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domingo, 8 de abril de 2012

Ophthê. Se nos ha dado a ver: la Pascua de Cristo


Publicado por el Blog de X. Pikaza

Hemos celebrado esta noche (del 7 al 8 del IV de 2012) la Gran Pascua Cristiana y Mabel y yo hemos tenido el gozo hacerlo con la Comunidad de Carmelitas de Salamanca (fundadas por Santa Teresa). En ese contexto quiero presentar hoy el sentido de la resurrección de Jesús, siguiendo en la línea de los últimos posts, centrados en gran parte en la visión de A. T. Queiruga y en la Notificación de la Comisión de la fe de la CEE.

Mi exposición se basa en la primera palabra que conservamos sobre el tema (1 Cor 15), en la que Pablo afirma de un modo tajante que todos los cristianos estamos unidos en y por esto: Jesús ha resucitado y de esa forma ophthê, se ha podido mostrar y se ha mostrado a los cristianos, hasta el día de hoy.

La “prueba” cristiana de la resurrección no es una posible tumba vacía de Jesús, sino sus apariciones o visiones, es decir, las experiencias de su encuentro con discípulos y seguidores, es decir, su presencia en ellos.

-Éste es un ver que es cambiar (ser cambiado)
-Un ver que es comprender a Jesús, aceptar su evangelio
-Un ver que es empezar a vivir desde el Dios de Jesús
-Un ver que es un ser y hacer ser (compartir) la vida desde el Cristo
-Nosotros, cristianos, que hemos visto y nos hemos dejado cambiar somos los testigos de la pascua de Cristo.


Hablar de la Pascua de Cristo es hablar de su Vida en la vida de aquellos que primero le han visto, y se han dejado cambiar, y han empezado a ser testigos de su presencia en el mundo, testigos del Dios de Jesús: Pedro y los Doce, Pablo y los apóstoles, Santiago y las mujeres... una larga lista de testigos en la que por gracia de Dios podemos incluirnos nosotros...

Desde ese fondo digo que las apariciones (experiencias pascuales de los cristianos) pertenecen a la historia de Jesús y así voy a presentarlas, como final de esa historia, como ratifica Pablo, ofreciendo una clave central de la experiencia cristiana. Estas apariciones son un ver que es entender (ser entendido), un vivir que dejarse transformar (ser vivido...). Desde ese fondo quiero felicitat a todos los lectores de mi blog, antes de comentar el texto de Pablo (1 Cor 15):

Feliz pascua de Dios.

Celebramos una vez más su Paso por la vida de los hombres,
siguiendo el esquema de un famoso Targum de las cuatro noches.

Su primer paso fue para todos los seres del cielo y de la tierra,
la creación, cuando en la noche de los tiempos,
Dios dijo que se hicieron, y surgieron por su voz todas las cosas,
estrellas y mares, tierras, animales, hombres,
escuchando su Palabra.

Su segundo paso fue,para judíos y cristianos
(y para los musulmanes y todos los creyentes),
en la noche de la Akedah, la ligadura,
cuando Abraham ató a su hijo,
y pensó que debía sacrificarle, pero Dios le dijo:
¡Detén tu mano! Yo no estoy en la muerte, sino en la vida;
quiero que viva tu hijo y que vivan todos los hijos de los hombres,
ese será mi paso entre vosotros.

La tercera noche, el tercer paso de Dios, fue para los hebreos,
esclavos en Egipto, cuando buscaron la libertad,
tras comer el cordero, pasando por las aguas del Mar Rojo.
Allí estaba Dios en el mar, y pasó con ellos, y prometió libertad,
para siempre, para todos los hombres y mujeres, en este duro mundo
de faraones y esclavos.

