escaparé de las manos de ustedes. Pero prefiero caer en las manos del Señor sin haber hecho nada, que pecar delante de Él».
Susana gritó con todas sus fuerzas; los dos ancianos también se pusieron a gritar contra ella, y uno de ellos corrió a abrir la puerta del jardín. Al oír esos gritos en el jardín, la gente de la casa se precipitó por la puerta lateral para ver lo que ocurría, y cuando los ancianos contaron su historia, los servidores quedaron desconcertados, porque jamás se había dicho nada semejante de Susana.
Al día siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, su marido, también llegaron los ancianos con la intención criminal de hacer morir a Susana. Ellos dijeron en presencia del pueblo: «Manden a buscar a Susana, hija de Jilquías, la mujer de Joaquín».
Fueron a buscarla, y ella se presentó acompañada de sus padres, sus hijos y todos sus parientes. Todos sus familiares lloraban, lo mismo que todos los que la veían.
Los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y le pusieron las manos sobre la cabeza.
Ella, bañada en lágrimas, levantó sus ojos al cielo, porque su corazón estaba lleno de confianza en el Señor. Los ancianos dijeron: «Mientras nos paseábamos solos por el jardín, esta mujer entró allí con dos servidoras; cerró la puerta y después hizo salir a las servidoras. Entonces llegó un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver la infamia, nos precipitamos hacia ellos.
Los vimos abrazados, pero no pudimos atrapar al joven, porque él era más fuerte que nosotros, y abriendo la puerta, se escapó. En cuanto a ella, la apresamos y le preguntamos quién era ese joven, pero ella no quiso decirlo. De todo esto somos testigos».
La asamblea les creyó porque eran ancianos y jueces del pueblo, y Susana fue condenada a muerte.
Pero ella clamó en alta voz: «Dios eterno, Tú que conoces los secretos, Tú que conoces todas las cosas antes que sucedan, Tú sabes que ellos han levantado contra mí un falso testimonio. Yo voy a morir sin haber hecho nada de todo lo que su malicia ha tramado contra mí».
El Señor escuchó su voz: cuando la llevaban a la muerte, suscitó el santo espíritu de un joven llamado Daniel, que se puso a gritar: «¡Yo soy inocente de la sangre de esta mujer!»
Todos se volvieron hacia él y le preguntaron: «¿Qué has querido decir con esto?»
De pie, en medio de la asamblea, él respondió: «¿Son ustedes tan necios, israelitas? ¡Sin averiguar y sin tener evidencia ustedes han condenado a una hija de Israel! Vuelvan al lugar del juicio, porque estos hombres han levantado un falso testimonio contra ella».
Todo el pueblo se apresuró a volver, y los ancianos dijeron a Daniel: «Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos qué piensas, ya que Dios te ha dado la madurez de un anciano».
Daniel les dijo: «Sepárenlos bien a uno del otro y yo los interrogaré».
Cuando estuvieron separados, Daniel llamó a uno de ellos y le dijo: «¡Hombre envejecido en el mal! Ahora han llegado al colmo los pecados que cometías anteriormente cuando dictabas sentencias injustas, condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, a pesar de que el Señor ha dicho: "No harás morir al inocente y al justo". Si es verdad que tú la viste, dinos bajo qué árbol los has visto juntos».
Él respondió: «Bajo una acacia».
Daniel le dijo entonces: «Has mentido a costa de tu cabeza: el Ángel de Dios ya ha recibido de Él tu sentencia y viene a partirte por el medio».
Después que lo hizo salir, mandó venir al otro y le dijo: «¡Raza de Canaán y no de Judá, la belleza te ha descarriado, el deseo ha pervertido tu corazón! Así obraban ustedes con las hijas de Israel, y el miedo hacía que ellas se les entregaran. ¡Pero una hija de Judá no ha podido soportar la iniquidad de ustedes! Dime ahora, ¿bajo qué árbol los sorprendiste juntos?».
Él respondió: «Bajo un ciprés».
Daniel le dijo entonces: «Tú también has mentido a costa de tu cabeza: el Ángel de Dios te espera con la espada en la mano, para partirte por el medio. Así acabará con ustedes».
Entonces toda la asamblea clamó en alta voz, bendiciendo a Dios que salva a los que esperan en Él. Luego, todos se levantaron contra los dos ancianos, a los que Daniel por su propia boca había convencido de falso testimonio, y se les aplicó la misma pena que ellos habían querido infligir a su prójimo. Para cumplir la Ley de Moisés, se los condenó a muerte, y ese día se salvó la vida de una inocente.

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL 22, 1-6

R. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.
Él me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza. R.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo. R.


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 8, 1-11

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿qué dices?».
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: «Aquél de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos.
Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?»
Ella le respondió:
«Nadie, Señor».
«Yo tampoco te condeno -le dijo Jesús-. Vete, no peques más en adelante».

Palabra del Señor.


LITURGIA DE LAS HORAS
TIEMPO DE CUARESMA
LUNES - SEMANA V
Propio del Tiempo. Salterio I

30 de marzo

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: CUÁNTAS VECES, SEÑOR, ME HABÉIS LLAMADO

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,
y cuántas con vergüenza he respondido,
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado!

Seguí mil veces vuestro pie sagrado,
fácil de asir, en una cruz asido,
y atrás volví otras tantas atrevido,
al mismo precio que me habéis comprado.

Besos de paz os di para ofenderos,
pero si fugitivos de su dueño
yerran cuando los hallan los esclavos,

hoy que vuelvo con lágrimas a veros,
clavadme vos a vos en vuestro leño
y tendréisme seguro con tres clavos. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. A ti te suplico, Señor; por la mañana escucharás mi voz.

Salmo 5, 2-10. 12-13 - ORACIÓN DE LA MAÑANA DE UN JUSTO PERSEGUIDO

Señor, escucha mis palabras,
atiende a mis gemidos,
haz caso de mis gritos de auxilio,
Rey mío y Dios mío.

A ti te suplico, Señor;
por la mañana escucharás mi voz,
por la mañana te expongo mi causa,
y me quedo aguardando.

Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia.

Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor.

Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
con toda reverencia.

Señor, guíame con tu justicia,
porque tengo enemigos;
alláname tu camino.

En su boca no hay sinceridad,
su corazón es perverso;
su garganta es un sepulcro abierto,
mientras halagan con la lengua.

Que se alegren los que se acogen a ti,
con júbilo eterno;
protégelos, para que se llenen de gozo
los que aman tu nombre.

Porque tú, Señor, bendices al justo,
y como un escudo lo rodea tu favor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A ti te suplico, Señor; por la mañana escucharás mi voz.

Ant. 2. Alabamos, Dios nuestro, tu nombre glorioso.

Cantico: SOLO A DIOS HONOR Y GLORIA 1Cro 29,10-13

Bendito eres, Señor,
Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos.

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad,
porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra,
tú eres rey y soberano de todo.

De ti viene la riqueza y la gloria,
tú eres Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos.

Por eso, Dios nuestro,
nosotros te damos gracias,
alabando tu nombre glorioso.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Alabamos, Dios nuestro, tu nombre glorioso.

Ant. 3. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

Salmo 28 - MANIFESTACIÓN DE DIOS EN LA TEMPESTAD.

Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas,
el Dios de la gloria hace oír su trueno,
el Señor sobre las aguas torrenciales.

La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica,
la voz del Señor descuaja los cedros,
el Señor descuaja los cedros del Líbano.

Hace brincar al Líbano como a un novillo,
al Sarión como a una cría de búfalo.

La voz del Señor lanza llamas de fuego,
la voz del Señor sacude el desierto,
el Señor sacude el desierto de Cadés.

La voz del Señor retuerce los robles,
el Señor descorteza las selvas.
En su templo un grito unánime: ¡Gloria!

El trono del Señor está encima de la tempestad,
el Señor se sienta como rey eterno.
El Señor da fuerza a su pueblo,
el Señor bendice a su pueblo con la paz.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

LECTURA BREVE Jr 11, 19-20

Yo como cordero manso, llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban: «Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra de los vivos, que su nombre no se pronuncie más.» Pero tú, Señor de los ejércitos, juzgas rectamente, escudriñas las entrañas y el corazón; veré tu venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa.

RESPONSORIO BREVE

V. Él me librará de la red del cazador.
R. Él me librará de la red del cazador.

V. Me cubrirá con su plumaje.
R. Él me librará de la red del cazador.

V. Gloria al Padre,y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Él me librará de la red del cazador.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida», dice el Señor.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida», dice el Señor.

PRECES

Bendigamos a Jesús, nuestro Salvador, que por su muerte nos ha abierto el camino de salvación, y digámosle confiados:

Danos caminar por tus senderos, Señor.

Señor de misericordia, que en el bautismo nos diste una vida nueva,
te pedimos que nos hagas cada día más conformes a ti.

