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sábado, 21 de enero de 2012

Dom 22. 1. 2012. Junto al río o sobre el lago, Jesús te llama

Publicado por El Blog de X. Pikaza

Dom 3 tiempo ordinario, ciclo b. Mc 1, 16-20. Hemos celebrado hace poco el “año sacerdotal”, con muchas ilusiones de algunos, pero con un éxito bastantes dudoso, según otros, pues en las iglesias existen versiones distintas de los ministerios.

Se prepara para los próximos meses el “año de la fe”, también con muchas ilusiones, pero con recelo de algunos, pues tampoco queda clara, para algunos, el verdadero sentido de la fe, que es la confianza radical en aquel que nos llama e invita a seguirle.

En estas circunstancias es bueno volver al evangelio, retomar los relatos más antiguos de las grandes llamadas de Jesús, y así lo haremos comentando el texto base de Mc 1, 16, que completaremos con la versión paralela y muy distinta (complementaria) del Cuarto Evangelio y con un excurso sobre la radicalidad de la llamada de Jesús.

Estos pasajes no resuelven todos los temas, pero ayudan a plantearlos. Para quienes han seguido este blog en los domingos anteriores, quiero decir que retomo, según el evangelio de Juan, la perspectiva de un Jesús que por un tiempo fue discípulo de Juan y buscó sus primeros seguidores entre sus compañeros de discipulado. El problema está en "casar" esa visión con la que ofrece Marcos. Buen día y buena lectura para los que quieran penetrar en este riquísimo tema.

1. Introducción

Jesús ha querido empezar su movimiento desde los pobres y campesinos de Galilea, con la ayuda de unos discípulos/compañeros, que fueran con él y como él trabajadores del Reino.

Él y sus primeros convocados fueron itinerantes de campo, en Galilea y se movieron cerca de dos capitales galileas de cierta importancia (Séforis y Tiberíades), y no muy lejos de grandes ciudades helenistas, con muchos judíos (Cesárea Marítima, Damasco, Tiro, Hippos, Gadara)… Sin embargo, no parece que Jesús entrara, ni anunciara su mensaje en ellas, posiblemente porque creía que el Reino no puede instaurarse desde las ciudades, pues son centros de un poder que oprime a los pobres.

Pensaba que la trasformación mesiánica ha de empezar por los campos y aldeas, y de esa manea caminó con los suyos, retomando las tradiciones agrícolas de los primeros hebreos, que buscaban una tierra compartida, sin guerra de conquista. Así ha En esa línea quiso que algunos de sus seguidores dejaran casa y campo, pequeña familia y posesiones, para caminar con él y convocar a los hombres y mujeres de los campos, para crear con ellos una familia más amplia, en la que todos pudiera compartir el ciento por unos en casa y campo, familia y posesiones (cf. Mc 10, 29-30 par).

Así podemos llamarle profeta campesino. No quiso preparar la llegada del Reino tomando el poder y riqueza religiosa de las clases superiores; no fue profeta regio al servicio de Herodes Antipas; ni profeta sacral, en simbiosis con los sacerdotes de Jerusalén, sino que extendió su mensaje desde los enfermos y marginados, recogiendo y desarrollando unas tradiciones antiguas de campesinas y profetas de Galilea.

De esa forma quiso reunir, desde los campos y aldeas, junto al lago de Genesaret, en el entorno de Cafarnaúm (donde se trasladó de desde Nazaret por razones que no conocemos, quizá por rechazo de sus familiares: cf. Mc 1, 21; 6, 1-5), a los herederos del antiguo Israel, para iniciar con ellos (desde los marginados, enfermos y expulsados, con mujeres y niños, y con todos los que quieran), un movimiento integrador, de Reino. Algunos lo dejaron todo y le siguieron, incluso de una forma física, por los caminos, iniciando con él una travesía de Reino, que a su juicio debía ser corta, pues contaba con que los galileos aceptarían su mensaje. Pero no llamó de esa manea a todos, sino que la mayoría de sus seguidores siguieron viviendo en aldeas y pueblo, donde Jesús y los suyos les preparaban para la llegada del Reino.

Ciertamente, su mensaje contaba con un centro y meta bien marcada (la llegada del Reino de Dios). Pero él no tenía un proyecto cerrado, un único modelo de seguimiento, sino que le escucharon y en parte de aceptaron personas de diverso tipo, unos itinerantes como él, al servicio de la predicación del mensaje; otros sedentarios, dispuestos a iniciar en las aldeas y pueblos un tipo de vida distinto, al servicio del Reino.

