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sábado, 18 de mayo de 2013

El don esperado: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (Jn 20,19-23) - Ciclo C

Bajar de la torre de Babel...

En el fondo una imagen en negativo: la de la construcción de Babel (Gén 11,1-9). Se trata de un desafío perverso lanzado contra Dios (una torre «que alcance al cielo...»), y de un acto de orgullo desmesurado («para hacernos famosos...»).
El fracaso se da por la confusión-incomunicabilidad y por la dispersión.
El Pentecostés cristiano, contado en la narración clásica de los Hechos (primera lectura), aparece como la anti- Babel.
El proyecto, esta vez, se realiza gracias a la intervención de Dios que hace «descender» sobre los apóstoles su Espíritu («viento recio», fuego), y determina la creación de una humanidad nueva a través de la unificación de todos los pueblos y el don de lenguas (escucha de la palabra misma de Dios en la propia «lengua nativa», y posibilidad de comunicación de los hombres entre sí; pero es necesario «descender» definitivamente de la torre de Babel).



A propósito del lenguaje. Cuando se trata de hacer conocer las «maravillas de Dios», ya no existe una lengua definida como sagrada. Se utilizan las «lenguas nativas». Sería mejor decir: «maternas» (y la palabra evoca una tonalidad, una frescura, un acento inconfundible, que provocan profundas resonancias interiores). El hombre da los primeros pasos en un mundo nuevo, abre los ojos y se comunica con este universo «maravilloso» gracias a la guía de una «lengua materna».

Dios, cuando quiere dar a conocer sus «grandes obras» a los hombres, cuando intenta conversar con ellos, adopta la lengua de cada uno. Y cada una de estas lenguas se hace «sagrada», porque es instrumento de anuncio por parte de Dios, y de respuesta por parte de los hombres que pretenden cantar la gloria de Dios.

En Pentecostés se levanta un concierto de lenguas diversas que, precisamente en su rica variedad, componen un canto «unitario». Consolación, enseñanza y memoria.

Los dos textos del evangelio de Juan, que pueden elegirse para el ciclo C, están tomados de los llamados «discursos de despedida», y se refieren a la promesa del Espíritu, en una doble perspectiva.

-Se trata, ante todo, del Consolador (Paráclito). Se sugiere la idea de asistencia, apoyo, defensa (paraklein significa literalmente «llamar a uno junto a sí»).

El Espíritu Consolador, o Abogado, es el que asiste a los creyentes, está a su lado («... para que permanezca con vosotros siempre») en el gran debate con el mundo.

Jesús habla de «otro Consolador». El primero es él mismo. «Os escribo estas cosas para que no pequéis; pero si alguno peca, tenemos un paráclito junto al Padre, Jesucristo el justo» (1 Jn 2,1). Jesús, pues, es el primer Abogado, en cuanto que intercede a nuestro favor.

-Además el Espíritu ejercita una función de enseñanza y memoria. «El Paráclito, el Espíritu santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

El Espíritu «santo» (persona divina) viene enviado por el Padre, a instancias de Cristo. Ahí está, pues, la idea de misión. Y la fuente es el mismo Padre que ha «enviado» a Jesús. Por eso, el Espíritu aparece protagonista del mismo designio de revelación y de salvación.

Su actividad consiste en enseñar y en hacer recordar, dos realidades íntimamente unidas entre sí.

Obviamente no existe novedad alguna respecto a lo que el Maestro ha revelado. El Espíritu no tiene una revelación propia, autónoma: «lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye» (Jn 16;13).

«En la enseñanza del Espíritu es Jesús quien habla como en la enseñanza de Jesús es el Padre quien habla». Tenemos, más bien, una interiorización de la Palabra en el corazón del discípulo, gracias a la obra del Espíritu santo.

En cuanto a la «memoria» no se trata de una «repetición» banal (el Espíritu no se limita a «refrescar» nuestra memoria) sino de la actualización de la palabra revelada.

El Espíritu hace eficaz, actual, descubre el sentido de esa palabra de verdad en relación a la situación presente.

Gracias a la actividad del Espíritu, el discípulo profundiza, en la fe, la inteligencia de la revelación. Es una especie de nueva comprensión e interpretación de los acontecimientos, de un descubrimiento cada vez más sorprendente de la persona de Cristo.

Profundización y comprensión no simplemente de tipo intelectual, sino existencial-vital.

La pedagogía del Espíritu es siempre una verdadera pedagogía de la memoria.

El Espíritu enseña porque estimula a recordar, o sea, a comprender en profundidad la palabra escuchada, a descubrir el sentido actual del misterio.

