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domingo, 14 de octubre de 2012

Cuando se marchitan las ilusiones

“Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo:
“Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.
Ante estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico”. (Mc 10,17-30)

Cuando, terminado el noviciado, nos destinaron a la Comunidad de Tafalla, la huerta era una belleza. Cantidad de árboles frutales en flor. Uno sentía como si la hubiesen pintado. Se olía a puro perfume.
A los pocos días, algo que suele ser frecuente por aquellas zonas, vino una “pedregada de granizo” que destruyó todo aquel cuadro de colores.
Las flores todas caídas en el suelo.
Los árboles como si alguien los hubiese desnudado de su traje de fiesta.
El suelo, toda una alfombra de flores.
En vez de a perfume de flor, olía a cebollas golpeadas por el granizo.
Uno sentía como si también el alma se nos hubiese caído a los pies.
Como si alguien hubiese emborronado el más bello cuadro.
Y todo, en unos instantes.


Recuerdo esta experiencia, hoy que medito sobre este joven que se presenta a Jesús, como un árbol primaveral en flor.
Lleno de ilusiones.
Lleno de esperanzas.
Lleno de promesas.
Un joven que quería mirar lejos.
Un joven que soñaba nuevos horizontes.

Hasta Jesús mismo “le miró con cariño”, yo diría “con ilusionada esperanza”.
Y de repente:
Una tormenta de granizo.
Vende lo que tienes y dáselo a los pobres.
Luego ven y sígueme.

Y alguien que sonríe a la vida, frunció el ceño.
Alguien que soñaba futuros dio la espalda.
Alguien que prometía se retiró “pesaroso”.
Y un Jesús, con el alma herida, que lo ve marcharse.

Historia de tantas vidas que pudieron ser y no lo son.
Historia de tantas vidas que son una esperanza y se marchitan.
Historia de tantas vidas impedidas de caminar porque llevan en el corazón y los pies todo lo que han almacenado, o todo lo que se han imaginado.

Todos tenemos momentos en que soñamos despiertos.
Todos tenemos momentos en los que nos sentimos héroes.
Todos tenemos momentos en los que deseamos llegar más lejos.

Dios que también sueña con nosotros.
Dios que también sonríe viéndonos como primavera de la gracia.
Dios que también nos mira con ojos primaverales de gracia.

Y, de pronto, alguien marchitó nuestras flores.
De pronto, alguien apagó en nosotros la esperanza.
De pronto, alguien nos pidió “ser realistas” y pisar tierra.
De pronto, alguien nos llamó “ilusos y obsesivos” “y fundamentalistas”.
De pronto, alguien hizo que, el árbol florido de nuestras vidas, se quedase sin flores.

Son pocos los que nos animan al riesgo.
Son pocos los que nos animan a jugarnos lo que tenemos.
Son pocos los que nos animan a dejarlo todo.
Son pocos los que nos animan a poner todo lo que tenemos sobre la mesa.

Tristemente, son más los que nos animan:
A ser como todos.
A ser como los demás.
A ser menos de lo que podemos ser.
A quedarnos achatados pudiendo ser árboles que crecen en busca de la luz.
A quedarnos enanos, pudiendo ser gigantes de la gracia.

Nos enseñan a ser prudentes.
No a ser arriesgados.
Nos enseñan a pisar tierra.
Nos enseñan no a volar, sino caminar.
Nos enseñan a usar zapatos.
No a que dejemos crecer nuestras alas.

Jesús quedará triste y desilusionado viéndolos irse.
Pero no renunciará a los grandes ideales del Evangelio.