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sábado, 31 de marzo de 2012

Dom 1 IV 12. Domingo de Ramos: Procesión y provocación


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Subió Jesús a Jerusalén cuando llegaban los días de Pascua y se celebraba la memoria del nacimiento del pueblo (liberación de los hebreos de Egipto), decidido a implantar el Reino de Dios. Subió para proclamar e instaurar la soberanía mesiánica del pueblo liberado, en un ambiente de fuerte esperanza, vinculada no sólo al paso por el Mar Rojo (cf. Ex 12-15), sino a la memoria real de David, como portador de un nuevo pacto, centrado en el perdón, pero también en la transformación de la ciudad y del mundo.

Vino por el Monte de los Olivos, por donde, según la tradición, debían llegar los liberadores de Dios, para liberar la ciudad, expulsando a sus gobernantes perversos, e instaurando el Reino de la justicia de Dios, y lo hizo preparando y siguiendo una “liturgia” que miles y millones de cristianos querrán repetir en las procesiones del próximo domingo, que es Día de Ramos.


Muchas procesiones cristianas de este día de Ramos, con borriquilla y con niños cantando, con oros y platas, tambores e incluso soldados de fiesta en las calles, son dignas de recuerdo y resultan incluso emocionantes. Pero no todas reflejan la procesión de entrada de Jesús en Jerusalén (sino que esconden y falsifican su sentido), como indicaré en lo que sigue.

Ciertamente, Jesús preparó y realizó una procesión, con asno y todo, con ramos y cantos, siguiendo la liturgia antigua de las procesiones de los peregrinos que entraban cantos (los salmos graduales, de subida) en la ciudad de las promesas. No fue Jesús quien inventó esa procesión, que existía desde antiguo, pero la reformó y adaptó cuidadosamente, para indicar con ella la llegada de la libertad y justicia salvadora del Reino de Dios.

En esa línea, Jesús convirtió la procesión ritual antigua en “nueva provocación”, quizá la más honda y duradera (más esperanzada) de todas las que recuerda la historia.

-- Entró en un asno, como rey mesiánico, rodeado de peregrinos galileos que cantaban los himnos de la libertad, frente a las autoridades militares y sacerdotales (que tuvieron miedo, y terminaron por matarle).
-- Entró protestando contra los poderes establecidos, de las armas y el dinero del templo, anunciando la nueva libertad de Dios y de los hombres, es decir, el Reino.
-- Entró con un gesto fue bella, con incluido, con cantos y niños en fiesta… Pero más que una procesión de las actuales, que marcan el comienzo de una Semana Santa muy religiosa, la suya una gran provocación, la “marcha alternativa” que marca el comienzo de los nuevos tiempos.

Más que a las procesiones de gran parte de nuestras ciudades de hoy (¡benditas sean!) se pareció a la provocación de aquellos hombres y mujeres que siguen protestando sin armas frente al poder de los armados y ricos señores del mundo, en estos mismos días, con huelgas laborales, con grandes protestas de los pobres del mundo que quieren y buscan un tipo de libertad y comunión como aquella que Jesús buscaba y promovía cuando entró en la ciudad.

Buen domingo a todos, en lo que sigue comentaré el evangelio del días, que es muy piadoso, siendo inmensamente provocador.

Asno real, un camino de reino

Llegó a Jerusalén de manera pacífica, pero muy provocadora, en gesto de triunfo, porque instaurar el Reino como él proponía, implicaba un reto para el sistema imperial de Roma y para la política sacerdotal del templo. Así vino, a pleno sol, en el momento y lugar más concurrido (el día primero de la semana de Pascua, desde el Monte de los Olivos), como pretendiente davídico (nazoreo), entre peregrinos galileos.

Venía por Jericó y debía pasar por el Monte de los Olivos, lugar clave en la tradición mesiánica de Israel (cf. Zac 14, 4), como recuerda Flavio Josefo, al hablar de un judío egipcio, que se apostó en ese mismo lugar, años más tarde, esperando la caída de los muros cercanos de Jerusalén, para tomar después la ciudad (cf. Ant 20, 169-172). Pero Jesús no “provocó” la caída de los muros, sino que quiso entrar directamente, montado sobre un asno pacífico, sin armas. Vino como mesías davídico, pero, a diferencia de David, no quiso conquistar la ciudad, ni provocar militarmente a Roma, de manera que los soldados del César le vieron entrando, desde la Torre Antonia, sin intervenir, aunque Pilatos su jefe debió tener miedo y por eso, después, le condenó a morir, poniendo como causa: Jesús Nazoreo, Rey de los Judíos (Jn 19, 19; cf. cap. 34).