Enséñanos, Señor, a ser hoy alegría para los que sufren
y haz que sepamos servirte en cada uno de los necesitados.

Que procuremos, Señor, hacer lo bueno, lo recto y lo verdadero ante ti
y que busquemos tu rostro con sinceridad de corazón.

Perdona, Señor, las faltas que hemos cometido contra la unidad de tu familia
y haz que tengamos un solo corazón y un solo espíritu.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Dirijámonos a Dios con la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Señor, Dios nuestro, que por el amor inefable que nos tienes nos enriqueces con toda clase de bendiciones, concédenos pasar de nuestras antiguas faltas a una vida nueva, para prepararnos convenientemente a la gloria del reino celestial. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.


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VÍSPERAS
Oración de la tarde

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: ÉSTA ES LA HORA PARA EL BUEN AMIGO.

Ésta es la hora para el buen amigo,
llena de intimidad y confidencia,
y en la que, al examinar nuestra conciencia,
igual que siente el rey, siente el mendigo.

Hora en que el corazón encuentra abrigo
para lograr alivio a su dolencia
y, al evocar la edad de la inocencia,
logra en el llanto bálsamo y castigo.

Hora en que arrullas, Cristo, nuestra vida
con tu amor y caricia inmensamente
y que a humildad y a llanto nos convida.

Hora en que un ángel roza nuestra frente
y en que el alma, como cierva herida,
sacia su sed en la escondida fuente. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. El Señor se complace en los justos.

Salmo 10 - EL SEÑOR ESPERANZA DEL JUSTO

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?»

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo detesta.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor se complace en los justos.

Ant. 2. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Salmo 14 - ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Ant. 3. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN - Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA BREVE Rm 5, 8-9

Dios nos demuestra el amor que nos tiene en el hecho de que, siendo todavía pecadores, murió Cristo por nosotros. Así que con mayor razón, ahora que hemos sido justificados por su sangre, seremos salvados por él de la cólera divina.

RESPONSORIO BREVE

V. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»
R. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»

V. Sáname, porque he pecado contra ti.
R. Señor, ten misericordia.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sobre mi persona testifico yo, y testifica en mi favor el Padre que me ha enviado.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sobre mi persona testifico yo, y testifica en mi favor el Padre que me ha enviado.

PRECES

Invoquemos al Señor Jesús, que nos ha salvado a nosotros, su pueblo, librándonos de nuestros pecados, y digámosle humildemente:

Jesús, Hijo de David, compadécete de nosotros.

Te pedimos, Señor Jesús, por tu Iglesia santa, por la que te entregaste para consagrarla con el baño del agua y con la palabra:
purifícala y renuévala por la penitencia.

Maestro bueno, haz que los jóvenes descubran el camino que les preparas
y que respondan siempre con generosidad a tus llamadas.

Tú que te compadeciste de los enfermos que acudían a ti, levanta la esperanza de nuestros enfermos
y haz que imitemos tu gesto generoso y estemos siempre atentos al bien de los que sufren.

Haz, Señor, que recordemos siempre nuestra condición de hijos tuyos, recibida en el bautismo,
y que vivamos siempre para ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Da tu paz y el premio eterno a los difuntos
y reúnenos un día con ellos en tu reino.

Con el gozo de sabernos hijos de Dios, acudamos a nuestro Padre, diciendo:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Señor, Dios nuestro, que por el amor inefable que nos tienes nos enriqueces con toda clase de bendiciones, concédenos pasar de nuestras antiguas faltas a una vida nueva, para prepararnos convenientemente a la gloria del reino celestial. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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COMPLETAS
(Oración antes del descanso nocturno)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Hermanos, habiendo llegado al final de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos sinceramente nuestros pecados.

Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión:
por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Himno: CUANDO LLEGÓ EL INSTANTE DE TU MUERTE

Cuando llegó el instante de tu muerte
inclinaste la frente hacia la tierra,
como todos los mortales;
mas no eras tú el hombre derribado,
sino el Hijo que muerto nos contempla.

Cuando me llegue el tránsito esperado
y siga sin retorno por mi senda,
como todos los mortales,
el sueño de tu rostro será lumbre
y tu gloria mi gloria venidera.

El silencio sagrado de la noche
tu paz y tu venida nos recuerdan,
Cristo, luz de los mortales;
acepta nuestro sueño necesario
como secreto amor que a ti se llega. Amén

SALMODIA

Ant. Tú, Señor, eres clemente y rico en misericordia.

Salmo 85 - ORACIÓN DE UN POBRE ANTE LAS DIFICULTADES.

Inclina tu oído, Señor; escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva a tu siervo, que confía en ti.

Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti;

porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica.

En el día del peligro te llamo,
y tú me escuchas.
No tienes igual entre los dioses, Señor,
ni hay obras como las tuyas.

Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios.»

Enséñame, Señor, tu camino,
para que siga tu verdad;
mantén mi corazón entero
en el temor de tu nombre.

Te alabaré de todo corazón, Dios mío;
daré gloria a tu nombre por siempre,
por tu grande piedad para conmigo,
porque me salvaste del abismo profundo.

Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí,
una banda de insolentes atenta contra mi vida,
sin tenerte en cuenta a ti.

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.

Da fuerza a tu siervo,
salva al hijo de tu esclava;
dame una señal propicia,
que la vean mis adversarios y se avergüencen,
porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tú, Señor, eres clemente y rico en misericordia.

LECTURA BREVE 1Ts 5, 9-10

Dios nos ha puesto para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros, para que, velando o durmiendo, vivamos junto con él.

RESPONSORIO BREVE

V. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

V. Tú, el Dios leal, nos librarás.
R. Te encomiendo mi espíritu.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

CÁNTICO DE SIMEÓN Lc 2, 29-32

Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz,

porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos

luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

ORACIÓN

OREMOS,
Concede, Señor, a nuestros cuerpos fatigados el descanso necesario, y haz que la simiente del reino que con nuestro trabajo hemos sembrado hoy crezca y germine para la cosecha de la vida eterna. Por Cristo nuestro Señor.
Amén

BENDICIÓN

V. El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una santa muerte.
R. Amén.

ANTÍFONA FINAL DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Salve, Reina de los cielos
y Señora de los ángeles;
salve raíz, salve puerta,
que dio paso a nuestra luz.

Alégrate, virgen gloriosa,
entre todas la más bella;
salve, agraciada doncella,
ruega a Cristo por nosotros.

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sábado, 28 de marzo de 2009

ORACIÓN EUCARÍSTICA - V Domingo de Cuaresma - Ciclo B: (Jn 12,20-33)

Publicado por Fe Adulta


Este es el momento dentro de nuestra celebración
de darte gracias, Padre y Señor nuestro,
porque sólo podemos definirte como puro amor y total entrega,
y porque todos nosotros somos directos beneficiarios de tu amor.
Por eso bendecimos tu nombre y soñamos en que algún día
todos los seres humanos te reconozcamos como Padre bueno.
Gracias, Padre Dios, porque nos has dado la vida,
gracias, porque has puesto a nuestro alcance la vida definitiva.
Queremos manifestar tu gloria con nuestros hechos,
pero también con nuestras palabras,
que unimos a cuantos ya te bendicen en el cielo y la tierra.

Santo, santo…

Ha llegado la hora de que se manifieste la gloria de tu hijo Jesús.
Hemos de recordar agradecidos
su empeño personal por darte a conocer tal como eres
y su lucha por la implantación de tu reino en el mundo.
No tuvo apego a su propia vida y le costó la muerte en cruz.
Pero no fue en balde, porque los frutos de su mensaje revolucionario
aún perduran y seguirán multiplicándose a través de los siglos.
Su vida y su muerte, Padre santo, nos comprometen a seguirle.
Su entrega la sintetizó Jesús en unos gestos significativos.

Jesús, la noche en que iban a entregarlo, cogió un pan,
dio gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros;
haced lo mismo en memoria mía».

Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo:
«Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre;
cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía».

Hacemos nuestro el ruego del pasaje evangélico:
Señor, quisiéramos ver a Jesús.
Porque sabemos que conocerle a él es como conocerte a ti,
porque prestarle adhesión e imitarle es honrarte a ti
y proclamar ante el mundo tu bondad y amor infinitos.
No necesitamos nuevos premios ni honores,
nos basta con la riqueza de vida que nos has dado
y la satisfacción de haber contribuido un poco a la felicidad de todos.
Convéncenos de que sólo creerán en el testimonio de tu iglesia,
si somos consecuentes con el mensaje de generosidad y entrega.
Gracias, Padre Dios,
porque nuestros familiares difuntos ya gozan de tu presencia.
Nos unimos a ellos y a todos los constructores de un mundo mejor
para bendecir tu nombre y el de tu hijo Jesús.

AMÉN.