La cuarta noche, pascua de la libertad definitiva, fue la de Jesús,
Hijo de Dios, que aceptó la muerte de los hombres por amor,
crucificado con ellos, por ellos, saliendo de la tumba.
Es la noche definitiva de Dios, abierta para siempre a la luz
de la Vigilia de Pascua, un día que no acaba.
Esta es la noche que recoge y recapitula todas las noches
anteriores, todos los "pasos de Dios":

-- El paso de la creación, cuando dijo "sean" y han sido.
-- El paso de atadura vencida, cuando desató al hijo de Abrahám,
para que pudiera vivir, para que todos los hijos de los hombres vivan,
-- El tercero fue el paso de la libertad de todos los hebreos,
de todos los esclavos de la vida, para que caminen a la tierra prometida.
-- El cuarto ha sido el paso del mismo Dios,
que ha compartido con Jesús nuestra vida, venciendo así a la muerte,
para que también nosotros compartamos la vida con Jesús,
viviendo ya resucitados.

Felicidades a todos, con esta recreación del Targum de las Cuatro (o cinco) noches, que volveré a presentar dentro de dos o tres días. Lo que sigue es una recreación paulina de la Pascua de Jesús, para aquellos que tengan tiempo, hoy y mañana.

Ha resucitado Cristo, felicidades a todos.

Texto

Porque en primer lugar os he enseñado lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue enterrado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; que se hizo ver a Pedro… (1 Cor 15, 3-5).

El sujeto de estas afirmaciones (el que muere y resucita y se aparece…) no es el Jesús histórico, sino el Cristo de la fe, a quien la Iglesia declara enviado escatológico (resucitado) de Dios. Pero ese Cristo es el mismo Jesús de la historia, a quien Pablo había querido borrar de la memoria de Israel, persiguiendo y destruyendo a sus seguidores, porque afirmaban que era el Cristo de Israel, algo a su juicio imposible, pues un crucificado yace bajo la maldición de la Ley (Gal 3, 10-13).

Por eso, en un momento dado el mismo Pablo dirá que “ha visto” a Jesús, y le ha reconocido no sólo como Cristo de Israel, sino como Hijo de Dios y portador de una salvación universal. Desde ese fondo ha podido reinterpretar la muerte y resurrección diciendo:

1. HA MUERTO.

Éste es un hecho histórico y un misterio de fe.
(a) Plano de historia: Jesús murió crucificado por Poncio Pilato, cosa que todos habían podido observar.
(b) Plano de fe: Ese mismo Jesús muerto es Cristo, enviado de Dios, cosa que sólo algunos (cristianos) ratifican. Sin aquel dato histórico (murió Jesús) la confesión cristiana carece de sentido. Pero sin esta confesión (el mismo Jesús muerto es el Cristo de Israel) aquel dato se vuelve una simple tragedia (miles de personas mueren cada día, de muerte natural o por crucifixión), sin más trascendencia.

Ésta es la novedad, la aportación suprema del cristianismo: Siendo un hombre entre miles y millones de expulsados, Jesús ha sido pretendiente mesiánico, aquel que debía haber traído el Reino a las doce tribus de Israel, de manera que en un plano su muerte ha sido un fracaso mesiánico (cf. Rom 1, 2-3), el escándalo supremo (cf. 1 Cor 1, 18-25), pues precisamente el que debía implantar el Reino, ha sido condenado, y ha muerto en una Cruz maldecida por la Ley judía (cf. Gal 3, 13).

Ciertamente, ha muerto como ser humano, pero no simplemente por serlo, sino porque había querido implantar el Reino, como Hijo de David (cf. Rom 1, 2-3) y Cristo de Israel. Eso es lo inaudito, lo incomprensible: Los viñadores (poderes) de este mundo han expulsado y matado al Hijo de Dios (cf. Mc 12, 1-10).

Jesús no ha muerto sin más como un hombre, sino como Cristo, portador de las promesas, profeta del Reino. Dios no le había enviado a morir (como algunos han dicho), sino a vivir e implantar el Reino, de manera que su muerte ha podido aparecer como abandono, fracaso mesiánico (cf. Mc 15, 34). Pero ese “abandono” viene ahora a entenderse como máxima presencia de Dios.

