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domingo, 14 de octubre de 2012

¿Sabéis que se puede interpretar el evangelio al revés?

XXVIII Domingo del T.O. (MC10, 17-30)


¿El don de la sabiduría? No, gracias...

El domingo no seguí al predicador en su comentario a las lecturas. No lograba seguirlo de ninguna manera, lo perdía de vista, distraído por otras cosas. Había tomado, por mi cuenta, ciertos senderos que zigzagueaban mucho respecto a la carretera principal recorrida por el párroco. Eso que se dice, popularmente, «irse por los cerros de Ubeda».
Me he aventurado a comentar al revés la palabra de Dios. Ejercicio de fantasía, quizás, pero no demasiado. Muchos de nosotros, aunque nos avergüence confesarlo, pensamos lo mismo. Somos muy hábiles para interpretar al contrario la palabra de Dios, ir en la dirección opuesta, caminar hacia atrás.


Así pues, me he arriesgado a explorar los rincones secretos presentes en los pensamientos de muchos de nosotros. Más o menos así.

«Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí un espíritu de sabiduría». Por lo que se refiere a mí, ruego por muchas cosas, expongo al Señor mis necesidades. Lo molesto cuando me encuentro en situaciones de emergencia o también por las cosas más banales. Y, en el caso que me oyese dándome una cierta dosis de prudencia y sabiduría, me preguntaría: «¿Qué hago con ella? Yo quisiera otra cosa...». Lo consideraría una broma de mal gusto, una tomadura de pelo.

De todos modos, he de reconocer que nunca se me ha ocurrido rezar porque me encontrara desprovisto de sabiduría y prudencia. Hay tiempo para estas cosas. Cuando sea viejo, cuando esté jubilado, siempre podré cultivarlas en mi pequeño jardín. Hoy tengo que cultivar otros intereses...

En cuanto a los poderosos, a esos que se sientan en los tronos y en los sillones, dudo que su primer pensamiento sea pedir que les venga de lo alto una dosis suplementaria de sabiduría, de equilibrio, de cordura, de ponderación, para no hacer demasiadas tonterías y no provocar daños. Sostienen evidentemente que la sabiduría va incorporada al cargo.

Volviendo a nosotros que no somos poderosos y titulares de cetros y tronos, ciertamente no es la sabiduría la que está en la cima de la escala de nuestros deseos. Lo importante es estar bien. Cuando hay salud. Y el dinero no hay por qué despreciarlo... Si algún ignorante lo tira al polvo o al fango o al contenedor de la basura, yo voy y lo cojo.

«Todos los bienes juntos me vinieron con ella». Si llegan los bienes no acompañados por la sabiduría, no por eso hacemos un drama. Nosotros nos conformamos con todo lo demás. Si luego, junto al resto, viene también la sabiduría, que no se entiende bien lo que es, pues paciencia: nos quedamos con ella, aunque no sabemos bien cómo usarla.

Hay que dejar la espada en la vaina

...Y el que haya escrito la Carta a los hebreos que se quede con su espadona anacrónica dotada de esa hoja de doble filo. Mejor que la meta en la vaina, nos sentiremos más tranquilos. Lo importante, de todos modos, es que esté lejos de nosotros, que somos personas civiles y tenemos la piel lisa y delicada. Con las armas no se juega, y mucho menos en la iglesia.

Nosotros aceptamos la palabra de Dios («siempre se aprende algo bueno...«), con tal de que sea acariciadora, dulce, tranquilizadora, y no inquietante. Lo más que podemos consentirle es que nos haga unas pocas cosquillas en la piel del alma.

No debe tener la pretensión de «juzgar los deseos e intenciones del corazón». Un poco de respeto por la vida privada, qué historias. Ciertas intrusiones indiscretas en asuntos íntimos no estamos dispuestos a tolerarlas. La palabra de Dios tiene que respetar el orden y las situaciones que fatigosamente hemos alcanzado, y no poner todo en entredicho.

«Nada se oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas». ¿Pero quién lo dice y a quién lo dice? Sin embargo, no nos asustamos por esto. Sabemos de sobra que son exageraciones. Por otra parte, nosotros sabemos muy bien cómo escondernos, poniéndonos el elegante vestido de las apariencias, que siempre produce un cierto efecto. Especialmente el domingo, en misa. O en determinadas ocasiones solemnes.

En cuanto al deber «rendir cuentas», ¡bah!, las cuentas ya las hacemos nosotros, también en el campo religioso. Y salen casi siempre. Si hay algún pequeño desajuste, estamos convencidos que él cerrará un ojo.

Es verdad que, a veces, la conciencia dice no, encuentra siempre algo a que oponerse, no está conforme. Pero ésta, lo sabemos todos, es petulante, antojadiza, incontentable, fastidiosa, a veces hasta insoportable, y por eso debemos intentar adormecerla con dosis fuertes de tranquilizantes. Si le haces caso, surgirán mil complicaciones en nuestro camino. Y nosotros tenemos prisa, no podemos consentirnos retrasos en nuestras operaciones, tenemos que andar listos, no podemos parar mientes en esa vieja tía gruñona, que está desfasada respecto a los tiempos actuales. Dicho entre nosotros: nos hemos preocupado de hacerla inofensiva.