Vino como peregrino, con (como) otros galileos (por el camino de Jericó) y, de un modo especial, con sus discípulos, para celebrar, en la ciudad de las promesas, la fiesta de la libertad del pueblo. Era tiempo de Dios, y en su nombre vino, realizando su signo, como Mesías de Dios. Había cumplido su misión en Galilea, y llegó a culminar su tarea, ante las autoridades, entrando abiertamente sobre un asno, de una forma no militar, pero muy provocadora, condenando a los poderes de la ciudad, e invitando a todos al Reino:

Y cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos con este encargo: Id a la aldea de enfrente. Y en seguida, entrando en ella, encontraréis un asno atado, sobre el que nadie ha montado todavía. Soltadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, le diréis: El Señor lo necesita y en pronto lo devolverá. Los discípulos fueron, encontraron un asno atado junto a la puerta, fuera, en la calle de fuera, y lo soltaron. Algunos de los que estaban allí les preguntaron: ¿Por qué desatáis el asno? Los discípulos les contestaron como les había dicho Jesús, y ellos se lo permitieron. Y llevaron el asno a Jesús, y colocaron encima sus mantos y él se sentó sobre él (Mc 11, 1-7).

Según Marcos (cf. 8, 31; 9, 31; 10, 32-33), Jesús sabía que le condenarían a muerte por hacer lo que hacía, pero, como saben los buenos creyentes, las profecías de la Biblia no están ahí para que se cumplan de un modo fatalista, sino para abrir un camino, de forma que las cosas puedan situarse en el proyecto de Dios y entenderse mejor. Jesús había “profetizado” (previsto) su muerte, pero no para que le mataran, sino para que aquellos que podían matarle pensaran mejor cambiaran. Jesús quería que los habitantes de Jerusalén le recibieran y se comprometan con él, para esperar y promover el Reino (evitando su muerte). Así llegó, preparado para morir, pero con deseo de vivir, de instaurar y recibir el Reino, pues éste es el momento de Dios.

Llegó para cumplir su promesa (la promesa de Dios: Jerusalén será ciudad del Reino, liberada, fraterna, solar de justicia…), pero sin medios militares o económicos para culminar su obra, sin autoridad sacerdotal o jurídica para imponer su propuesta. Vino “a cuerpo”, con los suyos, con los cantos de la liberación del pueblo, de manera muy provocadora, y de esa forma quedó en manos de las autoridades, que decidirán su suerte. No quería que le mataran (cf. cap. 22), sino que los hombres acojan el Reino de Dios y así lo dice con el signo del asno, desde el Monte de los Olivos, elevando su apuesta de Reino, en el lugar de máxima esperanza y conflicto de Israel, como profeta mesiánico, sabiendo que sólo un milagro (el milagro del Reino) podrá evitar la muerte:

– Cuando se acercaban a Jerusalén por Betfagé y Betania (Mc 11, 1a-b). El relato empieza con la evocación de la ciudad del Gran Rey (cf. Sal 48, 3), donde Jesús entrará como portador y heredero de las promesas mesiánicas, en nombre de aquellos a quienes ha prometido el Reino. No es fácil reconstruir el itinerario, pues Betania (= Casa de la Aflicción), se encuentra más lejos de Jerusalén, a unos tres km del templo, al otro lado del Monte de los Olivos, mientras que Betfagé (=Casa de los Higos) está ya casi en el mismo Monte de los Olivos, a la vista del templo (a un km de distancia). El evangelio debería haber dicho que pasaron por Betania (lugar de preparación) y que, al llegar a Betfagé (a las puertas de Jerusalén), Jesús quiso disponer el asno. Pero el texto invierte el orden de lugares, y no sabemos por qué.

– Junto al Monte de los Olivos (11, 1c). Ésta es la indicación más importante, pues Zac 14, 4 había dicho que Yahvé se manifestará sobre ese monte, partiéndolo en dos, para que pasen los triunfadores mesiánicos, entrando en Jerusalén de forma victoriosa. Por su parte, Flavio Josefo recuerda que el 56 dC, un judío egipcio, de nombre desconocido, subió con gran gentío al Monte de los Olivos, anunciando desde allí la caída de los muros de Jerusalén, pero Félix, gobernador romano, mató a muchos y apresó a otros, aunque parece que el egipcio logró escapar con vida (Ant 20, 8, 6; cf. Bell 11, 13, 5). Pues bien, Jesús quiso entrar por ese monte, pero sin abrirlo en dos ni anunciar la caída de Jerusalén, sin armas de Guerra, en un asno de paz.

