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lunes, 6 de diciembre de 2010

Evangelio Misionero del Dia: 7 de Diciembre de 2010 - SEMANA II° DE ADVIENTO - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 18, 12-14

Jesús dijo a sus discípulos:
¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre de ustedes, que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

Compartiendo la Palabra
Por CELAM - CEBIPAL

Es la hora de la consolación
“Consolad, consolad a mi pueblo ―dice vuestro Dios”

El Adviento nos prepara para la venida del Señor y su don es la consolación.

En la experiencia bíblica, la consolación es mucho más fuerte y radical que la que acostumbramos ofrecernos entre nosotros. Por más que uno quiera, por ejemplo, ante la desgracia que vive un amigo o ante un funeral, uno lo más que puede hacer es darle un poco de alivio con la escucha, con la presencia amiga, con una expresión de solidaridad; pero el amigo o los dolientes siguen con el problema.

Hoy el profeta Isaías nos plantea con todas sus fuerzas el pregón del Adviento: ¡Consolad! ¡Consolad! Y anuncia cambios maravillosos que están a punto de suceder.

La consolación que ofrece el Señor es el vuelco que vive una persona y una comunidad, pasando de una triste situación a una de plena realización, gracias a la superación del factor que la originó. No es quedarse en la periferia de los problemas con tranquilizantes pasajeros, sino el comienzo de una nueva etapa positiva.

Según esto, ¿Cuál es la espiritualidad de la consolación que nos invita a vivir el profeta en el adviento del Mesías?

Siguiendo el hilo del texto, podemos hoy concentrarnos en algunas pautas que serán muy útiles para nuestro ejercicio espiritual:


1. El Señor interpela hasta el fondo, hasta el corazón: “hablad al corazón de Jerusalén” (40,1-2)

Primero que todo se recuperan los ánimos.

Para explicar esto, el profeta presenta a Jerusalén como una bella dama que es conquistada por la palabra penetrante y amorosa de su amante. De esta forma, Dios quiere reconquistar el amor de su pueblo infiel.

La buena noticia que el mensajero coloca en el corazón de Jerusalén es que se acabarán los motivos de su tristeza, esto es, el fin de su aislamiento en la experiencia histórica del destierro. En la historia de Israel, el destierro había venido como castigo por su pecado. La consolación comienza con el don del perdón: “ya ha satisfecho por su culpa”.

Y como es probable que en la situación de castigo se haya llegado a sufrir un poco más de la cuenta, el profeta anuncia que todo este sufrimiento recibirá su recompensa.
2. El Señor prepara el camino: “En el desierto preparen el camino del Señor” (40,3-5)

Además de la preparación interna ―la buena disposición del corazón― se emprende la preparación externa: el camino de regreso a la tierra por el desierto.

El consuelo no se vive de un momento para otro, tiene su proceso, con sus respectivas etapas, así como lo fue el camino de Israel por el desierto en el éxodo: “todo valle sea elevado, todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie”.

En este espacio geográfico y espiritual del desierto se realizan grandes transformaciones: la gloria del Señor, la “shekiná”, que desde antaño habitaba al pueblo, relucirá como nunca y sus rayos sorprenderán a toda la humanidad: “Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá”.


3. Una pausa de reflexión para tomar conciencia de sí mismo frente a la grandeza de Dios: “Todos los mortales son como la hierba y como la flor campestre su esplendor” (40,6-8)

El pregón de la consolación tiene como contenido la fuerza de la palabra de Dios, la cual es como un fuerte aliento (como “Ruah”) que, si bien genera una nueva creación, por otra parte no sabemos si podremos resistirlo. Es como le sucede a la débil hierba mañanera en las estepas de Israel apenas pasa el viento cálido del desierto. Por eso, el profeta se permite un pequeño diálogo (o quizás monólogo) en el que se interioriza esta realidad: ¿frente a la grandeza y la eternidad de Dios, quién soy yo?


4. La venida del Señor en persona realiza la salvación esperada: “Ahí está vuestro Dios” (40,9-11)

El profeta que ha hablado amorosamente al corazón del pueblo, que ha dado órdenes para que se prepare el camino y que ha provocado una pausa de reflexión, se convierte finalmente en el alegre mensajero que corre agitadamente el último tramo del desierto abriendo el camino hasta llegar a la tierra. Cuando llega, sube a la montaña más alta de la región de Judá para que lo escuchen en todos los rincones: “Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión”.

El alegre mensajero grita a los cuatro vientos la inminencia de la llegada de Dios y su salvación con estas tres proclamas que van desvelando progresivamente el escenario en el momento en que aparece Dios:
(1) “Mirad a vuestro Dios”;
(2) “Mirad su brazo robusto” (=poder);
(3) “Mirad su séquito en la marcha de la victoria” (=arrastra a los vencidos y carga el botín de guerra).

Este Dios que se presenta como salvador poderoso, tiene el corazón, la ternura y la delicadeza de un pastor, que lo que más desea es la vida y el bienestar de la comunidad de la cual es responsable: “Como pastor pastorea su rebaño:
(1) recoge en brazos los corderitos,
(2) en el seno los lleva,
(3) y trata con cuidado a las paridas”

Y esta profecía se realiza en Jesús (Mateo 18,12-14)

La parábola del pastor que busca en medio de las montañas la oveja perdida, anuncia que el MESIAS, viene precisamente a realizar esta profecía de la consolación. Siguiendo la insinuación del evangelista Mateo, también nosotros somos invitados a participar en la búsqueda de la oveja y animar alegremente su regreso a casa.


Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón:

Sugerimos leer muy despacio esta profecía del Adviento, para luego reflexionar y orar a partir de las preguntas:

1. ¿Qué se entiende por consolación en la Biblia? ¿Cómo la vivió el pueblo de Israel en el exilio de Babilonia?

2. ¿En este Adviento en qué necesitamos ser consolados, mi familia y yo, por el Señor?

3. ¿Qué cualidades se anuncian de Dios en la profecía? ¿Es ése el rostro de Dios que quiero experimentar?

4. ¿Qué pasos da el Señor para hacer efectiva la consolación?

5. ¿Qué características tiene el profeta que anuncia la consolación? ¿Qué tarea me está encargando el Señor para este tiempo fuerte del Adviento y la Navidad?

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