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sábado, 13 de abril de 2013

LA OTRA ORILLA: III Domingo de Pascua (Jn 21,1-19) - Ciclo C

Entre nosotros, quizás nadie ha confesado con tanta firmeza y rotundidad su perfecto agnosticismo como alguien que dijo: «Yo vivo perfectamente en la finitud y no necesito más».
La actitud de esta persona puede resultar fuertemente escandalosa a más de un creyente poco acostumbrado a escuchar de cerca la confesión de un ateo. Y, sin embargo, es fácil que muchos «cristianos», aun sin atreverse a confesarlo explícitamente, se sientan identificados con sus palabras.
¿Por qué plantearse tantas cuestiones sobre Dios y la otra vida? Lo importante es aprender a aceptar con realismo esta vida sin «echar de menos a Dios» ni soñar con la vida del más allá.
Hablar de «resurrección» es síntoma de un infantilismo propio de quien vive todavía en un estadio pre-científico. Lo más sensato es despreocuparse de la otra vida. Sólo existe lo que tenemos ante nuestros ojos. No hay más. Debemos aprender a vivir y a perecer sin refugiarnos en ilusiones de pervivencia y resurrección.
La postura de este agnóstico, ¿no resulta demasiado segura y satisfecha para ofrecernos la verdadera clave de la suerte misteriosa que nos está reservada a los hombres?
¿Es ésta la postura «más sensata», o la resignación de quien se rinde ante lo inevitable, mientras en su interior todo es protesta? Sin duda, este mundo finito tiene un sentido válido y verdadero. Tiene sentido el amor de unos esposos, el nacimiento de unos hijos, el trabajo por una humanidad nueva, la lucha por unos tiempos mejores.
Pero la verdad de las cosas finitas sólo se ve desde su final. Y si un día todo va a perecer, surgen en nosotros preguntas que nos impiden vivir y morir con seguridad y satisfacción.
¿Por qué la vida, la fuerza y la salud tienen que caminar inevitablemente hacia su final? ¿Por qué el asesino tiene que triunfar sobre la víctima? ¿Cómo se puede hacer verdadera justicia a quienes a lo largo de la historia han muerto por defenderla? ¿Qué sentido tiene la vida infrahumana de los menos privilegiados de nuestra sociedad?
Los cristianos creemos que la vida del hombre, sin el horizonte de Cristo resucitado es «trabajar de noche sin lograr pescar nada definitivo».
Pero la noche tiene un amanecer. En medio del mar nos esforzamos por vislumbrar la orilla donde Alguien nos espera. A tientas, pero con fe, confiamos el futuro último de nuestra historia al Dios que ha resucitado a Jesucristo.

Por José Antonio Pagola