– Asno prestado y nuevo (11, 2-6). Marcos ha concedido mucha importancia a la preparación del asno, que dos discípulos deben pedir prestado (pues su amo, Jesús, no posee ni un asno). El texto supone que Jesús tiene conocidos en la zona del asno, a la entrada de la aldea (que parece ser Betfagé), en el amphodos o “calle de circunvalación”. No es asno suyo, él no tiene ninguno, pero cuenta con amigos que se lo prestan, un asno nuevo, no un caballo guerrero (cf. Zac 9, 9). Es asno de rey (es decir, no domado todavía), pues un rey no podía cabalgar sobre un asno o caballo montado por otros. Es un signo regio de vida campesina y concordia, asno de campo y labranza, no de guerra (Zac 9, 9; cf. Gen 49, 11; Num 19, 2; Dt 21, 3; 1 Sam 6, 7), que sirve a Jesús para decir que no quiere imponerse por las armas, sino con un tipo distinto de señorío, retomando las tradiciones campesinas de su pueblo .

–Preparación y entronización (11, 7). Los discípulos cumplen lo que Jesús ha pedido, para que el Kyrios, Señor (11, 3) entre en su ciudad, como rey pacífico, peregrino del Reino entre los galileos, que vienen a Jerusalén por el Monte de los Olivos. Como el asno no tiene arnés, ni aparejos (¡es un asno nuevo, nunca montado), los discípulos extienden sus propios vestidos (sus mantos) en la grupa, para que así Jesús pueda montar con dignidad; es un asno nuevo, no domado, pero es pacífico y Jesús puede entrar sobre su grupa en la ciudad, bajando por el monte de los Olivos, el lugar por el que llega el Dios de paz (no los muchos conquistadores que han tomado desde allí militarmente la ciudad, a lo largo de los siglos).

No se dice que subió y montó (epibainô) como sería normal, sino que se sentó (ekathisen), como rey sobre el trono. Probablemente, el evangelio quiere evocar la imagen de Salomón entronizado sobre la mula de David, su padre, a quien sucede (cf. 1 Rey 1). Pero Jesús no se monta y asienta en la mula de un rey anterior, sino sobre en un asno nuevo (prestado), de campo. Dos discípulos lo han buscado y él se “entroniza” como rey mesiánico, iniciando la procesión más provocadora de la historia humana, la Marcha del Reino, a la vista de todos, hasta la ciudad, condenando sin armas a todos los guardianes armas del mundo. Él mismo ha preparado y trazado su entrada, pero sus discípulos colaboran, como actores principales, tomando en sus manos la iniciativa de los acontecimientos .

–- J. Ratzinger, Jesús de Nazaret II, Encuentro, Madrid 2011, 13-20, ha interpretado el gesto de Jesús como cumplimiento de las profecías. «En primer lugar, las palabras de Génesis 49, 10s, la bendición de Jacob, en las que se asigna a Judá el cetro, el bastón de mando, que no le será quitado de sus rodillas «hasta que llegue aquel a quien le pertenece y a quien los pueblos deben obediencia». Se dice de Él que ata su borriquillo a la vid (49,11). Por tanto, el borrico atado hace referencia al que tiene que venir, al cual «los pueblos deben obediencia… Más importante es aún Zacarías 9,9, el texto que Mateo y Juan citan explícitamente para hacer comprender el Domingo de Ramos: “Decid a la hija de Sión: mira a tu rey, que viene a ti humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila” (Mt 21, 5; cf. Za 9,9; Jn 12,15)… Por ahora retengamos esto: Jesús reivindica, de hecho, un derecho regio. Quiere que se entienda su camino y su actuación sobre la base de las promesas del Antiguo Testamento, que se hacen realidad en Él. El Antiguo Testamento habla de Él, y viceversa: Él actúa y vive de la Palabra de Dios, no según sus propios programas y deseos. Su exigencia se funda en la obediencia a los mandatos del Padre. Sus pasos son un caminar por la senda de la Palabra de Dios. Al mismo tiempo, la referencia a Zacarías 9,9 excluye una interpretación “zelote” de la realeza: Jesús no se apoya en la violencia, no emprende una insurrección militar contra Roma. Su poder es de carácter diferente: reside en la pobreza de Dios, en la paz de Dios, que Él considera el único poder salvador».