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Evangelio Misionero del Día: Domingo 29 de Marzo de 2009 - V Domingo de Cuaresma - ciclo B

Por CAMINO MISIONERO


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo Según san Juan 12, 20-33

Había unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios durante la fiesta de la Pascua. Éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió:
«Ha llegado la hora
en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.
Les aseguro que
si el grano de trigo que caen en la tierra no muere,
queda solo;
pero si muere,
da mucho fruto.
El que tiene apego a su vida la perderá;
y el que no está apegado a su vida en este mundo,
la conservará para la Vida eterna.
El que quiera servirme
que me siga,
y donde Yo esté, estará también mi servidor.
El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.
Mi alma está ahora turbada.
¿Y qué diré:
“Padre, líbrame de esta hora?”
¡Si para eso he llegado a esta hora!
¡Padre, glorifica tu Nombre!»
Entonces se oyó una voz del cielo: «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar».
La multitud, que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel».
Jesús respondió:
«Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.
Ahora ha llegado el juicio de este mundo,
ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera:
y cuando Yo sea levantado en alto sobre la tierra,
atraeré a todos hacia mí».

Compartiendo la Palabra
Por Pedro Garcia cmf

No hay escena del Evangelio que no tenga su emoción propia. Pero pocas le ganarán en interés a aquella subida de Jesús a Jerusalén desde Betania, pocos días antes de morir, tal como nos la cuenta el Evangelio de este Domingo.
La gente se apiña alrededor de Jesús. Cuanto más le odian sus enemigos, más interés despierta. Y ahora, mientras Jerusalén empieza a hervir de peregrinos, venidos de todas partes para la Pascua, se acercan también unos griegos, creyentes en el Dios de Israel. No se atreven a presentarse solos, y le piden a Felipe:
- Queremos ver a Jesús.
Felipe y Andrés se lo dicen al Señor:
- Maestro, hay aquí unos griegos que te quieren ver y hablar contigo.
Jesús se emociona secretamente. Piensa:
- Tengo que ir a ellos, a los del mundo pagano, y no encerrarme en las fronteras de Israel. Pero esto exige antes mi muerte. No saldré, mientras no muera.
Y exclama ante todos los que le rodean:
- Ha llegado la hora de ser yo glorificado. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo. Pero, si muere sembrado bajo la tierra, produce mucho fruto. Quien ama su vida, la pierde; pero si pierde la vida en este mundo, la guarda para la vida eterna.
Y viendo la lucha que se le echa encima por Satanás, dice valiente:
- Ahora el príncipe de este mundo, el demonio, será arrojado fuera. Y yo, al ser levantado en la cruz, atraeré todos a mí.
¿Hemos captado todas las afirmaciones de Jesús en tan pocas palabras? Son de una riqueza inmensa. Suscitadas por la ilusión de unos extranjeros, que sueñan con ser parte del pueblo elegido, el Señor les responde abriéndoles el corazón. Y la manifestación de este su deseo ¡Queremos ver a Jesús!, es, un grito conmovedor que revuelve dichosamente las entrañas del alma...
¡Queremos ver a Jesús!, empiezan por decir esos griegos.
Gran parte del mundo moderno, harta de líderes que le han engañado o le defraudan, vuelve la mirada a Jesús. Intuye en Él algo diferente de los demás. Sin darse cuenta de ello, va siguiendo el impulso del Espíritu, que lo guía secretamente hacia el Salvador. Ese mundo nos pide a nosotros con verdaderos gritos:
- ¡Traednos a Jesús, que también nosotros queremos verlo!
Nos lo pide especialmente el mundo misional. Cuando la Iglesia nos pide aportar nuestro esfuerzo para la evangelización del mundo pagano, no hace otra cosa que afinar nuestro oído para escuchar y entender ese clamor angustioso. ¿Se nos puede pedir a nosotros, creyentes, algo más grande que dar a conocer Jesús a tantos hermanos, que lo reclaman también para ellos?...
Muchos hermanos que nos rodean nos repiten igualmente: ¡Queremos ver a Jesús!
Tienen fe, pero la tienen muy amortiguada. Aman a Jesucristo, pero de una manera muy tibia. Piden remedio en sus angustias, pero no se deciden a confiarse a Jesucristo, única esperanza suya. Y nuestro apostolado no es otra cosa que presentar a Jesús, hacerlo ver, hacerlo conocer, hacerlo amar. Si mostramos Jesucristo a quienes viven alrededor nuestro, les habremos hecho el más espléndido de los regalos.
¡Queremos ver a Jesús, nos decimos a nosotros mismos, los que decimos conocerle y amarle desde siempre.
Nuestra ilusión más grande es ir creciendo en el conocimiento, en el amor y en la entrega a Jesús. Porque Él es el ideal, la meta, el fin y el premio de nuestra existencia. Jesús llena nuestra vida entera, desde el principio hasta el fin.
Esto nos llevará, ya lo sabemos, a caer en la tierra como el grano de trigo o del maíz, que se habrá de podrir para poder dar mucho fruto. Es decir, nos exigirá sacrificios, renuncias. Seguir a Jesús, dar Jesús a los demás, trabajar por Él, no resulta muchas veces tan fácil.
Pero esta entrega generosa es la condición indispensable para hacer algo por Jesucristo. Y esto, sin miedos de ninguna clase. El enemigo está vencido de antemano.
El mundo se lo disputan palmo a palmo entre Satanás y Jesucristo. Pero Jesucristo nos ha asegurado la victoria:
- El príncipe de este mundo va a ser echado fuera... Al mundo lo tengo yo vencido...
Y añadirá Juan en su carta con aire de triunfo:
- ¡Esta es la victoria de nuestra fe!...
El cristiano que ama a Jesucristo, que lo ve continuamente con los ojos de la fe, que lo adivina presente en su Eucaristía, sacia esa sed inmensa que nos consume a todos los creyentes, y ese cristiano llega a sentirse el ser más feliz.
De este modo le dirige a Jesús la plegaria con que acaba el famoso himno eucarístico de Santo Tomás de Aquino: Jesús, a quien ahora veo oculto tras los velos sacramentales, te pido se haga pronto realidad lo que más ansío: que, dejándome ver claramente tu faz, sea completamente feliz al contemplar tu gloria...
¡Queremos verte, Jesús!
Colma Tú las ansias inmensas de nuestro corazón.
Sin ti, ¿adónde iríamos a parar? Contigo, ¿que nos puede faltar?... Con el sentido cantar, te decimos: “ Véante mis ojos, dulce Jesús bueno, véante mis ojos, muérame yo luego”...

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Apoyo para la Homilía y la Reflexión personal: El triunfo del grano de trigo

V DOMINGO DE CUARESMA - CICLO B
Por José Enrique Ruiz de Galarreta, S.J.


TEMAS Y CONTEXTOS

LA PROFECÍA DE JEREMÍAS.
Jeremías es el Profeta que nos resulta más cercano. Vive seiscientos años antes de Cristo. Son los años más difíciles de Israel. Decadencia, conmoción general del mundo por la caída de Nínive en poder de los caldeos, asedio y destrucción de Jerusalén, destierro del pueblo. Jeremías pasa estos años enseñando, predicando, prediciendo el desastre... y mal visto por todos, rechazado, acusado de minar la moral del pueblo, encarcelado. Se queda en Jerusalén tras el destierro y acaba sus días exiliado en Egipto. Pero todos estos sufrimientos purifican inmensamente su fe. Es el que mejor formula la doctrina de "La Alianza Nueva", "La Religión del Corazón". Esto le ha constituido en padre espiritual del judaísmo más puro, de lo que se ha llamado "el resto de Israel".
El texto de hoy es una buena muestra de esta religión purificada, de este culto a Dios que reside en el corazón del hombre. Es el anuncio del Nuevo Pueblo, formado por Hijos, que conocen a Dios y no viven en el pecado-justicia, sino en el perdón, en el conocimiento del Padre.


LA CARTA A LOS HEBREOS.
Es uno de los documentos más profundos y ricos del Nuevo Testamento. Atribuida a veces a Pablo, hoy parece más probable, por su estilo y su teología, que no sea de él, aunque sí de su entorno. Utiliza brillantemente todo el Antiguo Testamento aplicándole sus conceptos y sus imágenes, como plenitud, cumplimiento y superación de todo lo anterior.
El fragmento que leemos está inscrito en otro más amplio que le da sentido. Comienza así:
"Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna..."
El texto presenta pues a Jesús partiendo de las imágenes, costumbres etc etc., del Antiguo Testamento. Aquí se le compara con el Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalén, y se hace precisamente para subrayar la diferencia. Es un Sumo Sacerdote que no "ofrece por los pecados de los demás" sino que lleva sobre sí nuestros pecados. Se habla pues de Cristo hombre, elegido Sacerdote. Es una profunda teología de la Encarnación.
Este hombre elegido Sacerdote, declarado Hijo, es la obra de Salvación de Dios. Es aceptado por Dios porque acepta su voluntad. Dios no le ha librado del dolor y de la muerte: ha sido sometido a todo eso. Dios le ha escuchado no librándole de sufrir las consecuencias del mal y del pecado, sino haciéndole triunfar de todo eso, para Él mismo y para todos.
Es, como vemos, una teología profunda y por tanto difícil, pero conocemos bien esta línea de la revelación: Jesús, Dios con nosotros. Dios compartiendo el mal del hombre, porque nos quiere, y triunfando de él.


