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viernes, 9 de diciembre de 2011

III Domingo de Adviento (Jn 1,6-8.19-28) - Ciclo B: Motivos para no reír...


Por Alessandro Pronzato

Estar de morros no va de acuerdo con la sonrisa de Dios
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Con frecuencia estos días tengo que ir al hospital, donde está internado un pariente mío. No me limito a esa visita, sino que me muevo también por otras salas para saludar a algunos amigos.
Durante mis recorridos, me he cruzado y he observado a dos religiosas, muy distinta una de otra por su actitud, por su estilo y su modo de comportarse, algo que llama la atención inmediatamente. Entendámonos: no hay nada que decir acerca de su dedicación a los enfermos. Pero una siempre lleva el rostro iluminado por una sonrisa, mientras que la otra aparece con el ceño fruncido y realiza su servicio -repito, de una manera impecable- con una cara triste y casi sombría, como si ella y no los enfermos tuviera que tragar la medicina amarga.

Anteayer, aprovechando que tenía que preguntarle sobre las condiciones de mi familiar, en el curso de la conversación le he lanzado allí mismo, confidencialmente, la pregunta que desde hace tiempo tenía ganas de hacerle:

«Perdone, hermana, ¿pero, por qué tiene ese aire enfadado, afligido, melancólico? Me gustaría verla sonreír alguna vez...»

Su respuesta inmediata me ha dejado helado:

«Ahora le pregunto yo a usted: ¿le parece que tenemos tantos motivos que nos permitan sonreír en un mundo tan malvado y descompuesto como éste en que desgraciadamente nos toca vivir?...»

No he sido capaz de replicar; además ella, con un resorte casi militaresco, se había dado media vuelta y se había marchado, con el ceño fruncido como siempre, o más aún, convencida de tener todas las razones para llevar esa cara entristecida...

Y motivos para sonreír...

Sólo espero que el domingo haya prestado atención a la invitación de Pablo: «Estad siempre alegres». Y no me parece que la Iglesia de Tesalónica (hoy Salónica, si he entendido bien) estuviese establecida en un mundo mejor que el nuestro. También yo estoy convencido de que no hay muchas razones que autoricen la alegría. Tengo los ojos abiertos y no se me escapan ciertos espectáculos deplorables. Tengo los oídos atentos y oigo ciertas cosas infames y me hieren dolorosamente. No ignoro el mal presente en el mundo, que asume, además, formas ofensivas y repugnantes. Y mucho menos olvido el cúmulo espantoso de sufrimientos que se abaten diariamente sobre tanta gente, las tragedias, las violencias, las injusticias de que son víctimas un número inmenso de mis semejantes.

Pero al menos existe un motivo para estar alegres, y es decisivo: el Señor todavía no nos ha abandonado. Hasta ahora no se ha cansado de nosotros. No se ha marchado disgustado por tantas maldades. Al contrario, se abre camino a través de una infinidad de miserias, para llevar una alegre noticia a todos los desgraciados de la tierra, tal como nos lo asegura Isaías (y debe ser el Tercero de esa familia). Por lo que mi alma (y la de la religiosa) se alegra en mi Dios.

El año de la misericordia del Señor jamás caduca, tiene siempre curso legal: cada año es el año de la misericordia, y cada día es un día de misericordia.



La alegría de esos que no tienen la pretensión de salvar el mundo

Escuchando las insistentes negativas del Bautista «Yo no soy...», me ha venido la idea de que en muchas personas religiosas y practicantes (las cuales practican todo menos la alegría) está ausente la alegría porque se sienten incapaces de admitir: «Yo no soy...».

Sin embargo, defienden que son los salvadores de la humanidad, olvidando que ese papel está ya cubierto por Otro, que dispone de medios mucho más poderosos (la cruz, por ejemplo).

En el fondo, esos creyentes ceñudos, tristes, melancólicos, mohínos, enfadados, dan demasiada importancia a lo que hacen (con resultados más bien decepcionantes, como tienen que reconocer honestamente). Y no están atentos a la acción de Dios que se desarrolla a través de canales normalmente subterráneos. Parece que esos individuos están equipados -y no hace falta mucho- únicamente para ver las devastaciones originadas por el mal.

Si al menos lograran sospechar que la gracia no sólo rebate la obra del Adversario, sino que prevalece decididamente sobre ella, que el amor al final se revela más fuerte que el odio, que el perfume del bien tiene el poder de sanear incluso el aire más viciado, a lo mejor sobre sus «caras de funeral» (pero la expresión es impropia: yo cada vez descubro con más frecuencia que en los funerales participan individuos que charlotean alegremente, bromean y ríen, y su risa no es precisamente la «risa pascual»), asomaría al menos una tímida sonrisa.

Me pregunto si los titulares de rostros de luto están celebrando, continuamente, los funerales de la esperanza. Y después dicen que creen en la victoria de Cristo sobre la muerte y sobre el pecado...



¡En qué mundo viene a vivir ese Niño!

Reverenda hermana, y todos vosotros pertenecientes a la inmensa familia de los llorones, con o sin hábito religioso, pronto será Navidad. Iremos juntos a adorar a un Niño que trae una alegre noticia. El sabe en qué mundo viene a vivir. Y, con todo, se presenta con una sonrisa: « ... ha aparecido la gracia de Dios», Tit 2, 11; o sea, ¡se han hecho visibles el favor, la sonrisa, la benevolencia de Dios!.

Esa sonrisa es como una caricia extendida sobre todas nuestras miserias y nuestras plagas. Afinad el oído: los ángeles no tocan las campanas a rebato, sino que entonan una melodía para anunciar una gran alegría.

A usted particularmente, querida hermana, me permito decirle: dentro de unos días, inclínese sobre ese Niño y hágale la pregunta que me lanzó a mí. Que él le diga si hay motivos para sonreír. A lo mejor la Madre, con la luz de su rostro, hace de intérprete...