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lunes, 30 de julio de 2012

31 de Julio día de Ignacio de Loyola, místico


A Ignacio de Loyola se le ha calificado casi siempre de estratega y duro asceta, mientras la mística se reservaba a Juan de la Cruz, Teresa de Jesús y otros. Quizás ha influido en ello el modo austero de expresarse y el sentido práctico de llevar a cabo su compromiso apostólico en el mundo.

Recurro de nuevo a los citados volúmenes de Javier Melloni (Voces de la mística, I y II), que ha elegido unas citas muy certeras de Ignacio para mostrar la profundidad de su mística. Una buena ocasión para saborearlas este 31 de julio, que celebramos una vez más el día de su fiesta. Su entrega fue recompensada con una iluminación en Manresa que le dio luz para comprender y comprenderse y con una conciencia de la unidad de todo, en lo que coincide con todos los grandes místicos de todas las confesiones religiosas.

Ignacio de Loyola

Con frecuencia se han contrapuesto las figuras de Lutero (1483-1546) e Ignacio de Loyola (1491-1556) como dos modos de responder ante Dios y ante la existencia: el primero por medio de la fe y la libertad de conciencia; el segundo por medio de las obras y de la obediencia. Apenas hace una gene­ración que se ha revalorizado la dimensión mística de este vasco que, como Lutero, vivó en el tránsito entre la Edad Media y la Edad Moderna. Conocido sobre todo como fundador de la Compañía de Jesús (1540) y bastión de la Contrarreforma, se habían destacado sus dotes de mando, de gobierno y de organización. No en vano las Constituciones de la Orden fueron con­sultadas por personajes tan diversos como Lenin para constituir el partido comunista o Swami Vivekananda para fundar la Orden de Ramakrishna. La iconografía lo ha representado durante siglos con banderas y dose­les, haciendo de él un general de la resistencia católica así como los jesuítas han sido considerados la caballe­ría ligera del papado y, ahora, guerrilleros de causas perdidas. Pues bien, todo ello no se entendería sin la dimensión mística que cultivó durante toda su vida. En su Autobiografía se refiere siempre a sí mismo como el «peregrino»: peregrino en búsqueda del Absoluto. De entre todas las experiencias que tuvo, destaca la que recibió en Manresa, a las orillas del Cardoner, y de la cual dejó algún rastro en sus Ejercicios Espirituales. Otro lugar donde vislumbrar su mundo interior son las notas que se conservan de su Diario espiritual. En esas páginas dejó constancia de las lágrimas incontenibles que bro­taban de sus ojos, hasta el punto que los médicos le prohibieron que se alargara en sus oraciones para que no quedase ciego.



Una vez iba por su devoción a una iglesia que esta­ba poco más de una milla de Manresa, que creo yo que se llama San Pablo, y el camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se juntó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado, se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento; y no es que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cuestiones espirituales como de la fe y de las letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosa nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, recogiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las junte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto que antes tenía. (Autobiografía)

Mirar cómo Dios habita en las criaturas: en los ele­mentos dando ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando a enten­der; y así en mí, dándome ser, animando, sensando y haciéndome entender; asimismo haciendo templo de mí, siendo creado a imagen y semejanza de su divina majestad. (Ejercicios Espirituales, 235)
Considerar también cómo Dios trabaja y labora por mí en todas las cosas creadas sobre el haz de la tierra, así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etcétera, dando ser, conservando, vegetando, y sensando, etcétera. Después reflectir en mí mismo. (Ejercicios Espirituales, 236)
Pasé un rato dialogando con el Espíritu Santo para decir su misa, con tanta devoción o lágrimas que me parecía verle o sentirle en claridad espesa o en color de flama ígnea modo insólito (…) Entrando en la capilla, un sentir, o más propiamente un ver, fuera de las fuerzas naturales, a la santísima Trinidad y a Jesús (…); y en este sentir y ver, un cubrirme de lágrimas y amor (…). Sintiendo y viendo, no en oscuro, mas en lúcido y mucho lúcido, el mismo Ser o Esencia divina en figura esférica un poco mayor de lo que el sol parece y de esta esencia parecía ir o derivar el Padre, de modo que al decir: «A ti, Padre», primero se me representaba la esencia divina del Padre, y en este representar y ver el ser de la santísi­ma Trinidad sin distinción o sin visión de las otras personas, una intensa devoción a la cosa represen­tada, con muchas mociones y efusión de lágrimas, y así adelante pasando por la misa, en considerar, en acordarme, y otras veces en ver lo mismo, con mucha efusión de lágrimas y amor muy crecido y muy intenso al ser de la santísima Trinidad, sin ver ni distinguir personas, mas del salir o derivar del Padre, como dije.
En la oración, de nuevo se dejaba ver el mismo Ser con visión esférica. Me parecía ver en alguna manera todas las tres Personas: el Padre por una parte, el Hijo por otra y el Espíritu Santo por otra salían o se derivaban de la esencia divina sin salir fuera de la visión esférica, y, con este sentir y ver, nuevas mociones y lágrimas. (Diario Espiritual)

Por Pedro Miguel Lamet