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martes, 21 de abril de 2009

Música y espiritualidad

Por Honorio Cadarso
Publicado por Atrio



Fray Luis de León, en su famosa Oda a Salinas, ve en la música la silenciosa armonía de los astros moviéndose en el espacio, el latido y la respiración de toda la creación; la persona humana intenta recoger el eco de esa melodía intergaláctica, universal, poniéndola al alcance de nuestros órganos auditivos y de nuestro cerebro y corazón..

Para un creyente, la música podría concebirse como el lenguaje de Dios que se nos revela, nos descubre un asomo de su belleza, nos habla a través de sus criaturas. Para un no creyente, podría ser el vehículo que le conecta con todo el universo, el lenguaje en el que se entienden todos los humanos, por el cual afirman su dignidad personal y la fraternidad de todos. Porque solo los seres inteligentes perciben en los sonidos bien acordados la belleza, las aves y otros animales captan solo los sonidos y su significado.

La música es al mismo tiempo universal y singular; hay música antigua y moderna, española, europea, regional, religiosa, patriótica, pero aun así traspasa todas las barreras de fronteras, culturas, ideologías.

Es cierto que a veces la música sirve de soporte a mensajes y a palabras inhumanas, hirientes, patrioteras, que rebajan la dignidad humana. Pero como tal, como música, brinda al género humano la oportunidad de trascender el mundo visible y material, y traspasarlo para llegar al más allá de lo trascendente, donde los creyentes encontramos a Dios.

Y en esta dimensión, todo tipo de música es apto para alimentar y estimular nuestra espiritualidad. Aunque es cierto que las hay con más o menos carga de espiritualidad. Hay un Bach que hace una música quizá más espiritual que religiosa. Hay un Let it be de los Beatles que nos emociona y nos eleva. Y una música gregoriana, y un Spiritual negro, y aquí y allá, piezas, compositores, estilos. Música para todos los gustos, porque es como el maná del desierto, del que decían que se hacía del gusto y sabor que deseaban sus consumidores…

Vengamos a la música religiosa. A lo largo de la historia y a la ancho del planeta tierra, todas las religiones se han expresado a través de la música. Hay una música del Islam, una música budista o sintoísta, una música o muchas músicas del continente africano. Hay una música cristiana múltiple: católica, protestante, ortodoxa. Y no podemos negarles a ninguna de ellas este calificativo de religiosas, y aquí cumple poner en práctica el ecumenismo ´del que hacemos alarde en otros aspectos religiosos, pero aquí ni siquiera hemos pensado cómo lo podríamos practicar.

En conjunto, las diferentes músicas religiosas del mundo surgen de las entrañas mismas del pueblo, como una rama del folclore popular. Y así se adquieren un color nacional, regional, local, el que les presta las tierras donde crecen y los pueblos que las cultivan. Pensemos en la música religiosa negra, en la música religiosa de Extremo Oriente o de la India, en los matices de la música protestante alemana, inglesa, holandesa.

Quizá la menos arraigada en el pueblo es la música católica. Porque hubo una reforma litúrgica en el medievo que impuso por decreto la música gregoriana en toda la iglesia latina, desterrando por ejemplo la música mozárabe española. Y más recientemente, Pío X, el mismo que condenó el modernismo, decretó unas normas muy estrictas para la música religiosa. Es cierto que en los comienzos del siglo XX la música que se escuchaba en seminarios y catedrales tenía más de música operística que de música religiosa. Pero tanto la que Pío X condenó como la que ordenó tienen de común el que se han alejado de lo folclórico, de las raíces populares, para convertirse en productos de conservatorio, convento o seminario, pensado más para el uso de los profesionales de la religión que para la expresión del pueblo.

En la historia de la música europea, hay una música medieval casi monopolizada por lo religioso, que cristalizó en el gregoriano, que a su vez es herencia de la música del imperio romano. Luego, en el salto del Medievo a la Edad moderna, la música del Renacimiento sigue siendo fundamentalmente religiosa, pero con sus pinitos de laicidad. Ahí tenemos a un Palestrina, el Dante, el Tiziano o Rafael, de la música religiosa, o a Tomás Luis de Victoria, que puso en música a Teresa de Jesús y Fray Luis de León, más místicos y menos terrenales que los italianos. Más tarde, bajo el soplo o vendaval de la Ilustración la música se libera y se hace laica, profana; es cierto que todos los compositores o casi todos hacen sus incursiones en la música religiosa: Mozart, Beethoven, Liszt…pero ya a título de excepción.

La música religiosa de hoy, de después del Vaticano II, es más bien pobre. Es cierto que se ha liberado de contenidos y expresiones de religiosidad individualista, de convento de clausura y de fervores eucarísticos propios de ángeles más que de personas Pero por otro lado se limita a poner en solfa breves textos de los salmos…y poco más.

Y es que, al mismo tiempo, los templos se han quedado casi vacíos de fieles, los seminarios de aspirantes al sacerdocio…Pasaron aquellos tiempos en que el templo a rebosar resonaba con las voces de todo el pueblo, de cientos o miles de gargantas, expresando su fe en conciertos espléndidos.

Es la hora de una música nueva. Es la hora de recoger, en buena praxis ecumenista, todas las músicas de todas las confesiones cristianas, y hacerlas nuestras en la medida en que con ellas se expresan unas creencias comunes. Y, ¿por qué no? de asumir también y hacer nuestras las músicas del islamismo, del budismo, de todas las religiones, en esa misma medida.

Hoy, los actos religiosos se celebran más bien en reducidos colectivos de comunidades de base, en que la música forzosamente debe tener otra dimensión más humilde. Pero no por eso hay que desterrarla por inoportuna. Bien dicen por ahí que el que reza cantando reza dos veces.

Otra cosa sería que en estos actos religiosos, además de asumir todas las músicas de todo el universo religioso, intentemos dotarlas de un fondo musical a base de música “enlatada” de DVDs, música religiosa o simplemente música clásica o moderna, con composiciones oportunas para el contenido del acto que celebramos, y que nosotros mismos cantemos .

Y aquí debemos entrar todos, intercambiar experiencias, apuntar carencias y necesidades, hacer una llamada a aquellos que serían capaces de poner música a lo que sentimos y deseamos, a nuestra manera de entender nuestra fe de acuerdo con este siglo XXI. Y para ello, reorientar a la música católica y religarla a su fuente más auténtica, el folclore popular. Por qué no cantar en la iglesia con tonadas de jotas, si estamos en la Ribera del Ebro, de soleares y de saetas, si en Andalucía?

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