1. Murió por nuestros pecados.

Mirada así, la muerte del Cristo no ha sido un simple dato general (¡todo ser que nace ha de morir, uno más ha muerto!), sino un acontecimiento único y sobrecogedor: Ha muerto el mismo Cristo de Dios, derrotado y derribado por nuestros pecados, en contra de la voluntad de Dios (mesianismo de Israel) y en contra de su propia voluntad (pues no vino a morir, sino a instaurar el Reino). Pero Dios ha transformado su muerte en victoria de Vida, recreando de esa forma el destino de la humanidad, pues no ha muerto para vengarse después (destruyendo a sus asesinos), sino «para» liberarles a ellos y a todos (para liberarnos) de nuestros pecados (hyper), de forma que la vida triunfa de la muerte y el perdón sobre el pecado .

– Su muerte se puede entender, según eso, en un doble nivel.

(1) En un plano histórico, los hombres han (hemos) matado a Jesús, cometiendo así el máximo pecado: No le han ejecutado los ángeles perversos del mito de 1 Henoc, sino nosotros, y es como si Dios no le defendiera y él tuviera que morir gritando: «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?» (cf. Mc 15, 34).
(2) Pero en un plano de fe descubrimos que el mismo Jesús se ha entregado (muerto) para liberarnos de nuestros pecados, revelándose como verdadero Cristo (cf. Mc 10, 45), cumpliendo hasta el fin su misión, de forma que ha podido decir desde la cruz “tetelestai”, todo ha llegado a su meta, una palabra que la Vulgata ha traducido “consummatum est” (todo se ha cumplido); la retraducción hebrea de esa palabra diría “nishlam”, es decir, todo ha sido ya pacificado (cf. Jn 19, 30)

2. Según las Escrituras. Sus seguidores descubrieron que la muerte de Jesús como Cristo se hallaba anunciada y respondía a la dinámica más honda de la historia israelita. Jesús no sabía las cosas que sabrán después sus discípulos, pues no había leído (entendido) la Biblia a partir de la Pascua, sino como Libro del Reino de Dios, que ha de cumplirse y revelarse a través de su mensaje. Por eso, en principio, no pensó que iba a morir (iban a matarle).

Pero de hecho actuó de tal manera que él mismo provocó su muerte, como servicio a favor de la causa de Dios. Y así murió, apostando por el Reino (Mc 14, 25), sin saber cómo vendría, sin anunciar en detalle los signos concretos de su resurrección en la historia (en el tiempo de este mundo) y de la vida posterior de la Iglesia (aunque él creía en la resurrección, como sabe Mc 12, 18-27) .

– Esa comprensión de la muerte de Jesús (según la Escritura) no se logra sólo buscando y citando unos textos aislados, como Sal 22, los cantos del Siervo del 2º Isaías o la reflexión del justo sufriente de Sab 2, sino que implica un cambio radical en la manera de entender la Biblia. Los judíos rabínicos (Misná) la entenderán, sobre todo, como texto que se expande y expresa en las leyes nacionales del judaísmo nacional, de manera que no verán en ella el testimonio de que el Cristo ha de morir. Por el contrario, los cristianos helenistas (y especialmente Pablo) aprenderán a leerla y entenderla como expresión de un camino que desemboca y se cumple en la muerte del Cristo.

2. FUE ENTERRADO.

Éste es también un hecho histórico, como la muerte, pero hay una diferencia: Pablo no ha desarrollado en este caso ninguna teología (no dice “fue enterrado por nuestros pecados, según las Escritura”), aunque supone que el entierro tiene un sentido, cuando afirma que la vida se siembra en corrupción, pero resucita en inmortalidad; se siembra en deshonra, se resucita en gloria (2 Cor 15, 41-44). De esa manera parece suponer que la misma “descomposición” del cuerpo/vida de Jesús (como semilla) es principio de vida más alta. De todas formas, tras decir “ha muerto por nuestros pecados”, Pablo no ha dado valor especial a la sepultura, que así aparece, al menos externamente, como un hecho pasivo.