EL EVANGELIO DE JUAN.
Es el último discurso público de Jesús, en el Templo, en vísperas inmediatas de su arresto, su condena y su muerte en cruz. Jesús siente venir todo esto y su espíritu se turba; es como un anuncio de la terrible turbación, el terror y la angustia de Getsemaní. Pero en este texto, se pone en labios de Jesús el espíritu con que afronta su Pasión y Muerte.
La Pasión y la Muerte van a ser SU HORA, su momento, su cumbre. La apariencia exterior entenderá esos sucesos como “la hora de las tinieblas”, el momento en que las tinieblas vencen a la luz. Pero es sólo una apariencia.
Jesús va a perder su vida, y eso precisamente dará sentido y valor a su vida entera.
De la muerte de Jesús nacerá nuestra posibilidad de creer en él, y por tanto nuestra posibilidad de conocer a Dios y reconocernos como Hijos. De ese grano enterrado surgirá la credibilidad de la Buena Noticia.


R E F L E X I Ó N

Una vez más, Cristo crucificado, necedad para los sabios, escándalo para los judíos.
En una primera mirada, el crucificado debe producirnos horror. Si Dios puede permitir esas cosas, nos apartamos de ese Dios. Si no se libra de este horror ni siquiera Jesús, el mejor, el predilecto, ¿qué está haciendo Dios y cómo seguimos hablando de amor?. En esta línea, el crucificado es escándalo, y la abundancia de crucifijos-adorno que multiplicamos en nuestras casas y en nuestras joyas es signo de superficialidad, casi de blasfemia. Significa que no nos afecta nada el horror de la cruz.
En una segunda mirada, el crucificado es misterio, que no podemos entender, pero a pesar de lo cual seguimos creyendo en Dios Padre. No podemos entender que Jesús, el mejor de los hombres, el más inocente y el más limpio, tenga que acabar así ante la inoperancia del que se llama Padre y le llama "mi predilecto". A pesar de lo cual, seguimos creyendo, porque tenemos suficientes evidencias para aceptar a Jesús y su mensaje sobre el Padre. Creemos a pesar de la cruz de Jesús. Como creemos en Dios Padre a pesar de la cruz de tantos humanos crucificados por el mundo. En esta línea, los crucifijos se ocultan, los miramos con estremecimiento, nos atrevemos a mirarlos de vez en cuando con cierto recelo, porque desafían nuestra fe.
Una tercera mirada entiende la dimensión última del amor en un mundo lleno de mal.
Jesús, el hombre lleno del espíritu, hace de su vida entera una pelea contra el mal y la oscuridad. Por eso cura y enseña. Y por eso el mal se le opone y buscará matarle. En Jesús vemos a Dios luchando contra el mal, la enfermedad, la ignorancia, el pecado. Y esta lucha le va a llevar hasta el final, hasta dar la vida. Y vemos en Jesús a Dios llegando hasta el final, porque obras son amores. Y las obras de Jesús muestran su corazón, capaz de todo por luchar contra nuestro mal. Y entendemos en la cruz la cumbre de su lucha y de su entrega. Así, creemos en Jesús precisamente porque no baja de la cruz. Y por Jesús crucificado creemos más en el amor de Dios. Y los crucifijos se convierten en nuestro desafío a la lógica del mal.
Jesús crucificado nos desafía a aparcar definitivamente nuestra lógica y aceptar la Palabra. Ni siquiera para él es todo esto evidente y lógico. Tiene que mantener su fe contra toda evidencia. Y su alma se turba ante lo que le espera.
“Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre.“
Su alma volverá turbarse en Getsemaní y en la cruz. Como se turba nuestra alma ante el mal del mundo, porque siempre tenemos la "evidencia" del triunfo del mal, del poder de las tinieblas.
Por esta razón, la cruz no puede separarse de la resurrección. La cruz muestra el final de la lógica, es locura y escándalo: el mal es más fuerte que Dios, no hay esperanza. Jesús resucitado es la lógica de Dios: la fuerza del Espíritu es mayor que el mal, aunque puede parecer sometida y vencida. Por eso, la cruz es una evidencia de los sentidos, como el mal. Pero la resurrección, la fuerza del Espíritu, es objeto de fe. Vemos al crucificado y creemos en Él, aunque no veamos más que un crucificado. De la misma manera, vemos el mal en nuestra vida, en la enfermedad, en el odio, en el hambre, en la envidia, en tantas cosas. Y seguimos creyendo en el ser humano hijo de Dios, capaz del Espíritu. A veces incluso "vemos" el espíritu, cuando vemos seres humanos viviendo más allá de la envidia y el consumo y la emulación salvaje y la comodidad y la explotación... vemos esa falta de lógica, los vemos vivir de manera que mucho pensarán que están locos, y reconocemos al espíritu. Pero hace falta que nuestros ojos estén previamente abiertos: los ojos de tierra no ven ahí más que locura, necedad. Por eso todos los que son honrados, veraces, austeros, cooperadores, los que perdonan, los que no piensan mal, los que trabajan por la justicia, los que no viven para disfrutar, los que trabajan por la paz... están locos. Y son crucificados; desde luego por los ricos, los poderosos, los que saben vivir, los que triunfan; pero también por los sacerdotes, por los doctores, por la gente religiosa. Pero ellos son los que viven como resucitados, como vivía Jesús aun antes de morir, llenos del Espíritu, del mismo Espíritu de Jesús. Así, la vieja teología que "entiende" la cruz como sacrificio ofrecido por Cristo a Dios (a Dios Amo y Juez) "para que perdone" los pecados, pagando con su sangre el precio de nuestras ofensas, se queda ridícula y coja, ante todo porque es comprensible y sobre todo porque separa la cruz de la resurrección. Y paga un terrible precio: Dios es solamente justo y cobra precio (¡y qué precio!) por perdonar.
Pero no es así, todo es mucho mejor: Dios es el Creador, el que sigue creando, el que sigue dando vida. Pecado es muerte, apartarse de la luz, un juicio equivocado, dejarse poseer por la oscuridad, ceder a la apariencia pasajera. Jesús es luz de Dios, espíritu en el mundo. Su vida, como toda vida humana, es lucha entre la luz y las tinieblas. Las tinieblas parecen poderosas, pero la fuerza del Espíritu es mayor. Jesús es grano sembrado, no monumento aparatoso. Jesús es vida vegetal contra la que no pueden invierno ni sequía, no lógica aparente creada por pequeños cerebros presuntuosos.
Jesús sufre y muere, como todo hombre, pero no desaparece, como no desaparece ningún humano ni ningún bien, porque Dios no muere. Y la muerte no es más que el final del engaño, el final del poder de las tinieblas, el final de la apariencia. Sólo muere lo que no es verdad. Sólo mueren las obras de las tinieblas. El Espíritu no muere. Ni las obras de la luz. Ni Jesús, porque está lleno del espíritu. Ni nosotros, si lo estamos.


PARA NUESTRA ORACIÓN

La semana próxima entraremos en la contemplación de la Pasión y Muerte de Jesús.
Los cinco domingos de Cuaresma nos han preparado para comprender, pero sobre todo para aceptar y responder. Si la Navidad nos abrió al mensaje “Dios con nosotros”, ahora el mensaje se completa y se profundiza: “Dios con nosotros Salvador”. La coherencia de Jesús, su capacidad de ir hasta el final, su arrojo en entregar su vida hasta morir, deben ser contempladas con emoción, pero sobre todo deben ser aceptadas como mensaje: “Tanto ama Dios al mundo que no duda en
entregar hasta a su Hijo, el Predilecto”.
Si en cualquier ocasión, los hechos y dichos de Jesús nos muestran cómo es Dios y cómo es la vida humana llena de su Espíritu, su Pasión y su Muerte lo hacen de manera extraordinaria. Nos muestran, además, cómo afronta el mal y la misma muerte “el hombre lleno del Espíritu”.

Contemplación de Cristo crucificado.

Nos hacemos presentes al Calvario, en el grupo de los discípulos, oyendo cómo le increpan los Jefes del pueblo. Sentimos el escándalo de la cruz, la apariencia de fracaso... Renovamos nuestra fe en Jesús, presencia del amor de Dios. Creemos en el amor de Dios porque hemos visto que el Hijo, en quien el Espíritu de Dios es tan visible, llega hasta dar la vida. Si Dios hace un milagro espectacular y Jesús "baja de la cruz", ya no nos vale; porque nosotros no podemos bajar de la cruz. Nos vale porque va hasta el final en su condición humana. Por eso nos vale como Revelación de Dios.