2. Primeros seguidores. Versión de Marcos.

Jesús llamó en especial a un grupo de seguidores especiales, como había hecho Elías, llamando a Eliseo (1 Rey 19, 19-21), de un modo imperativo, imponiéndole su manto, para que así le siguiera (que compartiera su tarea). Jesús llamó de esa manera a algunos, encargándoles más en concreto su tarea de reino:

Y pasando a la vera del Mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que estaban echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores hombre. E inmediatamente, dejando las redes, le siguieron. Un poco más adelante vio a Jacob, el de Zebedeo, y a su hermano Juan. Estaban en la barca reparando las redes. E inmediatamente les llamó; y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, fueron tras él (Mc 1, 16-20).

El texto comienza sin preparación, sin decirnos quiénes eran estos pescadores que, de ahora en adelante, serán un elemento integral del evangelio. Sólo que Jesús les llamó a la orilla del Mar de Galilea, famoso por su pesca, y que ellos, dejándolo todo, le siguieron. Sin duda, algunos motivos del relato son antiguos, y provienen de la historia de Jesús, cuyos primeros discípulos fueron, sin duda, pescadores. También es histórico el hecho de que les llamó con autoridad. No son ellos los que toman la iniciativa; es él quien les llama, con autoridad, sin preparación aparente, para hacerles pescadores de hombres.

Este apelativo (pescadores de hombre) parece original (propio de Jesús, en Galilea), pues no parece haberse utilizarse tras la pascua, y además no se ha cumplido todavía lo que evoca: No ha llegado aún la gran pesca final que Jesús les encomendó precisamente porque eran pescadores y porque la imagen de la gran “recogida” de peces le parecía adecuada y urgente, una parábola del Reino. Jesús quiso llamar a unos pescadores para que compartieran con él su tarea profética.

Esta llamada marca el comienzo de un tiempo de aprendizaje mutuo, pues Jesús confía una tarea a los cuatro pescadores, y ellos pueden ayudarle a realizarla. Tanto Simón como su hermano Andrés, lo mismo que Santiago y Juan (hijos de Zebedeo) son personajes históricos, vinculados al Mar de Galilea, que así aparece como lugar y signo de la gran “redada” escatológica. Andrés tiene un nombre griego, y Simón (en vez de Simeón) un nombre helenizado, lo que parece indicar que viven (por su pesca) en un entorno donde resulta normal el contacto con gentiles. Por el contrario, los hijos de Zebedeo, dueño de barca y patrón de jornaleros, dentro de una sociedad jerarquizada, llevan nombres “hebreos” (Juan y Jacob/Santiago), por lo que parece que pueden estar más vinculados a la tradición israelita.

Esta llamada supone que Jesus no necesita (no convoca) profesionales de la religión (sacerdotes), ni escribas, sino trabajadores normales, pescadores, que le acompañen y ayuden para el reino. Ciertamente, en un plano, la tradición del evangelio indicará que Jesús se ocupa en especial de los enfermos y marginados (posesos, leprosos, etc.), a quienes considera primeros para el Reino. Pero, en otro aspecto, para acompañarle en la tarea del Reino, la tradición añade que él ha llamado a cuatro pescadores capaces de ayudarle.

3. Un complemento: versión del Cuarto Evangelio.

En el fondo del relato anterior (de Mc 1, 16-20) debe haber un recuerdo histórico: Dos parejas de hermanos escucharon un día la llamada de Jesús y le siguieron, poniéndose al servicio de la gran pesca del Reino. Pero es muy posible que esa llamada no se produjera junto al lago de Galilea, sino en la ribera del Jordán, como sabe el Cuarto Evangelio (al menos para Andrés y Simón Pedro, con otros dos), al decir que ellos habían sido discípulos de Bautista (Jn 1, 38-45).

Históricamente resulta más verosímil la visión del Cuarto Evangelio, cuando supone que Simón y Andrés (con Felipe y Natanael) eran hombres comprometidos ya en la transformación de Israel. Ciertamente, ellos podían haber sido pescadores del mar de Galilea, pero tenían ya una historia personal de aprendizaje profético, lo mismo que Jesús, quien (según el Cuarto Evangelio) les conoció y les separó (les llamó) para su obra, en el entorno del Bautista.

Eso supondría que tanto Jesús como ellos estaban ya comprometidos en la transformación penitencial y la esperanza mesiánica (lo mismo que Jesús).Tanto el evangelio de Marcos como el de Juan pueden tener “parte” de verdad, pero la cuentan de formas distintas.

