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miércoles, 13 de febrero de 2013

Al inicio de la Cuaresma

Hoy iniciamos la Cuaresma, y lo hacemos con el gesto de la imposición de la ceniza.
¿Y por qué ceniza? Porque es un signo de penitencia. En los primeros siglos del Cristianismo se rociaba con la ceniza a los penitentes “públicos” como una señal del arrepentimiento de sus faltas.
Esta ceniza, que hoy vamos a recibir, proviene de los ramos de olivo bendecidos el Domingo de Ramos el año anterior
El gesto de la ceniza simbolizaba, en el cristianismo primitivo, el camino cuaresmal de los ”que querían recibir la reconciliación al final de los cuarenta días y, en concreto, el Jueves Santo”. Era una forma clara de expresar ante el mundo que se consideraban pecadores y tenían deseos de conversión.
Hoy con el mismo deseo de reconciliación vamos a recibir las cenizas. ¿Que sentido tiene para nosotros, en la cultura que vivimos, a la imposición de la ceniza?
Podemos distinguir tres elementos:

1) Es una clara conciencia de nuestra debilidad humana con las que tenemos que reconciliarnos, y de la necesidad de tomarnos un tiempo para pensar si nuestra vida se encamina hacia aquello que verdaderamente nos hace felices: el encuentro con el Señor en la Pascua a través de la muerte.
2) Es reconocer y hacer consciente nuestros defectos y la incoherencia en nuestra conducta para saber pedir perdón a quienes hemos ofendido y reparar, en caso de ser posible, el daño cometido.
3) Esta debilidad encuentra su fuerza y dignidad en el reconocimiento de la necesidad que tenemos de Dios. Él es el que sostiene, alienta, anima y fortalece nuestra vida.
En el Evangelio, Jesús no pide practicar la limosna, el ayuno y la oración PERO con una claro mandato, alejados de toda hipocresía: «No lo vayas trompeteando por delante» (Mt 6,2). Los hipócritas, enérgicamente denunciados por Jesucristo, se caracterizan por la falsedad de su corazón.
Jesús nos advierte de la hipocresía que significa cumplir, incluso de “buena fe”, todo lo que manda la Ley de Dios y la Escritura Santa. Pero este cumplimiento se hace de manera exterior sin correspondencia con la conversión interior. La cuaresma no es un tiempo para "desempolvar" nuestros ritos, sino un espacio para la conversión interior.
La hipocresía sobre la que nos advierte Jesús es aquella que reduce la limosna a una “propina”. Deja de ser un acto fraternal y se convierte en un gesto tranquilizador de la conciencia porque no cambia la mirada sobre el prójimo.
El ayuno, queda limitado al cumplimiento formal de no “comer carne” pero no somos capaces de corregir el consumismo compulsivo ya sea de cosas materiales y también de las espirituales, lo que suele llamar hoy la “bulimia espiritual”. Se consume espiritualidad pero se es cada vez más mundano. Finalmente, la oración —reducida a estéril monólogo— no llega a ser una auténtica apertura espiritual ni un coloquio íntimo con el Padre y escucha atenta del Evangelio del Hijo, sino un espacio para seguir hablando, hablando, hablando sin escuchar….
La religión de los hipócritas es una religión triste, legalista, moralista, de una gran estrechez de espíritu. Lleno de ritos y formas vacías sin correspondencia absoluta con la conversión o renovación interior en el Espíritu.
Por el contrario, la Cuaresma cristiana es la invitación que cada año nos hace la Iglesia a una profundización interior, a una conversión exigente, a una penitencia humilde, para que dando los frutos pertinentes que el Señor espera de nosotros, vivamos con la máxima plenitud de alegría y el gozo espiritual de la Pascua.