Desde nuestra perspectiva (cristianos del siglo XXI), puede resultar sorprendente que Pablo no haya sentido interés por este dato: ¿Cómo le enterraron? ¿qué pasó con su cuerpo en la tumba? ¿pudo descomponerse como semilla de una vida superior?... Por eso, exegetas e historiadores han seguido discutiendo sobre un posible sepulcro vacío de Jesús, sobre el cambio de su cuerpo muerto. Parece que no le importó ese tema, pues la sepultura forma parte de un rito universal: Los muertos suelen ser enterrados...

1. Parece que la sepultura carece de carácter salvador. No se encuentra directamente vinculada al descenso a los infiernos (atestiguado en el credo apostólico posterior), ni se entiende como un gesto momentáneo (Jesús estaría en el sepulcro un tiempo breve, hasta el tercer día de su resurrección…). Todo nos permite suponer que, en un nivel, Pablo entiende esa palabra (fue enterrado) como expresión del carácter definitivo de la muerte de Jesús: Su historia terrena acabó en el sepulcro. A ese nivel, Pablo no alude a la resurrección, pues no le importa la posible tumba abierta, de manera que no dice a sus lectores que vayan a Jerusalén, para verla y celebrar allí la victoria de la vida, como dirá el ángel de Marcos: «Ha resucitado! No está aquí. Mirad el lugar donde le pusieron» (16, 6).

3. Pero, en otro plano la sepultura suscita una gran disonancia, y nos sitúa ante un escándalo de Dios. El que fue sepultado no es un hombre sin más, puro cadáver, como los millones de muertos de la historia, sino el mismo Cristo, Mesías de Dios. En un sentido, su sepultura fue un fracaso (enterraron al Cristo de Dios, con su esperanza mesiánica). Pero, en otro, ella fue un signo salvador, como ha puesto de relieve Pablo y su tradición, al afirmar que los cristianos hemos sido «sepultados con Cristo» en el bautismo (cf. Rom 6, 4; Col 2, 12), para resucitar (es decir, para caminar en una vida nueva). En ese sentido, la sepultura de Cristo constituye un momento del camino pascual, de la semilla que se siembra y al descomponerse viene a convertirse en una vida más alta (cf. 1 Cor 15, 35-49). En ese sentido, la misma sepultura es signo de resurrección .

– La sepultura es un hecho antropológico y religioso, de manera que los hombres se definen como aquellos que pueden enterrar y entierran a sus muertos, sabiendo que ellos son “sagrados”, un signo de vida. También a Jesús le enterraron, pero no para honrar su memoria “divina”, sino para alejarle de la faz de la tierra (¡que su impuro cuerpo no cuelgue desnudo en un día de pascua!), impidiendo que sus discípulos veneren su memoria. Pues bien, este entierro sin honor ha sido signo del verdadero honor, que es la pascua de Cristo (la resurrección de los muertos).

3. RESUCITÓ.

Como buen fariseo, Pablo esperaba la resurrección universal, de manera que podría haberlo destacado aquí, diciendo que Cristo resucitará al final de los tiempos, con todos los muertos. Pues bien, en lugar de decir eso, reinterpretando la fe de Abrahán (cf. Rom 4, 17), él confiesa que Cristo «resucitó al tercer día según las Escrituras», trazando así la novedad cristiana (cf. Rom 4, 24), que no se centra ya en la resurrección final de los muertos, sino en el Dios que ha resucitado a Jesús, en el tercer día, un día que ahora se inscribe en la misma historia de los hombres.

No estamos ante un principio universal (¡los muertos resucitarán!), sino ante una afirmación histórica: Ha resucitado Cristo, crucificado por nuestros pecados, no algún “otro”, sino el mismo que ha muerto (al que han matado) como Cristo falso, «al tercer día, según las Escrituras»:

1. Al tercer día. Marca el tiempo escatológico de la actuación de Dios, no después de esta historia (cuando el mundo acabe), sino dentro de ella. En lenguaje bíblico, ese tercer día evoca el tiempo de la muerte definitiva (cuando se dice que los difuntos han fallecido del todo, de forma que el alma-vida se separa finalmente del cadáver). Pues bien, en el momento en que la muerte se instaura como vencedora irrumpe, en un plano más alto, el tercer día de la acción de Dios, el tiempo de la resurrección del Cristo muerto. Desde una perspectiva litúrgica, ése será cada semana el día que viene tras el Sábado judío, el Domingo, entendido como Dies Domini (Día del Kyrios o Señor; cf. Ap 1, 10), comienzo de la resurrección universal.

