Primero Reyes 3, 5. 7 – 12. Aunque el reinado de Salomón dejó mucho que desear, el autor trata de destacar que él fue elegido como prueba de la fidelidad a la promesa hechas a David. Es hermoso el diálogo entre Dios y el rey, donde invita a Salomón a pedir qué desea para gobernar al pueblo escogido.Salmo 118, 57 y 72. 76 – 77. 127 – 130. Llega un momento en que los creyentes logramos entender que los mandamientos y los consejos evangélicos son una riqueza que Dios puso a nuestra disposición, para que seamos personas cabales. Igualmente para que realicemos nuestra vocación en las circunstancias concretas.
Romanos 8, 28 – 30. Dios nos ha dado, sin ningún mérito nuestro, su amor salvador. Así nos dice san Pablo. Pero ese amor exige una respuesta. Pero si nosotros fallamos, él nunca fallará porque siempre es fiel.
San Mateo 13, 44 – 52. Jesús nos habla del valor inestimable del Reino, por cual vale la pena entregar todo lo demás. La salvación entonces se nos presenta como el esfuerzo de un negociante, que se las ingenia para conseguir las verdaderas riquezas. En este caso las del Reino de los Cielos.
REFLEXIÓN
Técnica de la vida cristiana
Por el Mediterráneo – el Mare Nostrum de los romanos – iban y venían los mercaderes de oriente que comerciaban maderas finas, telas, especias, objetos de arte, piedras preciosas. Y obviamente perlas, que servían entonces como ahora, para exhibir riqueza y presumir importancia. Y ya en tiempos de Salomón eran conocidas en Israel. Las mejores provenían del Golfo Pérsico.
Hoy sabemos que las perlas se forman por una secreción calcárea de ciertos moluscos. Las hay de diversas formas y de variados tintes: Blanco, negruzco, rosado. Lo cual influye obviamente en su valor.
Junto a la pobreza del pueblo judío no faltaron mujeres aficionadas a adornarse con perlas, como aquella pecadora de Babilonia que presenta el Apocalipsis. Lujos que la comunidad cristiana rechazaba.
En su parábola el Señor nos presenta a un hombre habilidoso, que de pronto halla una perla de gran precio. Si la compra se hará rico para siempre. Por lo cual decide vender todos sus bienes.
No explica Jesús qué poseía este hombre. Tal vez una viña, algún rebaño, una casa en Jerusalén, un par de bueyes y un arado. Pero en el trato con los de su oficio había aprendido a distinguir, a simple vista, las perlas finas y aquellas sólo de apariencia. No estaría contento de su estatus económico. Y ahora se le ofrecía el negocio del siglo. Sería rico, establemente rico.
Así enseña el Maestro que hay algo en nuestra vida por lo cual vale la pena entregar otros bienes. Nos habla del Reino de los cielos. Nosotros podemos traducir: La plena realización de cada quien. Y en el lenguaje tradicional, la salvación eterna.
Guillermo Valencia encierra nuestra historia mortal en un melancólico soneto: “Cuna. Babero. Lápiz. Tesis. Diploma”. Para terminar en “Tumba. Silencio. Ortigas. Ausencia y cruz mohosa”. Tiene razón en parte. Pero cada uno puede pintar su espacio temporal del color que le guste. Llenarlo con los valores que prefiera.
Los discípulos de Cristo hemos de negociar mientras vuelve el Señor, como ordenó aquel amo a sus criados cuando les repartió los talentos.
La técnica de la vida cristiana consistiría entonces en descubrir qué es esencial y qué es secundario para vivir a perfección en esta vida y lograr luego la recompensa eterna. Entre lo primero estarían la serenidad, la moderación, la generosidad con los pobres, la transparencia, el amor de familia. En otros términos, aquel programa de las Bienaventuranza que Jesús presentó a sus seguidores.
Todo esto nos lleva a una existencia equilibrada y amable, a pesar de las dificultades. Comprenderemos luego que lo demás puede feriarse a la primera oportunidad. Porque es juego de niños, espejismo, vana ilusión.
Pero, mirando nuestro entorno advertimos que muchos sufren de miopía existencial. Para ellos vale más lo inmediato, lo aparente, aquello de relumbrón y fantasía.
Por lo cual se nos puede aplicar frecuentemente aquella sentencia del Señor: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?”.
Convendría entonces hacerle a nuestro corazón una seria auditoría: ¿Qué bienes es preciso entregar? ¿Con qué ambición codiciamos los bienes verdaderos?
CALIDOSCOPIO
Otros posibles temas para la homilía:
• Volver la mirada al significado profundo de la sabiduría y compararla con una perla de valor inestimable. Sabiduría que es necesaria para saber gobernar nuestra propia vida.
• Reflexionar a la luz de la elección de Salomón, sobre los bienes que el Señor le ofrece, el sentido que ha de tener la oración de petición en la vida de un cristiano.
• Identificar el significado de la palabra “discernimiento” y la importancia que éste tiene para saber distinguir entre lo bueno y lo malo. Entre los diversos bienes de esta tierra.
• Explicar los valores del Reino de lso cielos. No sólo como una promesa para la vida perdurable, sino como algo que le da sentido y horizonte a la vida presente.
• Volver sobre el tema de las opciones que se nos presentan en el camino de la vida, bajo la palabra del apóstol: Que el Señor nos ha llamado y nos ha justificado para un día alcancemos la gloria eterna.
*ASTERISCO
Cambio mi vida
Aquella poesía de León de Greiff, donde ofrece cambiar su vida por tantas cosas, demuestra una vez más, el talante mercantilista de cada ser humano. Todos queremos tener más, para ser más.
El Evangelio, a su vez, nos invita a negociar de verdad. A lograr unas ganancias sólidas y estables. Una enseñanza que Jesús precisa en muchas de sus parábolas. Por ejemplo, cuando nos habla de un tesoro escondido en el campo y de una perla de gran valor.
Alguien fortuitamente descubrió un tesoro. Quizás fue un labrador que guiaba sus bueyes, mientras labraba su era. El Maestro nos habla de un negociante en perlas finas, que halló una de mucho valor. Ambos van enseguida y venden muchas otras cosas de un precio inferior, para hacerse a esas riquezas superiores.
El poeta nos dice: “De todos modos la llevo perdida”. En cambio en estos negocios del Reino de los cielos, sabemos a ciencia cierta que tenemos las de ganar. “Tendréis un tesoro en el cielo” es la conclusión de varios discursos del Señor.
Pero a esa entrega de unos bienes inferiores, le tenemos temor y desconfianza. De nada nos queremos desprender, porque no hemos entendido el valor, la calidad de aquellos bienes definitivos y eternos.




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