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Son muchos los factores que invitan a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a vivir en círculos cerrados y exclusivistas. En una sociedad en la que crece la inseguridad, la indiferencia y la agresividad, es explicable que cada uno tratemos de asegurar «nuestra pequeña felicidad» junto a los que sentimos iguales.
Las personas que son como nosotros, que piensan y quieren lo mismo que nosotros, nos dan seguridad. En cambio, las personas que son diferentes, que piensan, sienten y quieren de manera distinta de nosotros, nos producen inseguridad.
Por eso se agrupan las naciones en «bloques» que se miran mutuamente con hostilidad. Por eso buscamos cada uno nuestro «recinto de seguridad», ese círculo cerrado de la amistad con aquellos que son de nuestra misma condición.
Vivimos como «a la defensiva», excluyéndonos mutuamente, cada vez más incapaces de romper distancias y adoptar una postura de amistad abierta hacia toda persona. Nos hemos acostumbrado a aceptar sólo a los más cercanos. A los demás los toleramos, o los miramos con indiferencia, si no es con verdadera repulsa.
Ingenuamente pensamos que si cada uno se preocupa de asegurar su pequeña parcela de felicidad, la humanidad seguirá caminando hacia su progreso. Y no nos damos cuenta de que estamos creando marginación, aislamiento y soledad. Y que en esta sociedad, va a ser cada vez más difícil ser feliz.
Por eso el gesto de Jesús cobra especial actualidad para nosotros. Jesús no sólo limpia al leproso. Extiende la mano y lo toca, rompiendo prejuicios, tabúes, temores y fronteras de aislamiento y marginación que excluían a los leprosos de la convivencia en la sociedad judía. Los creyentes deberíamos sentirnos llamados a aportar amistad abierta a los rincones marginados de nuestra sociedad. Son muchos los que necesitan una mano extendida que llegue a tocarlos.
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