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viernes, 9 de marzo de 2012

III Domingo de Cuaresma (Jn 2,13-25) - Ciclo B: Cuando Jesús coge la escoba



Una escena a la que estamos poco acostumbrados.
Del Jesús manso y humilde de corazón pasamos hoy a un Jesús indignado y violento que todo lo pone de patas arriba.
Echa del templo a ovejas y bueyes.
Tira por los suelos las mesas de los cambistas,
Y a los vendedores de palomas les ordena dejar libre el espacio.
¿Jesús justificando la violencia, como muchos quisieran?
¿Jesús justificando la fuerza y el látigo para limpiar el templo?
¿Jesús irrespetuoso con el espacio sagrado del templo?
¿Jesús provocando la violencia dentro del mismo templo?

La mansedumbre y la humildad no están reñidas con el celo y la verdad.
La mansedumbre y la humildad no significan pasividad y dejar que las cosas sigan igual.
La mansedumbre y la humildad no significan silencio ante lo que está mal y es preciso cambiar.

Jesús no puede soportar ver la casa de Dios:
Convertida en un mercado.
Convertida en un negocio.
Convertida en venta y compraventa.
Convertida en ganancia y dinero.

Ser bueno no significa ser indiferente a todo.
Ser bueno no significa ser pasivo.
Ser bueno no significa cerrar los ojos a lo que está mal.
Ser bueno no significa callar cuando hay que hablar.
Ser bueno no significa dejar que las cosas que están mal sigan igual.
Ser bueno no significa guardar silencio cuando el templo ha perdido su sentido.

Si todavía hoy leemos y proclamamos este gesto de Jesús, supongo que no será simplemente para recordar un momento del pasado.
La Palabra de Dios se proclama y se dice para hoy.
Por tanto tiene que tener una resonancia también hoy.
¿Tiene actualidad hoy este gesto de violencia y de celo de Jesús en la Iglesia?

No es fácil asumir actitudes como las de Jesús en el lugar sagrado por excelencia.
Mientras se trate del mundo, de la sociedad todo nos parece legítimo.
Pero ¿tendremos el mismo criterio cuando está de por medio la Iglesia?
¿Será fácil asumir estas mismas actitudes hoy en la Iglesia?
También la Iglesia tiene que hacer su propia autocrítica, porque sin ese juicio de discernimiento corremos el peligro de no ver nuestra realidad.
¿Será hoy la Iglesia “casa del Padre?”
¿Será hoy la Iglesia “casa de oración?”
¿Será hoy la Iglesia “signo del Reino?”
¿Será hoy la Iglesia “sacramente del Crucificado-resucitado?”
¿Será hoy la Iglesia “sacramento de servicio a los hombres?”

La pregunta que hoy todos tendremos que hacernos tiene que ser:
¿Qué cosas en la Iglesia no responden a las exigencias del Evangelio?
¿Qué cosas en la Iglesia no responden a lo que Dios espera de ella?
¿Qué cosas en la Iglesia tendrán que cambiar para ser la Iglesia de Jesús?
¿Qué cosas en la Iglesia son más obra de los hombres que obras del Espíritu?

Porque no creo que nadie se imagine que en la Iglesia no hay muchas cosas que limpiar.
Porque también hoy la Iglesia puede convertirse en un mercado.
Tal vez no vendamos bueyes y ovejas.
Tal vez no pongamos mesas de cambio de moneda.
Pero hay muchos tipos de mercado:
¿A caso no corremos el peligro del mercado de dignidades?
¿A caso no corremos el peligro del mercado de la salvación?
¿A caso no corremos el peligro del mercado de lo espiritual?
¿A caso no corremos el peligro de títulos y poder?

No olvidemos que la Iglesia está hecha de hombres.
Y que los hombres somos débiles y, no siempre vivimos en fidelidad a las exigencias del Evangelio.
Y que los hombres no siempre somos fieles al Espíritu.
Y que también en nuestro corazón hay mucho de egoísmo.

No se trata de caer en una actitud de crítica amarga, sino una crítica que nazca del Espíritu. No para manchar y desacreditar a la Iglesia sino para purificarla y hacerla brillar cada vez más con la verdad del Evangelio.

Pensamiento: Quien piensa que todo es trigo en nuestras vidas, se olvida que también cerca crece la cizaña.