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El Señor no dice solamente: “Quiero, queda limpio”, sino que extendió la mano y tocó al leproso. Esto es muy digno de retener la atención. ¿Por qué, en efecto, cuando bastaba querer y hablar para limpiarlo, lo toca con su mano? Me parece que no había más razón que la demostrar que se situaba no por debajo de la Ley, sino por encima, y que no existe nada impuro para el que es puro... Su mano no se hizo impura por el contacto con la lepra; al contrario, el cuerpo del leproso quedó purificado por esta santísima mano. Es que Cristo no vino únicamente para curar los cuerpos, sino para elevar las almas a la santidad... y enseñamos que la única lepra temible es el pecado...»(1).
LA DISCRIMINACIÓN NO ES EVANGÉLICA
Uno de los grandes flagelos de la humanidad es el de las discriminación. Y esto viene ocurriendo desde la antigüedad. En los tiempos del Antiguo Testamento, para evitar la contaminación, signo de la maldición del pecado, se cometían verdaderas aberraciones de lesa humanidad. Y no hablemos de las víctimas inocentes, diagnosticadas como enfermas de lepra por ignorancia, y que eran igualmente marginadas de la convivencia social.
Hoy en día el mal de la marginación, lo padecen de manera más humillante aún, los enfermos de SIDA, que abandonados por la sociedad, y muchas veces por sus parientes y seres queridos, no encuentran comprensión y acogida en los mismos profesionales de la salud.
Es significativa en cambio, la postura del Señor como paradigma evangélico, frente al leproso abrumado y confiado.
Conmovido y con entrañas de misericordia; se acercó y lo tocó, con gesto físico solidario; sin repugnancia ni temor a quedar impuro. Con su poder mesiánico, lo curó de su impureza, pero lo condicionó a dar testimonio de su curación.
Así ocurre con nosotros, cuando después de haber pecado gravemente, arrepentidos y sabiéndonos perdonados por Dios, damos testimonio de ello, al presentarnos a la Iglesia y ante el sacerdote, para recibir el Sacramento de la Reconciliación.
“Gracias, a los amigos enfermos con lepra, que me enseñaron cómo se sufre el rechazo social, la exclusión y la persecución de inocentes por ignorantes. Perdón, a los que perdieron la familia o la novia, porque un médico dio el pasito atrás cuando se confirmó el diagnóstico, o porque los docentes de dermatología o de infecciosas, no supimos inculcarle a ese médico retrógrado, que el pasito atrás o la mirada de temor, pueden quebrar vidas y familias” (Académico Prof. Luis Ma. Baliña).
[1] San Juan Crisóstomo, Homilía 25 sobre san Mateo, 1-2; PG. 57, 328-330. Trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Editorial Apostolado de la Prensa, 1974, i 85. San Juan Crisóstomo (nació hacia 344-354), afamado rétor y fino exegeta, primero asceta y monje; luego, diácono y presbítero en Antioquía; después obispo de Constantinopla (año 398). Aquí su seriedad de reformador y también su falta de tacto le llevaron a serios conflictos con obispos y con la corte imperial. Depuesto y desterrado, sus tribulaciones y muerte (14.09.407) en el exilio fueron una dolorosa prueba martirial para él y para el sector de la comunidad eclesial que se le mantuvo fiel. Su afamada elocuencia le valió el título de “Crisóstomo”, es decir: “Boca de Oro”, que le fue dado en el siglo VI.
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