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miércoles, 2 de febrero de 2011

Sal y luz de la tierra (pero sin pavonearse)


Por A. Pronzato
V Domingo del T.O. (Mt 5, 13-16) - Ciclo A

Ocasión para darse golpes de pecho

El hecho de que los discípulos se acercaran al Maestro, según la imagen que nos proponía el evangelio del domingo pasado, no puede sugerir la idea de una relación intimista, de un circuito cerrado.
Está presente la muchedumbre. Está allí esperando. Provoca, por así decirlo, un cortocircuito.
Los discípulos reciben el encargo de escuchar una palabra al oído para gritarla en los techos. Tienen que percibir un mensaje para interpretarlo existencialmente y difundirlo.
El evangelio de hoy presenta precisamente la vocación cristiana en clave de «función pública», de servicio que se hace a todos.
Es la función, indispensable, de la sal, de la luz.
«Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo». Evidentemente, uno no es sal ni luz con las palabras, con las declaraciones, con las buenas intenciones, sino con las obras.
Las obras surgen del amor y son un signo de amor. Tienen que manifestar el amor, no servir de soporte al prestigio y al Poder (y, desde luego, las «obras buenas» no deben confundirse con el «hacer muchas cosas», aunque algún negociante desaprensivo hace tiempo que tuvo la desfachatez de sostener que no hay ninguna página del evangelio que prohíba hacer buenos negocios. Evidentemente, había interpretado de forma muy atrevida la frase: «Que los hombres vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo». (Algo así como: A Dios la gloria; nosotros nos contentamos con... los cuartos)
Sin embargo, estas frases que concretan nuestro papel no nos confieren necesariamente un certificado de superioridad sobre los demás, no son un título de honor, ni pueden interpretarse en clave de elogio o dar lugar a reivindicaciones triunfalistas de condecoraciones.
Sirven simplemente para que tomemos conciencia de nuestras responsabilidades y, todo lo más, para medir nuestras faltas y nuestras culpas.
Por tanto, más que motivo de orgullo, deberían constituir una ocasión para un examen descarnado de conciencia.
O sea, un examen de lo que deberíamos haber sido en relación con la llamada que se nos ha dirigido de ponernos al servicio del mundo.
Intentemos una reflexión: ¿cuál ha sido nuestra aportación en la promoción de la tolerancia, de la descolonización, de la liberación? ¿Qué guerras hemos impedido (no sólo deplorado)?
¿Qué persecuciones hemos evitado (no sólo condenado)?
¿Qué movimientos de emancipación hemos fomentado (no sólo asumido como nuestros después del riesgo que otros asumieron)?
¿Qué barreras hemos suprimido? ¿qué injusticias hemos abolido?
¿Qué esperanzas hemos encendido en el mundo de los desesperanzados, a través de acciones concretas y provocativas, y no de simples invitaciones a la esperanza?
¿De qué movimientos de paz, de unidad, de comprensión, hemos sido protagonistas?
Por consiguiente, no se trata tanto de hinchar el pecho ante estas palabras del sermón de la montaña.
Mejor sería darnos golpes de pecho con ellas.
Más que sufrir porque no nos han llamado, porque nos han marginado y apartado, preguntémonos si por casualidad nuestra sal no se ha vuelto insípida. Ya el Señor había previsto que la sal que ha perdido su sabor tiene que ser «pisada por la gente».
Sobre todo, tenemos que darnos cuenta de que, si no conseguimos iluminar mucho, quizás sea porque somos poco trasparentes al único que es la luz del mundo.
Cuando uno está demasiado cargado, demasiado lleno de sí mismo, demasiado preocupado por brillar, es natural que la opacidad se haga más densa.

El sentido de la mesura

La sal es también cuestión de dosificación. Ni poca, ni mucha. Si falta sal, el plato resulta insípido. Pero el exceso de sal puede hacer que la sopa sea desagradable, incomestible.
Hay un estilo cristiano insulso, cobarde, tímido, tembloroso. Pero hay también un estilo cristiano invasor, aplastante, agresivo, desapacible, jactancioso, alborotador.
No es compatible con la vocación cristiana una actitud suspirante, impotente, lacrimosa, resignada.
Pero el testimonio bajo el signo de la franqueza y de la audacia no tiene nada que ver con la perversidad, con el gusto por la provocación clamorosa.
Puede haber un pecado de excesiva «buena educación».
Pero el remedio no es ciertamente el insulto, la grosería, la vulgaridad, la villanía, la falta de pudor.
La presencia no debe confundirse con el adueñamiento.
Se puede aceptar la recomendación de Andrei Siniavski, que denuncia el peligro de que «se sequen las raíces».
Sin embargo, hay que tener presente que la función del árbol no es la de producir bastones nudosos para empuñarlos contra los enemigos.
La sal, en tiempos de Jesús, se usaba también como abono (también hoy muchos fertilizantes se componen de sales minerales).
La sal quema, ciertamente -porque contiene fuego-; por eso hay que impedir que amenace y apague la vida.
Por otra parte, sabemos que ciertos productos empleados para la agricultura contaminan por desgracia las capas acuíferas y hasta envenenan los frutos que deberían favorecer y conservar.
Esto mismo puede decirse de la luz. No podemos ni debemos ocultarla. La lámpara no debe apagarse.
Sin embargo, la luz evangélica es siempre una luz discreta, respetuosa, no clamorosa, no... bulliciosa.
La visibilidad no debe confundirse con la exhibición, con el espectáculo.
El sentido de la mesura no disminuye en lo más mínimo la fuerza de irradiación, sino que le confiere por el contrario una mayor intensidad y eficacia.