Contemplación de la cruz de los hombres.

Miramos el dolor del mundo y nuestro propio dolor. Lo ponemos delante de Dios, con ganas de increparle porque "no hace nada". Volvemos a mirar a Jesús crucificado, el Hijo de Dios crucificado, sometido al dolor del mundo. Se nos invita a trabajar contra el mal, a dar la vida en el trabajo por los hijos de Dios que sufren. Se nos invita a sacar bien de nuestros males, a aceptar la poda, a suspirar por LA VIDA.

Contemplación de nuestros crucifijos.

Están en nuestros dormitorios, en nuestras habitaciones, los llevamos colgados al cuello en cadenitas. De todos los materiales: de pasta barata, de madera, de marfil, de oro... S
eguramente ahora mismo tenemos delante uno o varios. Mirarlos. Pensar qué significan para nosotros: costumbre, irreflexión, marca distintiva, acto de fe ....
Diseccionar nuestra fe en Jesús analizando los sentimientos que suscita en nosotros la contemplación de ese crucifijo.


O R A C I Ó N

Hacemos nuestra la plegaria de Jesús en la cruz, el salmo 22, dejando que hable por nuestra boca el dolor del mundo y nuestra confianza de hijos.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Las palabras que grito están lejos de salvarme.
Dios mío, clamo de día; no hay respuesta.
Ni de noche hay silencio para mí.
Pero Tú, Señor, eres "el Santo",
en Ti esperaron nuestros padres,
esperaron, y Tú los liberaste,
y jamás confiaron en vano.
Pero yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de los hombres, risa del pueblo.
Los que me miran se ríen de mí, vuelven el rostro:
"Confió en Dios, pues que Él le ayude,
que le libere, pues su amigo".
Eres Tú quien me sacaste del vientre,
me confiaste a los pechos de mi madre,
y al nacer fui confiado a tus manos.
No estés lejos, Señor, que la angustia me acecha,
y no encuentro socorro para mí.
No estés lejos, Señor, mi fuerza y mi vida,
libra mi alma de la angustia,
sálvame del poder del mal.
Yo he de anunciar tu nombre a mis hermanos,
te alabaré en la asamblea de tus hijos.
Porque el Señor no desdeña la pequeñez de los pobres
ni aparta nunca su rostro,
sino que escucha al que le invoca.
Mi alma vivirá para Ti, te servirá mi pueblo,
anunciaremos al Señor a las generaciones futuras
y su justicia a los pueblos que vendrán

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Tercera predicación de Cuaresma 2009: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”

Por Raniero Cantalamessa ofm cap
Predicador del Papa

1. ¿Una era del Espíritu Santo?

"Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte... El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justificación. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros".

Son cuatro versículos del capítulo octavo de la Carta a los Romanos sobre el Espíritu Santo y en ellos resuena seis veces el nombre de Cristo. La misma frecuencia se mantiene en el resto del capítulo, si consideramos también las veces que hay referencias a Él con el pronombre o con el término Hijo. Este hecho es de importancia fundamental; nos dice que para Pablo la obra del Espíritu Santo no sustituye a la de Cristo, sino que la prosigue, la cumple y la actualiza.

El hecho de que el recién elegido presidente de los Estados Unidos, durante su campaña electoral, haya aludido tres veces a Joaquín de Fiore, ha vuelto a suscitar el interés por la doctrina de este monje del medioevo. Pocos de los que hablan de él, especialmente en Internet, saben o se preocupan de saber qué dijo exactamente este autor. Toda idea de renovación eclesial o mundial se pone bajo su nombre con desenvoltura, hasta la idea de un nuevo Pentecostés para la Iglesia invocado por Juan XXIII.

Una cosa es cierta. Sea o no atribuible a Joaquín de Fiore, la idea de una tercera era del Espíritu que sucedería a la del Padre en el Antiguo Testamento y de Cristo en el Nuevo es falsa y herética, porque ataca el corazón mismo del dogma trinitario. Bien distinta es la afirmación de san Gregorio Nacianceno, quien distingue tres fases en la revelación de la Trinidad: en el Antiguo Testamento, se ha revelado plenamente el Padre y se ha prometido y anunciado el Hijo; en el Nuevo Testamento, se ha revelado plenamente el Hijo y ha sido anunciado y prometido el Espíritu Santo; en el tiempo de la Iglesia, se conoce finalmente por completo el Espíritu Santo y se goza de su presencia [1].

Sólo por haber citado en un libro mío este texto de san Gregorio, acabé también en la lista de los seguidores de Joaquín de Fiore, pero san Gregorio habla del orden de la manifestación del Espíritu, no de su ser o de su actuar, y en tal sentido su afirmación expresa una verdad incontestable, acogida pacíficamente por toda la tradición.

La tesis llamada joaquimita la excluye de raíz Pablo y todo el Nuevo Testamento. Para estos el Espíritu Santo no es sino el Espíritu de Cristo: objetivamente porque es el fruto de su Pascua; subjetivamente porque es Él quien lo infunde en la Iglesia, como dirá Pedro a la multitud el día mismo de Pentecostés: "Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís" (Hechos 2, 33). El tiempo del Espíritu es por ello co-extensivo al tiempo de Cristo.

El Espíritu Santo es el Espíritu que procede primariamente del Padre, que ha descendido y se ha "posado" en plenitud en Jesús, "historificándose" y acostumbrándose en Él -dice san Ireneo- a vivir entre los hombres, y que en Pascua-Pentecostés desde Él es infundido en la humanidad. Otra prueba de todo esto es precisamente el grito "Abbà" que el Espíritu repite en el creyente (Ga 4,6) o enseña a repetir al creyente (Rm 8, 15). ¿Cómo puede el Espíritu gritar Abbà al Padre? No es generado desde el Padre, no es su Hijo... Puede hacerlo -observa san Agustín- porque es el Espíritu del Hijo y prolonga el grito de Jesús.

2. El Espíritu como guía en la Escritura

Después de esta premisa, vamos al versículo del capítulo octavo de la Carta a los Romanos sobre el que desearía detenerme hoy: "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rm 8,14).

El tema del Espíritu Santo-guía no es nuevo en la Escritura. En Isaías todo el camino del pueblo en el desierto se atribuye a la guía del Espíritu. "El Espíritu del Señor los guió a descansar" (Is 63, 14). Jesús mismo "Jesús fue llevado (ductus) por el Espíritu al desierto" (Mt 4,1). Los Hechos de los Apóstoles nos muestran una Iglesia que, poco a poco, es "conducida por el Espíritu". El mismo proyecto de san Lucas de hacer que, al evangelio, le sigan los Hechos de los Apóstoles, tiene el objetivo de mostrar cómo el mismo Espíritu que había guiado a Jesús en su vida terrena ahora guía a la Iglesia, como Espíritu "de Cristo". ¿Va Pedro hacia Cornelio y los paganos? Es el Espíritu quien se lo ordena (Cf. Hch 10,19;11,12); en Jerusalén, ¿los apóstoles toman decisiones importantes? Es el Espíritu quien las ha sugerido (15, 28).

La guía del Espíritu se ejerce no sólo en las grandes decisiones, sino también en las cosas pequeñas. Pablo y Timoteo quieren predicar el Evangelio en la provincia de Asia, pero "el Espíritu Santo se lo había impedido"; intentan dirigirse hacia Bitinia, pero "no lo consintió el Espíritu de Jesús" (Hch 16, 6 s.). Se comprende después el porqué de esta guía tan apremiante: el Espíritu Santo empujaba de este modo a la Iglesia naciente a salir de Asia y asomarse a un nuevo continente, Europa (Cf. Hch 16,9).

Para Juan, la guía del Paráclito se ejerce sobre todo en el ámbito de la conciencia. Es Aquel que "guiará" a los discípulos hacia la verdad completa (Jn 16,3); su unción "enseña toda cosa", hasta el punto que quien la posee no necesita de otros maestros (Cf. 1 Jn 2, 27). Pablo introduce una importante novedad. Para él, el Espíritu Santo no es sólo "el maestro interior"; es un principio de vida nueva (¡"los que son guiados por Él son hijos de Dios"!); no se limita a indicar qué hay que hacer, sino que también da la capacidad de hacer lo que manda.

En ello, la guía del Espíritu se diferencia esencialmente de la de la Ley que permite ver el bien que hay que cumplir, pero que deja a la persona a solas con el mal que no quiere (Cf. Rm 7, 15 ss.). "Si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley" (Ga 5,18), había dicho el Apóstol anteriormente, en la Carta a los Gálatas (Ga 5,18).

Esta visión paulina de la guía del Espíritu, más profunda y ontológica (en cuanto toca el ser mismo del creyente), no excluye la más común de maestro interior, de guía en el conocimiento de la verdad y de la voluntad de Dios, y en esta ocasión es precisamente de lo que querría hablar.

