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sábado, 6 de octubre de 2012

EL AMOR ¿NO FALLA NUNCA?

XXVII Domingo del T.O. (Mc 10,2-16) - Ciclo B

Matrimonio, divorcio. Dos temas que a nadie le dejan indiferente. Es un asunto con fuertes repercusiones sociales, religiosas, humanas. Casi todo el mundo se casa y el número de divorciados aumenta implacablemente. En las entrevistas, incluso cuando se trata de personajes famosos o de vidas que han probado de todo, al preguntarles por los momentos más intensos de su existencia, responden citando algún recuerdo relacionado con la familia, los hijos, el matrimonio. Y al revés, en torno a un divorcio, aunque los hay correctos, con frecuencia se dejan jirones de vida y de felicidad. No en vano es la historia de un fracaso, donde los hijos -si los hay- quedan atrapados y a otras personas del entorno les salpica negativamente. Por otro lado, el divorcio no solo afecta a parejas que llevan diez o quinces años casados, sino también a matrimonios próximos a las bodas de oro matrimoniales. Paso por alto la existencia de “las parejas de hecho”, cuyo número va creciendo.


En tiempos de Jesús, la ley judía o de Moisés admitía el divorcio, si bien en condiciones totalmente ventajosas para el varón. La Iglesia sostiene que el matrimonio es indisoluble. La Iglesia defiende que, si un divorciado se casa nuevamente, no puede recibir la comunión, ni el sacramento de la reconciliación o penitencia. De alguna forma (al menos en parte) queda fuera de la Iglesia. Este es uno de los puntos calientes actuales sobre el que importantes sectores de la Iglesia están pidiendo un cambio, una mayor apertura. En las últimas décadas discurre una corriente dentro de la Iglesia que sin negar la doctrina tradicional oficial se centra más en la persona. No solo valora el contrato, la indisolubilidad, lo jurídico, sino que también tiene en cuenta lo personal. ¿A un divorciado se le cierran totalmente las puertas o hay alguna posibilidad de rehacer su vida con un segundo casamiento?. Una puerta es la de demostrar que no se dio matrimonio, porque no hubo la suficiente libertad o consciencia. Circunstancia esta que no es tan extraña en el mundo de hoy. “Para quien el noviazgo ha sido una comedia, es fácil que el matrimonio sea un drama”. Pero bastantes veces el amor desaparece en parejas que han hecho las cosas bien y han luchado por mantener y fortalecer el amor. Aquí también la norma es no poder volver a casar.

Por supuesto que el ideal no es el divorcio, sino vivir el matrimonio atravesado por el amor, tal como lo cantó San Pablo hace dos mil años: “el amor es paciente, es afable, no es grosero ni busca lo suyo. Simpatiza con la verdad, disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre, aguanta siempre. El amor no pasa nunca”. Muy lejos de este tono estaba quien definía al matrimonio como “una suma de líos y resta de libertades, multiplicación de responsabilidades y división de bienes”.

Para la Iglesia el matrimonio es indisoluble, monógamos, con un amor profundo, que tiende a ser total, exclusivo, para siempre, ordenado a la felicidad de los esposos y también a la procreación y educación de los hijos. Pero junto a este proyecto aparece la realidad humana, frágil y débil por lo que el error y el fracaso se hacen presentes con cierta frecuencia. Sin duda, el ser comprensivo no implica claudicar, ni aceptar que cualquier dificultad justifica nuevas aventuras, ni dar luz verde a las infidelidades. La familia, el matrimonio es una pieza demasiado importante como para equipararlo con cualquier compromiso.

Como siempre. Jesús nos da una pista luminosa: si rechazó abiertamente el divorcio en la escena del evangelio de hoy, en otra ocasión, ante la adúltera, le pregunta: “nadie te ha condenado?. Yo tampoco”. La indisolubilidad, el contrato son valores importantes. Pero no los únicos. A la persona le acompañan otros valores que la Iglesia debe evaluar en los divorciados. La vida es más que la ley.