Entrada mesiánica.

No viene a morir (que le maten), sino para remover la conciencia de los dueños de la ciudad (soldados, sacerdotes), para que se dejen cambiar y le reciban, y acepten su Reino. Viene sabiendo que pueden matarle, pero él mismo les provoca, dejan que los suyos les provoquen con el gesto de la entrada y con el canto.

Y muchos tendieron sus mantos por el camino y otros hacían lo mismo con ramas que cortaban en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las Alturas! (Mc 11, 8-10)

Éste pasaje ha sido recreado por la tradición, y cada evangelista (cf. Mt 12, 1-9; Lc 19,28-38; Jn 12, 12-16) lo ha matizado. Pero en su fondo hay un recuerdo histórico: Jesús entró en la ciudad entre peregrinos de pascua, con gesto provocador, que remite a David, antiguo rey militar, conquistador armado (2 Sam 5, 6-16), proclamando así la llegada del Reino de Dios (y condenando implícitamente a los que actúan como reyes del mundo, soldados y sacerdotes de Jerusalén). David había tomado la ciudad para instaurar un reino político. Jesús, en cambio, viene como peregrino mesiánico, para celebrar la Pascua que ha de ser el tiempo decisivo del Paso de Dios, instauración del Reino, dejando que sus discípulos y seguidores entiendan e interpreten el gesto como una parábola del gran cambio de los tiempos.

Es posible que sus discípulos no entiendan del todo lo que Jesús quiere, sino que le acompañan con otras esperanzas e intenciones, formando un cortejo ambiguo, soñando en un tipo de dominio distinto sobre la ciudad, quizá en un pacto con los sacerdotes. De todas maneras, ellos parecen protagonistas de un triunfo que va a llegar, y Jesús les deja hacer. Antes había pedido silencio (cf. Mc 8, 30), que no digan que él es el Cristo. Ahora quiere mostrarse abiertamente (aunque con asno prestado, sin ejército ni medios económicos). Sus discípulos pueden pensar que Dios cambiará pronto las cosas; Pedro (cf. Mc 8, 32) y los Zebedeos (cf. 10, 35-37) supondrán que ha llegado la hora de su triunfo.

Un signo para ser interpretado.

En el contexto anterior deben vincularse al fin las estrategias de los diversos intérpretes del drama mesiánico: Discípulos de Jesús y galileos que vienen como peregrinos, esperando la llegada del Reino en las fiestas de pascua; habitantes de Jerusalén, autoridades... Jesús suscita el gesto, provoca y espera: Ha preparado el signo, se sienta como rey en el asno, y deja que otros lo sigan, iniciando una liturgia mesiánica intensa, de insurrección intensa, dramática, que definirá todo lo que sigue (reacción de las autoridades, abandono de los discípulos, su muerte).

Por un momento, él deja que los discípulos hagan y así viene, sentado sobre un asno, rodeado de un cortejo mesiánico, ante las puertas de Jerusalén. En un sentido, todo parece normal, en tiempo de fiesta, y en un primer momento Pilato no interviene; también él deja que pasen las cosas, esperando quizá que todo se resuelva por sí mismo, y que los galileos vuelvan pronto a su tierra, pues el signo del asno y los cantos no son en principio peligrosos en plano militar. Otros peregrinos entraban también en la ciudad, siguiendo un ritual en parte semejante (con salmos rituales o de peregrinación: Sal 129-133), aunque sin gestos de asnos y cantos tan altos de reino. Ciertamente, el gesto es peligroso (y el gobernador terminará teniendo que matar a Jesús por lo que hace al entrar así en la ciudad), y, en sí mismas, llegada de Jesús y las mismas palabras del canto pueden entenderse en sentido convencional, como expresión de una fiesta judía de pascua aceptada en principio por Roma.

– No hay nada delictivo en el canto de los peregrinos (Hosanna), pidiendo a Dios su ayuda: ¡Sálvanos ahora, sálvanos por favor! (cf. Sal 118, 25). Ésta es una aclamación polivalente, cuyo sentido sólo se puede deducir por el contexto, de forma que podría interpretarse como petición dirigida a Jesús (¡Sálvanos ya, por favor, de los romanos!), o al mismo Dios, como pensaban la mayor parte de los peregrinos. Pero ellos pueden entenderse como canto dirigido a Jesús, a quien se le pide que salve a los peregrinos y a la ciudad, liberándola de los soldados de Roma y de los malos sacerdotes del templo.