Se trata de un tema que ha tenido un amplio desarrollo en la tradición de la Iglesia. Si Jesucristo es "el camino" (odòs) que lleva al Padre (Jn 14, 6), el Espíritu Santo -decían los Padres- es "la guía a lo largo del camino" (odegòs) [2]. "Este es el Espíritu -escribe san Ambrosio-, nuestra cabeza y guía (ductor et princeps), que dirige la mente, confirma el afecto, nos atrae adonde quiere y orienta hacia lo alto nuestros pasos" [3]. El himno Veni creator recoge esta tradición en los versos: "Ductore sic te praevio vitemus omne noxium": contigo como guía todo mal evitaremos. El Concilio Vaticano II se comprende en esta línea cuando habla "del Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor" [4].

3. El Espíritu guía a través de la conciencia

¿Dónde se explica esta guía del Paráclito? El primer ámbito u órgano es la conciencia. Hay una relación estrechísima entre conciencia y Espíritu Santo. ¿Qué es la famosa "voz de la conciencia" más que una especie de "repetidor a distancia" a través del cual el Espíritu Santo habla a cada hombre? "Mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo", exclama san Pablo, hablando de su amor por los connacionales israelitas (Cf. Rm 9, 1).

A través de este "órgano", la guía del Espíritu Santo se extiende también fuera de la Iglesia, a todos los hombres. Los paganos "muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia" (Rm 2, 14 s.). Precisamente porque el Espíritu Santo habla en todo ser razonable a través de la conciencia -decía san Máximo el Confesor-, "vemos a muchos hombres, también entre los bárbaros y los nómadas, orientarse a una vida decorosa y buena, y despreciar las leyes violentas que desde los orígenes les habían gobernado" [5].

La conciencia es también una especie de ley interior, no escrita, diferente e inferior respecto a la que existe en el creyente por la gracia, pero no en desacuerdo con ella, dado que proviene del mismo Espíritu. Quien no posee más que esta ley "inferior", pero la obedece, está más cerca del Espíritu que quien posee aquella superior que viene del bautismo, pero no vive de acuerdo con ella.

En los creyentes esta guía interior de la conciencia está como potenciada y elevada por la unción que "enseña acerca de todas las cosas -y es verdadera, no mentirosa-" (1 Jn 2, 27), o sea, guía infaliblemente si se le presta atención. Precisamente comentando este texto, san Agustín formuló la doctrina del Espíritu Santo como "maestro interior". ¿Qué quiere decir -se preguntaba- "no necesitáis que ninguno os instruya"? ¿Tal vez que el cristiano solo ya sabe todo por su cuenta y que no necesita leer, formarse, escuchar a nadie? Pero si así fuera, ¿con qué fin habría escrito el apóstol esta carta suya? La verdad es que hay necesidad de escuchar a maestros externos y a predicadores externos, pero sólo entenderá y se aprovechará de lo que dicen aquel a quien le habla en lo íntimo el Espíritu Santo. Esto explica por qué muchos escuchan la misma predicación y la misma enseñanza, pero no todos comprenden de igual forma [6].

¡Qué consoladora seguridad de todo ello! La palabra que un día resonó en el Evangelio: "¡El maestro está aquí y te llama!" (Jn 11, 28), es verdadera para cada cristiano. El mismo maestro de entonces, Cristo, que habla a través de su Espíritu, está dentro de nosotros y nos llama. Tenía razón san Cirilo de Jerusalén al definir al Espíritu Santo como "el gran didascalo, esto es, maestro, de la Iglesia" [7].

En este ámbito íntimo y personal de la conciencia, el Espíritu Santo nos instruye con las "buenas inspiraciones" o las "iluminaciones interiores" de las que todos hemos tenido alguna experiencia en la vida. Son impulsos a seguir el bien y a rechazar el mal, atracciones y propensiones del corazón que no se explican naturalmente, porque con frecuencia van en dirección contraria a la que querría la naturaleza.

Basándose en este componente ético de la persona, precisamente algunos eminentes científicos y biólogos de la actualidad han llegado a superar la teoría que contempla el ser humano como resultado casual de la selección de la especie. Si la ley que gobierna la evolución es sólo lucha por la supervivencia del más fuerte, ¿cómo se explican ciertos actos de puro altruismo y hasta de sacrificio de uno mismo por la causa de la verdad y de la justicia? [8].

4. El Espíritu guía a través del magisterio de la Iglesia

Hasta aquí, el primer ámbito en el que se ejerce la guía del Espíritu Santo, el de la conciencia. Existe un segundo, que es la Iglesia. El testimonio interior del Espíritu Santo se debe conjugar con el exterior, visible y objetivo, que es el magisterio apostólico. En el Apocalipsis, al término de cada una de las siete cartas, oímos la advertencia: "El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias" (Ap 2, 7 ss.).

El Espíritu habla también a las Iglesias y a las comunidades, no sólo a los individuos. San Pedro, en Hechos, reúne ambos testimonios -interior y exterior, personal y público- del Espíritu Santo. Acaba de hablar a las multitudes de Cristo entregado a la muerte y resucitado, y aquellas se sintieron "compungidas" (Cf. Hch 2, 37); lo mismo hace ante los jefes del sanedrín, y estos se enfurecieron (Cf. Hch 4, 8 ss). Mismo tema, mismo predicador, pero efecto completamente distinto. ¿Cómo es eso? La explicación se encuentra en estas palabras que el apóstol pronuncia en esa circunstancia: "Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen" (Hch 5, 32).

Dos testimonios deben unirse para que pueda brotar la fe: el de los apóstoles que proclaman la palabra y el del Espíritu que permite acogerla. La misma idea se expresa en el evangelio de Juan cuando, hablando del Paráclito, Jesús dice: "Él dará testimonio de mí y también vosotros daréis testimonio" (Jn 15, 26).

Es igualmente fatal pretender prescindir de una o de otra de las dos guías del Espíritu. Cuando se descuida el testimonio interior, se cae fácilmente en el legalismo y en el autoritarismo; cuando se descuida el exterior, apostólico, se cae en el subjetivismo y en el fanatismo. En la antigüedad, rechazaban el testimonio apostólico, oficial, los gnósticos. Contra ellos, san Ireneo escribía las conocidas palabras:

"A la Iglesia se le ha confiado el Don de Dios, como el soplo a la criatura plasmada... De él no son partícipes los que no siguen a la Iglesia... Separados de la verdad, se agitan en cada error dejándose zarandear por él; según el momento, piensan cada vez de modo distinto sobre los mismos temas, sin tener jamás un criterio estable" [9].

Cuando todo se reduce a la escucha personal, privada, del Espíritu, se abre el camino a un proceso irrefrenable de divisiones y subdivisiones, porque cada uno cree que tiene razón; y la propia división y multiplicación de las denominaciones y de las sectas, a menudo en oposición entre sí en puntos esenciales, demuestra que no puede ser en todos el mismo Espíritu de verdad el que habla, porque de otra forma estaría Él en contradicción consigo mismo.

Esto, como se sabe, es el peligro al que está más expuesto el mundo protestante, habiendo erigido el "testimonio interno" del Espíritu Santo como único criterio de verdad, contra todo testimonio externo, eclesial, a no ser sólo la Palabra escrita [10]. Algunas franjas extremas irán tan lejos como para desgajar la guía interior del Espíritu Santo también de la palabra de la Escritura; existirán entonces los diversos movimientos de "entusiastas" y de "iluminados" que han atravesado la historia de la Iglesia, tanto católica como ortodoxa y protestante. El punto de llegada más habitual de esta tendencia, que concentra toda la atención en el testimonio interno del Espíritu, es que inadvertidamente el Espíritu... pierde la mayúscula y termina por coincidir con el simple espíritu humano. Es lo que ocurrió con el racionalismo.

Pero debemos reconocer que existe también el riesgo opuesto: el de absolutizar el testimonio externo y público del Espíritu, ignorando el individual que se ejerce a través de la conciencia iluminada por la gracia. En otras palabras, el de reducir la guía el Paráclito al único magisterio oficial de la Iglesia, empobreciendo así la variada acción del Espíritu Santo.

Prevalece fácilmente, en este caso, el elemento humano, organizativo e institucional; se favorece la pasividad del cuerpo y se abre la puerta a la marginación del laicado y a la excesiva clericalización de la Iglesia. Sin contar con que, también por esta ruta, se puede recaer en el subjetivismo y en el sectarismo, asumiendo, de la tradición y del magisterio, sólo la parte que corresponde a la propia elección ideológica o política.

Igualmente en este caso, como siempre, debemos volver a encontrar la totalidad, la síntesis, que es el criterio verdaderamente "católico". Lo ideal es una sana armonía entre la escucha de lo que el Espíritu me dice a mí, singularmente, y lo que dice a la Iglesia en su conjunto, y a través de la Iglesia a cada uno.