Negociaciones para una reducción

Nosotros, en el lugar de aquel joven, abordaríamos al Maestro no para preguntarle qué debemos hacer (¿y si luego nos pidiese cosas no agradables?), sino para obtener una reducción en el horario de trabajo en el campo religioso. Pensamos que una hora escasa a la semana, el día de fiesta (quizás adelantado al sábado por la tarde: hace falta movilidad, flexibilidad), para despachar las cosas del espíritu, es más que suficiente. Al máximo podemos conceder, durante la semana, algún minuto para recitar rápidamente una oración. En caso de necesidad, y si nos gusta el horario, estamos incluso dispuestos a suspender nuestras actividades habituales para participar en una peregrinación, con tal de que no haya que estar todo el día en la iglesia.

En una palabra, que ya damos bastante. La entrada que nos asegura un puesto en el cielo no ha de costar mucho, de otra manera nos desanimamos. Tenemos siempre tanto que hacer para ganarnos la vida...

Nosotros, en el puesto del joven, habríamos entablado una negociación con el Maestro para llegar a una reducción también del número de los mandamientos (como, por otra parte, sucede ya en la práctica corriente: sería como levantar acta de una situación estabilizada). Algunos como «no robar», «no defraudar» (que, por otra parte, se ha colado de rondón, ya que no se encuentran rastros en el texto precedente) suenan mal.

Otros —con todo respeto— están un poco fuera de la realidad concreta y van prácticamente contra corriente respecto al curso de la historia.

Así pues, pongámonos de acuerdo, discutamos de nuevo todo el paquete. Tú mitigas tus pretensiones, olvidas el argumento de los pobres, que ya no se sabe dónde encontrarlos y, en vez de decir «qué nos falta», no nos quites aquello a lo que estamos tan apegados. Nosotros, como compensación, no vendremos mucho a molestarte. No somos como esas beatas que te aturden mascullando sus letanías.

Queda el asunto, pintoresco más que otra cosa, del camello que no puede pasar por el ojo de una aguja, y desafío yo...

Nosotros, hoy, disponemos de otros medios de transporte. Nos concedemos la emoción del camello o del dromedario sólo durante las excursiones por el desierto del Sahara, que dan un cierto estremecimiento.

¿Qué es esa historia del ojo de la aguja? Podía interesar a nuestras abuelas, siempre encorvadas remendando calcetines. El progreso nos permite o abrir cómodos túneles subterráneos, o, a elegir, salvar aquel paso incómodo mediante un puente. Conocemos mil trucos para rodear el obstáculo, además algunos curas comprensivos y abiertos nos han sugerido algún otro (nosotros pasamos cómodamente a través de sus holgados «agujeros», sin tener ya que hacer cuentas con ese absurdo ojo de aguja).

Finalmente, he ahí a Pedro que declara: «Ya ves que nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido...». Conmovedor en su ingenuidad. Y bienaventurado él que podía permitírselo. En el fondo, pensándolo bien, aquel «todo» serían cuatro trastos, incluida la desvencijada barca para pescar. Nosotros, desgraciadamente, tenemos responsabilidades precisas, compromisos que de ninguna manera podemos descuidar. Ya es mucho si logramos «dejar» nuestras actividades estresantes durante veinte días de vacaciones, posiblemente en lugares lejanos, para no tener que encontrarse siempre con las mismas caras.

Estando las cosas así, nos vemos obligados a quedarnos con todo y a seguir a una distancia razonable. Precisando que en algunos campos no podemos de ninguna manera seguir al Maestro que quisiera hacernos dar pasos más largos de lo que permiten nuestras piernas de pobres hombres, cargados con la carne y con mil preocupaciones agobiantes. Así pues, nosotros continuamos andando por nuestro camino, manteniendo nuestro paso. Si además, en raras ocasiones, nuestros caminos se cruzan, aunque sea por breve tiempo, tanto mejor.

Como contrapartida, siempre hay alguno que compensa nuestras deficiencias. Personas generosas, disponibles, por suerte tampoco hoy faltan. Y nosotros las admiramos.

Este es nuestro evangelio «al contrario». Quién sabe si no llegaremos a sospechar que una palabra de Dios interpretada al revés hace de nosotros una caricatura de cristianos. Y que la existencia, interpretada de esa manera, es una parodia del evangelio.

Quién sabe si caeremos en la cuenta de que, a fuerza de adaptar el mensaje de Jesús a nuestras medidas y a nuestros gustos, de invertir su sentido, vamos a terminar en la dirección opuesta respecto del Reino...

Viajar «hacia atrás» no es la mejor manera para llegar a destino. Caminar así no es el modo más seguro para adelantar.