2. Según las Escrituras. La Resurrección del Cristo muerto define la visión cristiana de la revelación, el sentido de la Palabra de Dios. Esa frase («según las Escrituras»), que se aplicaba también a la muerte, puede referirse al hecho de la culminación (ha resucitado) o también al tiempo (al tercer día); en un caso o en otro, ella manifiesta y despliega el argumento central de la Escritura israelita, leída en su profundidad, desde el punto de vida cristiano, como libro de la promesa de Dios. Entendida así, la resurrección no es un argumento junto a otros, sino el tema central y el argumento de fondo de la Palabra de Dios. No se trata, por tanto, de buscar textos aislados que hablan de la resurrección de los muertos (en Is 26; Dan 12; 2 Mac 7 o Sab 2), sino de redescubrir y recrear la dinámica de toda la historia de Israel y su Escritura como dinámica abierta a la vida futura y plena (presente) de los muertos .

– Estas palabras de Pablo identifican al Cristo (muerto, sepultado, resucitado) con la verdad universal de la Escritura, que viene a centrarse según eso en la resurrección de los muertos, conforme a la «lectura» creyente de los fariseos (en contra de los saduceos: cf. Mc 12, 13; Hech 23, 6-9). Pablo, fariseo cristiano (Flp 3, 5), supone que el tercer día de la resurrección universal ha comenzado en la pascua de Jesús, de tal manera que aquellos que aceptan ese día (¡aceptan al Cristo Jesús!) viven ya, de alguna forma, en el tiempo de la resurrección.

4. SE HIZO VER (SE APARECIÓ…).

La palabra empleada (ophthê), repetida cinco veces en 1 Cor 15, 5-8 (a Pedro, a los doce…), define la presencia de Jesús resucitado en forma de visión creyente. No alude sólo a un tipo de presencia nueva de Jesús, sino a la forma de vida (=visión) de sus seguidores, que se definen así como personas que han visto y ven a Jesús como resucitado. No importan sólo ellos que ven, sino Jesús que actúa en ellos, que se hace ver (ophthê) se muestra, de tal forma que pueden descubrirle y acogerle, apareciendo así como aquellos que creen en (y viven desde la vida de) un pretendiente mesiánico crucificado. De esa forma, su mensaje de Reino se condensa y culmina ya en forma de “iluminación” más alta: Jesús se les muestra, se les hace ver, viendo lo que ha sido su vida pasada y lo que es ya su presente salvador.

En ese sentido, la resurrección se expresa y ratifica en ese mostrarse-ver (ophthê) por el que Jesús se hace ya “visible” a sus discípulos, que comprenden el sentido de su vida, recibiendo el impulso de su presencia.

No es verle sólo a él, como persona aislada, sino ver y recibir su mensaje, su impulso de vida, descubriendo el sentido de su entrega. Parece que muchos seguidores siguieron repitiendo sus palabras y actualizando sus gestos (milagros, exorcismos…), en Galilea, esperando su Reino, sin fijarse de un modo especial en su muerte y resurrección. Pero los cristianos a quienes Pablo se asocia centran el movimiento de Jesús en su muerte-entierro, recreada desde su resurrección y visión (aparición), de tal forma que él (Jesús) viene a situarse en el centro de atención, como aquel que ha muerto (Mesías crucificado, fracasado en un plano de la carne), pero “reivindicado por Dios” (resucitado), de manera que sus discípulos le han visto y le ven.

