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sábado, 31 de diciembre de 2011

JESÚS, VINO NUEVO


Es el relato inmediatamente posterior al nacimiento. Se plantea ya en él, protagonizada por María, la pregunta básica del evangelio y de todo hombre: ¿quién es éste niño, de apariencia normal?
La segunda parte del texto muestra la circuncisión de Jesús. La circuncisión es la señal del pueblo, la señal de la Alianza, y expresa el sometimiento a la Ley.
La gran polémica que sostendrá Pablo en los primeros años de la Iglesia se centrará precisamente en la circuncisión: ¿hay que seguir circuncidándose para seguir a Jesús? No se trata de algo exterior, de un mero rito. La circuncisión simboliza la pertenencia al pueblo elegido y por tanto la aceptación de toda la ley judaica. Pero Pablo vio bien, mejor que nadie, que Jesús no es simplemente la plenitud de Israel, y que la Ley de Israel se ha quedado atrás, absolutamente superada por Jesús.

En el día de hoy, primero de Enero y del año, se mezclan difícilmente dos celebraciones. La celebración religiosa, en que la Iglesia sigue reflexionando sobre Jesús y sobre su madre, y la celebración profana, el primer día de nuestro año, que nada tiene que ver con la Navidad.

En la fiesta religiosa se ha alternado históricamente entre tres celebraciones: la circuncisión de Jesús, porque hace ocho días que nació el niño, y es el día de circuncidarlo; el nombre de Jesús, porque en la ceremonia de la circuncisión se incluía la imposición del nombre; y María madre de Dios, que es lo que la Iglesia celebra en la actualidad.

La fiesta civil es el Año Nuevo, que no coincide con el año litúrgico (que empieza como sabemos en el primer domingo de Adviento), pero que es una de las fiestas más celebradas, con su necesario antecedente de la Nochevieja, fiesta para desearnos todos que el nuevo año esté lleno de felicidades.

Contrariamente a lo que sucede con muchas otras fiestas de la Iglesia, parece que en esta lo religioso y lo civil van cada vez más en desacuerdo. En otras celebraciones, la Iglesia se ha preocupado de “bautizar” una fiesta popular, ofreciendo motivaciones religiosas para la celebración. La misma fiesta de Navidad fue situada en estas fechas no porque en ellas naciera Jesús (no sabemos cuándo nació) sino para apropiarse de la fiesta de la luz en el solsticio de invierno y pasó luego a ser un pretexto para celebrar “la fiesta de la familia”. El año nuevo sin embargo pasa desapercibido a los ojos de la celebración religiosa, que se fija solamente en sus propios temas.

Y sin embargo sería fácil dar sentido religioso a la palabra “nuevo” desde Jesús, y desde el nombre de Jesús, e incluso desde la circuncisión. La circuncisión es la vieja ley. Jesús nace sometido a la vieja Ley, pero la romperá desde dentro, como el vino nuevo que rompe los odres viejos, como el paño nuevo que rasga el vestido viejo. Y su propio nombre “Dios salvador” muestra un “Dios nuevo”, que destruye al viejo ídolo que todos tendemos a venerar, el amo/juez que inspira temor.

Este es un tema históricamente real. La primera Iglesia tuvo que hacer esa conversión, y se nos ha entregado un documento espléndido de esta transición: los Hechos de los Apóstoles, en los que se da fe de la fortísima tensión que el problema supuso en las primeras comunidades.

A veces se ha afirmado, con bastante ligereza, que el verdadero “fundador” de la Iglesia no es Jesús sino Pablo. Es evidentemente falso, pero sí es verdad que debemos a Pablo el enorme esfuerzo para separar a la Iglesia de la vieja Ley. Que los cristianos no tuvieran que pasar por la circuncisión significa que lo de Jesús no es simplemente la plenitud de la vieja Ley, y que ésta sólo puede aspirar a la categoría de “prehistoria” de lo de Jesús, que es mucho más que su cumplimiento.

Jesús, su figura y su nombre, sus acciones y su “Abbá” son verdaderamente “nuevos”. Por esta razón, sería magnífico que en el día del Año Nuevo nuestra consideración se dirigiese mejor a la Buena Nueva, al Vino Nuevo de Jesús, a la Vida Nueva a que Jesús invita. La novedad de Jesús se concreta en nuevos valores, en nuevos criterios, nuevas maneras de ver el mundo y la vida.

En la misma línea, hoy suele ser día de deseos de felicidad. “Feliz Año Nuevo” es la frase que más repetiremos. Y también aquí sería oportuno pensar en los nuevos criterios de felicidad que ofrece Jesús. Pienso que el evangelio más apropiado para hoy sería el de las Bienaventuranzas, el “código de felicidad” de Jesús. Dichosos los pobres, los no violentos, los que sufren, los que perdonan, los limpios de corazón, los que luchan y sufren por la justicia. Oponer estos criterios de felicidad a nuestros deseos de salud, dinero, y amor es absolutamente oportuno en un día de buenos deseos como hoy.

Año Nuevo, Vida Nueva, es un buen eslogan. Eso es lo que ofrece Jesús, una Vida Nueva, completamente nueva. Hoy es el día para recordarla y deseárnosla.

En otro orden de cosas, el título de “Madre de Dios” que la fiesta de hoy otorga a María nos propone un auténtico desafío. La Teología y la devoción popular pueden estar aquí un tanto enfrentadas. La Teología sabe bien lo que dice con esta expresión, pero la piedad popular se ha visto empujada más de una vez a interpretarlo de modo poco correcto.

Es evidente que para la Teología “Madre de Dios” no significa madre de Dios Padre, ni madre del Verbo antes de su encarnación, ni madre del Espíritu Santo. Es la madre de Jesús, en quien hemos reconocido al “hombre lleno del Espíritu”, de quien decimos que “todo lo hizo bien porque Dios estaba con él”.

En definitiva, el título de “Madre de Dios” mal entendido es una negación de la Encarnación. En Jesús reconocemos a Dios hecho hombre, no a Dios con apariencia humana. De ese Dios hecho hombre es madre María, no de una apariencia humana de Dios, no de un Dios que no sea real y verdaderamente hombre.


José Enrique Galarreta sj