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domingo, 5 de mayo de 2013

Cuando el templo somos nosotros: VI Domingo de Pascua (Jn 14, 23-29) - Ciclo C

En tiempos de Jesús el Templo era el lugar de la presencia de Dios. Para encontrarse con El era preciso ir al Templo. Normalmente todos tenían la obligación de ir una vez al año: esto sucedía en tiempos de Pascua.
Dios vivía lejos de los hombres y los hombres lejos de El.
Estoy pensando en el Catecismo que estudié siendo niño donde se decía que “era preciso confesarse y comulgar al menos una vez al año por “Pascua florida”. Confieso que nunca entendí eso de “Pascua florida”.
Entendía a medias lo de Pascua, pero lo de “florida” era para mí algo que me resbalaba.
Me imagino que se refería a que la Pascua, de ordinario, venía en primavera.
Bueno, si alguien tiene otra traducción que me la pase.
Hoy, al leer este Evangelio me pregunto si no estaremos todavía en el Antiguo Testamento.
Porque Jesús cambió radicalmente las cosas.
El Templo de Jerusalén dejó de ser el lugar y el espacio para encontrarnos con Dios, porque era el único lugar donde vivía Dios.
Jesús cambió las cosas. Y nos dijo: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en el él”.

Con esto ya pasaron los tiempos del “templo”.
Llegó la hora de los “templos”.
Porque ahora todos estamos convertidos en “templos de Dios”.

La razón es muy sencilla: “ahora vendremos a él y haremos morada en él”.
Es decir, que ahora todos somos lugar de la presencia de Dios.
Porque Dios ha dejado de habitar en un solo templo y nos ha convertido a todos en templos suyos.

Si templo es el lugar donde está Dios y donde encontrarse con Dios y Dios ahora “mora en nosotros”, ha cambiado la geografía de la presencia de Dios.
Por tanto, a partir de ese momento, ya no es el Tempo a donde tenemos que ir sino que somos nosotros mismos el lugar donde podemos encontrarnos con El.

El mundo ya no tiene que ir a Templo para darse cita con Dios.
Ahora es suficiente encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos con todos los que nos rodean.
El mundo se ha poblado de templos de Dios.
Yo soy templo donde mora Dios.
Tú eres el templo donde mora Dios.
Y cualquiera de los vecinos está llamado a ser “morada de Dios y, por tanto, lugar de encuentro con Dios”.
Y todo sin necesidad de salirnos de casa.
Cada uno puede encontrarse con Dios.

Y esto me parece maravilloso y también peligroso, porque:
Si no voy al templo me dicen que cometo pecado.
Pero si no me encuentro con El en mí, no tengo pecado alguno.
Si no voy al templo tengo que confesarme.
Pero si no me encuentro con Dios en mí, no me hace falta absolución alguna.
¿No les parece raro? “Haremos morada en él”.

Claro que Jesús nos pone una condición.
“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.
Somos nosotros los que nos convertimos en templos de Dios.
Somos nosotros los que nos hacemos morada de Dios.
Somos nosotros los que nos hacemos presencias de Dios.
Pero, eso tiene un precio: “guardar la Palabra de Dios”.
Vivir la Palabra de Dios.
Es la vivencia de la Palabra la que demuestra que “le amamos”.
Y es ese amor, expresado en la vivencia de la Palabra, lo que nos convierte a todos en “morada de Dios”, es decir, en lugar donde habita Dios, en casa de Dios, en templos de Dios.