– Tampoco son delictivas las invocaciones que siguen (¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino de Padre David que viene!), propias del ritual judío, de aquellos que buscan a Dios y le invocan a Dios ante Jerusalén, pidiendo que llegue su Reino (reino de David). Estrictamente, esos cantos, dirigidos a Dios, que culminan con el Hosanna en la Alturas (= la salvación viene de Dios), no van contra los sacerdotes ni el Gobernador romano. Pero ellos pueden aplicarse a Jesús, que aparece como portador del Reino de David, viniendo a convertirse en “peligrosos” (cf. Sal de Salomón 17), de manera que, al fin, Pilato tendrá que matar a Jesús precisamente por ellos.

Toda la escena, condensada en las palabras del himno, aparece como parábola con un final abierto. Jesús ha iniciado el gesto, pero después ha dejado que sus seguidores galileos lo interpretan y actúen, para así discernir lo que puede ser su próximo gesto, su compromiso siguiente por el Reino. Por ahora, los sacerdotes y los soldados callan, dejando que el profeta galileo se defina y manifieste su postura. Sea como fuere, la entrada nos sitúa ante el momento culminante del proyecto de Jesús. No está en juego una visión espiritual de Dios, sino su presencia y acción en la historia, empezando por Jerusalén; Jesús tiene que ver y decidir cuál será su siguiente paso, tras entrar en la ciudad. A plena luz, ante los ojos de todos, muestra Jesús su proyecto:

− Jesús ha desvelado su proyecto de un modo parabólico. Todo lo que hace puede entenderse desde la lógica de un peregrino galileo que viene a Jerusalén en las fiestas de Pascua, con otros miles de galileos, como si fuera (y es) la fiesta final, la instauración del Reino. Lógicamente, él introduce su mensaje en la alegría popular de pascua. No se cierra en un grupo de conspiradores ocultos, no se aísla ni esconde. De manera abierta, entre la multitud, baja desde el Monte sobre un asno, como rey pacífico y sube a la ciudad, para quedar en ella o en su entorno hasta que llegue el Reino. Los jerosolimitanos pueden pensar que se trata de algo ya sabido, un año más, como ha sido y será. Pero Jesús sabe que ésta ha de ser la fiesta definitiva del Reino, y los sacerdotes y Pilato saben también que si triunfa el proyecto de Jesús ellos deben (al fin) renunciar al suyo, no podrán seguir dominando la ciudad como ahora hacen.

− Discípulos y pueblo de Galilea le acompañan o, mejor dicho, se sienten protagonistas mesiánicos de su fiesta, que vincula la nueva pascua que se celebrará dentro de unos días (paso liberador de Dios) con el reino David que ha de llegar. Muchos de los que vienen con él (especialmente sus Doce) esperan quizá todavía la llegada mágica del Reino, un triunfo mesiánico externo, el dominio de Dios. Posiblemente, la mayoría no han logrado entender su proyecto y le siguen, buscando lo que significa el asno de Zac 9, 9. Es evidente que los caminos de Dios y los hombres continúan abiertos; sacerdotes y Pilato tienen razones para sentirse amenazados por este nazoreo.

− Autoridades y pueblo de Jerusalén. La tradición evangélica supone que en este primer momento las autoridades callan y el pueblo de Jerusalén en cuanto tal se inhibe (la fiesta del asno de los ramos ha sido de los galileo). Jesús h entrado Jesús con ellos y nadie ha respondido. No han salido a detenerle en la puerta de la ciudad o del templo, en contra de lo que podía suponerse desde Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33-34. Pero tampoco han venido a recibirle y sumarse a su movimiento de Reino. Es como si hubiera un gran silencio, una gran incertidumbre. Esta mudez de los poderosos (y de la ciudad) se eleva como un presagio fatal ante la entrada de Jesús.

Así han presentado los evangelios la trama de Jesús, en su entrada a la ciudad. Mientras los galileos cantan al que viene en nombre de Dios (¡benditos los que suben a la fiesta!: cf. Sal 118, 25-26), anunciando el Reino, la ciudad de los sacerdotes y escribas, vigila y calla. Jesús ha sembrado el Reino, ha proclamado su llegada en la Ciudad de Dios. Tiene que esperar las reacciones del pueblo y de las autoridades.