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sábado, 29 de octubre de 2011

XXXI Domingo del T.O. (Mt 23,1-12) - Ciclo A: Crítica



Con el profeta Malaquías volvemos al tema del postexilio, es decir a la época en la que parte del pueblo desterrado en Babilonia volvió a su tierra, después de 49 años. Como sabemos, Nabucodonosor, rey de Babilonia, después de destruir el país, se llevó a los más capacitados para trabajar y producir. El objetivo era dejar un país en ruinas, sin líderes, sin mano de obra productiva y con muy pocas posibilidades de recuperación, lo cual lo hacía más sumiso.


No obstante, quienes se quedaron sacaron fuerzas y empezaron la reconstrucción con sus propios medios. Con el surgimiento de Persia como imperio el panorama cambió. Ciro, el nuevo monarca, tuvo otra forma de gobernar, se mostró benevolente con los judíos y los dejó marchar; aunque muchos prefirieron quedarse pues habían hecho vida en Babilonia. Los judíos repatriados, creídos la flor y nata de la población, llegaron a imponer su parecer en la organización del estado. Pusieron reglas severas y excluyentes y obligaron a toda la población a unirse a la ardua tarea de construir el templo, cosa que favorecía más a la clase sacerdotal que a la gente. Como llegaron con dinero y con vanagloria de ser aliados del rey de Persia, empezaron a comprar o a expropiar las mejores tierras.

Aunque, según lo manifiesta el Salmo 122, a los repatriados les movía un sentimiento de nacionalismo e identidad con su pueblo (“que alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor, ya pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén…”), al llegar se dejaron seducir más por el deseo de acaparar que por restaurar el pueblo con el proyecto de Yahvé. Esto representó un golpe muy duro para quienes se habían quedado y reconstruían el país desde abajo. El regreso de sus compatriotas exiliados en vez de ser una buena noticia se convirtió en una gran pesadilla para los habitantes de Galilea, Judá y Samaría. Tan fuerte que a partir de ese momento surgió el conflicto entre samaritanos y judíos, que para el tiempo de Jesús era tan crítico. Gran parte de la responsabilidad fue de Esdras y Nehemías y sus políticas xenófobas.

Lo más grave para la sensibilidad religiosa era que los sacerdotes y levitas utilizaban su rol religioso y su conocimiento de la ley para favorecer los intereses propios y los de sus amigos. Ellos debían impulsar al pueblo hacia una verdadera restauración, incluyente, participativa, justa y equitativa. Pero hacían totalmente lo contrario.

Por eso la denuncia de Malquías fue dirigida a los sacerdotes: “Para ustedes, pues, los sacerdotes, es la siguiente advertencia… Ustedes se han desviado del camino recto, y con instrucciones han sido causa de tropiezo para muchos; han frustrado mi alianza con Leví dice el Señor Omnipotente...” Como dijo Roberto Ferro: “Los caminos de la religión muchas veces conducen al infierno”. Ante situaciones como estas los profetas de ayer y de hoy tienen que manifestarse siempre a favor de la justicia y denunciando cualquier agresión a la vida. Así lo hicieron Malaquías y Jesús. Así debe hacerlo todo bautizado.

La crítica de Jesús fue dirigida de manera especial a los escribas y fariseos que utilizaban la religión para fundamentar y alimentar su vanidad. Para aprovecharse de los ignorantes que no conocían la Ley y sentirse miembros de una casta especial de cumplidores, sabios, doctos y puros ante Dios. Cuando no hay una verdadera madurez humana y una conciencia de lo que soy, entonces necesito refugiarme en títulos, en reconocimientos o cualquier tipo de vanidades, para fundamentar mi pobre existencia.

La crítica de Jesús tiene que ayudarnos hoy a revisar nuestra vida personal, nuestra madurez humana y cristiana, nuestro rol dentro de la sociedad. Debe ayudarnos a revisar de manera especial nuestras estructuras religiosas y la forma como se ejerce la autoridad dentro de las Iglesias y comunidades en general.

Hoy nos corresponde ver a quienes se sientan en la “cátedra de Moisés”. A quienes se considera legítimos continuadores de la enseñanza de Jesús. Es importante valorar a quienes enseñan, guían al pueblo y lideran procesos de formación integral iluminados por de la Palabra de Dios.

Pero cuando una persona o grupo legítimamente constituido se sienta en la “cátedra de Moisés” o en la “cátedra de Jesús” y se interesa más por defender su pedacito de poder, que por el bien común, entonces su autoridad es deslegitimada. Así mantenga las credenciales, las autorizaciones legales y las recomendaciones de los más altos dignatarios. Delante de Dios está deslegitimado por su mezquino proceder.