-- Marcos supone que Jesús llamó a sus primeros discípulos de un modo directo, junto al lago de Genesaret, como si no les hubiera conocido previamente, para ofrecerles una tarea completamente nueva, al servicio de la “pesca final”, es decir, del Reino de Dios. Él actúa así como Elías con Eliseo, ofreciendo a sus discípulos una tarea profética al servicio del Reino. Es improbable que las cosas hayan sucedido históricamente de esa forma; pero en el fondo del relato hay una gran verdad: Jesús ha llamado a sus discípulos para encargarles una misión tarea que es nueva, vinculada a la pesca escatológica (y resulta muy probable que les pusiera el nombre de pescadores de hombres).

-- El evangelio de Juan supone, por el contrario, que Jesús “encontró” a sus discípulos (al menos en parte) en un momento previo, junto al Jordán, donde tanto él (Jesús) como fueron por un tiempo discípulos del Bautista. Eso significa que tenían ya un aprendizaje, formando parte de eso que pudiéramos llamar la “élite profética” (escatológica) de Israel. En esa línea, continuando en la línea de lo dicho en cap. 6, podemos afirmar que el movimiento de Jesús empezó siendo una variante del de Juan Bautista. Sin duda, el impulsor del movimiento fue, con su experiencia nueva, iniciando la tarea del Reino, de tal forma que el despliegue posterior de su mensaje (vinculado después a su muerte y a la “pascua”) resulta inseparable de su persona. Pero en la raíz de ese movimiento hay también otras personas, en especial su discípulos, con quienes él compartió su tarea de Reino.

– El Cuarto Evangelio presenta la escena de un modo históricamente más plausible, situando a los primeros discípulos de Jesús en el contexto de Juan Bautista. Por el contrario, Marcos ofrece una visión más simbólica (y teológica). El Cuarto Evangelio es más realista y reconoce el carácter “histórico” de la vocación de los primeros discípulos, desde la perspectiva de Juan Bautista. Marcos es más simbólico y su relato se encuentra más idealizado.Probablemente, Marcos conoce también la tradición que está al fondo del relato del Cuarto Evangelio, y sabe que estos pescadores habían sido discípulos de Juan, pero eso no le importa, pues, a su juicio, como hemos destacado ya, en Jesús empieza algo totalmente nuevo.

El Jesús de Marcos no pregunta a las dos parejas de hermanos de dónde vienen, sino que les llama y ellos responden: eso es todo. Jesús les mira, viendo lo que hacen (echan las redes en el mar) y les interrumpe, pues quiere convertirles en pescadores “de otra pesca”. Según Jn 1, 44, Simón y Andrés provienen de Betsaida, que es probablemente la Betsaida Julias, ciudad más helenizada, al otro lado del alto Jordán, antes de entrar en el lago, en la tetrarquía de Felipe (en la Gaulanitide y no en la Galilea estrictamente dicha).

4. Ampliación y excurso. Una llamada radical.

Junto al llamamiento de esos cuatro pescadores, la tradición ha conservado tres pasajes igualmente significativos que nos sitúan en las raíces del movimiento cristiano. Los dos primeros (Lc 9, 57-60; cf. Mt 8, 18-22) provienen del Q y tienen probablemente un fondo histórico. El tercero (Lc 9, 61-62) parece creación de Lucas, pero es también muy significativo. El primero dice así:

Uno (Mt: un escriba) le dijo mientras iban de camino: ¡Te seguiré dondequiera que vayas!
Jesús le dijo: Los zorros tienen madrigueras y las aves del cielo nidos,
pero el “hijo del hombre” no tiene dónde reclinar la cabeza (Lc 9, 57-58; Mt 8, 18-20).

El aspirante, a quien Mateo llama certeramente escriba (desde la perspectiva posterior de la iglesia y del judaísmo rabínico), está buscando autoridad. Parece que la tenía y quiere mantenerla, ofreciéndose a Jesús como experto, intérprete del Libro. Todo parece indicar que es hombre honrado en el judaísmo, que disfruta un buen puesto y espera conservarlo con Jesús, pues su grupo necesitaría letrados de buen conocimiento, como los que aparecen en Misná (Abot) y en la tradición cristiana posterior.

Pero Jesús no quiere autoridades, ni expertos de ese tipo, ni personas que busquen seguridades, y así responde al aspirante con un refrán que parece conocido en el entorno: “Los zorros tienen madrigueras...”. Los animales buscan y obtienen posesión-seguridad dentro del mundo, según unos principios que reflejan la providencia de Dios, como el mismo Jesús sabe: “Po os preocupéis..., mirad los pájaros del cielo” (Mt 6, 25-35 par). Pero aquellos que le siguen, al servicio del Reino, han de estar dispuestos a perder esas seguridades.