Todo culmina y se ratifica por tanto en esa nueva forma de “hacerse ver” de Jesús, que se expresa en un “ver” de los discípulos que descubren el sentido del Reino de Dios precisamente al descubrir el sentido y realidad de Jesús, que ha muerto por fidelidad al mensaje de Dios. En este contexto, expone y destaca Pablo las experiencias fundantes (normativas) de las iglesias que él conoce, es decir, los diversos modos de ver a Jesús y de testimoniar su presencia:

Se hizo ver a Cefas, luego a los Doce, luego se hizo ver a más de quinientos hermanos de una vez, de los cuales muchos viven hasta ahora, algunos han muerto; después se hizo ver a Santiago, después a todos los apóstoles; al último de todos, como a un aborto, se me hizo ver también a mí (1 Cor 15, 5-8).

Tanto más que a las personas a las que evoca (Pedro, los doce…), Pablo está evocando aquí a las iglesias fundadas en (por) esas personas. En ese sentido importan no sólo los grupos que cita, sino las personas y grupos cristianos que han sido fundamentales al principio del movimiento de Jesús (Magdalena y las mujeres de Mc 15, 40-41. 47; 16, 1-8, con las comunidades galileas) que no cita, pues que no entran en la “órbita” de de su cristianismo. Ciertamente, los grupos que Pablo ha evocado son importantes, pero no son los únicos. Por eso añadimos contexto a María Magdalena y con ella a los “galileos”, que están al fondo de la tradición del Q y de Marcos :

– Más que visiones en sentido actual, Pablo evoca experiencias integrales de encuentro, formas de presencia de Jesús y de transformación de aquellos que le ven. No sabemos si hubo visiones en sentido psicológico externo (cf. 2 Cor 12, 2) o sólo experiencias interiores de comunicación personal y cambio, , desde el recuerdo de Cristo. Lo indudable es que hubo un modo nuevo de presencia de Cristo.

1. María Magdalena y las otras mujeres. Como ha mostrado el capítulo anterior, el paso de la historia de Jesús al surgimiento de la Iglesia está determinado, de un modo esencial, por María Magdalena y las mujeres que le vieron morir y vieron cómo fue enterrado (Mc 15, 40-41.47). Ellas aparecen vinculadas al testimonio de la tumba vacía (Mc 16, 1-8), cuyo sentido resulta difícil de valorar en un plano histórico, pero que muestra algo absolutamente fundamental: El recuerdo de Jesús no se vincula a la tumba de un muerto (con un muerto dentro), sino a la presencia de un vivo. En ese contexto se puede y debe hablar de la experiencia pascual de María Magdalena y las otras mujeres .

2. Discípulos de Galilea. Pablo comienza su recuento con Pedro y los Doce, ofreciendo una historia oficial de su movimiento, tal como se expandió desde Jerusalén (tras la muerte mesiánica del Cristo). Pero quedaron en Galilea muchos seguidores de Jesús profeta, que no subieron con él a Jerusalén y que siguieron esperando el Reino de Dios, precisamente allí donde Jesús había comenzado a proclamarlo y esperarlo (como he destacado en la primera parte de este libro, desde cap. 7). Las tradiciones galileas de Jesús han seguido vivas (y muchas de ellas han sido recogidas en Q y el evangelio de Marcos) .

3. Simón Pedro. Es el primero a quien cita Pablo. Su experiencia pascual aparece también al fondo de Mc 16, 7 y Jn 21, 15. 17 (y en el conjunto de la tradición cristiana), pero sólo ha sido evocada expresamente aquí y en Lc 24, 34, donde se dice que, a su vuelta a Jerusalén, los testigos de Emaús hallaron a los discípulos reunidos, exclamando: «Se ha aparecido a Simón». Ésta es la confesión de unos cristianos que apoyan su fe sobre el testimonio de Pedro .