Mirémonos: tenemos derecho a manifestar lo que pensamos, pero no a imponer nuestra ideología y menos a perseguir a quienes piensan distinto a nosotros. La autoridad es para hacer crecer, para comunicar vida, no para maltratar ni destruir. Podemos invitar a que nos escuchen, mas no obligar a que nos crean y menos a lanzar el anatema (maldición) hacia quienes disienten o contradicen nuestra manera de pensar.

Jesús no se manifestó en contra de toda autoridad de manera automática. No vemos en él a un anarquista fanático; por el contrario, reconoció la importancia del liderazgo como un servicio e invitó a sus discípulos a convertirse en servidores. Los líderes son necesarios para el buen funcionamiento de una empresa, una sociedad o un país, y por supuesto de una Iglesia. Lo que cuestionó Jesús fue la falta de testimonio de las autoridades y cómo éstas se ocuparon más en mantener estructuras mentales, ideológicas, sociales y religiosas desgastadas, que en fomentar relaciones de fraternidad y justicia. Criticó la forma como ponían cargas pesadas sobre los demás y ellos ni siquiera las tocaban.

Es legítimo y además necesario defender la ortodoxia, es decir una recta doctrina; una recta enseñanza que oriente el proceder humano. Pero la ortodoxia nunca puede estar por encima del bien humano, de la ortopraxia, es decir de la recta manera de vivir. Pensemos por ejemplo en los divorciados vueltos a casar, a quienes les negamos la comunión. Desde la “cátedra de Moises” ¿tenemos derecho a negar la comunión?

A pesar de la falta de testimonio de muchos líderes, de predicadores y en general de los bautizados, la Palabra de Dios tiene validez, pues ésta supera los flacos servicios de las autoridades. Es cierto que se enseña más con el testimonio que con mil argumentos, palabras hermosas y bien fundamentadas; pero un cristiano y una comunidad madura, ante la hipocresía o la falta de testimonio de su líder, en medio del dolor y del desánimo debe continuar el camino de Jesús.

Y no nos sintamos excluidos de la crítica. Esta crítica no es para los demás sino para mí, para todos. Desde el Papa con sus instituciones, obispos, teólogos, párrocos, pastores, padres de familia, líderes de pequeños grupos o comunidades, gerentes o coordinadores, todos. La coordinación, el liderazgo, la autoridad, tiene sentido cuando es servicio, participación humilde de la única autoridad absoluta, del único Señor. Si buscamos ejercer la autoridad para inflarnos, para humillar y para que nos alaben, nos den los primeros puestos, nos llamen maestros y nos hagan reverencias, estamos en el lugar equivocado. El absolutismo y la búsqueda de privilegios por encima de los del pueblo, son incompatibles con el Proyecto de Jesús. Si no estamos dispuestos a servir como Jesús, que lavó los pies de sus discípulos, no tendremos nada que ver con él (Jn 13,8). El que ejerce la autoridad debe ser, como lo recuerda la segunda lectura, una madre llena de ternura con sus hijos (1 Tes. 2,7). Debe comunicar vida en abundancia y con los mejores métodos, aun cuando deba corregir con firmeza y tomar decisiones impopulares, siempre para el bien, la justicia, la equidad, la plenitud de vida.

Oración

Dios, Padre y Madre lleno de ternura; Misterio Infinito de verdad, de amor y de todo lo que da vida. Te damos gracias porque nos abres los ojos y nos ayudas a ver los peligros en el camino y la tentación de desviarnos de tu proyecto salvador. Líbranos de convertir el hermoso camino de Jesús en un instrumento para atentar contra la vida de las personas. Que seamos capaces de alejarnos de toda mezquindad y de denunciar, de palabra y de obra, a quienes utilizan la autoridad para servirse así mismos y dañar a los demás.

Nos abrimos a la gracia de tu Espíritu para tener la sabiduría, la fortaleza y la humildad para trabajar por la justicia del Reino. Que seamos auténticos servidores en nuestras casas, en nuestras empresas, en nuestras comunidades, en nuestras iglesias. Que podamos experimentar, disfrutar y comunicar la vida abundante que tú nos das a manos llenas. Amén.


Exhortación final:

Jesús

(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 201)

Ante ti, nuestro Padre y nuestro único Dios y Señor, confesamos que nosotros pertenecemos a los que dicen y no hacen. Líbranos de la hipocresía y del complejo de superioridad, porque todos somos hijos tuyos y hermanos en Cristo.

Fortalece con tu Espíritu a los servidores de tu pueblo, para que la palabra que anuncian se haga verdad en ellos. Mantén en la fe a tus hijos más débiles y tentados de abandonar.

Haz, Señor, que nuestro ejemplo evangélico de amor humilde y de fraternidad sincera robustezca a los vacilantes en la fe, para que, guiados por tu Espíritu, caminemos juntos como hermanos con el corazón ensanchado por el camino de tu verdad. Amén