La palabra aquí empleada (hijo del hombre) tiene aquí un sentido extenso y significa simplemente “el hombre”, como el ser más desamparado de la tierra (como sabe el pensamiento griego). Pero Jesús no se refiere sencillamente al “hombre” en general, sino al “hombre en búsqueda de Reino”. Él mismo (Jesús) tenido que dejarlo todo para ponerse al servicio de la obra de Dios. De manera consecuente, también sus seguidores deberán dejarlo todo por el Reino. Sobre ese fondo avanza el segundo pasaje, que insiste aún más en el compromiso radical que exige el Reino:

(Jesús) dijo a otro: Sígueme.
Pero él dijo: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre.
Él le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos.
Y tú ¡vete y anuncia el reino de Dios! (Lc 9, 59-60; Mt 8, 21-22) .

Jesús sabe que es preciso ayudar a los padres necesitados (cf. Mc 7, 8-13; Mt 15, 3-6; cf. cap. 10). Pero, en otro sentido, según el documento Q, Jesús ha contrapuesto de manera hiriente su autoridad (expresada en el anuncio del Reino), y el poder que pretende un padre patriarcal. El postulante desea "enterrar a su padre", quien aparece así como signo de Dios en un mundo jerárquicamente organizado (en una familia patriarcal), aceptando su autoridad hasta el fin de su vida. Pues bien, Jesús responde elevando el compromiso del Reino por encima de la misma ley de la familia antigua:

Deja que los muertos entierren a sus muertos... El poder social y religioso del padre patriarcal pertenece al mundo antiguo, al espacio de cosas que mueren (=de los muertos). Allí donde se impone ese tipo autoridad patriarcal no puede expresarse la del reino. La autoridad patriarcal va ligada poder de la genealogía, con los intereses del grupo que se justifican y sostienen a sí mismo, creando un mundo cerrado, excluyendo a los pobres, leprosos, huérfanos, enfermos.

Por eso, quedarse para enterrar al padre supone seguir cultivando un orden de exclusiones y de clases bien establecidas, de imposiciones y jerarquías, con su autoridad genealógica y familiar, en un mundo que se reproduce para la muerte. Por eso, hay que dejar que los muertos entierren a sus muertos.

Tú, vete y anuncia el reino de Dios. Jesús le ha escogido para el Reino y él debe responderle Ciertamente, el Reino incluye cariño gratuito y cuidado de los necesitados. Pero, precisamente por ello, tiene que superar la estructura patriarcal, basada en el orgullo de grupo (buenos padres y familias) y en la nobleza genealógica, que la tradición posterior (códigos familiares de Col, Ef y 1 Ped y Pastorales) sacralizará de nuevo en ámbito cristiano. Precisamente para anunciar el reino ese postulante debe abandonar al padre patriarcal, descubriendo y cultivando la presencia de un Dios “inverso”, que se revela en los necesitados y excluidos, en aquellos que no tienen padre que pueda defenderles. Jesús nos lleva así del padre jerárquico (dentro de un grupo donde se impone la autoridad genealógica, en línea de talión autosuficiente) al Padre de la gratuidad universal y/o de los pobres, representado por el Reino.

Esas dos primeras llamadas nos sitúan en el centro de la dinámica familiar del Reino, de la que tratará el capítulo siguiente de este libro. La tercera resume y amplía las anteriores. Sabemos que Jesús no ofrece a sus seguidores una ventaja social (no tiene donde reclinar su cabeza: Lc 9, 58) ni familiar (no deja "enterrar" al padre: Lc 9, 60). Quienes le siguen deben mantener su opción de un modo consecuente:

Otro le dijo también: Te seguiré, Señor, pero primero permite que me despida de los de mi casa. Pero Jesús le dijo: Nadie que haya puesto su mano en el arado y siga mirando atrás es apto para el reino de Dios (Lc 9, 61-62).

Este pasaje puede haber sido construido por el mismo Lucas, invirtiendo la dinámica de la llamada de Elías a Eliseo, que podía y debía despedirse de sus familiares, pidiéndoles permiso antes de seguir a su maestro (1 Rey 19, 20). También este postulante quiere mantener los lazos familiares, al separarse de su casa, pero Jesús le exige que los rompa. Ha iniciado un camino (ha tomado el arado), debe mantenerlo.

Estas tres unidades (Lc 8, 18-22) nos llevan al corazón del evangelio, allí donde Jesús ha superado un tipo de ley genealógica y poder social, para iniciar su movimiento de Reino. Atrás quedan los muertos, representantes de la autoridad patriarcal, en línea del dinero, queriendo imponerse por la fuerza (cf. Mc 10, 28-30).

Jesús dirá en ese contexto: “No podéis servir dos señores, a Dios y a la mamona” (Lc 16, 13; Mt 6, 24), pues autoridad del Reino se expresa como fraternidad universal, desde los pobres.