4. Los Doce. Significativamente, la experiencia pascual de los Doce en cuanto tales sólo ha sido atestiguada aquí (1 Cor 15, 5), pues en otros pasajes (cf. Lc 24, 36-49 y Jn 20, 19-23) los receptores de la pascua de Jesús no fueron ya esos Doce sino un grupo indeterminado y quizá más grande de discípulos (cf. Jn 20, 19), reunidos con los once (Doce menos Judas Iscariote: cf. Lc 24, 33). Los que vieron a Jesús en el monte de Galilea fueron los once, que forman ya un grupo nuevo, centrado en los misioneros de una Iglesia abierta a todos los pueblos (Mt 28, 16). Sólo Pablo recuerda expresamente esta experiencia de los Doce y los presenta, como grupo clave en la vida de Jesús y en el comienzo de la Iglesia .

5. Quinientos hermanos. Tras Pedro y los Doce, Pablo evoca a quinientos hermanos, y añade: «Muchos de ellos viven hasta ahora, algunos han muerto». Ellos pueden ser miembros de la iglesia de Jerusalén (en la línea de Lc 24; Jn 20 y Hech 2), aunque parece preferible vincularlos a las comunidades de Galilea, que no sólo escucharon al Jesús de la historia, sino que celebraron al Cristo pascual, como parece mostrar la tradición de las multiplicaciones (cf. Mc 6, 35-44; 8, 1-10), en la que el Cristo se hace presente al compartir el pan, en un tipo de eucaristía.

6. Santiago. Pablo recoge aquí la experiencia pascual del hermano del Señor, a quien que alude en otros lugares (Gal 1, 19; 2, 9-12). Santiago no creía en Jesús durante el tiempo de su vida (cf. Mc 3, 31-35). Perotras su muerte, le descubre y confiesa como Cristo. Esta experiencia pascual de Santiago (con la familia de Jesús) y su incorporación a la Iglesia constituye un aspecto importante del cristianismo (que no sería igual sin su testimonio), y una garantía imprescindible para conocer la historia de Jesus. En ese contexto puede pensarse en el influjo de la “madre de Santiago y José” de Mc 15, 40. 47 y 16, 1 (que parece ser la madre de Jesús; cf. cap. 34) .

7. Todos los apóstoles. Vienen tras Santiago, pero antes que Pablo y pertenecen a la fracción helenista de la Iglesia de Jerusalén, son los fundadores de un cristianismo abierto a los gentiles (cf. Hch 6-7). Pablo cita, de un modo extenso, a «todos», sin precisar el número, y en ese sentido puede aludir a muchos varones y mujeres que han «visto» a Jesús y han actuado como creadores de iglesias, aunque en su base están los primeros helenistas de Jerusalén (cf. Hch 6-7). Posiblemente, algunos conocieron a Jesús en los días finales de su vida, antes de ser crucificado. Sin su aportación, el rasgo más hondo de la vida de Jesús hubiera pasado inadvertido; sin ellos no se hubiera mantenido la memoria distintiva de Jesús, ni se hubieran escrito los evangelios.

8. Pablo: «Y como a último de todos, como a un aborto, se me apareció también a mí». Es evidente que él se pone en la línea de los helenistas, como para culminar su camino y para completar, de alguna forma, lo que había comenzado con Pedro (y las mujeres) al principio de la lista. Esta experiencia ha de tomarse básicamente en forma de llamada: «Pero cuando Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar a su Hijo en mí para que yo lo anunciase entre los gentiles… » (Gal 1, 15-16).

Pablo no dice cómo ha visto y escuchado a Jesús, si en forma corporal o no corporal (cf. 2 Cor 12, 1-3). Pero le ha visto y escuchado. Gran parte de los datos de este libro son independientes de lo que ha dicho Pablo; pero si él no hubiera impulsado el camino de Jesús (en la línea de los helenistas), es posible que la historia de Jesús se hubiera perdido en el olvido.

No todas estas “visiones” tuvieron un mismo contenido, ni una misma forma externa. Más que apariciones visionarias fueron experiencias de Jesús, un abanico de testimonios del valor de su historia y de la presencia de su vida. Los que le han «visto» así saben que él vive y que es el mismo que ha muerto «por nuestros pecados».