Ese dedo es peor que una puerta cerrada

Isaías (primera lectura) nos ofrece una gama discreta de obras francamente «buenas».
Pero es preciso quitar un impedimento: la costumbre de «apuntar con el dedo».
El dedo que apunta al prójimo es señal de juicio, de condenación. El dedo que apunta constituye una especie de pared que me impide ver al otro, que no permite que me acerque a él. Es el obstáculo más insuperable.
Tras el dedo amenazador hay además normalmente una lengua en movimiento. Maledicencias, críticas, calumnias, sentencias inexorables, palabras envenenadas. El juicio inapelable se expresa en un tono de dureza, de frialdad, de falta de compasión.

«Hospeda a los pobres sin techo...».

No hablamos de puertas cerradas. A veces basta con un dedo apuntando para cerrar el acceso a los indeseables.
Ese dedo apuntando constituye la manera más hipócrita de defenderse de las personas incómodas.
El dedo apuntando impide la vista, esconde el rostro del hermano. Y le impide, le bloquea inexorablemente, la entrada.
El dedo apuntando es cerrazón, rechazo, barrera infranqueable. El prójimo no «pasa» a nuestro corazón.
Mientras la mano siga ocupada, comprometida, atada a aquel dedo apuntando como un arma, no podrá abrirse al gesto del don, de la acogida, de la disposición a compartir.

Pasión y pudor

Un ejemplo iluminador del equilibrio entre la pasión apostólica y el pudor, entre la urgencia de la comunicación y el respeto a las personas, entre el fuego interior y la delicadeza, es el que nos ofrece Pablo (segunda lectura): «No vine a vosotros con sublime elocuencia o sabiduría... sino débil y temeroso».
Nunca se valorará lo suficiente esta vacilación, esta inseguridad, este introducirse de puntillas, esta negativa a derribar la puerta. Pablo no tiene nada de conquistador ni de maestro vanidoso («mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana»). Ninguna petulancia. Y ninguna presunción.
No se presenta como un desenvuelto dominador de la situación. Ni como un hábil dialéctico.
Ni la gloria, ni el poder, ni la sabiduría humana. Sino la debilidad y la humillación de la cruz y la fuerza persuasiva del amor.
Pablo no pretende forzar ni tampoco seducir. Quiere convencer a través de la fuerza del Espíritu, no con otros medios.
En Atenas había preparado un discurso deslumbrante, de intelectual, con todas las citas necesarias.
Después de su fracaso, comprendió que no se trataba de hacerse el intelectual, sino que había que fiarse de la palabra escabrosa de la cruz, del lenguaje «inspirado».
Podemos decir que Pablo se presenta como quien sigue aprendiendo. No pretende impresionar, asombrar, adoctrinar, manejar a su gusto a las personas. Intenta encontrar palabras sencillas que remuevan el fondo de los corazones, que despierten la libertad, que iluminen las conciencias. Evita toda coacción, toda constricción.
Pablo descubre y presenta la verdad del hombre en el Crucificado. Por eso no tiene necesidad de modelar el mensaje del evangelio con la sabiduría y las ideologías humanas.
Prescinde tranquilamente de los discursos doctos.
Pablo no se olvida de que fueron los poderosos, con la complicidad de los sabios, los que crucificaron a Jesús. Y es consciente de que pueden también crucificar al hombre. No está ni mucho menos dispuesto a cambiar la necedad de la cruz por la sabiduría humana en el tenderete de la última moda o de la última ideología (¡que es siempre la penúltima!).
Sabe que sólo a través de la cruz puede seguir en contacto con el Espíritu y establecer una relación real, profunda, con el hombre, llegando a sus aspiraciones más profundas, a sus esperanzas más acuciantes.