5. El discernimiento en la vida personal

Vamos ahora a la guía del Espíritu en el camino espiritual de cada creyente. Se sitúa bajo el nombre de discernimiento de espíritu. El primer y fundamental discernimiento de espíritu es el que permite distinguir "el Espíritu de Dios" del "espíritu del mundo" (Cf. 1 Co 2, 12). San Pablo brinda un criterio objetivo de discernimiento, el mismo que había dado Jesús: el de los frutos. Las "obras de la carne" revelan que cierto deseo viene del hombre viejo, pecaminoso; "los frutos del Espíritu" revelan que viene del Espíritu (Cf. Ga 5, 19-22). "La carne de hecho tiene deseos contrarios al Espíritu y el Espíritu tiene deseos contarios a la carne" (Ga 5, 17).

Sin embargo a veces este criterio objetivo no basta, porque la elección no es entre el bien y el mal, sino entre un bien y otro bien, y se trata de ver qué es lo que Dios quiere en una circunstancia precisa. Sobre todo para responder a esta exigencia, san Ignacio de Loyola desarrolló su doctrina sobre el discernimiento. Invita a mirar sobre todo una cosa: las propias disposiciones interiores, las intenciones (el "espíritu") que están detrás de una elección.

San Ignacio sugirió los medios prácticos para aplicar estos criterios [11]. Uno es el siguiente. Cuando se está ante dos posibles opciones, es útil detenerse primero en una, como si hubiera que seguirla sin duda; permanecer en tal estado durante uno o más días; entonces valorar las reacciones del corazón frente a tal elección: si da paz, si armoniza con el resto de las propias elecciones, si algo en ti te alienta en esa dirección, o, al contrario, si el tema deja un poso de inquietud... Repetir el proceso con la segunda hipótesis. Todo en un clima de oración, de abandono a la voluntad de Dios, de apertura al Espíritu Santo.

Una disposición habitual de fondo a realizar, en cualquier caso, la voluntad de Dios, es la condición más favorable para un buen discernimiento. Jesús decía: "Mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado" (Jn 5, 30).

El peligro, en algunas formas modernas de entender y practicar el discernimiento, es acentuar hasta tal punto los aspectos psicológicos, que se olvide que el agente primario de todo discernimiento es el Espíritu Santo. Hay una profunda razón teológica en ello. El Espíritu Santo es Él mismo la voluntad sustancial de Dios, y cuando entra en un alma "se manifiesta como la voluntad misma de Dios para aquel en quien se halla" [12].

El fruto concreto de esta meditación podría ser una renovada decisión de confiarse en todo y para todo a la guía interior del Espíritu Santo, como en una especie de "dirección espiritual". Está escrito que "cuando la Nube se elevaba de encima de la Morada, los israelitas levantaban el campamento. Pero si la Nube no se elevaba, ellos no levantaban el campamento" (Ex 40, 36-37). Tampoco nosotros debemos emprender nada si no es el Espíritu Santo -de quien la nube, según la tradición, era figura- quien nos mueve y sin haberle consultado antes de cada acción.

Tenemos el ejemplo más luminoso de ello en la propia vida de Jesús. Jamás emprendió nada sin el Espíritu Santo. Con el Espíritu Santo fue al desierto; con el poder del Espíritu Santo regresó e inició su predicación; "en el Espíritu Santo" eligió a sus apóstoles (Cf. Hch 1,2); en el Espíritu oró y se entregó a sí mismo al Padre (Cf. Hb 9, 14).

Santo Tomás habla de esta conducción interior del Espíritu como de una especie de "instinto propio de los justos": "Igual que en la vida corporal el cuerpo no es movido más que por el alma que lo vivifica, así en la vida espiritual cada movimiento nuestro debería provenir del Espíritu Santo" [13]. Es así como actúa la "ley del Espíritu"; es lo que el Apóstol llama "dejarse guiar por el Espíritu" (Ga 5, 18).

Debemos abandonarnos al Espíritu Santo como las cuerdas del arpa a los dedos de quien las toca. Como buenos actores, tener el oído atento a la voz del apuntador escondido, para recitar fielmente nuestra parte en el escenario de la vida. Es más fácil de cuanto se piensa, porque nuestro apuntador nos habla dentro, nos enseña toda cosa, nos instruye en todo. Basta a veces un simple vistazo interior, un movimiento del corazón, una oración. De un santo obispo del siglo II, Melitón de Sardes, se lee este bello elogio que desearía que se pudiera repetir de cada uno de nosotros después de morir: "En su vida hizo todo movido por el Espíritu Santo" [14].

[Traducción del original italiano por Marta Lago]

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[1] Cf. S. Gregorio Nazianzeno, Discursos, XXXI, 26 (PG 36, 161 s.).

[2] S. Gregorio Nisseno, Sobre la fe (PG 45, 1241C): cf. Ps.-Atanasio, Diálogo contra los macedonios, 1, 12 (PG 28, 1308C).

[3] S. Ambrosio, Apología de David, 15, 73 (CSEL 32,2, p. 348).

[4] Gaudium et spes, 11.

[5] S. Máximo Confesor, Capítulos varios, I, 72 (PG 90, 1208D).

[6] Cf. S. Agustín, Sobre la primera carta de Juan, 3,13; 4,1 (PL 35, 2004 s.).

[7] S. Cirilo de Jerusalén, Catequesis, XVI, 19.

[8] Cf. F. Collins, The Language of God

[9] S. Ireneo, Contra las herejías, III, 24, 1-2.

[10] Cf. J.-L. Witte, Esprit-Saint et Eglises séparées, in Dict.Spir. 4, 1318-1325.

[11] Cf. S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, cuarta semana (ed. BAC, Madrid 1963, pp. 262 ss).

[12] Cf. Guillermo de San Thierry, Lo specchio della fede, 61 (SCh 301, p. 128).

[13] Santo Tomás, Sobre la Carta a los Gálatas, c.V, l. 5, n.318; l. 7, n. 340.

[14] Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, V, 24, 5.

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EL ENEMIGO DE LA VIDA - V Domingo de Cuaresma - Ciclo B: (Jn 12,20-33)

Publicado por Fundación Epsilón

Cuando nos enseñaron el catecismo nos dijeron que uno de los enemigos del alma era el mundo Y es cierto: el mundo es uno de los peores enemigos del alma y del cuerpo, del hombre y de la mujer, de los individuos y de los pueblos. El mundo, el orden este.

Hay quienes llaman «mundo» a todo lo que no es religioso. Esa idea procede del lenguaje de los monjes, que llamaban «el mundo» y «mundano» a todo lo que no cabía en el con­vento: las fiestas, los bailes, la alegría de la vida y todo lo que tuviera que ver con el sexo, incluso dentro del matrimonio, todo eso recibía el nombre de «el mundo».

Por otro lado, en nuestra mentalidad han influido mucho otras ideas que consideran al hombre un compuesto de dos partes totalmente distintas: el alma se consideraba la parte buena y todo lo relacionado con el cuerpo era malo. Pero ése no es el modo de pensar y de hablar de los escritores del Nuevo Testamento.

La palabra «mundo» en el evangelio de Juan puede signi­ficar distintas cosas: el universo, la tierra, la humanidad..., obras de Dios y objeto de su amor. Pero, a veces, con esa palabra se refiere a una realidad negativa, mala. El mundo, en este sentido, es la desdichada manera de organizar la socie­dad que los hombres tenemos, es el «orden» social que tiene como pilares básicos «los bajos apetitos, los ojos insaciables, la arrogancia del dinero», según palabras del mismo evange­lista en su primera carta (2,16). El mundo es todo sistema social y/o religioso en el que no se respeta la dignidad del ser humano, y, por tanto, no se respeta a Dios.

Por otro lado, para la mentalidad hebrea, el hombre no es un compuesto de dos partes distintas, sino una unidad que puede ser vista de distintas maneras: como carne, el hombre entero en cuanto mortal; como cuerpo, esto es, capaz de rela­ción con los demás; como alma, o sea, como ser vivo; y como espíritu, dotado de unas capacidades superiores a las de los demás vivientes y exclusivas de la persona humana. El alma es la vida; que «el mundo es enemigo del alma» significa que es enemigo de la vida: que la sociedad humana se ha organi­zado de tal modo que en ella la vida del hombre está en constante peligro.



EL ORDEN ESTE


... si el grano de trigo caído en tierra no muere, permanece él solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto. Tener apego a la propia vida es destruirse, despreciar la propia vida en medio del orden este es conservarse para una vida definitiva. El que quiera ayudarme, que me siga, y así. allí donde yo estoy, estará también el que me ayuda.


"... si el grano de trigo caído en tierra no muere..."