Es posible sintetizar todo así.

-Sin la enseñanza del Espíritu, a través del recuerdo, la palabra de Jesús peligra permanecer «externa» al creyente, no comprendida en su integridad, en su síntesis vital.

-Sin Jesús no es posible entender al Padre.

-Sin el Espíritu no es posible comprender a Jesús, de quien es el intérprete, el exegeta único, insustituible.

Por tanto:

-El Padre «inaccesible» sin Jesús.

-El Hijo «inaccesible» sin el Espíritu. El nuevo «régimen»

El ciclo C propone, como elección alternativa para la segunda lectura, un texto de la Carta a los romanos, en donde Pablo pone de relieve el tiempo nuevo y el nuevo régimen en que vive el creyente. Tenemos una doble realidad:

-la carne, o sea, el hombre

-y el Espíritu, o sea, Dios. Por consiguiente, he aquí una doble esfera:

-la carnal, en cuyo ámbito el hombre se preocupa exclusivamente de sí mismo, piensa y se comporta como si Dios no existiese;

-la espiritual, en cuyo régimen el hombre se preocupa de las realidades ligadas al espíritu (Dios y los otros).

La carne «aprisiona» en el propio dominio, y consiguientemente conduce a la muerte.

El Espíritu «hace salir» en dirección de la plenitud y, por eso, guía hacia la vida y la paz.

El hombre, así, puede elegir entre el límite, la fragilidad, y la superación.

Pablo habla del Espíritu como de la fuerza que «ha resucitado a Cristo de entre los muertos». Si Dios no es el artífice de la resurrección de Cristo, no nos queda otra salida que «poner una cruz sobre el cristianismo».

El cristiano, pues, se entrega a ese mismo dinamismo, a esa misma fuerza de resurrección. Y, por consiguiente, el punto final no es la muerte, sino la vida.

El Espíritu no es una presencia externa al hombre, sino que «habita en nosotros».

Es verdad que el hombre tiene que habérselas siempre con el peso de la carne (soma), pero esta carne es arrastrada por el Espíritu. Y, sobre todo, el Espíritu no puede condenar al aniquilamiento su «morada».

El Espíritu hace pasar de la condición de esclavos (y los consiguientes miedos, posturas serviles, alienaciones) a la de hijos (con posturas caracterizadas por la dignidad, libertad, coraje, fantasía).

Ser guiados por el Espíritu en el propio camino, la efusión de ese mismo Espíritu, el experimentar esta presencia en lo íntimo de nuestro ser, no es algo reservado a cristianos «especiales», sino que constituye una posibilidad ofrecida a todos los creyentes.

«Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!».

Hay que subrayar ese «exclamar». Probablemente se refiere a una aclamación de la liturgia de las comunidades primitivas.

En nuestras asambleas litúrgicas mucha gente debota se limita a susurrar, a suspirar, a mascullar (y fuera de las asambleas se continúa... murmurando).

Mucha timidez, excesiva compostura, autocontrol digno de mejor causa. Parece que se tiene miedo a confesar, a «gritar» la propia fe, la propia esperanza. Parece que se quiere evitar a toda costa «hacer saber» que estamos.

En las liturgias antiguas los participantes no dudaban en «gritar», aclamar. Con frecuencia sus voces -como testifican Justino, Ambrosio y Agustín- se asemejaban al «ruido del trueno» que acompaña la venida del Espíritu.
Pablo defiende que la palabra Abbá es el primer grito del cristiano (neonato en el Espíritu).

El mismo Espíritu que desciende y vuelve a subir (en la oración) «testifica» una misma realidad: somos «hijos». «Somos la familia de Dios».

El hombre, aunque inteligente, aunque encaramado en la cima de la propia torre, no podía de ninguna manera sospechar esto. Se necesitaba precisamente el testimonio del Espíritu («el Espíritu testifica a nuestro espíritu...»).

Al final Pablo recuerda nuestra participación en la herencia misma de Cristo, comenzando por su pasión (... «si de verdad participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria...»).

La nueva e inmensa «familia de Dios» nace de la pasión y de la resurrección del Hijo.

He ahí por qué la Iglesia, que nace el día de Pentecostés (hoy es su cumpleaños), afronta el arriesgado viaje por el mundo, teniendo como «compañera» la cruz.

Y el soplo «gallardo» que la embiste, la debería obligar tanto a no moderar el paso, cuanto a permanecer firmemente asida a aquella «compañera» indispensable e... inevitable.