Algunos quizá piensen que esta frase significa que Dios quiere que su Hijo muera para salvar a la humanidad. No. Dios no quiere que ni su Hijo ni nadie muera; pero la muerte de Jesús será inevitable por la maldad del orden este. El sufrió, y, como él, todos los que se comprometan en la tarea de organizar el mundo de otra manera, como un mundo de hermanos, sufrirán el acoso de los defensores del mundo, del orden este. Todos los que gozan de privilegios obtenidos a costa de la opresión de los demás se resistirán a perderlos, aunque para ello tengan que matar; de hecho, sus privilegios son ya instrumento de muerte, pues sus sobras son falta de vida para los pobres. Por eso no es una contradicción esta otra frase: «Tener apego a la propia vida es destruirse, despre­ciar la propia vida en medio del orden este es conservarse para una vida definitiva». Lo absurdo es querer vivir en medio de un orden de muerte, en medio de una organización en la que sólo algunos -y sólo aparentemente- viven. Y para vivir de esa manera no tienen más remedio que matar. Como algunos quizá piensen que estamos exagerando, que hablen los hechos. Dos ejemplos de hoy:

- En nuestro mundo hay alimentos suficientes para que cada ser humano de la tierra coma cada día lo que necesita para vivir y para que sobre un 10 por 100 aproximadamente. Pero, mientras tanto, el hambre es la causa -directa o indirec­ta- de la muerte de 100.000 seres humanos. Y, entre tanto, en Estados Unidos hay almacenados excedentes, alimentos que sobran, por valor de 400 billones (400.000.000.000.000) de pesetas; y, mientras tanto, la Comunidad Europea paga a los agricultores para que no produzcan alimentos, para que dejen sus tierras ¡en barbecho! ¿Es demagogia decir que este es un orden de muerte?

- Cada año, el Tercer Mundo gasta en armas cerca de tres billones (3.000.000.000.000) de pesetas que podrían ha­berse gastado en producir alimentos. Por dos veces matan las armas a los pobres: violentamente cuando se usan y de hambre cuando se compran; la riqueza producida con el trabajo de los pobres sirve para matar a los pobres. ¿Es demagogia decir que el mundo así organizado es un orden de muerte?

Ese es el mundo que mató a Jesús y tratará de matar a sus seguidores y a todos los que intenten impedir que siga matando. Y es a ese mundo, no a Dios; al que hay que temer. Y no porque nos pueda quitar la vida. No puede quitárnosla: Dios la defiende. Pero, contaminándola, nos la puede pudrir. E impedir que colaboremos en la construcción de un nuevo mundo en el que podamos vivir y compartir una nueva y verdadera vida que brotará del grano caído en tierra que no muere para siempre, sino para dar más vida. Y, además, el mundo este no durará por siempre: «Ahora hay ya una senten­cia contra el orden este, ahora el jefe del orden este va a ser echado fuera, pues yo, cuando sea levantado de la tierra, tiraré de todos hacia mí.» De nosotros depende que esa sentencia se ejecute cuanto antes.

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Se da vida dando vida - V Domingo de Cuaresma - Ciclo B: (Jn 12,20-33)

por Jesús Burgaleta
Publicado por El Libro de Arena

Muchos confundimos la vida con el triunfo, la exaltación y el brillo. Hasta dentro de la Iglesia hay no pocas personas que pretender sobresalir, alcanzar prestigio, imponer su valía y acumular títulos para poder cumplir la misión de «dar vida». Se busca destacar, llamar la atención, alcanzar premios, recibir honores, encaramarse en plataformas de poder. Gusta que griten y aclamen al paso: «¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor!».
Así le aclamaron a Jesús. El tuvo en su mano el poder para usarlo en lo que llaman «beneficio del pueblo», pero renunció a él. ¿Por qué? Es una pregunta importante que hoy nos tenemos que hacer todos.
Mirad, Jesús tiene muy claro que solamente comunica la vida el dar la vida.
El que arriesga por el otro, el que se expone por el servicio a los demás, el que da de sí y de lo suyo, el que ama, es el que siembra vida.
Este es el camino para lograrse como persona y para ayudar a los demás: darse. La donación personal rompe los diques que tienen represado al hombre y le liberan para desarrollarse con amplitud. El que se da, derriba el muro que le oprime, se abre a un campo de expansión anchísimo: a los otros, a todos.
De este modo, el que se entrega, fructifica él y ayuda a que se desarrollen los demás. La vida entregada es vida desarrollada y la vida en el amor engendra la posibilidad de vida verdadera en los demás.
«Os aseguro,
que si el grano de trigo no cae en tierra
y muere,
queda infecundo;
pero si muere,
da mucho fruto».
No se trata, como todos entendéis, de un «morir» cualquiera. Es cuestión de arrojarse en el surco de los demás, entregarse hasta olvidarse de sí. Entonces crece nuestra espiga y damos un fruto que sobrepasa las previsiones de nuestra misma vida.
El que se ama a sí mismo, hasta tal punto que se guarda para sí, se pierde; como se pierde, con el tiempo, el grano de trigo guardado en el granero. Los que nos queremos tanto y no arriesgamos nada por los demás por miedo a perder algo, nos destruimos, no desarrollamos las inmensas posibilidades que tenemos.
Sin embargo, el que no se guarda, no se estima por encima de los demás, sino que es capaz de darse, de perderse, tiene vida y multiplica en si y en los demás esa vida que comunica.
La dinámica de la vida es amar y el que más ama más vive y cuanto más se entrega más posibilidad de vida suscita en los que se entrega.
Ved, si no, lo que se simboliza en este sacramento que celebramos. El grano de trigo entregado (triturado, amasado y hecho pan) y el racimo (pisado y convertido en vino), son el sacramento de la presencia de Jesús vivo entre nosotros. Su vida entregada es fuente de nuestra vida: es el pan que da vida, el cáliz que nos hace partícipes del destino de su vida. los que comulgamos con verdad sabemos hasta qué punto Jesús entregado es la vida de nuestra misma vida.
Vivamos lo que celebramos, para que no lo celebremos inútilmente.
Y merece la pena vivir así, aunque todo el mundo se ponga en contra. Hay un enfrentamiento radical entre esta experiencia cristiana y el sistema del mundo en el que vivimos. Esta oposición nos empuja constantemente a echarnos hacia atrás. «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? Padre, líbrame de esta hora».
Jesús se da cuenta en seguida que «vivir entregado» es la única manera de realizar su vocación de hombre. «Por esto he venido», a dar la vida, entregando su vida.

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QUINTO DOMINGO DE CUARESMA: HA LLEGADO LA HORA

Por Angel Moreno

Este domingo era llamado popularmente “domingo de Pasión”. Al llegar a esta altura de la Cuaresma se cubrían todas las imágenes. La Liturgia y la piedad popular centraban su atención en los padecimientos de Cristo.

En la primera lectura de la Liturgia de la Palabra se anuncia: “Mirad que llegan días –oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva” (Jer 31, 31). El Evangelio de San Juan afirma: “Ha llegado la hora”. Las palabras de Jesús a su madre en Caná de Galilea –“Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4)-, han cambiado: “Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”.

Jesús siente la resistencia de su naturaleza humana, pero la vence y se entrega. “Padre, glorifica tu nombre”. “Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna” (Ef 5, 9).

Los acontecimientos se precipitan. Las lecturas bíblicas nos invitan a fijar nuestros ojos en el Señor, a entrar en nuestro propio interior sin movimientos evasivos. “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones” (Jer 31, 33). “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (Sal 51 [50], 12).

Hoy se nos desvela parte del misterio que más nos cuestiona, el sentido de la cruz. Con frecuencia se interpreta que el sufrimiento es desgracia, posible falta de amor de Dios, y cabe el sentimiento de rebeldía, de protesta, de pregunta al cielo. “¿Qué he hecho yo para merecer la cruz?” Y se apodera del ánimo la tristeza por el posible agravio comparativo, mirando la suerte de los demás.

Es el momento de mirar a Cristo, al que ha sido declarado Hijo amado de Dios. Hoy la voz del cielo vuelve a afirmar: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. Y San Pablo: “Cristo, a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer”. Al menos se nos desvela que el sufrimiento por sí mismo no significa desamor de Dios. Al Hijo amado, al que será glorificado, lo contemplamos en la cruz.

¡Que no se nos pase este tiempo de gracia! Por la Alianza Nueva somos habitados en las entrañas. El eco del querer de Dios, de su amor personal e íntimo, resuena en nuestro corazón, que, grabado con la ley de divina, se ha convertido en testigo de su amor. Ya no hacen falta las tablas de la ley, cada uno tenemos dentro de nosotros la referencia más segura de la voluntad más positiva en nuestro favor. Se manifiesta en la paz interior, en la fuerza para acometer y superar la prueba, en la certeza de que nada se pierde a los ojos de Dios.

“Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado, Tú no le desprecias” (Sal 51 [50], 19).

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